¿Hace falta más evidencia de que todo fanatismo puede derivar en barbarie?

LOS QUE «SOBRAN»

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Por Alejandro Slokar* (FOTO)

En Núremberg, tras los juicios, se estableció un número superior a doscientos mil enfermos exterminados. Claro que la masacre no resultó exclusivo patrimonio nazista.

Por Alejandro W. Slokar

NAC&POP

25/09/2025

En tributo de admiración, semanas atrás Martín Granovsky evocó la memoria de su padre y su texto —siempre accesible en los anaqueles de la calle Corrientes— sobre aquellos otros genocidios de Hitler.

El recuerdo me condujo al afiche que en 1937 publicitaba la revista mensual Neues Volk: “Esta persona que padece una enfermedad hereditaria le cuesta a la comunidad 60.000 reichsmarks de por vida.»

«Ese es tu dinero también”.

Algún miserable de hoy lo reeditaría en el infame “Con la nuestra”.

Era propaganda contra el gasto público durante el régimen nazi, fruto de los recortes en la financiación de hospitales.

En Núremberg, tras los juicios, se estableció un número superior a doscientos mil enfermos exterminados.

Aquellos que padecían enfermedades mentales, afecciones psíquicas o neurológicas y también discapacidades físicas (ceguera, sordera hereditaria o deformidades) que fueron eliminados a partir del verano de 1939 hasta el fin de la guerra bajo el denominado programa Aktion T4.

¿Hace falta más evidencia de que todo fanatismo puede derivar en barbarie?

Claro que la masacre no resultó exclusivo patrimonio nazista.

Por vía del darwinismo social hay que remontarse en otros países a la eugenesia de fines del siglo XIX orientada por Francis Galton, pariente de Darwin, destinada a aumentar la calidad genética de las “cepas o razas superiores” para producir “hombres de una alta clase”.

Junto al germen supremacista, tambien la psiquiatría había acuñado la «higiene racial» y propuso alternativas para frenar el crecimiento demográfico, como la eutanasia y la esterilización, que tuvieron forma obligatoria en Alemania inmediatamente a partir del ‘33 hasta para portadores de “debilidad mental moral”, con la creación de Tribunales de Salud Hereditaria, que analizaban cada caso y sentenciaban la vasectomía o la ligadura de trompas.

Para con los niños, el 18 de agosto de 1939 se ordenó a todos los médicos que informaran de los recién nacidos con “malformaciones” y de aquellos de corta edad con padecimientos severos, aunque incluidos otros tan imprecisos como la “imbecilidad”.

La lista debía enviarse a un apartado de correo de Berlín, donde tres médicos evaluaban cada situación con un signo + que ordenaba el traslado a una de las cuatro clínicas pediátricas —que más tarde se ampliaron a treinta— donde se iban a encargar de matarlos por inanición o administrándoles en las comidas dosis excesivas de Luminal que les bloqueaba la respiración.

Ya en marzo de 1941 el gobierno dejó de pagar subsidios para niños con discapacidad, y en septiembre se promulgó una orden para separarlos por la fuerza de los padres que se negaran a entregarlos.

En tanto, a los ancianos, tras descartarse los métodos de homicidio empleados con las criaturas por su lentitud, se decidió gasearlos con Zyklon B, suministrado por un consorcio de industrias químicas —algunas de notoriedad aún hoy— que, además, para su elaboración recurría al trabajo esclavo de prisioneros.

Fue el abono de terreno para la “solución final”.

Todas las víctimas eran asumidas como “existencia lastre” debido al alto costo que suponía su cuidado y al gran número de camas que ocupaban.

Esa crueldad justificadora fruto de la perversión deshumana no dejó de tener anclaje jurídico. Podría tratarse de la “Teoría de las normas” del siempre evocado Karl Binding, que fundamenta la “moderna” dogmática penal hasta la actualidad.

Por lo menos así lo revela la disputa entre el Ministro de Justicia Freisler y el Presidente del Senado Klee: para el primero la referida teoría autorizaba la matanza, porque el texto de la ley no es importante; el segundo no duda que el homicidio de “vidas indignas de ser vividas” —como llegó a escribir Binding— es impune, pero exige el dictado de una ley. Freisler remata que Klee no comprende la teoría jurídica moderna que subordina el Derecho a la “norma”.

Difícil encontrar penalistas que no reivindiquen en Binding a un ineludible referente.

Aunque en 2010 le fuera retirada la distinción de ciudadano ilustre otorgada un siglo atrás en razón del 500º aniversario de la Universidad de Leipzig, de la que fue dos veces rector.

El motivo fue que con su desarrollo sobre la “vida sin valor” resultó precursor del Holocausto.

La historia —siempre del presente—, frente al imperativo básico de proteger la salud de personas con discapacidad, ancianos e infancias, sigue imponiendo la pregunta: ¿Dónde están los juristas?

¿Dónde, los tribunales?

AS/

  • Juez y Profesor Titular (UBA/UNLP)