Tenían bordadas las iniciales “FEP”, Fundación Eva Perón.

LAS VELAS

Por Leo Andrada*

Las velas aparecen por donde va el cadáver, en un estacionamiento, en una casa, hasta en un cine. Cuando la dejan detrás de la pantalla, con la luz que le acaricia las pupilas cerradas para siempre, de la nada, y sin que nadie sepa cómo, aparece una vela.

Por Leo Andrada

De su Muro

12/05/2022

Las velas aparecen por donde va el cadáver, en un estacionamiento, en una casa, hasta en un cine.

Cuando la dejan detrás de la pantalla, con la luz que le acaricia las pupilas cerradas para siempre, de la nada, y sin que nadie sepa cómo, aparece una vela.

La llevan de un lado a otro para despistar, siempre en secreto.

Dicen que ahí adentro viaja un transmisor de radio, pero no, va un cadáver.

Una noche, en casa de un milico, se aparece un bulto en el palier, una sombra, dispara.

Y su mujer cae muerta.

Cómo aguantar ese teléfono que a la noche los putea una y otra vez, la bomba puesta al paso, la mirada de esos anónimos que si supieran dónde la esconden, los acogotarían con sus propias manos.

Tienen a miles presos, bombardearon una de las ciudades más grandes del mundo, se cargaron trescientos inocentes, entregaron el país al Fondo Monetario, pero ese fantasma los acecha, los perturba.

No saben qué hacer con ella.

Ácido, al río y listo.

Dice uno.

No sea bárbaro, le contesta otro; je, como si robar un cadáver y pasearlo por todo Buenos Aires, no fuera cosa de bárbaros.

Hace un año, les quemaron las frazadas y las sábanas a los pibes, esas con las que anoche habían dormido.

Tenían bordadas las iniciales “FEP”, Fundación Eva Perón.

Les piantaron las calorías del menú, y les pincharon cada una de las pelotas que recordaran a esa mujer, y así de un plumazo, se llevaron el cobijo, la comida y el juego.

La letra con sangre entra.

Tenían que entender que eso de que los únicos privilegiados son los niños, era el despropósito de una constitución populista.

Pero no se quedaron ahí. Arrasaron los bancos de sangre de la fundación, porque los muy brutos decían que guardaban “sangre peronista”, y tiraron al río toda la vajilla, que era de Checoslovaquia y de Finlandia.

Mirá si estos negritos van a comer con ese lujo, vestirse como los niños bien, imaginar una vida decente.

Patrón Costas, un oligarca salteño, sabe que hay algo que no le podrá arrancar a la negrada: “eso de mirar a los ojos al patrón”.

Les metieron un hábito de dignidad que en una colonia no está permitido.

Alguien cuenta que en el mismo norte pero 70 años después, Milagro Sala les dice a los suyos “no agachés la cabeza, no agachés la cabeza”.

La historia se escribe sobre cuerpos y no sobre estatuas.

Hablando de cuerpos, adónde estará esa mujer.

Un generalote decide llevarla lejos, que pasen los años, que los negros vuelvan a mirar al piso, que seamos, si se puede, diez millones.

El número justo para vivir de vacas, trigo y saldos de exportación.

Saquen de acá este mito, ordena uno, disimúlenla bajo un nombre falso y déjenla que se pudra en Europa, donde no habrá una sola vela prendida alrededor.

Y a estos, leña.

A esos del frigorífico, me los ordena como si fueran colimbas, tanques por los corralones para celebrar un San Fermín de pólvora y hojalata , gayola para los ferroviarios, chito al que diga ese nombre, el de esa mujer, o el de su marido, o el del partido que fundaron; por decreto, a la sombra el que cante la marchita, y a ese que la grabó, el director de cine, que siga en Devoto.

Al milico de los grandes tragos de whisky, le costó despegarse de esa mujer.

Unos años después, todavía la sigue extrañando, todavía se le aparece en sueños, como cuando la sacaba del cajón y la disponía como una muñeca en el comedor, rodeada de tacitas de té.

Cuando Rodolfo Walsh llegue hasta su casa y le pregunte por ella, el tipo no cederá ni un milímetro de información, y se aferrará a esta frase como antes se aferró al cadáver: “esa mujer es mía”.

Mientras, ella está en Italia, en un cementerio, en la tumba de María de Magistris.

Que no existe, que es ella.

Viajó en barco, con un piano al lado y un pibe que de vez en cuando escuchaba ruidos a bordo, y no sabía si eran del teclado que sonaba al compás de las olas, o de la mujer que atronaba con su voz una vez más, vuelta espíritu en altamar.

Había sido de fuego, había sido de carne, había sido un cuerpito menudo que no descansaba, que entregaba una Singer ahora y una Fulvence después, una bicicleta luego y una dentadura más tarde. Le hicieron el funeral más grande de la historia, con kilómetros de llanto y paraguas, con una ciudad sitiada por coronas.

Y los que no pudieron llegar, improvisaron su propio velatorio en un rincón del pueblo, con muñecos y actores que hacían del general y de algún dignatario.

Dicen que los que no podían terminar llanto ni luto, siguieron por meses la parodia.

Un día, un tano de pala al hombro la sacó de donde estaba.

Apenas vio a la muerta, intacta y flexible, gritó ¡miracolo!

Y entonces unas oportunas liras acallaron el asombro.

Un coronel se la llevó por Francia, cruzó los Pirineos y siguió hasta Madrid.

Miró la hora, le dijo al chofer que diera un par de vueltas con la muerta, no fuera cosa de llegar justo a las 20.25 y que el viudo lo tomara como una provocación o un chiste y descendió con un poco de pompa y circunstancia.

La habían secuestrado, desaparecido y prohibido su nombre, pero estos hijos del occidente cristiano, guardaban estos detalles de buen gusto.

Después, los mismos que la raptaron, se dieron cuenta que volvió, tal como ella lo predijo, en millones, y procedieron al mismo remedio que le aplicaron a su cadáver: desaparecerlos, hundiéndolos en el río.

Dejaron una patria en los huesos, que de vez en cuando pierde la memoria y anda del brazo de sus verdugos.

Machacaron tanto sobre sus desgracias, les repitieron tanto que eso no era para ellos, -como las pelotas de la Fundación, las sábanas y la vajilla finlandesa-, que más de uno,- incluso alguno de esos pibes que estuvo por allí-, se lo creyó.

Desde entonces, aparece alguno que dice “esto no es para vos”, “te acostumbraste a una cosa que no te correspondía”, “te hicieron creer que podías tal y tal, y no era cierto”, en definitiva, te dijeron que podías tener dignidad y eso es algo que desde hace 70 años te queremos extirpar.

Y pasa algo curioso. Siempre hay alguno que sospecha, que saborea un dulce de leche, que se hace un vacío a la parrilla, que se compra un vinito en lo del chino y cuando la patrona le dice “esto te habrá salido una fortuna”, el tipo le dice “bueno, ¿no nos lo merecemos?” y hay locos que matean en las plazas, y hay quien se aparece con un peluche gigante para el pibe y otro que dice “ma sí, yo me hago ese viaje que postergué tanto”.

Los libros de economía lo llaman consumo, los de psicología, goce.

Los de política lo llaman peronismo.

Aparece cuando uno menos se lo espera, y ahí es cuando, de la nada, aparecen una, dos, tres velas prendidas, que es como decir yo sé dónde está ella, en el mismo lugar donde están mis sueños, al lado de la botella de vino del chino, pegadito al choripán, en la chocotorta que servimos para cuando los muchachos juegan al truco y los pibes retozan en la Pelopincho.

Ah, y a eso también lo llaman peronismo.

 

LA/