En las banderitas se leía: "Unión Democrática. Por la libertad".

LA PARABOLA DE LOS TRES PIBES

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Por Ignacio Lizaso*

Para un chico de 10/11 años resulta difícil no abrazar la posición política del padre, sobre todo si se trata de un intelectual que en la mesa familiar y cuando cae de visita algún amigo analiza prolijamente la realidad del país y el mundo. Los episodios a evocar sucedieron el 23 de febrero de 1946, víspera de las elecciones que marcaron el triunfo de Perón.

Por Ignacio Lizaso

NAC&POP

24/02/2022

Para un chico de 10 u 11 años resulta difícil no abrazar la posición política del padre, sobre todo si se trata de un intelectual que en la mesa familiar y cuando cae de visita algún amigo analiza prolijamente la realidad del país y el mundo.

Los episodios a evocar sucedieron el 23 de febrero de 1946, víspera de las elecciones que marcaron el acceso al gobierno del peronismo, y el escenario fue el pequeño barrio Guillermo Rawson, poco conocido en Buenos Aires, reducto flanqueado por la avenida San Martín y los terrenos de la Facultad de Agronomía.

En las casas y departamentos que lo integraban vivían ciertos personajes singulares.

Entre ellos los padres y una tía de los tres protagonistas de la parábola. Al entrerriano Samuel Eichelbaum se lo consideraba el más destacado dramaturgo de esos años, a partir del legendario «Un guapo del 900».

César Tiempo era poeta, guionista cinematográfico, periodista y hombre de filoso humor. «Yo nací en Dnipropetrovsk./ No me importan los desaires/ con que me trata la suerte./ Argentino hasta la muerte./ Yo nací en Dnipropetrovsk», escribió, y no era fantasía, había nacido en Ucrania.

María Eugenia Tizón era hermana de Aurelia, la primera esposa de Perón, y vivía en la planta baja del Pabellón D.

También eran vecinos del barrio Pedro Lauga, cantor de la orquesta de Julio de Caro; Mario Gomila, letrista de tango; Augusto Bonardo, animador radial (así se decía), y sin domicilio fijo, Julio Cortázar.

Desde un departamento sobre la calle José Gervasio Artigas fue que el creador de cronopios, rayuelas y famas echó maldiciones a un grupo de muchachos peronistas que cada tanto pasaban por la plaza (ahora lleva el nombre de Cortázar) coreando «mate sí, whisky no» y «patria sí, colonia no».

«No me dejan oir los cuartetos de Bela Bartok», argumentaba Baby Face.

Sin imaginar su metamorfosis ideológica adhiriendo a las revoluciones de Cuba y la sandinista.

Además de los cánticos antibartokianos, después del 17 de octubre ocurrían cosas que alteraban la normalidad del barrio.

Una mañana, en la cercana calle Nogoyá, un carnicero habitualmente parco, cuchillo en mano, empezó a palmearse la panza al grito de «¡cheque, cheque!, ¡chorros, chorros!».

En «Noticias Gráficas», no en «La Prensa», ni «La Nación», se había publicado la foto de un cheque de 300.000 pesos, cuantiosa suma en esa época – fondos aportados por las grandes compañías extranjeras y nativas, pero que figuraron a nombre de un tal Raúl Lamuraglia -, destinado a bancar la campaña de la Unión Democrática, coalición que pretendía unir a radicales, conservadores, socialistas y comunistas para enfrentar al creciente peronismo.

Carnicería llena de clientes, nadie festejó el grito,pero nadie le salió al cruce. Apenas cuatro meses antes, acaso el 16 de octubre, ¿ lo hubieran rajado a patadas?

El tipo siguió cortando milanesas.

Esa tarde del 23 de febrero encontró a Horacio Eichelbaum, Martín «Fierro» Tiempo y Nacho Estévez, sobrino de la Tizón, en el parque del barrio, cercado por alambradas.

Los tres saltaban agitando unas banderitas de papel que habían repartido en la semana.

La guita del cheque, claro.

La campaña peronista se centraba en tanto mitin con gente en la calle y las pintadas.

En las banderitas se leía: «Unión Democrática. Por la libertad».

No se entiende por qué se había armado un acto proselitista tan naif. Cosa de chicos que reproducen lo que se dice en la casa.

Eichelbaum era socialista,

Tiempo se declaraba antinazi, antifascista, las Tizón renegaban por el casamiento de Perón con Evita.

Ninguno sugería, ni aprobaba semejante manifestación.

Además los chicos no eran amigos.

Horacio recitaba a García Lorca con voz impostada y Fierro ya estudiaba piano.

No les divertía jugar a la pelota, la pasión de Nacho.

Sin embargo ahí estaban dando saltos de tribuna popular y sacudiendo las banderitas.

A un costado los miraba una pelota de goma Pulpo, a rayas rojas y amarillas.

En eso aparecieron tres pibes que venían del otro lado de la Facultad. Villa Ortúzar, se denominaba esa zona. ¿Jugamos un partido?, propuso el más grandote.

Nacho no tenía compañeros.

El grandote explicó: tres contra tres, sin arquero.

Mientras Nacho llamaba a los hermanos Ratti, el grandote preguntó: ¿qué hacen con esa banderas?

Horacio le dijo que había elecciones.

¿Quién quieren que gane?, dijo el grandote.

Tamborini, contestó Fierro.

Se jugó, nomás, el partido.

El team forastero les dio un baile de novela.

Ellos jugaban en equipo, los del Rawson pateaban la pelota.

Cuando íban 5 a 1 el grandote hizo una seña, tiró un voleo que mandó la pelota a la calle Tinogasta, por encima de la alambrada, y salieron corriendo.

Ya en la calle el grandote agarró la Pulpo y sin dejar de correr gritó: Perón le rompe el culo a Tamborini.

Doblaron en Zamudio y se perdieron en el camino que atravesaba el campo de la Facultad.

No hubo reacción alguna de los players derrotados y los espectadores Horacio y Fierro.

Tampoco de la oposición al peronismo: la Unión «por la libertad» se disolvió el 27 de febrero.

Y Lamuraglia – impulsor de los comandos civiles parapoliciales – comenzó a juntar vento (de ahí el verbo solventar) para el fallido golpe del general Benjamín Menéndez de 1951, el criminal bombardeo del 16 de junio del 56 y el golpe de septiembre.

Se prendió y fue contribuyente en toda expresión gorila.

Se fueron yendo los años.

En 1952 Tiempo se hizo cargo del suplemento cultural de «La Prensa», en manos de la CGT.

El establishment cultural jamás le perdonó lo que calificaron de «venderse al peronismo».

A pesar de que incluyó poemas inéditos de Pablo Neruda.

Debió refugiarse en Italia, donde se conectó con la entonces floreciente industria cinematográfica.

Escribió guiones y hasta trabajó como actor.

Fierro intensificó sus estudios de piano y en 1973, gracias a las antiguas amistades de su padre, ingresó en el cuerpo diplomático.

Se casó con Lyl de Raco, hija del notable pianista Antonio de Raco.

Su hijo Sergio es hoy un pianista clásico ampliamente reconocido en Europa.

Jubilado del servicio exterior y radicado en Bruselas, Fierro se volcó al jazz.

Este cronista lo vio en un viaje suyo a Buenos Aires.

Hombre de ideas y votos progresistas, bregando por un desagravio a su padre, orgulloso de Sergio, estrecho amigo de Martha Argerich, no se acordaba del secuestro de la pelota, del presagio con puteada del grandote, ni de Tamborini.

Horacio se dedicó al periodismo, con especialización en la actividad sindical.

Trabajó en «La Opinión» y en periódicos combativos, y en 1976, tras recibir una serie de amenazas, se exilió en España.

En 1977 Fierro lo fue a visitar en su casa de Fuengirola y al recordar el improvisado acto proselitista – gigantesca presión sobre la memoria del diplomático – rieron a carcajadas.

Vivía de colaboraciones periodísticas estables.

Posteriormente se radicó en Málaga, donde murió en 2019.

Un diario malagueño subrayó en la necrológica: «opinador de dura franqueza, a Horacio Eichelbaum, siempre incómodo para el sistema, corresponde agradecerle que haya sido activo participante en los movimientos sociales de su país y el nuestro».

Asediado por el parentesco con Perón – menos confuso que el efímero entre comunistas y conservadores -, Cacho Estévez se permitió un montón de vueltas laborales y también ideológicas.

Puso una juguetería y sintió que lo dominaba una creciente contrariedad cada vez que remarcaba una muñeca, o un autito matchbox.

Leyó textos de su tío lejano, de Juan José Hernández Arregui, de Arturo Jauretche, se abrió de los juguetes y montó una unidad básica en Paso del Rey.

Este cronista compartió un memorable pollo al ajillo con Horacio en Málaga.

En riesgoso desafío había editado un semanario dirigido al jet set de Marbella.

«Me doy el gusto de enchufarles un periódico deschavadamente de izquierda», dijo Horacio.

«Sólo existe una forma de capital. el capital perverso.

Su sueño es tener al pueblo con un aceptable nivel de consumo, pero rigurosamente controlado», escribía.

Horacio contó el episodio de las banderitas.

Procurando reconstruir su voz apenas zeceosa sentimos que aquellos del consagratorio 1946 quizás hayan sido los primeros casos de inclusión de los que fuimos testigos indirectos.

Inclusión de lealtad filial y familiar, afortunadamente no duradera, de los chicos. Inclusión de temprano derecho a hacerse oir y expropiar de los forasteros.

¡Qué distinta habría sido nuestra vida si cursando cuarto grado y sin los 20 guitas que costaba, nos hubiéramos animado a afanar una modesta pelota de goma!

IL/