No habló de derechos humanos, no habló de democracia, no habló de elecciones libres, ni, de autodeterminación de los pueblos.

EL SECUESTRO DE MADURO Y LA ESTUPIDEZ

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Por Alejandro Olmos Gaona*

«Basta con escuchar, sin intermediarios ni relatos edulcorados, las propias palabras del Secretario de Estado de los Estados Unidos, Marco Rubio (FOTO), para que se derrumbe todo…»

Por Alejandro Olmos Gaona

NAC&POP

06/01/2026

Al enorme conjunto de personas cuya estupidez —o mala fe— les impide ver la realidad, le haría bien reflexionar sobre estas menciones que hago, ya que nada hay mas falso ni más cínico de quienes, con liviandad infantil o fanatismo ideológico, celebran el secuestro de Nicolás Maduro como si se tratara de una gesta emancipadora, una cruzada moral o una operación en favor de la “libertad del pueblo venezolano”.

Basta con escuchar, sin intermediarios ni relatos edulcorados, las propias palabras del Secretario de Estado de los Estados Unidos, Marco Rubio, para que se derrumbe todo el andamiaje discursivo de la supuesta “liberación”.

Rubio fue brutalmente claro: Habrá sanciones hasta que el gobierno abra la industria petrolera estatal a la inversión extranjera —presumiblemente con prioridad a las empresas estadounidenses—

Ante todo, nos importan la seguridad, el bienestar y la prosperidad de Estados Unidos”, y representa una enorme influencia que continuará hasta que veamos cambios, no solo para promover el interés nacional de Estados Unidos, que es la prioridad,

No habló de derechos humanos.

No habló de democracia.

No habló de elecciones libres ni de autodeterminación de los pueblos.

Habló, sin rodeos, de petróleo, inversiones, influencia y del interés nacional estadounidense. Es decir, de lo mismo de siempre.

La captura forzada de un jefe de Estado extranjero —porque eso es un secuestro, aunque lo disfracen con eufemismos— no tuvo como finalidad liberar a nadie, sino reordenar el control de un recurso estratégico y disciplinar a un país que no se somete plenamente a los designios de Washington.

El resto es propaganda para consumo interno y para la exportación ideológica a sectores acríticos de la periferia.

Quienes hoy aplauden esta acción deberían preguntarse algo elemental: si Estados Unidos actúa movido por el amor a la libertad, ¿por qué no hace lo mismo con Arabia Saudita, una de las monarquías más brutales del planeta?

¿Por qué no secuestra a dictadores aliados, responsables de asesinatos, persecuciones políticas y represión sistemática?

La respuesta es obvia: porque allí no está en juego un adversario, sino un socio, no se castiga al tirano, se castiga al que no obedece.

La “defensa de la libertad” aparece y desaparece según convenga al interés económico y geopolítico del imperio.

Venezuela no fue castigada por autoritaria —que lo es—, sino por no garantizar el control pleno de su principal recurso estratégico a las corporacione estadounidenses.

Cuando Rubio dice que la presión continuará “hasta que veamos cambios”, no habla de cambios institucionales, sino de cambios en la estructura de propiedad y explotación del petróleo.

Pero si a alguien le quedaban dudas, Donald Trump se encargó de despejarlas con su habitual brutalidad discursiva.

Trump nunca fue un defensor sofisticado de los derechos humanos; fue, y es, un empresario que entiende la política exterior como un negocio.

Por eso, a diferencia de otros presidentes que maquillan sus intervenciones con retórica liberal, Trump dijo en numerosas ocasiones lo que otros solo insinúan.

Refiriéndose a Venezuela, Trump sostuvo reiteradamente que el país posee “una de las mayores reservas de petróleo del mundo” y que Estados Unidos “no debería permitir que ese recurso siga en manos equivocadas”.

En más de una oportunidad afirmó que Venezuela podría ser “una gran inversión” si cambiaba su gobierno, dejando en claro que el problema no era la represión ni la falta de elecciones, sino quién controla el petróleo.

La lógica es la misma que Trump expresó sin rodeos al hablar de Irak: “We should have taken the oil” (“Deberíamos habernos quedado con el petróleo”).

Esa frase, que generó escándalo en su momento, no fue un exabrupto: fue la formulación cruda de una doctrina histórica.

Las intervenciones militares y políticas de Estados Unidos no se explican por valores, sino por recursos y poder.

En ese marco, el secuestro de Maduro no aparece como un acto excepcional ni como una respuesta ética frente a una dictadura, sino como una herramienta más de presión para forzar un cambio de régimen funcional a los intereses económicos estadounidenses.

Trump nunca ocultó que su objetivo era “hacer un buen trato” con Venezuela, abrir su economía, privatizar su industria energética y reinsertarla en la órbita de Washington.

Por eso resulta grotesco escuchar a opinadores locales, influencers libertarios y dirigentes políticos celebrar el secuestro como una victoria de la libertad.

No solo ignoran deliberadamente el derecho internacional y la prohibición absoluta del uso de la fuerza y la captura de autoridades extranjeras, sino que además aplauden una acción cuyos propios autores definen como una operación de interés nacional, no como una misión humanitaria.

El secuestro de Maduro no liberó a Venezuela.

No empoderó a su pueblo. No inauguró una era de derechos.

Fue un acto de fuerza destinado a reconfigurar el control de un recurso estratégico, bajo la amenaza de sanciones, coerción económica y violencia política.

Trump lo dijo sin hipocresía: se trata de intereses, de negocios, de poder.

La verdadera estupidez no es solo creer el relato de la liberación, sino negar las palabras explícitas de quienes ejecutaron la acción.

No hubo altruismo, hubo petróleo.

No hubo ética, hubo coerción.

Y no hubo libertad: hubo, una vez más, la ley del más fuerte disfrazada de discurso moral.

Celebrar esto como un acto de justicia es, como mínimo, una estupidez.

Como máximo, una complicidad consciente con la violación del derecho internacional, la soberanía de los Estados y el principio básico de no intervención.

No hubo altruismo, no hubo épica, no hubo liberación: hubo fuerza, imposición y negocios.

Recordemos que Trump en su intervención del sábado en Mar-a-Lago, pronunció 27 veces la palabra petróleo, pero ni una sola la palabra democracia.

La historia latinoamericana está plagada de episodios idénticos: golpes de Estado, invasiones, bloqueos, secuestros y sanciones siempre justificados en nombre de valores que jamás se aplican cuando el tirano es funcional a los intereses de Estados Unidos.

Cambian los discursos, cambian los funcionarios, pero el patrón se repite con una monotonía obscena.

Por eso, la verdadera estupidez no es solo creer que Maduro fue “liberado” del poder por el bien de su pueblo, sino negar la evidencia explícita que los propios autores de la acción confiesan sin pudor.

No fue un acto moral: fue un acto de poder.

Y aplaudirlo no es defender la libertad, sino rendirse, una vez más, al relato del más fuerte.

AOG/