MI BELLA DURMIENTE
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Entraron al cuarto dos médicas. Primero una, estetoscopio mediante, y después la otra. Hicieron lo mismo que había hecho yo antes de buscarlas.Las dos veces anteriores, incluso con más médicos en el cuarto, habían sido distintas las miradas. Es raro esperar.
Por Indalecio Gonzalez Bergez
NAC&POP
18/10/2022
Era la tercera vez que salía del cuarto buscando un médico.
Sin urgencia, sin apuro.
Era la tercera vez que salia, pero esta vez sabía que era la última.
Antes de hacerlo agarré el estetoscopio que colgaba detrás de la cama y busqué escucharlo.
Tal vez no, tal vez busqué no escucharlo.
Salí, caminé los 10 metros innecesarios hasta una médica, no podía llamarla en voz alta, no.
Le dije que me parecía que esta vez sí.
Entraron al cuarto dos médicas.
Primero una, estetoscopio mediante, y después la otra.
Hicieron lo mismo que había hecho yo antes de buscarlas.
Las dos veces anteriores, incluso con más médicos en el cuarto, habían sido distintas las miradas.
Es raro esperar.
Nadie da una buena ni una mala noticia.
Sólo esperamos a que un indicador descubierto un día como irrefutable nos confirme o no.
No hay más cambios.
No hay respuestas.
Hay espera.
El silencio era total en ese cuarto.
No sé en qué momento entró, pero había también una enfermera.
Desde los pies de la cama las miraba.
Ellas tendrían un oído más agudo y dirían que faltaba una cuarta entrada, que no sería tal vez ese día?
Las miraba y esperaba que me invitaran a seguir a su lado.
A tener un rato más acariciándola, hablándole, como cuando nació.
Estaba en una sala de terapia, conectada a muchos cables, yo le ponía mi mano que cubria toda su espalda y le hablaba.
Le decía que tenía que ponerse bien, que la esperábamos con su mamá, que había flores, árboles, luna, estrellas, perros, caballos.
Le hablaba de los olores.
Era noviembre y hacía mucho calor afuera.
Le hablaba del campo, del departamento en Belgrano que habíamos alquilado cuando nos enteramos del embarazo.
Le contaba que había una naturaleza esperándola que yo creía conocer y respetar y que en sus 8 años me enseñó a descubrir y amar.
Lo que le contaba en esa terapia cuando nació, no era ni la sombra de lo que ella me enseñó después.
Tirados Geor y yo a su lado, le hablábamos en voz baja o con el pensamiento.
Estaba ahí, otra vez acostada y otra vez nosotros impotentes.
Habian pasado 8 años.
Era enorme, mucho más grande que todos.
Dió clase de cómo se vive, qué es lo que importa en la vida, qué significa vivir.
Dió clase incluso de cómo se enfrenta la propia muerte. 8 años fueron suficientes para pasar por este mundo y dejar una huella mucho mas fuerte que tantos y y tantas que viviendo décadas no entienden lo básico del por qué y el para qué.
Sabía, tranquila, fue ella la que nos acompañó a nosotros. Fue ella la que nos esperó.
Nosotros creímos que teníamos que hacer todo para que ese año y 3 meses la pasara lo mejor posible.
No sabíamos que en realidad ella estaba en paz y sabía todo.
Pero tuvo paciencia, fue fuerte y nos acompañó.
Nos cuidó. Incluso hasta se preocupó por buscarnos compañía para después.
Nos sacó de la ciudad, nos unió.
Nos invitó a tener otro hijo.
Me acuerdo el día que le pregunté si estaba contenta con tener un hermanito nuevo, y me miró muy superada y me dijo «estoy contenta con que mamá esté embarazada».
Me dejó tan chiquito con esa respuesta.
Que fortaleza la puta madre.
Que mujer increíble.
Que suerte que a mis 45 años supe que para eso había venido yo este plano: alguien tenían que poner en escena como su papá y tremendo papel ligue.
Estaba ahí, esa chiquita tan especial, tan fuerte, tan sabía, acostada en esa cama, acompañándonos a nosotros en ese difícil momento, su propia muerte.
Lás miré buscando un rato más de esa escena y las vi.
Se miraron entre ellas y negaron suavemente con la cabeza. 16.32, dijo en voz alta una, y la enfermera apagó el equipo que la tenia dormida.
Ya no era necesario.
