En "1984" Orwell ridiculiza a Magnetto, Macri, la Corte y a todo Juntos por el Odio

DE «ELLOS O NOSOTROS» A «NOSOTROS, SIN ELLOS»

Por Ignacio LIzaso*

El odio es una planta venenosa que millones de seres, un tanto humanos, cuidan primorosamente y riegan con su propia hiel. De ahí el color amarillo verdoso y el sabor amargo que se aprecia en esa maceta que se ve en el balcón terraza del piso de la Bullrich, que además de su hiel chardonnnay le agrega un chorro de dióxido de cloro que provee la Canosa.

Por Ignacio Lizaso

NAC&POP

23/09/2022

A Héctor Magnetto, Mauricio Macri y a la horticultora – autoproclamada candidata a presidente de Juntos por el Odio – no les resulta suficiente ver cómo crece la planta, se reproduce y acaso termine haciéndose bosque.

Ellos y sus exaltados seguidores necesitan que los odiados coman su fruto y mueran, o por lo menos, padezcan su inmediato efecto ponzoñoso.

Refiriéndose al intento de asesinato a CFK, el filósofo Rocco Carbone no duda de la acendrada vocación letal del odiador.

El odio moviliza «una voluntad desaparecedora, basta que un diputado agite el pedido de pena de muerte para que estas aguas turbias repercutan en las redes y desemboquen en el atentado», considera Carbone, oriundo de Cosenza, Italia, naturalizado argentino.

Emile Cioran, pensador rumano radicado en Francia, destacado teórico del escepticismo, sostiene que si bien hay hombres que no están acabados cuando dejan de amar, no son menos los que sólo se derrumban cuando ya no son capaces de odiar.

Anunciado su propósito de conducir el país (al abismo), si algún asesor de madame Bullrich tuviera cierto grado de cultura, para enriquecer su patológico discurso debería sugerirle que leyera a un Maestro del Odio, Eric Arthur Blair. Al oir la mención de este apellido la Bullrich supondría que se trata de Tony Blair, primer ministro británico que pasó de ser líder laborista a hacer lobby a favor de empresas petroleras.

Brusca descomposición ideológica coincidente con el impetuoso tránsito peronista-ex peronista-antiperonista de madame.

Aclaración imprescindible: con el seudónimo de George Orwell, este Eric Arthur alcanzó alta celebridad como narrador gracias a su novela «1984».

Publicada en 1949, con toques de ciencia ficción la novela introduce al lector en lo que podría ser la vida 35 años más tarde, de ahí el título, en un supuesto Londres.

Bajo un régimen totalitario, el aceitado sistema de vigilancia, espionaje, censura y represión – la Policía del Pensamiento – permite acceder, por ejemplo, a cada palabra que escriba cualquier ciudadano en sus anotaciones privadas. Intromisión que el ciudadano admite resignada, mansamente.

El Ministerio del Amor se ocupa de aniquilar a los disidentes y el de la Paz se dedica a desatar sucesivas guerras. Se cuenta con máquinas que escriben relatos pornográficos para satisfacer los instintos animalescos de la población.

Siendo imposible comprender el mundo real se lo sustituye por fantasmas y mentiras. Son deplorables las condiciones de vida.

Edificios ruinosos, comida chatarra y además racionada, salarios exiguos.

Para orgasmo de la conducción de JxC rige una norma ineludible: todos los habitantes tienen la obligación de asistir a una sesión de un ciclo que llaman «dos minutos de odio».

No importa dónde se encuentren.

En la sala o el patio más cercanos a determinada hora se habilitan sillas y desde una pantalla son exhibidas imágenes de un enemigo del régimen: Emmanuel Goldstein.

El hombre profiere discursos en los que «ataca venenosamente las doctrinas del partido gobernante» y denuncia que el presidente es «un dictador», mientras se ve como fondo la marcha de soldados de rostros asiáticos de un ejército invasor y se escucha el atronador sonido de sus botas.

«Antes que la sesión de odio se haya extendido 30 segundos la mitad de los espectadores lanza incontenibles exclamaciones de furia», dice Orwell.

Al completarse el segundo minuto un clima frenético domina a la platea, clima tan incontrolable que a menudo los alaridos de odio se desvían hacia el mismísimo Gran Hermano, título que ostenta el líder del Partido.

Esta sesión de entrenamiento se reitera todos los días. Si se aplicara el experimento a nuestra realidad los Roa y Van der Kooy jurarían que Goldstein es un venezolano adiestrado en Cuba y que los soldados invasores son iraníes.

Tras la relectura de «1984» vuelve a conmover la lucidez con que Orwell se adelanta a pronosticar detalles de cómo se viviría en un régimen que en 1947 y 1948 (período en que escribió la novela) parecía que sólo se había instaurado en la Alemania nazi y concluído apenas 4 años antes con una aplastante derrota.

Son numerosas las usinas de difusión de la veta más transitada en estas tierras: el odio al peronismo, golosamente extendido a Néstor Kirchner y desde el periodismo de guerra, multiplicado con Cristina como presa.

«La violencia nació en nuestro país el 17 de octubre de 1945», pontificaba Mariano Grondona, redactor en 1962 del comunicado 150, que justificaba el golpe de estado que derrocó al gobierno de Arturo Frondizi y daba sustento ideológico al golpe que 4 años más tarde iba a liderar Juan Carlos Onganía.

Hace apenas unos meses Macri vociferó su propósito de extorsión, a partir de haberse adueñado de los prontuarios que se armaron tras los operativos de cálido, íntimo espionaje a hermanos, compañeros, opositores.

«Cualquiera que hoy saque los pies del plato, desaparece», sentenció amenazando con descalificadores carpetazos.

El simple uso del verbo desaparecer, con 30.000 vidas de permanente recuerdo, sigue teniendo tremenda significación para los argentinos.

En pleno ejercicio de la impunidad judicial que lo continúa cobijando, Macri se permite usarla sin que le preocupen los ecos que origine.

Los que podrían sacar los pies saben que la desaparición que empuña Macri se presenta en el mercado como la ropa de marca.

Así como se cotizan las pilchas Yves Saint Laurent y Kenzo, las desapariciones se ofrecen en distintos estilos: Alfredo Astiz, Ramón Camps, Miguel Etchecolatz o el «Tigre» Acosta. Según investigó el citado Carbone, los Macri tienen sus raíces en ´Ndranghetta, famiglia de la mafia calabresa, que domina el arte de proceder a la extinción de los camaradas que se animan a desertar y los opositores más temibles.

Cuesta entender que esta manga de simiescos energúmenos pretenda olvidar no pocos episodios que marcaron el pasado nacional.

El primer crimen político fue provocado a sólo 10 meses del 25 de mayo de 1810.

La víctima fue Mariano Moreno, que viajaba en un barco inglés rumbo a Europa.

Afectado por severos problemas de salud, el capitán de la nave, un tal Walter Bathurst, se negó a detenerse en un puerto intermedio y le suministró una dosis de antimonio tartarizado, de efectos semejantes a los del arsénico.

Su hermano Manuel Moreno y Tomás Guido que lo acompañaban declararon que esa dosis era 40 veces más fuerte que la de uso corriente.

Lo más grave fue que ambos testigos adhirieron como conjetura a la fundamental participación de Cornelio Saavedra en el desenlace.

Saavedra había contratado el viaje y a Bathurst. Extremos de violencia.

Las cabezas del militar Ignacio Warnes (1816) – en la calle que lleva su nombre curiosamente predominan los comercios que venden repuestos – y el caudillo Angel «Chacho» Peñaloza (1863) fueron clavadas en una pica y exhibidas para que escarmentara la barbarie.

«Extravío irreparable», define Felipe Pigna a la orden de Juan Galo de Lavalle (1828) de fusilar a Manuel Dorrego.

Inauguración del genocidio. Julio A. Roca – el «Zorro» luce su estampa en la estatua de mayor altura erguida en la ciudad, a la vista de la plaza de Mayo, que en vano luchó Osvaldo Bayer para que fuera retirada – llevó adelante el operativo de exterminación de decenas de miles de indígenas de tribus originarias, disfrazado de conquista del desierto. Hazañas en la Patria Grande.

El ejército nacional fue pieza esencial, al servicio de la Baring Brothers, de la matanza de niños y ancianos paraguayos en la guerra de la Triple Alianza.

Retornando a casa, resultó siniestra la represión por las huelgas de la Patagonia rebelde, La Forestal, en Santa Fe, y la Semana Trágica en la capital.

En 1935, en un intento de asesinato perpetrado con Lisandro de la Torre como víctima cayó muerto su secretario, Enzo Bordahebere.

En síntesis, a más de 120 calles de Buenos Aires se les han impuesto los nombres de ciudadanos fusilados y decapitados, y a la par, los nombres de quienes ordenaron esas muertes.

Cifras escalofriantes.

Ni vencedores, ni vencidos, se atrevió a afirmar Justo José de Urquiza, pero apenas concluyó la batalla de Caseros alentó que se desencadenara una serie de fusilamientos y degüellos.

A uno de los militares enemigos, el coronel Martiniano Chilavert, héroe de las fuerzas rosistas, le avisaron que escapara, pues Urquiza había jurado que no le perdonaría la vida. «Los hombres como yo no huyen», gritó Chilavert.

Urquiza dispuso que fuera baleado por la espalda, como a los traidores.

Chilavert forcejeó con los verdugos y los disparos no alcanzaron a matarlo.

Bayonetas y sables se encargaron, entonces, de la misión.

El cuerpo de Chilavert quedó tirado en el campo de batalla.

La calle que lleva el nombre de Chilavert tiene la misma extensión (6 kilómetros) que la dedicada a la memoria de Ramón Falcón, duro represor como jefe de policía de huelgas y actividades sindicales entre 1906 y 1909, año en que lo asesinó el adolescente anarquista Simón Radowitzky.

Confirmado: las patas en la fuente marcan el nacimiento de la violencia.

Estos crímenes que arrancan en 1811, se han prolongado, siempre con el aliento del imperecedero odio a la ideología nacional y popular.

Se sucedieron las sangrientas etapas de 1955, 1966 y 1976, y las más frescas, la que se concretó con la Bullrich como ministra de seguridad, que incluyó los asesinatos de Santiago Maldonado y Rafael Nahuel, y la que parece haber culminado con el intento de magnicidio de CFK.

Ahora surge la ingenua antinomia «ellos o nosotros», formulada por el economista raza hereford Ricardo López Murphy.

La opción adquiere un enunciado muy distinto si la plantean Magnetto, Macri, o la Bullrich.

Pasa a ser: nosotros, sin ellos.

Y a no extrañarse si dentro del nosotros asoma una salvedad de Macri: no todos.

Son oscuros personajes de Orwell y los afecta la patología señalada por Cioran.

IL/