El mundo ya no tiene un centro único. Resta saber qué lugar ocupará la Argentina en ese ordenamiento nuevo

UN NUEVO TIEMPO PARA LA GEOPOLÍTICA

Por César Milani

El General Perón no se equivocaba al definir la política internacional, la geopolítica bien entendida, como la verdadera política. Es en el escenario global del “concierto de las naciones” y en el equilibrio o en el desequilibrio resultante de esa relación de fuerzas y constante conflicto de intereses donde se definirán luego los lineamientos a seguir por los dirigentes en la política de cabotaje hacia el interior de cada país.

 

 

Por César Milani

La Tribuna de Rosas

 

El General Perón no se equivocaba al definir la política internacional, la geopolítica bien entendida, como la verdadera política. Es en el escenario global del “concierto de las naciones” y en el equilibrio o en el desequilibrio resultante de esa relación de fuerzas y constante conflicto de intereses donde se definirán luego los lineamientos a seguir por los dirigentes en la política de cabotaje hacia el interior de cada país.

Eso equivale a decir que nadie realmente se corta solo en el mundo ni nadie hace lo que quiere, sino que todo depende de las relaciones internacionales en el tablero de la geopolítica, que el orden político de los países con mayor o menor grado de soberanía es un orden sujeto a otro orden de mayor escala: el orden mundial que normalmente se establece luego de algún evento de gran magnitud como, por ejemplo, una guerra mundial.

Cuando ese orden mundial se define, las naciones en ajustan casi automáticamente a la nueva realidad y eso se ve al fin reflejado en la pugna política local.

Lo que el General Perón intentaba hacer ver con aquella definición tan didáctica es que la política nacional se entiende por la política internacional y no al revés, que existe un tablero geopolítico sobre el que es preciso jugar lo más intensamente posible para garantizar en el plano local aquello que los pueblos necesitan para existir con dignidad.

Salvo quizá por lo que aparentemente son excentricidades, como Corea del Norte, todos los países están interesados en tener más protagonismo en el “concierto de las naciones” para ordenar mejor la política fronteras adentro.

Es una idea muy difundida, aunque errónea, la de que el régimen de Corea del Norte es una especie de excentricidad desconectada del mundo y ajena a la geopolítica. Eso no solo no es ni podría ser así en ningún país, sino que además es justo lo puesto: cuando Corea del Norte se militariza y avanza con su proyecto nuclear, lo que hace es exigir protagonismo en el“concierto de las naciones”. Lo hace por la fuerza, que es exactamente como lo lograron los que hoy son los protagonistas de la geopolítica.

Y quizá ni siquiera en ese caso, puesto que también la política de Corea del Norte está muy atenta a lo que pasa en China, en Japón, en Rusia, en Corea del Sur y en los demás países de la región, además de estar metida en una tensión permanente con Occidente, los Estados Unidos a la cabeza, lo que se hace visible cada vez que Pyongyang desarrolla un poco más su tecnología nuclear con fines  bélicos.

Cuando Corea del Norte hace eso lo que realmente hace es exigir mayor protagonismo en el tablero de la geopolítica.

Entonces la fuerza de las naciones y sus capacidades de defensa son los criterios fundamentales para la participación o la exclusión de las decisiones en el marco del orden mundial.

Un país es protagonista en la construcción y en el sostenimiento de dicho orden luego de haberse impuesto sobre otros en un conflicto o lo es porque podría hacerlo en el futuro, al menos en la percepción de los demás.

Los Estados Unidos se aliaron a la Unión Soviética para establecer el orden mundial posterior a la II Guerra Mundial y luego impusieron un orden nuevo, unipolar y con hegemonía total, luego de la disolución de la URSS en 1991.

En ambos casos los estadounidenses llegaron a ese lugar de privilegio por la fuerza, por la debilidad de sus enemigos o por las dos cosas a la vez.

De manera análoga, los países que quedaron en una posición subalterna respecto a los Estados Unidos después de 1991 —entre ellos Rusia, que sucede legalmente a la Unión Soviética tanto en lo económico como en lo militar— intentan hacer el siempre muy difícil equilibrio geopolítico para unir fuerzas y modificar el orden establecido.

En ese sentido, a la hegemonía unipolar de los Estados Unidos potencias de segundo orden como la ya  mentada Rusia, China, India y Brasil, por ejemplo, se han organizado en las últimas dos décadas alrededor del concepto de multilateralismo, es decir, el proyecto de un orden mundial alternativo en el que el  poder ya no está concentrado en uno o dos polos, sino más bien distribuido entre potencias regionales para un mejor equilibrio.

Con esa finalidad esos cuatro  gigantes, a los que se suma Sudáfrica como referente del siempre postergado continente africano, vienen animando desde los primeros años de este siglo el BRICS —una sigla en forma de acrónimo para representar la unión entre Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica,  precisamente— como alianza de cooperación económica y comercial entre países en desarrollo, por fuera de la órbita de la potencia global hegemónica que son los Estados Unidos.

Esa es una cooperación que se ha  definido como “Sur-Sur” en los términos planteados por las Naciones Unidas (ONU) a fines de los años 1970 y es comprendida por los estadounidenses, con mucha razón, como un desafío a su hegemonía global.

Cumbre del BRICS reuniendo en la tradicional foto de familia a los líderes de las cinco potencias emergentes involucradas: China, Rusia, Brasil, India y Sudáfrica. Nótese que los cambios de gobierno en Brasil no hicieron variar la orientación geopolítica del país y allí está un sonriente y central Jair Bolsonaro ocupando el lugar donde alguna vez estuvieron “Lula” da Silva y Dilma Rousseff. La política exterior es una políticade Estado más allá de las grietas internas y eso sirve para explicar el apoyo de Bolsonaro a Putin en la operación especial sobre el territorio de Ucrania, cuando todos esperaban del brasileño un alineamiento automático ideológico con los Estados Unidos en el diferendo. Las potencias son las que se toman muy en serio la política internacional, como prescribía el General Perón.

Los miembros del BRICS son potencias regionales, pero no dejan de ser países en desarrollo que para llegar a ser desarrollados deben establecer un orden mundial que les permita serlo, así de sencillo.

Mientras exista y sea hegemónico el orden mundial unipolar de los Estados Unidos, esos países no podrán superar la condición de subdesarrollados porque en el ordenamiento colonial al centro no le conviene que la periferia avance, esa es

una regla esencial del sistema de dominación.

Entonces los BRICS intentan unir fuerzas para subvertir el orden mundial vigente, para crear uno nuevo y hacer en ese nuevo  ordenamiento un juego más afín a sus propios intereses nacionales.

Los BRICS son la corroboración empírica de la brillante definición del General Perón, que ya tiene varias décadas.

Los líderes de esos países saben a ciencia cierta que su política doméstica depende  íntimamente del orden mundial, que

no podrán organizarse como países desarrollados si en el “concierto de las naciones” no son protagonistas.

Desde Moscú hasta Brasilia, pero también desde Beijing a Ciudad del Cabo pasando por Nueva Delhi, la verdadera política es la política internacional en los términos del General Perón y a ese juego se abocan, en consecuencia, los dirigentes de esas cinco potencias emergentes.

Entre ellas el liderazgo económico indiscutido le pertenece a China, país que ya está a punto de superar a los Estados Unidos como primera potencia económica global por producto bruto interno, aunque no así en grado de desarrollo.

Pero el liderazgo en lo militar lo tiene Rusia como heredera y sucesora de la Unión Soviética: Rusia tiene el arsenal nuclear más importante del planeta con aproximadamente el 60% de las ojivas existentes y tiene un desarrollo tecnológico propio

en materia de defensa que a mediados del siglo XX les posibilitó a los soviéticos ganarles a los estadounidenses la carrera espacial y sostener durante décadas al hilo la contradicción ideológica en la Guerra Fría, amenazando a Washington por momentos.

La India también es una potencia nuclear y Brasil lo es en lo económico, fundamentalmente por su capacidad de producción de alimentos, de materias primas, minerales y energía. Pero la conversación está y seguirá probablemente estando entre Moscú y Beijing, puesto que China y Rusia tienen, cada cual por su parte, una de las llaves para destrabar la puerta hacia una nueva era para el mundo.

Entre la fuerza militar de Rusia y la potencia económica de China está la superación económica del orden unipolar de los

Estados Unidos y la construcción de un orden multipolar más parecido al que existió antes de la I Guerra Mundial.

Eso es justamente lo que vemos plasmado en la actualidad y en lo que se dio a llamar “invasión” de Rusia a Ucrania, aunque en verdad no hay nada de eso.

Lo que hay en la operación especial lanzada por Moscú en territorio ucraniano no es una guerra contra Ucrania ni podría serlo, porque allí no hay nada que ya no exista abundantemente en el propio territorio ruso, no se trata de una campaña imperialista clásica.

Lo que hay es un desafío de Rusia a Occidente, al orden mundial unipolar que los Estados Unidos lideran y los países de Europa occidental sostienen desde el Plan Marshall en adelante.

Lo que hace Rusia en Ucrania, con el apoyo no declarado pero evidente de China, es plantear el desafío final a la hegemonía de Occidente para proponer a continuación un nuevo ordenamiento. Rusia sacude las bases del poder global de Washington al desnudar la debilidad de los pequeños países europeos, a los que los Estados Unidos al parecer ya no son capaces de defender, o quizá incluso nunca lo hayan sido efectivamente.

Sea como fuere, al hacer la guerra en Ucrania para impedir el avance de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) sobre ese país, Rusia le pone el límite definitivo a ese brazo armado de Occidente y al mismo tiempo decreta su caducidad, puesto que todo imperialismo cae cuando ya no puede expandirse.

La OTAN son las armas de Occidente y allí donde se encuentra con el límite a su expansión empieza por lógica a retroceder.

Rusia es hoy el país protagonista en la construcción de un nuevo orden mundial que ya no es futuro, sino presente. El triunfo de Rusia en Ucrania frente a la pasividad de una OTAN consciente de la imposibilidad de una guerra abierta contra la primera potencia nuclear del mundo demuestra en

la práctica que la geopolítica ya transita una nueva etapa, que ya caducó el orden mundial resultante del fin de la Guerra Fría al rendirse en 1991 la Unión Soviética.

Y el que dicho orden mundial nuevo no esté del todo visible se debe a una cuestión formal o de formalización de lo fáctico, que es lo propio de toda guerra cuando termina.

Palabras mayores. Después de la ruptura sino-soviética como consecuencia de la muerte de Stalin y de una larga historia de rivalidad regional, Rusia y China encontraron en Vladimir Putin y Xi Jinping los líderes idóneos para la superación de sus diferencias. Allí empezó a formarse el nuevo orden mundial multipolar que los estadounidenses han intentado sabotear, sin éxito. Ahora Rusia avanza sobre Europa del este con el apoyo de China y Occidente no puede hacer otra cosa que mirar pasivamente cómo los orientales se disponen a plasmar sobre Europa el certificado de defunción de la hegemonía unipolar yanqui. Tardó tres décadas, pero llegó.

Ese nuevo orden es multipolar, lo hacen los rusos en el campo de batalla y lo hacen los chinos en la “guerra comercial” que hace años le vienen planteando a Occidente, pero también lo hacen los brasileños al no subirse al coro de condenas a Vladimir Putin y al seguir importando de Rusia los fertilizantes que Brasil necesita para producir las decenas de millones de toneladas de alimentos que produce todos los años.

Con el Plan Marshall posterior a la II Guerra Mundial, los Estados Unidos bloquearon cualquier posibilidad de influencia soviética en Europa occidental y dejaron sembrado su orden mundial unipolar, el que llegaría décadas más tarde con la disolución de la URSS. En términos geopolíticos, lo que está muriendo hoy es el mundo que había nacido allá por 1945 y los estadounidenses deberán aprender a vivir otra vez en un equilibrio de poder.

Lo hace la India al no interrumpir, sino más bien intensificar, sus relaciones comerciales con Rusia mientras Occidente grita órdenes de boicot a las que Nueva Delhi hace oídos sordos.

Rusia avanza triunfante sobre territorio ucraniano y toma posiciones clave, pero la guerra no es contra Ucrania, sino contra la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), el brazo armado de las potencias occidentales desde finalizada la II Guerra Mundial. Mientras eso ocurre, los Estados Unidos miran desde lejos y con cierta impotencia al tener la certeza de que una guerra abierta contra la primera potencia nuclear del planeta es una imposibilidad. Fracasadas las sanciones económicas —que destruyeron más bien la economía de los países europeos, fueron un tiro por la culata—, a Occidente no le queda más alternativa que reconocer el triunfo de Rusia. Y allí empieza el reordenamiento geopolítico del mundo a oficializarse.

El orden mundial multipolar ya lo hacen esas potencias emergentes y entonces ya existe en la práctica, es una realidad fáctica.

El mundo ya no tiene un centro único.

Resta saber qué lugar ocupará la Argentina en ese ordenamiento nuevo y eso va a depender de las decisiones que tomemos en la geopolítica, que es la verdadera política.

Mucho más que de la rosca local en la grieta, el futuro de los argentinos depende de cómo vamos a posicionarnos en el nuevo orden.

Al igual que Brasil, la Argentina es una potencia emergente en términos económicos, más precisamente por su potencial en lo que se refiere a la producción de alimentos, materias primas, combustibles y minerales.

Tenemos la segunda mayor reserva no convencional de gas y petróleo en Vaca Muerta, tenemos ingentes reservas del litio que es esencial para prácticamente todo lo que funciona hoy en el planeta y tenemos la capacidad de producir los alimentos por los que un mundo cada vez más hambriento clama.

Los argentinos tenemos con qué insertarnos con soberanía en el nuevo orden mundial multipolar como un polo de poder, quizá en alianzas regionales con Brasil y demás países de nuestra América del Sur, todos ellos unidos por una cultura y un destino comunes.

Para lograrlo lo que debemos hacer es pensar en lo propio y en términos propios, pensar en lo nacional en una clave auténticamente argentina.

Hacer, ahora sí, la unidad nacional alrededor de un proyecto que contemple una adecuada defensa de nuestras riquezas y una postura de dignidad frente a los demás socios en el nuevo “concierto de las naciones”.

Con cuidado por la soberanía política, la independencia económica y la debida justicia social que haga participar a nuestro pueblo de esta epopeya nacional se podrá lograr la inserción de la Argentina en el mundo multipolar.

Pero ya no como colonia o semi colonia, que fue el lugar asignado a la Argentina en órdenes mundiales anteriores.

En esta sublevación de los subalternos cuya finalidad es la construcción de un mundo mucho más equilibrado tenemos que entrar de pie y con la frente bien en alto, en la conciencia de que tenemos con qué.

El nuevo orden mundial nos va a encontrar unidos o dominados y otra vez tendrá la razón el profético General Perón.

Hagámosle caso.