LA «POST» MORALIDAD
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“Que la honradez la venden al contado Y a la moral la dan por moneditas” (Armando Santos Discépolo)
Por Carlos Caramello
DEUDA PROMETIDA
NAC&POP
12/01/2026
La dificultad radica en tratar de vivir con los valores, los códigos, los signos, los cánones y regulaciones con las que fuimos formados, en este mundo absurdamente anómico, manipulado por un puñado de amorales.
Porque ya no es nuestro mundo.
No el que conocimos.
No en el que, alguna vez luchamos, honradamente, con la intención de volverlo mejor.
Terraplanistas descerebrados; libertinos vetustos; dipunarcos analfabetas; termocéfalos con perfiles violentos; comunicadores perplejos; afeminados homofóbicos y patovicas de las redes son algunos de los diferentes psico-tipos en los que estriban los patrones del nuevo mundo para ejercer tropelías de diversos tipos y tonalidades: desde alquilar una novia famosa como argumento de campaña, hasta la pedofilia; desde organizar una cripto-estafa a nivel mundial, hasta secuestrar a un presidente en ejercicio y explicar que, mientras las cosas se ordenan, van a gobernar en su lugar y van a confiscar todo el petróleo; desde quemar bosques milenarios en la Patagonia para luego lotear las tierras incendiadas, hasta cometer el mayor genocidio del siglo XXI contra el pueblo palestino mientras planean convertir Gaza en un gran resort para ricos.
Sin sanción, además.
Ya lo dijo hace añares el genial Discepolín, “todo es igual, nada es mejor”.
Y no es que uno crea que hay buenos y malos.
No.
Son todos malos.
Puede que unos peores que otros, y ni siquiera.
Pasa que hubo un momento en que los organismos internacionales servían para algo: la OEA, la ONU, la Corte Internacional de Justicia…
Hoy están pintados, paralizados, vacíos de todo poder porque el mundo que quieren los que mandan, no admite reglas, no quiere límites, juega sin offside.
LICÁNTROPOS
“Homo homini lupus” fue una gran preocupación de Plauto que luego Thomas Hobbes citó en la epístola dedicatoria de su gran libro De Cive (Sobre el ciudadano).
La mención buscaba retratar la condición feroz, desordenada e iracunda del hombre en estado natural.
“El Hombre es lobo del hombre”, sostenía el filósofo inglés, si no existe un marco normativo, un pacto social que entregue egoísmos y violencias al control de un orden preestablecido.
Durante siglos la humanidad se dedicó a construir una telaraña legal y administrativa tratando de evitar, o al menos morigerar, esa suerte de licantropía social.
Qué sería hoy del pobre Hobbes frente a un presidente (el de uno de los países más importantes del planeta) que entiende que no hay otro límite para su influencia global que su propia moral (que le permite financia y sostener el genocidio en Gaza) y que él no necesita el derecho internacional.
“Mi propia moral. Mi mente es lo único que puede detenerme” le ha confesado Donald Trump al periódico The New York Times y ha agregado “no necesito del derecho internacional”, además de admitir que está dispuesto a “sacrificar” la OTAN para conseguir anexar Groenlandia a los Estados Unidos.
Qué será de la Humanidad toda si un personaje amoral, denunciado por diferentes crímenes sexuales como la pedofilia y la violación, que intentó el primer golpe de estado de la historia de los EEUU y a quien se ha acusado de diferentes fraudes y estafas entiende que su “único límite” es su propia moral.
APOCALIPSIS
Algo brutal ha sucedido en pocos años.
Algo que ha hecho que la moral social acepte que un hombre poderoso no sólo haga su voluntad sino que, además, exhiba impúdicamente los motivos oscuros y egoístas que lo mueven.
Hace pocos días, Stephen Miller, jefe adjunto de personal y asesor de seguridad nacional del presidente Trump (y hombre fuerte de la Casa Blanca, of course) en un reportaje concedido a la cadena CNN dijo: “Se puede hablar todo lo que se quiera, de las buenas maneras internacionales y de todo lo demás, pero vivimos en el mundo real, que se rige por la fuerza y el poder. Son las leyes de hierro del mundo, que existen desde el inicio de los tiempos”.
Para justificar a un Trump que, por lo que muestra, no parecería necesitar justificativo alguno.
Ausencia absoluta de moral, desconocimiento de cualquier marco normativo: una especie de Credo impío que sólo reza “hágase MI voluntad”.
En este punto es cuando aparece con violencia la imagen de Marlon Brando en la piel de Coronel Kurtz de “Apocalypse Now” y su tremendo monólogo sobre el horror que subyace en la novela “El Corazón de las Tinieblas”, de Joseph Conrad.
Dice Kurtz: “Fuimos a un campamento a vacunar a unos niños.
Cuando estaban todos vacunados contra la polio, un viejo vino a nosotros.
Ellos habían vuelto y cortado los brazos vacunados.
Yo lloré como un niño.
Quería arrancarme los dientes.
Entonces vi claro, como si me hubieran disparado una bala en mitad de la frente.
¡Qué genialidad!
Me di cuenta de que eran más fuertes porque lo soportaban (…)
Se necesitan hombres que sepan utilizar sus instintos primordiales para matar, sin compasión, sin juicio, porque es el juicio lo que nos derrota”.
Y la síntesis: “El horror, eso es el horror”, susurrado como un mantra en la voz inconfundible de Brando, explicando que sólo podrán vencerlos si son capaces de utilizar las mismas armas, la misma… “moral”.
¿Podrá la humanidad contemporánea adecuarse a esta nueva configuración ética y normativa?
¿Podrán los hombres y las mujeres que crecieron en el marco del respeto, la tolerancia, la solidaridad y la empatía reconfigurar sus valores para así poder combatir a un enemigo profundamente amoral?
Las máquinas, la tecnología, la inteligencia artificial, la computación cuántica y vaya a saber qué nuevos artilugios no parecerían ayudar al regreso a una ética de los principios sino más bien empujar hacia un hiperrealismo de la apariencia.