El nombre de la terrible enfermedad es un dato. (FOTO)

EL «MAL DE BIERCE»

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Por Juan Sasturain*

Como en el caso del Mal de Chagas -o del Azheimer sin ir más lejos- el rótulo de la enfermedad no se refiere a la persona del sujeto paciente sino al descubridor.

Por Juan Sasturain

NAC&POP

25/04/2025

MAL DE BIERCE

El nombre de la terrible enfermedad es un dato.

Como en el caso del Mal de Chagas -o del Azheimer sin ir más lejos- el rótulo de la enfermedad no se refiere a la persona del sujeto paciente sino al descubridor.

En este caso no se trata de un científico ni médico ni investigador sino de Ambrose Bierce, el famoso escritor norteamericano con una obra ingente y fragmentaria, –volcada durante décadas en periódicos de la vuelta del siglo- estilista epigramático de filosa factura, y uno de los mayores cultores del relato de terror y el humor negro.

Ambrose Bierce es el autor de los memorables El club de los parricidas, los Cuentos de civiles y soldados que tradujo Pepe Bianco para Jorge Álvarez en los sesenta y el sulfuroso Diccionario del Diablo, traducido por Walsh.
Uno lo leyó en la edición de Calicanto, prologado por Horacio Achával y con Walsh ya asesinado.

Todo indica que la página nunca firmada ni publicada surge del cruce creativo entre la ferocidad y el humor negro del mismo Bierce, que habría perpetrado la idea original -de ahí el homenaje- y la ironía más burlona que letal de Warnes.

El Mal de Bierce es una enfermedad social, degenerativa, que consiste en la paulatina pérdida de la vergüenza.

El paciente, como quien pierde el pelo, pierde peso, pierde la memoria, pierde un dedo o pierde la calma, pierde la vergüenza.

No hay referencia precisa a su origen ni hay una historia confiable del mal, que parece antiguo aunque nunca estudiado en su especificidad.

Hay evidencias, sí, de su acelerada expansión en estos últimos tiempos, sobre todo a partir de la pandemia.

El mal de Bierce, lamentablemente, es muy contagioso y no hay vacuna.

Tampoco hay en curso investigaciones serias para conjurar su expansión.

Acaso se deba a su capacidad de enmascaramiento o por la naturalización de los síntomas, no percibidos siquiera como anomalías de conducta: el enfermo del Mal de Bierce –habitualmente omnipotente y poderoso- no se percibe enfermo.

Lo detectan y padecen los demás.

Es por eso fundamental, en esta etapa crítica, el diagnóstico precoz del posible sin vergüenza.

Está en cuestión, a la larga o a la corta, la supervivencia misma del tejido social.

Es cuestión de estar atentos ante los demás pero también ante el espejo.

Esos primeros síntomas son, entre varios, la pérdida de la capacidad de empatía, progresiva indiferencia hacia el otro que deriva hasta el no registro y el abandono, la pérdida progresiva de todo tipo de sensibilidad social, el desconocimiento del prójimo

Otro síntoma es la agresividad creciente, en el registro verbal a través del insulto y la descalificación, el repertorio gestual y en el protagonismo en episodios de violencia física concreta.

El enfermo del Mal de Bierce convierte a los demás en blancos móviles de sus descargas furiosas.

Un tercer síntoma es la flagrante irresponsabilidad.

El enfermo del Mal de Bierce obra y decide sin tener en cuenta las consecuencias, a menudo trágicas, de sus actos.

No menos significativo es un síntoma clásico y fácil de percibir, por lo aparatoso: la megalomanía y la consecuente arrogancia.

Lindante con el ridículo, este síntoma requiere, para ser neutralizado, una ineludible colaboración del paciente.

No es fácil, por supuesto.

Acaso imposible.

El enfermo del Mal de Bierce está imposibilitado para una autopercepción objetiva.

Eso le impide por ejemplo, darse cuenta de su ignorancia (lo que no sabe o sabe mal) o su inconsecuencia (decir hoy lo contrario de ayer o mañana sin aparente contradicción).

Por último, la víctima (porque aunque su soberbia no lo admita, lo es) enferma del Mal de Bierce padece de una penosa tendencia a la confusión conceptual.

Así, en términos de la vida en comunidad confundirá la Patria con una empresa, el Estado presente con un árbitro ciego, los escrúpulos con una isla griega y –según la definición del sabio Gila-, la Economía con la econosuya.

Resumiendo, cabe estar atentos todos a la aparición –enfrente, a nuestro lado o en el espejo personal- de cualquiera de estos síntomas lamentablemente generalizados.

Y obrar en consecuencia, antes de que sea tarde.

Mientras sintamos vergüenza habrá esperanza para todos y cada uno.

La vergüenza es salud.

Brindemos por eso.

Salud.

JS/