Pisar la calzada pasó a ser tan grave como "sacar los pies del plato" macrista.

EL PUEBLO SALIÓ A LA CALLE Y GRITO: -«VIVA LA LIBERTAD» (SIN CARAJO)

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Por Ignacio Lisazo*

«¡Viva la libertad sin carajo!», gritaba el hombre flaco, alto, de unos 70 años, en medio de los vecinos reunidos en Rivadavia y Medrano, la histórica noche del 20 de diciembre, fecha trágicamente memorable desde el 2001.

Por Ignacio Lisazo

NAC&POP

22/12/2023

Sólo un puñado de visionarios, mágicamente intacta la fe democrática, pudieron imaginar que una hora después del megaDNU presidencial se iba a producir una reacción masiva espontánea y lúcidos sectores del pueblo saldrían a la calle en Buenos Aires y las más alejadas localidades del país.

El sistema de seguridad marca Bullrich había lanzado un día antes, por tevé y radio, su plan de intimidación y amenazas con el eslogan: el que corta no cobra, apuntando a amedrentar a la gente que tenía intención de sumarse a la marcha hacia plaza de Mayo, programada por diversas organizaciones sociales.

A las 8 de la mañana del miércoles fue detenido un ómnibus y se obligó a bajar a sus pasajeros aduciendo su condición de «posibles piqueteros», basada simplemente en su portación de rostro y pinta.

Si a una mayoría de los agentes policiales de turno se les hubiera quitado el casco que cubría su cabeza y la pilcha castrense habrían ligado la misma acusación: posibles piqueteros.

En las terminales ferroviarias de Retiro, Constitución y Once – con desusada presencia policial -, y las estaciones más importantes de subte no cesaban de exhibirse videos difundiendo el eslogan.

Bullrich completó la amenaza adelantando que los manifestantes serían filmados con drones.

A poco de arrancar la marcha se registró un round de trompadas y golpes de escudos entre los efectivos de seguridad y los ciudadanos que avanzaban por la diagonal Roque Sáenz Peña.

La orden de Bullrich se sintetizaba en una antigua fórmula aplicada por padres a hijos y patrones a trabajadores: poner-en-vereda a los manifestantes.

Pisar la calzada pasaba a ser tan grave como sacar los pies del plato macrista.

El clima de miedo a la represión, desde el no-cobra al generoso reparto de palazos y arbitrarias detenciones, estaba implantado.

Pero bastó la lectura de las carátulas del paquete de leyes derogadas – se eludió entrar en detalles – para que tantos argentinos, sintiendo que se pisoteaban groseramente sus derechos, se humillaba la ideología y se condenaba a millones a una próxima vida ruin, se decidieran a ganar la calle.

El presidente comentó las primeras reacciones diciendo que los manifestantes están afectados por el síndrome de Estocolmo.

Según la Asociación Americana de Psicología se trata de un trastorno por el cual «un cautivo muestra aparente lealtad y aún afecto hacia su secuestrador».

Aclarando que la fidelidad ideológica nada tiene que ver con el cautiverio en la ESMA, corresponde señalar la relación que tiene el propio presidente con dos personajes elegidos para desempeñar funciones de enorme relevancia.

«Caputo se fumó 15.000 millones de dólares irresponsablemente», supo acusar el presidente a su hoy ministro de economía.

«No podés lavar tu pasado de montonera asesina», descalificó públicamente a Bullrich, al rato a cargo nada menos que de la seguridad nacional.

Después hubo abrazos, «nos perdonamos», dijo madame, sin que el presidente adhiriera.

Concluída la lectura de grageas del decretazo Caputo y Bullrich aplaudieron entusiastas.

Pero mostrando aparente lealtad y aún afecto, siguen y seguirán cautivos de la fumata y el lavado imposible.

Confirmando la afección del síndrome, a Toto se lo vio proyectando paseos por Järfälla y Asspuden, y a Pato, por Nacka y Bredäy, barrios típicos de la capital de Suecia.

En busca de intervenciones providenciales a partir de la permanencia del pueblo en la calle, las miradas se dirigen al Congreso, la Corte Suprema y las centrales obreras.

El titular de la Corte, Horacio Rosatti, habló antes de conocerse el atentado a la Constitución.

Refiriéndose al protocolo armado por Bullrich sostuvo que manifestarse y circular sin problemas por la vía pública son derechos «que no pueden enfrentarse, ninguno debe estar encima del otro».

En tono irónico planteó una escena: que tres personas caminen en fila india no es protesta. Recordó el New Deal de Franklin Delano Roosevelt (1933-1938) como ejemplo de intervención judicial.

«La Corte de EE.UU. frenó el proyecto que establecía cambios muy reformistas, casi revolucionarios», definió.

También aportó una curiosa metáfora: «si para terminar de raíz con el dolor de cabeza, como la aspirina no es suficiente un gobierno propone cortar la cabeza de la gente, hay un eje razonable para intervenir».

A pesar de haber muerto hace 209 años los pegoteados restos del doctor Joseph-Ignace Guillotin (1) se habrán estremecido en su tumba del cementerio de Pere Lachaise.

Cortar la cabeza es cortar la vida.

Existen escalas intermedias que conducen a un final infrahumano: sueldo miserable, desocupación, hambre, carencia de vivienda, mutilación de derechos, represión a la protesta.

El mega DNU contempla visitas guiadas en todas esas estaciones.

¿Será un eje razonable para intervenir?

(1) Propulsor del uso de la guillotina, aquel médico y diputado francés murió decapitado en 1814 con el aparatejo fruto de su inquietud, por orden del rey Luis XVIII, que lo acusó de haber traicionado a la Revolución. Casi 20 años antes, concretado el triunfo del liberalismo económico, habían rodado primero la testa de Georges Danton, a instancias de Maximilien Robespierre, y a los 6 meses la de Robespierre. Toda carta tiene contra y toda contra se da, sentencia el tango con su clásica modestia verbal.