EL ODIO DE LAS MINORÍAS
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Sí, medios de comunicación y periodistas tienen mucho que ver. Sí, referentes de la política tienen mucho que ver. Bolsas mortuorias, piedrazos, memes con insultos y amenazas, guillotinas que se crean, circulan, se celebran, se respaldan, que no se repudian.
No voy a reproducir acá el video que muestra cómo un arma se le acerca a la cara de Cristina Fernández y gatilla mientras ella saludaba a la gente que la quiere y la fue a esperar en su llegada a su casa, el jueves a la noche. Estoy segura de que sabés de la imagen que hablo —la emitieron hasta el hartazgo en todos los canales de televisión y se expandió viral vía redes sociales—, y también estoy segura de que la incredulidad y el horror fueron algunas de las sensaciones que te recorrieron el cuerpo al verla.
¿Qué hubiera pasado si de esa arma salían balas? ¿Importa? Creo que no, que el hecho así como sucedió es imposible de admitir y que la reacción que merece de todes es el repudio y el rechazo activo: llegó de inmediato del oficialismo, un amplio sector del arco político –el resto demoró más—, organismos de derechos humanos, de la cultura, de la academia y más. Y también creo que es momento para frenar, para pensar en la cadena de hechos que nos trajeron hasta acá y evaluar cómo seguimos.
Coincido con los análisis que plantean que las responsabilidades por este intento de magnicidio —lo escribo y me parece una locura— recaen en esta catarata frenética de odio con la que nos ahogan a diario, que muches reproducen a diario y que nos está devorando a todes. Sí, medios de comunicación y periodistas tienen mucho que ver. Sí, referentes de la política tienen mucho que ver. Bolsas mortuorias, piedrazos, memes con insultos y amenazas, guillotinas que se crean, circulan, se celebran, se respaldan, que no se repudian.
Pero, y la fuente de ese odio ¿dónde está? ¿cuáles son sus nombres? ¿cuáles son sus motivos? Pienso en el odio que jugó en la violencia política de los 50, los 60, los 70 y las décadas previas; el que engendró al terrorismo de Estado de la última dictadura, el que fue su combustible. Pienso en los nombres y apellidos que aún no conocemos, o que conocemos, pero aún no dieron explicaciones por el dolor generado.
Pienso que el Nunca Mas es un pacto que no pudo vencer a ese odio, que resurge. Me pregunto qué estamos preparedes y dispuestes a hacer para que ya no vuelva. Porque Cristina no fue asesinada, pero de todos modos algo ya está roto.