Las bases trumpistas se rajan y parten en dos

LAS INTERNAS EN EE.UU.

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Por Juan José el Pájaro Salinas* (FP OTO)

Trump no las tiene todas consigo, y no sólo porque no tiene reelección y su principal oposición, el Partido Demócrata, está siendo crecientemente hegemonizado por su ala progresista liberal


Por Juan José Salinas

PAJARO ROJO
25/11/2025

Desde que la mayoría de los argentinos ha votado consciente o inconscientemente porque Argentina sea un protectorado o neocolonia, lo haya hecho de motu proprio o aterrados por una imaginaria pistola de Donald Trump en la sien, me interesan más las contingencias políticas y sociales que estremecen a los Estados Unidos del norte que la política local.

Trump no las tiene todas consigo, y no sólo porque no tiene reelección y su principal oposición, el Partido Demócrata, está siendo crecientemente hegemonizado por su ala progresista liberal (como se llamaba allí a la socialdemocracia hasta que Trump y sus acólitos se pusieron a tachar de «comunista» a cualquier woke que se les oponga), sino porque ya no sólo en el sector conservador del Partido Republicano –que siempre lo miró con recelo– sino en el propio movimiento MAGA, el corazón de sus partidarios, se han producido rajaduras, grietas tan profundas que hacen que una reconciliación entre los sectores enfrentados aparezca improbable sino directamente imposible.

En este contexto, y con el antecedente de deberle a los lectores los interesantísimos dichos del periodista Max Blumenthal sobre el asesinato de Charlie Kirk (no tenemos pruebas de que algún israelí haya estado implicado, pero es evidente que el genocida Netanyahu lo festejó), me llegó por Facebook un anuncio de Carlos Balmaceda (no el historiador, sino el inclasificable) anunciando su inminente entrevista por parte de Gustavo Paura en El mensajero del Zar (programa que no vi y que tampoco encontré en la red, por lo que supongo que está por suceder).

Transcribiré sus dichos aclarando desde ya que no me consta en absoluto que el ridículo racista Nick Fuentes sea, como escribió, «una noble criatura».

Y es que no sólo no pongo las manos en el fuego por Fuentes (que desde ya nos es un W.A.S.P.) ni siquiera pondría un billete de cien pesos.

Transcribo los dichos de Balmaceda en azul, luego de los videos, y en verde oscuro un pedagógico artículo del corresponsal del diario español «El Mundo» en Washington que lleva como título «Epstein y el antisemitismo fracturan el movimiento MAGA y dejan tocado a Trump» (¡Leánlo!).

Reitero por enésima vez que abomino del término «antisemitismo» el que, sostengo, debe reemplazarse por «judeofobia».

Al final, la mirada de la TV pública de Alemania sobre la crisis dentro del movimiento MAGA y seguidamente y en rojo, un comentario mio sobre la última nota de Horacio Verbitsky.

Tengan paciencia que todo es muy pero muy jugoso.

Escribe Balmaceda:

Me intrigó un reporte que hizo en LN+ Diego Iglesias (ex empleado CQC) sobre Nick Fuentes, en el que destacaba su «supremacismo» y «antisemitismo», con el que incluso, siempre según Iglesias, negaba hasta el Holograma.

Entrevistado por más de dos horas por Tucker Carlson, también considerado un nazi desde que expresó con fuerza sus posiciones antisionistas, con dos fragmentos sin contexto, la nota ponía el eje en la ruptura dentro de MAGA a partir de posturas como las de Fuentes.

Tomando partido por la Fundación Heritage, think tank de republicanos sionistas y con pocas diferencias en éste y otros sentidos con los demócratas, la idea era hundir a este joven de 27 años, que, al ser entrevistado por Carlson, dejó un poco más expuestos a los dos, exhibidos, sobre todo por Ben Shapiro, como nazis.

Para decirlo rápido, Shapiro es una inmundicia planetaria, el sionismo vuelto persona, un sorete hecho y derecho.

Después de analizar en esa entrevista la decadencia de los Estados Unidos y mostrarse escépticos y desesperanzados, surge de Carlson la frase «Irán no hace putas a nuestras hijas, Only Fans sí».

Y ambos coincidieron en que si no se prohíben esas redes sociales, la caída se pronunciará.

Con Fuentes, el problema es que no se trata de un «supremacista» al estilo de David Duke o Pat Buchanan.

Es de un pibe que hace casi 10 años que cuestiona el lobby israelí (en un momento de la entrevista cuenta que lo que le abrió los ojos fue leer El lobby israelí (Taurus, Barcelona, 2007), libro de John Mearsheimer que es pertinente aclarar, es judío, N. del E.) desde el corazón de MAGA cuando aún esta agrupación estaba en ciernes.

Carlson se sorprende cuando Fuentes le cuenta las operaciones que se hicieron en su contra: un año sin poder subirse a un avión, atribuirle la compra fraudulenta de su casa, unos 200 «escraches» en una noche, luego de que, tras el triunfo de Trump publique un tuit, «Tu cuerpo: mi elección», y se informe en las redes dónde vive.

Por fin, un intento de asesinato (un tipo que viene de exterminar a una familia entera va directamente a la puerta de su casa armado con una pistola y una ballesta) que termina con el agresor matando a dos perros de su vecino después de intentar escaparse del cerco policial, que finalmente lo liquida.

Carlson lo cuestiona por asociar a todos los judíos en su juicio, y Fuentes acepta esa crítica.

Es un diálogo amable e inteligente entre un pentecostal (que critica duramente a los evangélico-sionistas) y un católico, que reivindica con ciertas limitaciones y dogmatismo su identidad, blanca y cristiana.

Sostiene que los Estados Unidos se están diluyendo por la llegada y explosión demográfica de los inmigrantes.

Es una ironía que se apellide Fuentes.

¿Me importa especialmente Nick Fuentes?

No: me ocurre lo mismo que con Mamdani.

Veo a través de ellos cómo el imperio cae, y su contradicción fundamental es: ¿Cómo es que seguimos sosteniendo a un pequeño pseudo-estado que no solo nos saca miles de millones de dólares en recursos que tendríamos que invertir aquí, sino que además nos asocia a la peor de las matanzas?

Tal el dilema de estos activistas, que lo dicen abiertamente.

Y por eso, y porque tiene millones de seguidores, los estigmatizan, más a fuentes que a Carlson.

Fuentes es un peligro.

Lo que Shapiro dice de él es un vómito constante.

De hecho, si tienen paciencia y ven la entrevista, hay un compilado maravilloso.

Al referirse al libro de Mearsheimer, Fuentes dice que «es mentira lo de nuestra asociación estratégica, no hay nada ahí, ningún valor».

El motivo por el que Iglesias habló cinco minutos de Fuentes en LN+ es el de siempre: el sionismo.

La insidiosa operación para poner sobre el tapete a un personaje tan lejano a la realidad argentina responde a que, como colonia, reproducimos la mentira hegemónica del lobby.

Como el derrumbe del imperio y del mundo que creó es extraordinario, las más nobles criaturas que nacieron allí, como Carlson y Fuentes, se cuestionan, se plantean, se disuelven en una identidad para dar paso a otra, y la punta de lanza de todo esto es su gran cuestionamiento al satán de nuestra época.

Candance Owens, que es básicamente una negra quilombera, empecinada en demostrar que la mujer de Macron es un hombre, la misma que empezó woke y terminó en MAGA, y que también es repudiada por tipejos como Ben Shapiro, entrevistó a a ¡Norman Finkelstein!

Háganse un favor, vean esa entrevista que yo apenas pispié. ¡Norman Finkelstein!

Se va a venir una, se decía antes, se va a venir una…

PS/

PD: ya no me quedan dudas de quién mató a Kirk.

Aquí la entrevista completa en inglés (la subo sin haberla visto):

Epstein y el antisemitismo fracturan el movimiento MAGA y dejan tocado a Trump

La congresista radical Marjorie Taylor Green dimite tras ser tildada de «traidora», mientras la entrevista de Tucker Carlson al pronazi Nick Fuentes crea una crisis interna inédita

POR PABLO R. SUANZES / EL MUNDO

Desde hace décadas, la derecha estadounidense se enfrenta a un dilema identitario, una reflexión casi existencial y recurrente a la hora de formar alianzas.

Léon Bourgeois, político francés y padre del solidarismo, acuñó hace un siglo un lema inspirado en la Revolución que ha tenido mucho éxito al otro lado del Atlántico: «Pas d’ennemis à gauche» (Ningún enemigo a la izquierda).

En Estados Unidos, en 2025, el debate del mundo conservador gira en torno a esa misma máxima, pero al revés: «No enemies to the right« (NETT).

«No hay enemigos a la derecha», una declaración de principios representada hoy por el vicepresidente JD Vance y otros, que aspira a sumar fuerzas en torno a Donald Trump y el movimiento MAGA, con todos sus apéndices y afluentes.

En la segunda mitad del siglo XX, el conservadurismo estadounidense se rigió en gran medida por los límites imprecisos marcados por William F. Buckley, el intelectual de referencia y fundador de la revista National Review en 1955.

Su tesis, simplificada, era que para volver a ganar y ser dominante tras la era del New Deal y el progresismo, la derecha tenía que «fusionar» tres escuelas hasta entonces separadas o incluso enfrentadas: el conservadurismo social, una política exterior anticomunista y agresiva y las tesis liberales en favor del mercado.

Una transformación desde «dogmas regionales a un verdadero canon nacional».

La base de la revolución de Ronald Reagan.

Según Buckley, no bastaba con incluir, sino que era necesario excluir.

Lleno de contradicciones, con simpatías cambiantes hacia Franco, McCarthy o el apartheid, renegó formalmente del mencionado lema del Frente Popular galo, diciendo que en su cosmovisión no había lugar para «la derecha irresponsable».

Como ha escrito uno de sus biógrafos, a pesar de los muchos ejemplos en los que el escritor y comentarista flaqueó o pasó por alto actitudes extremistas, «Buckley veló por el movimiento que fundó.

Y en lo que él mismo consideró su mayor logro, lo mantuvo libre, en la medida de lo posible, de extremistas, fanáticos, chiflados, antisemitas y racistas», expresamente de gente como los miembros de la John Birch Society.

Como dijo su revista a su muerte en 2008: «Creó el conservadurismo moderno como movimiento intelectual y político, y evitó que se desviara hacia el fanatismo».

Hoy, algunos de los autores marginados por él por razones y con perfiles completamente diferentes, como los finados Sam Francis o Joseph Sobran, pero también los liberales Murray Rothbard o Ayn Rand –que calificó a la National Review como «la revista más peligrosa de Estados Unidos»– vuelven a estar muy de moda.

Esa coalición fusionada del conservadurismo se mantuvo, razonablemente estable, durante mucho tiempo.

Pero a principios del siglo XX, con la victoria de Obama, se mostró insuficiente.

Los progresivos cambios ideológicos para ampliar base, como una postura absolutamente proisraelí (Buckley repudió en público con un número íntegro de la revista dedicado a Pat Buchanan por tener una retórica «que equivalía al antisemitismo») y la entrega total del movimiento evangélico, no bastaban.

Y ahí aparecieron Trump, el movimiento MAGA y una constelación que une a los herederos del Tea Party, a los «conservadores nacionales», a los postliberales de Vance, a la derecha más dura, a los partidarios de monarquías, dictaduras o un Ejecutivo unitario, a los fanáticos de las conspiraciones más increíbles o los antivacunas, a los tecnogurús, a los influencers de las redes sociales, etc.

Un grupo imposible, con intereses comunes, y un líder claro, pero que ahora vive el inicio de algo parecido a las guerras civiles MAGA, un todos contra todos azuzado por el antisemitismo, el caso Epstein y las luchas de poder.

El pasado 28 de octubre, Tucker Carlson entrevistó a Nick Fuentes.

Carlson es una de los rostros mediáticos más poderosos y controvertidos de Estados Unidos: millonario, ex presentador estrella de la cadena Fox, amigo personal de Donald Trump, gurú mediático del universo MAGA y el único periodista occidental con acceso directo a Vladimir Putin.

Fuentes, un influencer de 27 años del nacionalismo blanco, es la figura de moda entre la derecha radical estadounidense.

Racista, antisemita, apologeta de Hitler (o de Stalin, como dijo en esa entrevista), negador del Holocausto, machista, tránsfobo.

Un integrista religioso, político y social, que se volvió viral el día de las elecciones presidenciales, en noviembre de 2024, cuando escribió: «Tu cuerpo, mi decisión.

Para siempre», una burla del feminismo, del derecho a decidir y del aborto, tras la vuelta de Trump al poder.

Aqui, un comentario de Infobae, medio que Horacio Verbitsky llama «Infoemba» por su cordón umbilical con «La» Embajada, y nosotros aquí «Infoembas» pues el socio de Daniel Hadad es Mario Mototo (a) «Pascualito», presidente de la Cámara Argentino-israelí de Comercio y proveedor de parafernalia bélica israelí a las fuerzas de seguridad, etc.

El vídeo de la charla entre Carlson y Fuentes tiene 6,5 millones de visitas y sigue creciendo.

Ha copado periódicos y tertulias (veré de subirla mañana).

Fuentes es algo parecido a un outsider, un radical que insulta, humilla, cruel, con una base de seguidores enorme y creciente, casi toda de hombres blancos y jóvenes, conocidos como Groypers.

Las principales plataformas sociales lo han expulsado por su contenido, pero Elon Musk le devolvió el acceso a X.

Ahora hace directos cuatro o cinco días por semana en Rumble, participa en todo tipo de podcast, como los del conspiranoico Alex Jones, y tuitea a sus fieles -1,1 millones en esa red- bajo el lema: «América primero.

Cristo Rey».

Programas en los que no sólo azuza y arremete contra los enemigos imaginables, sino también y especialmente contra los, en teoría, aliados. Gente como Ben Shapiro o el difunto Charlie Kirk, por blandos o acomplejados.

Pero, al mismo tiempo, Fuentes no es un crío en casa con un ordenador (o sea, un pibe con una compu.

N. del E.).Tiene acceso a gente importante del Partido y al entorno del presidente.

En 2022 visitó a Trump en Mar-a-Lago, su residencia de Florida, junto a su inesperado amigo, el rapero y furibundo antisemita, Kanye West.

Fuentes es referencia para muchos jóvenes republicanos, dentro y fuera del Congreso y la Casa Blanca.

Alguien que ha cogido el testigo de figuras igual de polémicas y racistas, como uno de los influencers trumpistas en su primer mandato, Milo Yiannopoulos.

Y al que Carlson blanqueó durante más de dos horas de charla, en lo que algunos analistas ven una autorización implícita de Trump, una forma de dar sello de aprobación a un contenido hasta ahora proscrito, pero necesario para las próximas batallas culturales entre los jóvenes, tras el hueco dejado por Kirk tras su asesinato.

El mundo conservador está en pie de guerra desde entonces.

Conservadores contra populistas, sionistas cristianos contra críticos de Israel, racistas contra establishment: una ruptura que muestra las costuras de un partido que pensaba que la figura de su líder basta para contener a los extremistas y que ahora no sabe cómo encauzar la situación.

El ex gobernador de Arkansas, Mike Huckabee, hoy embajador en Israel y cristiano sionista, o senadores como Ted Cruz, Mitch McConnell y Lindsey Graham, columnistas y congresistas, han puesto la voz en el cielo.

Ben Shapiro, con 30 millones de seguidores en redes sociales, llamó a Carlson «cobarde intelectual» y «el mayor difusor de ideas viles en Estados Unidos».

Trump dijo: -No sé mucho de Fuentes, pero si quiere entrevistarlo que lo haga, la gente tiene que decidir por sí misma») y Vance (al que Fuentes califica de «traidor a la raza» por estar casado con una mujer de origen indio) se han puesto de perfil, igual que hicieron días antes cuando Politico reveló que jóvenes republicanos, algunos de ellos con cargos políticos en el Ejecutivo, así como varias ramas del Legislativo, tenían un grupo de mensajería en el que hablaban sobre cámaras de gas, Hitler y violaciones grupales.

Alguno de ellos tenía hasta esvásticas en su despacho, pero el vicepresidente le quitó importancia: «Chistes estúpidos de críos».

Por el contrario, Kevin Roberts, presidente de la influyente Heritage Foundation, considerada «el cerebro del movimiento conservador», se ha puesto de parte de Carlson, «un amigo cercano» que se opone a la «cultura de la cancelación».

Profesores, investigadores y patrocinadores han dejado el think tank como protesta, en la primera herida seria al movimiento en mucho tiempo.

Roberts tuvo que disculparse en varios comunicados, para condenar a Fuentes de forma más directa pero también por haber usado buena parte del lenguaje favorito de los extremistas, como las expresiones «coalición venenosa» y «clase globalista».

Roberts juró que no era consciente de sus connotaciones antisemitas.

Su jefe de gabinete, Ryan Neuhaus, fue obligado a dimitir por el escándalo y lleva desde entonces difundiendo en las redes sociales que a su juicio los conservadores no tenían que haber cancelado a Pat Buchanan o a autores abiertamente racistas, como John Derbyshire y el mencionado Sam Francis.

Una de ellas era una foto de Buchanan con un revólver y la frase: «Poco a poco se demostrará su legitimidad».

La cuestión antisemita no es ni mucho menos la única crisis abierta en el universo MAGA. Ni, quizás, la más profunda.

El viernes por la noche, la congresista Marjorie Taylor Greene (foto) anunció que el 5 enero dejará el cargo.

La decisión llega tras semanas, meses, de progresivo distanciamiento con las políticas y el estilo del presidente, en casi todos los aspectos.

Taylor Greene es una figura cuyo peso es difícil de entender fuera de Estados Unidos.

Era la representante MAGA por excelencia, una fiel absoluta del presidente, una creyente a ciegas en la conspiración de QAnon y en todas las que fueran apareciendo.

Una crítica salvaje de la inmigración o de cualquiera que osara ir en contra del partido y el líder. Hasta que dejó de serlo.

Desencantada por el papel de Trump en el caso Epstein, la guerra de Gaza y la policía hacia Israel, tuvo una caída del caballo.

Pidió disculpas por su rol divisivo y su «retórica tóxica».

Criticó a los republicanos por el cierre del Gobierno y al presidente.

Y este se hartó.

Hace unos días empezó a llamarla Marjorie Traitor Greene, una «traidora» que había «perdido la cabeza».

Tras las críticas llegaron los ataques, el odio, las amenazas.

Y la congresista que más había azuzado a azuzado a las masas empezó a sentir en su piel el precio de ir contra el líder.

Días después, consciente de que no iba a soportar la presión, y de que no podía ganar unas primarias con Trump en contra, se hizo a un lado.

La guerra está abierta en todas direcciones.

Taylor Greene contra Laura Loomer, una figura estrambótica.

Una orgullosa islamófoba autoproclamada periodista, y amiga y consejera de Trump, que mueve fichas en la Casa Blanca y logra que se despida a funcionarios de Seguridad Nacional casi por capricho.

Una adicta a las redes sociales donde ataca, insulta, amenaza sin parar en todas direcciones, que se ha autonombrado la maltratadora de enemigos del presidente.

«Soy un profeta de la fatalidad cuyas advertencias de desastre son criticadas e ignoradas», dice de sí misma.

Loomer está en guerra permanente.

Por ejemplo, contra el ex consejero de Seguridad Nacional, Mike Waltz, y decenas de otros cargos.

Hay muchísimo más. Las bases del movimiento, creyentes de conspiraciones, millones de ellos, han estallado contra el director del FBI, Kash Patel, y su número dos, a los que ven como traidores y vendidos al Estado profundo por no usar su posición para desvelar la verdad.

Está el influencer Jack Posobiec (que cree que Franco y Pinochet son ejemplos a seguir para MAGA y habla de «genocidio blanco» y mete guiños nazis en sus tuits) y su odio a la fiscal general Pam Bondi por la gestión de los papeles de Epstein.

Steve Bannon, enemigo mortal de Elon Musk y de los tecnogurús.

Y ambos, Posobiec y Bannon, en una campaña contra el embajador de Estados Unidos en Israel.

Nick Fuentes contra Vance, avisando de que hará lo posible por hundir sus aspiraciones presidenciales.

Todos (incluyendo a Turning Point, la organización creada por el asesinado Charlie Kirk) contra Candace Owens, la mujer denunciada por Emmanuel Macron por decir que su esposa es en realidad un hombre.

Y Owens contra Bill Ackman, el inversor millonario convertido en trumpista que intentó con millones de dólares, suyos y de amigos, que Zohran Mamdani ganara la Alcaldía de Nueva York.

O el congresista caído en desgracia Thomas Massie, uno de los pocos republicanos que insistió en la necesidad de transparencia absoluta respecto a los papeles de Epstein, convertido ahora en enemigo número uno de la Casa Blanca.

El caso Epstein «ha roto MAGA», avisa Taylor Greene.

Un daño autoinfligido y casi imposible de digerir, como se ha visto, por las bases.

El daño es grande, ha reconocido Steve Bannon. Pero hay más catalizadores y síntomas.

El hundimiento de la Heritage Foundation, ancla conservadora y republicana.

El bombardeo de Irán o el alineamiento con Israel han enfadado a los partidarios del aislacionismo y el America First.

La ayuda a Argentina ha enfurecido a granjeros.

Y las palabras de Trump diciendo que hace falta traer «talento extranjero» porque en Estados Unidos no lo hay, ha ofendido a los nacionalistas como Bannon, que exigen expulsiones masivas y cerrar la frontera, incluso a los científicos y élites que venían con visas especiales.

«Todo el mundo hablaba de lo flagrante que era la corrupción.

Es de niveles que se leen en los libros de historia», denunció hace unos días Mike Cernovich, el teórico de la conspiración del Pizzagate e influencer MAGA, luego de una visita a Washington.

Las grietas han salido todas de golpe y a sólo un año de las próximas legislativas.

No es un secreto para nadie que el potentado Robert Maxwell fue un importantísimo agente del Mossad israelí, sospechoso, además, de haberlo asesinado según el libro «El espía del Mossad» de Gordon Thomas y Martin Dillon.

Todo indica que también lo fue su novena y última hija, Ghislaine Maxwell, pareja de Jeffrey Epstein y principal reclutadora de menores para su prostitució.

Epstein y ella, según diversas fuentes, trabajaban para el Mossad.

Esto es, hacían videos y filmaciones de los importantes empresarios y políticos que visitaban la isla y se apareaban con menores, de modo que eran fácilmente chantajeables, extorsionables, maleables.

Tampoco es un secreto para nadie que uno de los principales motivos (aunque no el único) de la fisura y fragmentación del moviento MAGA es la sospecha generalizada de que el Mossad lo tiene a Trump entre los chantajeados, como quien dice agarrado de las criadillas.

Es en este contexto que me sorprendió mucho como concluye Horacio Verbitsky su habitual artículo dominical, esta vez titulado La bestia en mi. Restándole importancia al tema:

«La estrategia inteligente (…) es refutar las teorías conspirativas, no fomentarlas. Cuando los grandes problemas como la IA y la hegemonía china nos alcancen, recordaremos el caso Epstein y nos preguntaremos:

‘¿En qué diablos estábamos pensando?’

» Sacá Epstein y poné Wanda Nara o La Jueza Mackintach, o El Muñeco Gallardo».

Comparar el caso Epstein/Trump con estas zarandajas parece altamente funcional a quienes quieren echar tierra y enterrar para siempre este asunto ¿no les parece?

JJPS/