TOCANDO FONDO
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La evasión obligada de un nene que con el paco sobrelleva el dolor hasta volverse un zombie, el policía puesto, el trabajador duro que maximiza rendimiento, el hombre o la mujer que fugan hacia adelante a fuerza de consumir, son postales de un país colonial. Entre la miseria extrema y la necesidad de pertenecer, el careta burgués, vacío de todo, se mete por la nariz lo que no puede por el alma,
Por Carlos Balmaceda
NAC&POP
03/02/2022
La evasión obligada de un nene que con el paco sobrelleva el dolor hasta volverse un zombie, el policía puesto, el trabajador duro que maximiza rendimiento, el hombre o la mujer que fugan hacia adelante a fuerza de consumir, son postales de un país colonial.
Entre la miseria extrema y la necesidad de pertenecer, entre el adormecimiento diario y el careta burgués que, vacío de todo, se mete por la nariz lo que no puede por el alma, nos fueron tallando un espíritu nacional.
La frula que un tanguero en los cuarenta, que un rockero en los ochenta podía consumir, se quedaba en círculos más o menos chicos, más o menos privados, en los que favorecidos por oficios y artes, pedían prestada una ortopedia que tal vez les sumaba dos dedos de magia.
La paradoja, el oxímoron, es que después el acceso fue masivo, generalizado, cualquier hijo de vecino se puso en pie de igualdad con el «artista». Y al asunto se les desleyeron las fronteras: entre lo recreativo y la eficacia laboral, entre la evasión y la adaptación para el rendimiento, ya no hubo distingos.
Cuánto más marginales, más acceso, cuando más fuera del sistema, más integrados a la cultura de la droga con sus guiños, su estética de gangsta, su energía artificial, su jerga, su violencia.
El proyecto del capital transnacional y de la burguesía local que lo sirve, es convertir a este país en una cueva de lumpenes.
Lo que se opone de plano a «reconstruir al hombre argentino», una consigna que Perón trajo en el ’73.
El General sabía de lo que hablaba: antes, había opuesto a los potreros -«escuelas de delincuencia»-, los clubes, las sociedades de fomento, los sindicatos, la Fundación Eva Perón y (ver muro de Enrique Martín ) las propias unidades básicas.
Comer con vajilla checa, habitar un chalecito californiano, veranear en Chapadmalal, eran hábitos y consumos paralelos a reglas, a veces antipáticas, casi siempre de corte cuasi militar: pararse para saludar a un docente, tomar distancia.
Está dimensión no abolía la rebeldía plebeya y la insumisión, al contrario, posiblemente, y cuando tuvo que ocurrir, la ordenó en su calculada anarquía: caños, primeras organizaciones armadas, lógica de guerra que comprende que la táctica ha de ser prolija y calculada, aunque se la aplique para incendiar a un mismo tiempo unos supermercados Minimax.
El país lumpen, por el contrario, alienta el desorden, la descomposición, el caos, inserta en los vínculos el individualismo hedonista y tanático, el desinterés por el otro y el goce inmediato.
Ese es el verdadero proyecto de patria al que ninguno de nuestros dirigentes se refiere ni combate, es más, ni siquiera advierte o lo preocupa, quizás porque en su posibilismo colonial, lo que busque sea gestionar un asilo de lumpenes dados al asistencialismo, negociando el poder con barones de la droga.
Lo lumpen mata a diario, por irresponsabilidad, estupidez, egoísmo, violencia gratuita.
Lo lumpen, se aclara una vez más, no involucra a una clase: hay lumpenes en la villa y lumpenes en la tele, lumpenes en un antro y lumpenes, lumpenburgueses, en el country.
Lo lumpen es una gran mancha de aceite.
Que mueran 22 personas, que 60 queden internadas, ya no por la droga que consumen, sino porque eso está podrido es como si volviéramos a los 90 recargados: no es propóleo, no es Soy Cuyano, es una mercancía ilegal que de tan habitual forma parte del circuito que el propio estado supervisa informalmente, finge combatir y tolera.
Si la estupidez sin sentido de consumir droga configura un paso más abajo en el derrumbe lumpen, morirse por tomar veneno es un alerta innegable de la absoluta caída.
Hace dos días el Washington Post decía que la Argentina era un adicto y el Fondo su dealer, hace cuatro, Cristina alertaba sobre el vínculo entre ese capital financiero y los narcos.
Los signos se han dispuesto de tal manera que vuelven casi imposible mirar para el costado.
Sin embargo, nuestra clase dirigente, muchos de los que andan en trato directo con los transas para comprar de la buena, saldrán a decir que ahora sí inician una batalla contra la marginalidad y la droga.
Todos los días tocamos fondo. Todos los días los indicios nos golpean en la jeta.
Ayer no nos llamó la atención que mataran a una nena de 1 año de 8 balazos, hoy esto.
La consigna sanmartiniana cambió pero es igual de imperativa: «NO seamos lumpenes, lo demás no importa nada».

