Seguramente que enmarcándola en abstracto, los fabricantes de armas y contratistas de los complejos militares e industriales; los que se alimentan de las lágrimas y la sangre.

¿QUIÉN ESTÁ “GANANDO” LA GUERRA EN UCRANIA?

Por Pablo Sigismondi

Hoy la guerra en Ucrania recibe atención mediática como ninguna otra. Sin embargo, la cobertura sobre conflictos violentos en otras partes del mundo es preocupantemente escasa. La guerra en Yemen apenas si se la conoce. La guerra en el Tigray, al norte de Etiopía recibe escasas menciones ocasionales,en ella se han asesinado a unas 500.000 personas

 

 

Por Pablo Sigismondi

NAC&POP

11/05/2022

 

Seguramente que enmarcándola en abstracto, los fabricantes de armas y contratistas de los complejos militares e industriales; los que se alimentan de las lágrimas y la sangre.

Aunque, para quienes hemos experimentado su brutalidad de primera mano, sabemos que son los seres humanos, todos y cada uno, sin importar demasiado sin son ucranianos o rusos, los que sí pierden en la guerra.

Lo sé porque lo he sentido y experimentado: la oscuridad de la guerra desplaza a la gente de sus hogares, la refugia a miles de kilómetros; la oscuridad de la guerra roba a los seres queridos; les quita en sólo instantes la vida que a veces costó mucho; arranca el futuro, lo anula.

Apenas se puede sobrevivir, como sea.

Adentro de un búnker o de un subterráneo o de un refugio o de una cueva.

Se corta el flujo de la vida.

Todo se vuelve oscuro, gris, lleno de nubes de polvo y de pólvora.

Hoy la guerra en Ucrania recibe atención mediática como ninguna otra.

Sin embargo, la cobertura sobre conflictos violentos en otras partes del mundo es preocupantemente escasa.

La guerra en Yemen apenas si se la conoce.

La guerra en el Tigray, al norte de Etiopía recibe escasas menciones ocasionales, a pesar de que en ella se han asesinado a unas 500.000 personas y ha desplazado a 2 millones más en menos de dos años.

En Siria ya nos acostumbramos a que el país esté ocupado por las mismas potencias (Estados Unidos y Turquía) que hoy se rasgan las vestiduras por la invasión rusa a Ucrania.

En Afganistán apenas si supimos algo cuando los invasores (los estadounidenses) se fueron en agosto pasado.

Y ni decir de la República Centroafricana; Somalia;  Sudán del Sur; Darfur; Libia o el vergonzoso olvido sobre la ocupación marroquí de la República Árabe Saharaui Democrática.

O la ocupación turca del Kurdistán; o la muerte diaria y la vejación que vive el pueblo de Palestina por la ilegal ocupación que Israel hace de su suelo desde hace casi 74 años, que incluyen el robo de sus acuíferos; los bombardeos permanentes; las cárceles y los golpes que también incluyen a miles de mujeres y niños.

Por todos ellos ni siquiera una letra en los medios mundiales.

No existen.

Tan irreal es la verdad que resulta imposible imaginar siquiera que los estadounidenses o los turcos o los israelíes o los sauditas o los franceses o los ingleses reciban algún tipo de sanción, embargo o castigo.

Ellos asesinan sin piedad a millones desde hace años.

Ellos sí pueden invadir, ocupar, diezmar, saquear, destruir sitios del Patrimonio Mundial.

Ellos sí tienen un cheque en blanco.

Son los mismos matones planetarios que ahora sancionan a Rusia y que han desestabilizado el orden internacional y, simultáneamente, han hecho perder la capacidad de acción de la ONU.

Sé que, con la falta de perspectiva histórica, se torna muy poco simpático y difícil defender la política exterior de Rusia en un contexto tan turbulento como el de hoy en día.

Apenas si podemos sí, entender razones históricas y geopolíticas.

Hoy el hegemonismo estadounidense pretende imponer su agenda del mundo unipolar y aspira a contener y marginar a Rusia y a China.

Por eso el avance de las fronteras militares de la OTAN hacia Rusia.

«El Gran Juego» entre Rusia y Occidente que siguió al fin de la Guerra Fría ha buscado no sólo ampliar a la OTAN y cercar a Rusia, sino también atomizar a la gigantesca telurocracia tal y como ya lo logró con la implosión soviética.

Ucrania es el eslabón que impide el acercamiento entre Rusia y la Unión Europea (Alemania, especialmente) y además asegura la continuidad del vasallaje imperial sobre el Viejo Mundo.

Para Rusia, resulta imprescindible, para asegurar su telurocracia, preservar el alineamiento del llamado «exterior cercano» y las zonas periféricas del espacio postsoviético.

En éste, Ucrania es su primera prioridad.

Por eso, ni el derecho internacional ni los principios de autodeterminación y de inviolabilidad de la integridad territorial pudieron resolver pacíficamente la disputa geopolítica en torno a Ucrania; el choque estaba servido en bandeja y sólo era cuestión de tiempo para que la guerra entre los dos imperios estallara.

¿Era inevitable la guerra?

Tal vez, si Occidente no se hubiera propuesto, durante 30 años, a ningunear a una potencia atómica con influencia a escala planetaria.

Rusia y Occidente chocan en Ucrania porque las prioridades estratégicas del pensamiento imperial y la inercia de la maquinaria militar colisionaron, acelerando las turbulencias de un país que ya estaba dividido antes que estallara el conflicto.

Paradójicamente ahora, frente al enemigo común Ucrania está más unida que nunca y cuentan con indudable apoyo moral.

Sin embargo, la condición imperial y el peligro de sobreestimar su poderío militar no asegura la victoria.

En el año 2003,  EE.UU. con una fuerza militar abrumadoramente superior invadió un estado más pequeño, Irak.

El 24 de febrero del 2022, otra potencia con indudable superioridad, Rusia, invadió un país más pequeño, Ucrania.

En ambas, los conquistadores subestimaron al otro e intentaron justificar su ocupación argumentando la necesidad del cambio de régimen; con arrogancia imperial, han querido negar la historia y la independencia de los países invadidos.

Supusieron que la agresión militar abrumadora acabaría de inmediato en una victoria.

No obstante, ni las ventajas tecnológicas ni los misiles ni los miles de tanques permitieron que los imperios ganaran.

Estados Unidos, ni siquiera habiendo logrado la caída de la capital Bagdad, (algo que Rusia no pudo aún con Kiev) pudo someter a Irak.

¿Por qué?

Porque la determinación de un pueblo de luchar contra la ocupación extranjera de su territorio se transforma en insurgencia y desencadena fuerzas de resistencia difíciles de controlar.

Más aún, la propia historia de ambos también proporciona otros ejemplos válidos de fracasos anteriores de invasiones armadas que concluyeron en un fiasco: Vietnam y Afganistán, por citar algunos, aunque la lista es muy larga…

Si EE. UU. no pudo aplastar decisivamente la resistencia iraquí por sí solo con su poderío militar, ¿cómo podría Rusia hacer lo mismo frente a un movimiento de resistencia más amplio con apoyo militar de la OTAN?

¿Qué ha puesto en marcha la invasión rusa de Ucrania?

En primer plano de la conciencia la posibilidad real de la utilización de la energía nuclear: Rusia suministra el 35% del enriquecimiento de uranio del mundo para las centrales eléctricas.

¿De dónde vendrá ahora ese combustible imprescindible para las centrales nucleares?

Mucho peor aún: la doctrina nuclear de Rusia eliminó la distinción entre armas convencionales y armas nucleares.

Si la existencia de Rusia se ve amenazada, la posibilidad de un uso potencial de armas nucleares como respuesta es una alternativa.

La norma de no usar armas nucleares ha sido borrada si las amenazas a Rusia ponen en peligro su supervivencia.

Produce escalofrío pensar que Occidente pretende convertir a la principal potencia atómica del planeta en un estado paria.

Si Corea del Norte, con sólo apenas 1000 kilos de uranio altamente enriquecido se ha vacunado de cualquier invasión, estremece pensar qué puede hacer Rusia, que sobrepasa el 1.400.000 kilos de material fisionable…

Para concluir, Rusia y Ucrania son absolutamente imprescindibles para la cadena mundial de producción de alimentos; son los mayores exportadores de trigo.

Mucho más dramático aún, Rusia fabrica un tercio de los fertilizantes sintéticos del mundo, indispensables en la agricultura.

La futura, cercana y probable catástrofe del hambre amenaza a 3.200.000.000 de seres humanos.

Pareciera que los gobiernos occidentales que especulan con prolongar la guerra para desangrar a Rusia, y suministran más y más armas a Ucrania, no han asumido con inteligencia que imponerle sanciones y buscar su destrucción nos llevará puestos a todos, sin distinción.

La guerra en Ucrania ha abierto una bisagra histórica tan grande como desconocida.

Allá se están comenzando a espejar todos los males acumulados por nuestra Humanidad.

La globalización y el orden neoliberal estallaron.

¿Quién está «ganando» la guerra en Ucrania?.

No lo sé.

Pero sí afirmo contundentemente que todos estamos «perdiendo» la guerra en Ucrania.

Estamos ciegos.

PS/

*Geógrafo