La cuestión no es Tapia y Riquelme, la cuestión es qué Argentina se discute.

EL «CHIQUI!..CHIQUI»..!

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Por Gustavo Matías Terzaga.*

No basta con ser Campeones del Mundo para reconocer el mérito de un dirigente, hay que disputar cada metro y cada minuto nuestra soberanía.

Por Gustavo Matías Terzaga

 NAC&POP

26/11/2025

No basta con ser Campeones del Mundo para reconocer el mérito de un dirigente, hay que disputar cada metro y cada minuto nuestra soberanía.

Hay algo más hondo que el chisme moral o la “desprolijidad institucional” detrás de la insistencia con la que ciertos sectores le apuntan al «Chiqui» Tapia.

Hablo de las críticas, no del Poder.

Lo que asoma no es una legítima preocupación de corrección ética, sino una incapacidad –consciente o inconsciente– de leer o posicionarse ante la contradicción principal que subyace: el avance sobre el fútbol como territorio de soberanía popular y, por lo tanto, sobre una de las pocas construcciones comunitarias, genuinas y masivas que le quedan al pueblo argentino.

Muchos críticos se aferran a detalles nimios –la estética personal, los modismos, el origen barrial, la “informalidad”, el empleado que le seca la transpiración de la nuca– porque abordar la contradicción de fondo les exige algo que no pueden o no quieren dar: pensar políticamente, asumir riesgos, tomar partido ante un conflicto estructural que deciden no querer ver.

Evidentemente lo superficial funciona como defensa psicológica para ocultar la cobardía intelectual.

Es más “seguro” indignarse por la “falta de prolijidad en la gestión” del presidente de la AFA que comprender que, si cae ese personaje tan poco “respetable” para ellos, detrás vienen los fondos de inversión, la privatización plena, la conversión definitiva del fútbol en un commodity financiero.

Que en el fondo es lo que piensan, equivocados, porque ese deseo no trasciende el perímetro de lo meramente aspiracional de sus asuntos.

Existe también una moral selectiva, muy ligada a la cuestión de clase.

Tapia, con todo lo que representa –ascenso social desde abajo, sindicalismo, barrio, tribuna, peronismo, un poquito de mafia, pies en el barro– condensa un tipo de liderazgo popular que molesta y desestabiliza; afea.

Y el tipo inseguro no quiere estar ahí integrando la parte «infectada» de la sociedad.

Cuando se lo critica por supuestas “mafias” o “corruptelas”, no se está hablando realmente de él, sino del arquetipo que encarna: el dirigente salido del subsuelo histórico del país.

La moral que se le exige no es la moral republicana abstracta, es la moral “de los de abajo” sometida a un estándar imposible.

Mientras tanto, los empresarios que de verdad quieren quedarse con el negocio del fútbol no pasan por ese filtro ético, no se les reclama tal cosa.

Es el «derecho de los ricos«.

Allí, el prejuicio moral es una coartada para sostener la dominación del bando al que creen pertenecer, tan solo para intuir el placer de mirar «desde arriba«.

De puro forros que son.

Pero cuando sectores «formados» de nuestro propio campo se quedan trabados discutiendo nimiedades sobre Tapia, revelan algo mas preocupante; no están pudiendo percibir la contradicción estratégica mayor.

Y la contradicción no es “Tapia vs. transparencia y eficiencia para un fútbol mejor”.

La contradicción es pueblo vs. antipueblo; es cultura criolla vs. privatización total; es socios vs. fondos de inversión; el club de barrio vs. el club corporativo; la identidad vs. la mercancía; la Patria y la persona humana vs. el Dios dinero.

Un brutal despojo en nombre de la «modernización«.

Si no pueden ver eso en el fútbol –la creación cultural más profunda del país–, es lógico que tampoco puedan ver contradicciones más complejas; por caso Malvinas/Dictadura, que son temas que requieren lectura histórica, tensión dialéctica, comprensión de nuestra estructura y del poder real, esfuerzo intelectual.

Y así como quien puede lo más, puede lo menos; quien tropieza en el escalón más bajo del análisis político difícilmente pueda subir al siguiente más complejo.

Pero defender lo popular implica asumir imperfecciones como lo mas bello de ese fenómeno.

El punto moral más complejo es que defender lo popular jamás es defender lo perfecto.

El pueblo no es aséptico, el barrio no es aséptico, un líder popular no es aséptico; ninguna construcción popular lo es.

Pretender dirigentes populares impolutos, higiénicos y sin contradicciones es pedir que el pueblo sea transparente para agradar a la élite.

Es exigir una pureza moral que no se exige a los poderosos. Es confundir ética con puritanismo.

Por eso no comprenden a Maradona y, por ende, el país en el que viven.

La moral política auténtica exige otra cosa: sentir un valor que nos pertenece, identificar el frente principal de ataque y defenderlo por sobre todas las cosas.

Por eso, la cuestión no es Tapia y Juan Román Riquelme, la cuestión es qué Argentina se discute detrás de ese frente de ataque.

—Una Argentina donde el fútbol siga siendo un espacio de vida colectiva, donde los clubes sigan perteneciendo a sus socios y a los pibes del barrio.

O una Argentina donde el fútbol pase a ser apenas una ficha más de la especulación financiera global.

Quien centra la discusión en los modos, los rumores, las prolijidades o la moralina menor está renunciando a la política como herramienta para comprender la realidad.

Y peor aún, está mostrando que, ante contradicciones más altas, probablemente también se quede en la superficie, y eso implica que por cobardía o limitaciones morales, no estará en la última trinchera cuando las papas quemen.

GMT/

* Dedicado a los que viven señalando, miembros fundadores del «club de las primeras piedras«, ortivas que no sienten orgullo por nada y que nunca ganaron una Copa ni hicieron feliz a nadie.