Desde 1968 se han sucedido unos 4.000 banquetes televisivos

MIRTHA CUMPLE, MAGNETTO DIGNIFICA

Por Ignacio Lizaso*

Magnetto quiere que Mirtha Legrand colabore con la campaña contra el «zurdaje K»

Por Ignacio Lizaso

NAC&POP

03/08/2022

Estamos metidos a muerte en la campaña para acabar con esta bruja y su gobierno, ahora o en 2023.

¿Cómo puede ser que se desaproveche a Mirtha Legrand, una mujer que hizo tanto por Cambiemos, es una bandera del palo y fue la única que se animó a decirles zurdos en la cara?

Tiene que volver Mirtha.

Ella quiere.

A ver si lo arreglan ya.

Tal fue la esencia del mensaje.

La voz de Héctor Magnetto, emperador del grupo Clarín, propietario de canal 13, alcanzó un tono terminante.

Adrián Suar empezó a accionar esa misma noche.

«Todo está listo para el regreso», anunció la semana pasada.

«Mirtha irá los sábados y Juana Viale los domingos», se completó la información.

Pero la negociación se ha complicado.

Su nieta Juana Viale concluyó su ciclo sin certezas sobre una posible continuidad y acusada por Beto Casella, generalmente objetivo en materia política, de que su programa se había convertido en «un comité de JxC».

Daniel Vila ha dicho que la ama y le encantaría incorporarla a América.

En una fugaz aparición se vio a la diva – insisten en mantenerle ese imaginario cartel luminoso – forzando sonrisas y literalmente sostenida por los brazos de Suar y el empresario Carlos Rottemberg.

¿Estará en condiciones de volver con cierta dignidad, no ya en el orden ideológico, sí como conductora, más de medio siglo después de su debut?

Desde 1968 se han sucedido unos 4.000 banquetes, con asistencia de más de 20.000 invitados.

De un cálculo ligero surge que semejante volumen de morfe pudo haber servido para mitigar el hambre – y a qué nivel de manjares – de 100.000 humildes ciudadanos.

Tras la derrota de JxC en las elecciones de 2019 a madame Legrand, ya sobradamente nonagenaria, se le fue la compostura y proclamó que Mauricio Macri la había decepcionado.

«Era un triunfador y se transformó en un fracasado», dijo.

Pero a la semana solicitó la crachoir (escupidera en francés, su idioma de adopción por el seudo Legrand y el «de Tinayre»).

«No soy panquequera.

Se me escapó un exabrupto.

Mil perdones, no se volverá a repetir.

Yo hice mucho para que ganara Cambiemos.

Voy a votar a Macri con cariño».

Una encuesta hubiera señalado que de los mil perdones sólo ocho o nueve sonaban creíbles.

Buceando en el motivo de tan inmediata contradicción asoma la amenaza extorsiva que encierra aquello de: «cualquiera que saque los pies del plato, desaparece».

Por qué no admitir que entre tanto legajo producto del espionaje, con Macri como único y celoso custodio, existe una carpetazo al baño María con una carátula: Rosa Juana Martínez Suárez, alias Mirtha Legrand.

Si en la volteada cayeron desde su hermana, Florencia Macri, hasta «Geniol» Larreta, pasando por los Diego Santilli, Carlos Pagni y demás deudos – que como diría el «Negro» Celedonio Flores, se la comieron doblada -, nada indica que madame haya merecido un trato distinto.

En ese momento de fracaso, que prontamente disfrazó de incondicional apoyo, interrogada si invitaría a su mesa al recién electo Alberto Fernández arrancó diciendo que no.

Pero al rato se ajustó a la realidad: «soy panqueque, lo voy a invitar».

El escatológico colmo del deschave de su alineamiento político data de 2011.

Los comensales de su cena eran Jaime Bayly, Juan José Sebreli, Florencia de la V y Cecilia Rossetto.

El tema era la militancia de los artistas. Bayly tomó distancia del cantante cubano Silvio Rodríguez y su adhesión a Fidel Castro, a lo que Rossetto dijo: «¿te vas a disculpar con tu gente de Miami por haberle hecho un reportaje a un artista maravilloso como Silvio?».

La Legrand saltó, picante cual yarará.

«Siempre con lo mismo. Estás muy, muy politizada, Cecilia.

Defendés cosas que ya pasaron de moda, como el comunismo.

¿No descuidás tu profesión?

¿Será por eso que la televisión no te tiene en cuenta?», disparó.

Dóciles alcagüetes (en la grosera versión con g y diéresis), Sebreli y Bayly se apuraron a abrazarse a la posición de madame Legrand.

En abnegado esfuerzo el esmirriado J. J. afirmó que en Cuba regía «la más espantosa dictadura de América Latina».

Hija de Héctor Rossetto, excelente ajedrecista, Cecilia aplicó la defensa Caro Kahn.

Negó la pérdida de vigencia del socialismo, ridiculizó la crítica a la revolución encabezada por Fidel y aclaró sobre su profesión.

«No la estoy descuidando.

Con respecto al trabajo en la tevé, muchas que practicaron la fellatio con los genocidas salen en la tapa de las revistas del espectáculo y aparecen en los canales abiertos», subrayó Rossetto.

La mayoría del panel procuró teñir a su rostro con una capa de asombro, qué dijo ésta…, y luego procuró darle una expresión socrática, aquello de sólo-sé-que-no-sé-nada.

Cuando crecía el aquelarre llegó la estocada final de la intrépida Rossetto: «No hablo de política porque sí.

Mi esposo es un desaparecido».

En el hostigamiento de madame Legrand a sus invitados menos mansos se cuentan otras víctimas.

Silvana Suárez fue elegida Miss Mundo en 1978.

Dato curioso, su nombre completo es Rosa Silvana Suárez Clarence, de manera que el Rosa y el Suárez son comunes a ella y madame.

Habiendo padecido y denunciado episodios de violencia de género con su marido, el empresario Julio «Pelado» Ramos, que hallaron amplia difusión mediática, Silvana fue invitada a los almuerzos.

La Legrand insistió en hurgar en esos episodios y tirar comentarios críticos sobre cómo debía exponer tales aspectos de su vida privada.

Hasta que la invitada puso límites: «si me vas a usar, me voy».

Y se levantó de la mesa.

Sin haber tomado conciencia de su acoso (¿o sí?), la diva no tuvo piedad: «no te necesito», la despidió.

También castigó a Esmeralda Mitre, quizás porque todavía no era heredera de considerable parte de las acciones de La Nación.

La descendiente del histórico y oxidado mitrismo formuló una crítica al jefe de gobierno de CABA, Horacio Rodríguez Larreta, por «haberle soltado la mano» a su entonces marido, Darío Lopérfido.

Con gesto de fiera bronca madame Legrand la revoleó sin asco: «todo te cae mal, lo tuyo es dedicarle reproches a todo el mundo, ¡basta, querida, basta!».

Como respuesta Esmeralda le endilgó dos calificativos: «resentida y envidiosa».

Reveladora cronología de las temporadas de madame Legrand.

Su ciclo inicial se extendió hasta 1974.

El retorno se produjo…, sí, señor, en 1976, bajo la dictadura genocida y copiosamente fellatiada (inmediata influencia de la apertura Caro Kahn).

A pesar de que, siendo su invitado, Raúl Alfonsín la había halagado con algunos piropos, se declaró censurada por el gobierno del caudillo de Chascomús.

Madame Legrand festejó un nuevo regreso al asumir Carlos Menem, a quien aplaudió entusiastamente después de que bailara una zamba.

Y protagonizó una escena aún más deplorable cuando en medio de uno de sus programas se largó a recitar, de lo más sonriente, como locutora de un acto proselitista, el cínico eslogan: «¡síganme, no los voy a defraudar!».

Naturalmente la franela con el menemismo fue paspartú de la presencia de «Mingo» Cavallo, al que trató dando la impresión de haberlo confundido con el emir de Qatar.

En 2003 los invitados fueron los Kirchner.

En tono amable madame Legrand previno fríamente: «dicen que con ustedes se viene el zurdaje…».

Néstor puso freno de lengua y contestó: «por dichos como ese hubo 30.000 desaparecidos».

Rápida caída del telón.

En medio del escandaloso plan de proscripción de CFK, «Chiquita» se sentiría a sus anchas aportando su artillería tan ordinaria.

No olvidar que al cabo de sus dos mandatos presidenciales la calificó de «dictadora».

Lo consagró Magnetto, por necesidad y urgencia: madame Legrand es del palo y no se la puede desaprovechar.

Que nadie dude: si la diva vuelve es porque se sometió a rigurosas prácticas para perfeccionar la técnica del lanzamiento de esos drones llamados exabruptos y apuntar a la cabeza de CFK, atenta a que los pies, acicalados con zapatos de Ysasu, los más finos de Paris, permanezcan en el plato.

Parodiando la letra de un tango es hora de batir: «ché, zurdaje, oí…».

IL/