NO TRATES DE ENSEÑAR, LO QUE JAMÁS HAS ENTENDIDO
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Del otro lado de las vías, en el andén bajo, donde se levanta un antiguo refugio de pasajeros con alero de chapa y un gran banco de tablas de madera pintadas de color gris, dos hombres trajinaban plegando unas raídas cobijas y los restos de una sucia colchoneta (“edredón” lo habría llamado una de mis tías).
Por Luis Crespo
NAC&POP
16/09/2022
Andén central de la estación de trenes, poco antes de las ocho de la mañana.
Delante de mí un señor con dos niños de la mano, avanzaban a paso lento.
La mañana de primavera anunciaba temperaturas casi veraniegas.
El hombre lucía bronceado, con un prolijo corte de pelo, ropa cómoda y recién planchada, zapatos y cinturón de muy buena calidad y reloj de marca.
Los niños, en impecables uniformes escolares, cargaban sus mochilas de marca.
Del otro lado de las vías, en el andén bajo, donde se levanta un antiguo refugio de pasajeros con alero de chapa y un gran banco de tablas de madera pintadas de color gris, dos hombres trajinaban plegando unas raídas cobijas y los restos de una sucia colchoneta (“edredón” lo habría llamado una de mis tías).
Parecían esmerarse, sin motivo aparente, en guardar tan míseras pertenencias –que incluían un viejo calentador y un par de abollados cacharros- detrás del respaldo del banco así como en un disimulado espacio existente en la arista del techo, detrás de un viejo tablón.
Mientras yo trataba de imaginar el sufrimiento de aquellos que pernoctaban en esas condiciones, en sus harapos, durante el invierno, o en las noches de lluvia, escuché al señor de los niños explicando que “esos señores dormían allí”.
Cuando oí su respuesta a la inquietud infantil indagando por qué hacían eso, contuve la respiración:
“¡Porque son vagos!”
“Porquesonvagos” dijo y su voz se hizo agria, su mirada agresiva.
Naturalmente (para mí) llamé con una seña a uno de aquellos desposeídos que, en pocos segundos, cruzó el túnel que pasa por debajo de las vías y se apareció en el hueco de las escaleras del andén central.
Tratando de llevarlo lo más cerca posible del padre de los chicos, le dije en voz alta “Vivo a tres cuadras de acá, si mañana, a esta hora, te vengo a buscar ¿podés venir a podar unas plantas y cortarme el pasto?” el tipo sacudió la cabeza de arriba abajo con entusiasmo y agregué “¿te arreglás para pintar un par de paredes?” y respondió: “mi compañero hace… ¡sí sí!”.
Lo despedí con una palmada en el hombro diciéndole “Bueno, mañana acá a esta hora” y se fue corriendo por las escaleras a compartir la noticia con el amigo.
No pude evitar acercarme al oído del elegante “papá” e indicarle:
“Como docente, debo decirte “NUNCA TRATES DE ENSEÑAR LO QUE JAMÁS HAS ENTENDIDO”.
Y, esta vez, la palmadita en el hombro se la regalé a él.