CRISTINA CONTRA VIENTO Y MAREA
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Cristina Kirchner sigue siendo la mujer que no pudieron domesticar en la política. El peronismo no se ha rendido jamás frente a persecuciones, bombas y proscripciones.
Por Cynthia García y Pablo Di Pierri
Bartolomé Mitre no solo dejó un diario de guardaespaldas a la clase dominante, sino que también legó la herencia de la primera Corte Suprema.
El 18 de octubre de 1862 se sancionó la ley 27, que estableció que el máximo tribunal se integraría por cinco jueces y un procurador general e, inmediatamente, el por entonces jefe de Estado designó para esa faena a Francisco de las Carreras, ex ministro de Hacienda de Buenos Aires; Salvador María del Carril, ex gobernador de San Juan, pero además titular de la cartera económica durante el mandato de Bernardino Rivadavia y vicepresidente en 1853; José Barros Pazos, rector de la UBA; Francisco Delgado, militante unitario; y Valentín Alsina, ex gobernador bonaerense.
Sin embargo, el quinto magistrado, un franco opositor al mitrismo, declinó su nombramiento y la jurisprudencia argentina quedó en manos de cuatro jueces hasta que ingresó Joaquín Gorostiaga en junio de 1865.
Toda esta introducción parece nada más que una historia de manual con nombres de calles en cualquier pueblo de la Argentina. Pero es mucho más.
La Corte fue, desde su concepción, reaseguro de los privilegios de los poderosos.
El jurista Raúl Gustavo Ferreyra, profesor en la Facultad de Derecho de la UBA en la cátedra Zaffaroni y miembro del Consejo de Notables que formara el presidente Alberto Fernández para la Reforma Judicial, retomó la teoría de Germán Birdart Campos: *La Corte Suprema es, a la vez, tribunal y poder*.
¿Qué significa esto?
Que es un tribunal que cumple una función del poder y que es un poder que funciona como un tribunal.
Esa síntesis redunda en una enorme concentración de facultades y funciones concentradas, por arbitrio de los dueños de todo.
Y no hay que comerse la curva.
Porque no es cierto que la agenda judicial sea un tema que solo le atañe a la dirigencia política sin contemplaciones por las urgencias económicas y sociales.
La lucha de la vicepresidenta Cristina KIrchner contra el Poder Judicial no es una aventura personal para salvar su nombre sino una pelea contra los límites de una democracia yugulada por los grupos económicos y encorsetada por la arquitectura jurídica que legaliza la desigualdad y multiplica las ganancias de los jefes políticos de los jueces.
A no engañarse: los magistrados y los políticos opositores son solamente actores tutelados por el poder real. AEA o el G6 cuentan con los medios de comunicación como vocería y propaganda de sus intereses; los estrados judiciales como garantía de su impunidad y los bloques parlamentarios del radicalismo descompuesto y el _macrismo hardcore_ como neutralizadores políticos de las mejores iniciativas del oficialismo.
Así, la Corte no es otra cosa que *la consumación del vértice jurídico del poder económico en el cuarto piso de Talcahuano, arrinconando a la política en general y a la Vicepresidenta en particular*.
Aun bajo el asedio de timberos y buitres, periodistas canallas y miserables parapetados entre las columnas de mármol del Congreso o los despachos judiciales, Cristina Kirchner sigue siendo la mujer que no pudieron domesticar en la política.
Sus adversarios de aquí o allá quieren que el gobierno que ella diseñó haga el ajuste que la aleje de la sociedad para que esa sociedad no la defienda frente al lawfare que encapota el país hace más de 7 años.
No saben ni entienden que el lazo de afectividad entre una líder de esas características y los sectores populares que todavía esperan no creen ni compran los vituperos del establishment.
El peronismo no se ha rendido jamás frente a persecuciones, bombas y proscripciones.
No hay fallo judicial que pueda extinguir el fervor político y la líder del Frente de Todos está delimitando el campo de la batalla en ciernes contra todos los factores de poder.
Una vez más… *Cristina contra viento y marea*.