Hace unas horas alguien juzgó que Cristina Kirchner merecía morir y decidió ejecutar la condena.

JUICIO Y CONDENA

[addthis tool="addthis_inline_share_toolbox_h8hi"]
Por Fernando Silvestre

Cuando ya no importa que las acusaciones estén fundadas en pruebas imaginarias, tampoco importa quien dicte o ejecute la condena. No es la primera vez en nuestra historia reciente que se acusa sin fundamentos – porque «algo habrá hecho» – y se mata sin condena.

 

 

 

Por Fernando Silvestre

 

Hace unas horas alguien juzgó que Cristina Kirchner merecía morir y decidió ejecutar la condena.

Apuntó el revolver directamente a su cabeza y gatilló.

En su mente, ella era culpable de delitos terribles y tenía que pagar.

Quiso transformarse en verdugo de una condena que ningún juez dictó, en un juicio que nunca tuvo lugar.

La escena no es más que el último eslabón de una cadena iniciada por un fiscal que decidió acusar en base a pruebas que nunca existieron.

Continuada por intelectuales que compararon su proceso – y por ende los delitos de la que se los acusaba – con los cometidos por la última dictadura militar.

Llevada a su culminación por esa especie de tribunal popular en que se han transformado los medios de comunicación, donde la reiteración de una acusación vacía oficia de prueba, y la opinión de los periodistas funciona como veredicto.

Cuando ya no importa que las acusaciones estén fundadas en pruebas imaginarias, tampoco importa quien dicte o ejecute la condena.

No es la primera vez en nuestra historia reciente que se acusa sin fundamentos – porque «algo habrá hecho» – y se mata sin condena.

Ya hubo otros miles de sentenciados sin juicio, asesinados por verdugos que se veían como jueces.

Hoy sólo una persona jaló del gatillo, pero los responsables son muchos.