Se puede ser feliz sabiendo que el mal está y que depende de nosotros que deje de estar.

¡FELIZ AÑO «CIEN»!

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Por Carlos Barragán (FOTO)

Nuestro río en Punta Lara todavía no connotaba los helados vuelos de la muerte, sino calor, mugre y aventuras a lo Mark Twain. Y qué extraña cosa es la felicidad, les diría.

Por Carlos Barragán

Página/12
01/01/2026

Me dicen que esta contratapa es para el 2 de enero, y entonces me digo “tenés que hacer un resumen del año pasado”.

Vamos con lo esperable, vamos a lo seguro, vamos.

Pero no puedo ir con un resumen del año pasado.

Sí podría hablar de cohetes y escribir cuetes, que así se llaman los que encendíamos a escondidas de los grandes, con una botella de sidra robada y sabiendo que íbamos a tener que ocultar cualquier eventual quemadura.

Porque los chicos manejábamos un par de dichos: que el calavera no chilla y que los adultos, cuando lo necesitan, hacen la vista gorda.

Podría agregar datos personales, como que mis fiestas terminaban yéndonos a pescar con mis primos cuando apenas clareaba el día, en un Valiant IV destartalado, todos adolescentes, sin dormir, sin papeles ni permisos.

Podría asegurarles que nunca fui más feliz que en esos fines de año.

Y sentiría la necesidad de contarles la culpa de después, cuando supe que aquellas alegrías ocurrían durante el genocidio.

Línea, plomada, anzuelo, carnada, bagre, vieja del agua, dientudo y boga eran palabras del primer día del año.

Nuestro río en Punta Lara todavía no connotaba los helados vuelos de la muerte, sino calor, mugre y aventuras a lo Mark Twain (FOTO).

Y qué extraña cosa es la felicidad, les diría.

Pero todavía sigo sin encontrarle la punta al resumen del año pasado.

Sobre todo porque el 2025 todavía no se puede describir cabalmente, a nosotros nos cuesta entender las pulsiones destructivas y las autodestructivas.

Absortos e indignados fuimos pasando de una a otra estación en el tren fantasma que nos aterroriza mientras ellos se divierten como nunca.

Y no entenderlos podría no ser tan grave si no fuera porque nos llevó rápidamente a no entendernos entre nosotros.

El otro día en la radio se me ocurrió el concepto de Épica del Abuso, que puede decir algo sobre cómo actúa esta gente, que inventa la épica de lastimar a los más débiles como si fuera una epopeya para contar a sus nietos: cuando hicimos más pobres a los pobres, cuando golpeamos a los indefensos, cuando nos reímos de los enfermos, cuando defendimos a los criminales.

Pero mi supuesto hallazgo de la Épica del Abuso es otra forma de desesperación, ésta que sufrimos porque no logramos encuadrarlos, verlos, comprenderlos, o definirlos.

Y entonces nos dedicamos a discutir entre nosotros: que esto es o no es fascismo, que son o no son anarcocapitalistas, que son lo mismo de siempre o son una novedad.

Pero sobre todo: de quién es la culpa.

Al parecer nos entusiasma mucho más ponerle un buen nombre al daño que sufrimos que encontrar la manera de evitarlo.

Y… la verdad… a mí me parece mucho más interesante buscar soluciones que nombres para el problema.

El año 2026 apenas empieza y es muy probable que en pocos días ya nos sintamos cansados de él.

La bestia sabe exactamente lo que tiene que hacer porque su plan es sencillo: romper, robar, mentir, robar, mentir, romper.

La secuencia es demoledora y de alguna manera también automática.

Por eso –porque ocurre ya como un evento de la naturaleza- pienso que podríamos dejar de seguirla minuto a minuto y dedicarnos más a nosotros, y a pensarnos sin culpa.

Porque es raro creer que por haber fallado en reconstruir lo que el macrismo había roto, nos convertimos en los mecenas de los invasores bárbaros.

Esa culpa nos quiebra el espíritu que es el objetivo más preciado de estas bestias.

Nuestro espíritu.

Empieza un año.

Debemos demostrarnos que aprendimos algo del que se terminó.

Demostrarnos que a veces la inteligencia no es “ver quién es más inteligente”, sino pasar a ocuparnos de objetivos más importantes que esas vanidades.

Enfocarnos en lo que sabemos hacer, enfocarnos en los compatriotas que necesitan de nosotros, en los que están esperando gestos claros y concretos que nos hagan serios y confiables, y no unos “emprendedores” de la política.

Empieza un año y el tiempo es una convención.

Pero es una convención que nos está jugando en contra.

El tiempo lo perdemos en intrincadas batallitas mientras nos olvidamos que de nosotros y nuestras eventuales grandezas depende que nuestro país vuelva a existir.

Empieza un año y me gustaría desearles felicidades y prosperidad a todos.

Es lo que les deseo aun sabiendo lo improbable que eso suena.

Pero estamos hechos de lo improbable, porque todo lo que logramos, nuestros años felices de prosperidad y construcción de una vida buena, los logramos siempre en contra de lo que nos tiene deparado a los que habitamos este lugar en la tierra.

Lo improbable es posible porque antes ya lo hicimos posible.

Y podemos hacerlo de nuevo.

Entonces: me animo a desearles felicidades y prosperidad mientras todavía no tiramos a la basura las muchas o pocas botellas vacías.

Con una advertencia: no podemos esperar la prosperidad para sentirnos felices, habrá que sintonizar antes con la felicidad de sabernos potencia.

Ver un poco más allá de la superficie del bullying estúpido, y saber que lo dañado y lo robado lo podemos recuperar.

Porque el tiempo nos está jugando en contra, pero no hay mal que dure cien años y cada año puede ser el número cien.

Y les dejo las palabras clave de mis viejos años nuevos: línea, plomada, anzuelo, carnada, bagre, vieja del agua, dientudo y boga.

Que si se puede ser feliz ignorando el mal, se puede ser feliz sabiendo que el mal está y que depende de nosotros que deje de estar.

CB/