La ley de la selva nos acecha con feroz violencia, a juzgar por las declaraciones de ciertos candidatos

UN ESTADO REPUBLICANO O UN GOBIERNO PRETORIANO

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Por Pepe Muñoz Azpiri

Las consecuencias las sufrimos ahora, nuestro país está más agobiado que nunca con una deuda externa sideral, una desocupación pavorosa y una alarmante decadencia de su sociedad.

Por Pepe Muñoz Azpiri

La Máscara de la muerte Roja ya se hizo presente en el conurbano.

(Editorial de «El valor de las palabras» Radio Cultura 12/06/2023)

 

La historia tiene lugar en la abadía almenada del «intrépido, feliz y sagaz» príncipe Próspero.

Próspero y otros mil nobles se han refugiado en esta abadía para escapar de la muerte roja, una terrible plaga con síntomas espantosos que se ha extendido sobre la tierra.

Las víctimas son superados por los «dolores agudos», «mareo repentino», y hematidrosis, y mueren en menos de media hora.

Próspero y su corte son indiferentes a los sufrimientos de la población en general; tienen la intención de esperar el fin de la plaga en el lujo y la seguridad detrás de las paredes de su refugio, después de haber soldado las puertas cerradas.

Una noche, tras seis meses de aislamiento, Próspero tiene un baile de máscaras para entretener a sus invitados en siete habitaciones de colores de la abadía.

Cada una de las primeras seis habitaciones está decorada e iluminada por unos braseros colocados justo delante de las ventanas, dando un color específico: azul, púrpura, verde, naranja, blanco y violeta.

La última sala está decorada en negro y está iluminada por una luz escarlata, «un color oscuro de sangre».

Debido a esta pareja de enfriamiento de colores, muy pocos huéspedes son lo suficientemente valientes como para aventurarse en la séptima habitación.

La misma habitación es la ubicación de un gran reloj de ébano que ominosamente resuena cada hora, en la que todos dejan de hablar o bailar, y la orquesta deja de tocar.

Una vez que el reloj deja de repicar, se reanuda inmediatamente la mascarada.

En el repique de la medianoche, los juerguistas y Próspero notan, entre el público, una figura en un traje oscuro, salpicado de sangre, que asemeja una mortaja.

La máscara de la figura se asemeja a la cara rígida de un cadáver y exhibe los rasgos de la muerte roja.

Gravemente enfurecido, Próspero pide que inmediatamente se le desenmascare para conocer la identidad del misterioso huésped.

Los invitados, demasiado aterrados para acercarse a la figura, lo dejan pasar a través de las seis cámaras.

El príncipe le persigue con una daga mientras que el misterioso huésped atraviesa los salones sin nadie que le cierre el paso, hasta llegar a la séptima habitación.

Cuando la figura se vuelve hacia él, el príncipe deja escapar un grito agudo y cae muerto.

Los juerguistas enfurecidos y aterrorizados convergen en el cuarto negro e intentan todos juntos retirar por la fuerza la máscara y el traje, sólo para descubrir con horror que no hay nada debajo.

Sólo entonces se dan cuenta de que la figura es la misma Muerte Roja, y todos los huéspedes contraen y sucumben a la enfermedad.

La última línea de la historia lo resume así: «Y las tinieblas, y la corrupción, y la Muerte Roja lo dominaron todo».

Además, el castillo está destinado a ser un espacio cerrado, sin embargo, el extraño puede entrar furtivamente, lo que sugiere que el control es una ilusión.

El castillo de la ficción constituye en la actualidad el barrio-country de la burguesía argentina, una suerte de Villa Miseria onerosa dada al intimidad forzada de sus habitantes y la promiscuidad de algunos de sus propietarios (basta recordar el caso García Belsunce) que han decidido construir una realidad paralela a la sociedad de que construyeron y devastaron:

una sociedad anómica donde se sobrevive a la buena de Dios y sin ningún tipo de reglas.

Para Durkheim, la anomia es un problema moral relacionado con el deterioro o rompimiento de lazos sociales y el decaimiento de la solidaridad.

También lo asocia con la transformación de las representaciones colectivas y de allí, con el problema de la regulación de expectativas y deseos.

Para la psicología y la sociología, la anomia es un estado que surge cuando las reglas sociales se han degradado o directamente se han eliminado y ya no son respetadas por los integrantes de una comunidad.

El concepto, por lo tanto, también puede hacer referencia a la carencia de leyes.

Este síntoma perverso, esta manifestación maligna, es la consecuencia directa de la devastación ejecutada por el gobierno de Carlos Saúl Menem, quien no solo traicionó arteramente la doctrina que invocó durante su carrera política y sus promesas electorales («Si decía lo que iba a hacer no me votaba nadie» llegó a decir sarcásticamente) sino que profundizó las directrices impuestas por la Escuela de Chicago y la Dictadura del 76.

A saber:

– Se desmanteló el estado eliminando todos los organismos de control.

– Se privatizaron todos los servicios, las empresas, las rutas y la empresa estatal de energía YPF

– Se privatizaron las jubilaciones inventando la estafa obligatoria de las AFJP

– Se indultó a los comandantes responsables de los crímenes de la dictadura.

– Se condenó a muerte a miles de pueblos y Pymes con la venta de los ferrocarriles y el cierre de ramales. Fue la desarticulación de un territorio inmenso.

– Inventó las relaciones carnales con Estados Unidos y el «paraguas» para Malvinas.

-Se involucró en un conflicto ajeno (Medio Oriente) que le costó al país dos atentados terroristas.

Las consecuencias las sufrimos ahora, nuestro país está más agobiado que nunca con una deuda externa sideral, una desocupación pavorosa y una alarmante decadencia de su sociedad.

La erosión de los continuos desequilibrios económicos se compadecen con la precariedad de las bases políticas.

Hay gobiernos pero no hay Estado.

Y sin la presencia tutelar del Estado las mayorías se sienten desamparadas, de ahí la peligrosidad  del discurso y la actitud de ciertos protagonistas de la política doméstica, caracterizados por la precariedad conceptual y un acérrimo odio de clase y vocación de exclusión..

La ley de la selva nos acecha con feroz violencia, a juzgar por las declaraciones de ciertos candidatos, que solo ofrecen como garantía como propuesta la profundización de una política económica excluyente, especulativa y timbera con su correlato  de agitación social y consiguiente represión.

Un Estado Republicano a un gobierno Pretoriano , esa es la disyuntiva; pero no parecen advertirlo los responsables de este estado de anomia y desintegración del que se creen exentos viviendo la realidad paralela de los «barrios cerrados», los «countries» y los emprendimientos inmobiliarios «exclusivos».

Porque recordando «La Máquina del Tiempo» de Wells, advertimos que ellos son «Elois» de cabotaje o segunda selección, mientras que los Morlocks cada día son más y ya no solo nos acechan de noche o en la oscuridad,  sino que nos matan al mediodía para robarnos la moto o el auto (como se sucedió con un Blaquier que seguramente se creería inmune a la «negrada» y la marginalidad).

Mientras tanto se proclama un individualismo egoísta y exacerbado enmascarado como mérito.

Hemos llegado a la locura atroz de proponer saldar las deudas con la venta de órganos y abandonar toda manifestación de inclusión y solidaridad social.

La actual anarquía pasiva, si no reaccionamos, se transformará en los próximo días en activa anarquía y no merece nuestro pueblo, nuestro sufrido y paciente pueblo, tantas angustias.

En los últimos días, un personaje de Lombroso, con una dislexia notable y que presume de cantante.

Violento y drogadicto, poseedor de todas las máculas que condena la casta social que constituye el electorado de una ex terrorista devenida en defensora del «orden» establecido y de sus personeros y beneficiarios, fue detenido en una lujosa mansión de un country.

El Morlock abandonó la lúgubre caverna  donde moraba con sus seguidores   y penetró en el castillo de Próspero.

La Máscara de la Muerte Roja se ha adueñado de la sociedad.

 

Pepe Muñoz Azpiri