El estancamiento en Ucrania no puede durar mucho. Y las actitudes contrapuestas de Rusia y la OTAN difícilmente puedan mantenerse

OSCURECE

Por Enrique Lacolla

La propaganda anglosajona juega un papel importante en esta evolución: es sin duda mucho más eficaz que la de su contraparte oriental. La destreza en el manejo de los resortes de la “guerra híbrida” –combinación de la guerra convencional con guerra cibernética, noticias falsas, diplomacia, “lawfare”, saturación informativa y propaganda selectiva que busca incidir sobre un sector específico de la población para desestabilizar al estado que es objeto de la agresión

 

 

Por Enrique Lacolla

Perspectiva

27 Abr 2022

 

Sergei Lavrov: «No se puede subestimar el peligro de una nueva guerra mundial».

 

El estancamiento en Ucrania no puede durar mucho. Y las actitudes contrapuestas de Rusia y la OTAN difícilmente puedan mantenerse sin que las cosas se compliquen demasiado. ¿Arreglo o ampliación del campo de batalla?

A medida que avanzan los acontecimientos en torno a Ucrania, se diseñan perspectivas cada vez más ominosas, no sólo en lo referido al conflicto en esa zona, sino respecto al cariz que está tomando la situación mundial a partir de la ofensiva política, militar y propagandística que occidente viene llevando adelante contra Rusia al menos desde el golpe del Euromaidán producido en 2014.

El bloque anglosajón sigue sumando a los sumisos gobernantes europeos a una campaña que contraría los intereses de los pueblos que se agrupan en la UE. El ruido mediático crece contra Rusia y también lo hace la provisión de armamentos para Ucrania. Ahora Alemania e Inglaterra tercerizan el envío de pertrechos a Kiev a través de Eslovaquia y Polonia. Los polacos, por ejemplo, recibirán artillería autopropulsada británica y tanques de ese mismo origen mientras derivan los suyos, de vieja factura soviética, a los ucranianos. Los alemanes hacen lo propio a través de Eslovaquia. [I] A esto se suma el envío de diverso material bélico, desde drones a armamento antitanque. No se percibe ninguna resistencia civil a estas maniobras en la Europa llamada democrática, y menos aún en Estados Unidos, que aumenta su provisión de pertrechos; más bien cabe advertir un considerable grado de sostén a estas iniciativas, junto a una redoblada campaña de desprestigio hacia el presidente rusos, sus fuerzas armadas e incluso su pueblo.

La opinión en los países del occidente de Europa aparentemente no termina de representarse la catarata de complicaciones que se le vendría encima si la guerra en el Este se extiende y si el gobierno moscovita decide finalmente a tomar represalias por los bloqueos de fondos, embargos y sanciones con que se intenta arrinconarlo. Después de todo, a pesar de la decisión de Rusia de obligar a los “países hostiles” a pagar en rublos cualquier adquisición que le realicen, todavía su gas sigue fluyendo hacia occidente, en especial hacia Alemania. Y aunque la inflación empieza a corroer los niveles de vida en los países ricos, todavía la situación no ha alcanzado una gravedad extrema. Es posible que en los próximos meses, cuando los europeos hayan de pagar el gas importado de Estados Unidos a un precio mucho más alto que el que proveen los rusos, y si el conflicto militar se expande, la tensión llegue al paroxismo.

La propaganda anglosajona juega un papel importante en esta evolución: es sin duda mucho más eficaz que la de su contraparte oriental. La destreza en el manejo de los resortes de la “guerra híbrida” –combinación de la guerra convencional con guerra cibernética, noticias falsas, diplomacia, “lawfare”, saturación informativa y propaganda selectiva que busca incidir sobre un sector específico de la población para desestabilizar al estado que es objeto de la agresión- ha tenido ocasión de ser exhaustivamente probada a lo largo de décadas de guerras de baja intensidad y de múltiples “revoluciones de color”. La relativa ineficacia de la contrapropaganda rusa no está claro si se relaciona con la falta de habilidad de sus comunicadores o con el remanente de la ilusión que los dirigentes de la Rusia postsoviética tuvieron respecto a ser reconocidos y apreciados por el sistema-mundo que tiene su centro en Wall Street y la City de Londres. Esta perspectiva hace mucho tiempo que reveló ser un espejismo, pero hay sectores –la neoburguesía conformada después de la disolución de la URSS, de características mafiosas- que probablemente se aferran aún a ese espejismo y deploran, y eventualmente pueden sabotear, los esfuerzos de Vladimir Putin por afirmar a su país en el rango de superpotencia que ha perdido.

En el fondo lo que le falta a Rusia –y al mundo- es tener a su disposición un mensaje mesiánico que de alguna manera se equipare no digamos al del bolchevismo, pero sí a un credo que sea capaz de dotar de sentido al caos en que vivimos, forjando un instrumento de lucha capaz de designar al enemigo común y de proponer expedientes para derrotarlo. En la práctica este desarrollo se está dando diríamos que pragmáticamente con la convergencia de Rusia y China en una alianza económica, comercial y militar que progresa rápidamente y que, si se consolida en políticas comunes y se fortifica a partir de aportes como el de los países del Asia Central, la India, Vietnam y Brasil, puede transformarse en el factor que altere la balanza del poderes global y ponga en entredicho la predominancia del modelo neoliberal del capitalismo y su proyecto de globalización asimétrica. Es esto, precisamente, lo que altera los nervios del sistema y motiva a sus estrategas a multiplicar las agresiones que estuvieron dirigidas en una primera instancia contra los países periféricos que intentaron escapar a su órbita, y ahora contra el que juzgan el eslabón menos sólido de la cadena de alianzas que está en vías de conformarse en el oriente.

La guerra en Ucrania hace rato que habría terminado si no fuera por la interferencia de la OTAN. Volodomir Zelensky estuvo a punto de rendirse cuando se inició la operación rusa; fueron solo las presiones de su entorno inmediato manipulado por los servicios estadounidenses lo que lo hizo liquidar las conversaciones de paz de Gomel (y a uno de sus propios negociadores, aparentemente demasiado proclive a buscar un acuerdo pacífico con los rusos) [II]. Zelenski es una marioneta elevada a la categoría de estadista churchiliano por los medios. No parece que esto vaya a cambiar. Su súbito endurecimiento tras las conminaciones de occidente para prolongar la resistencia hizo fracasar el primer intento de la “operación especial” de Moscú, que probablemente daba por descontado que bastaba con un empujón para terminar con el asunto. En su lugar hubo de afrontar una resistencia que podría haber vencido con relativa facilidad, pero al precio de una batalla en las calles de Kiev cuyo costo propagandístico y en vidas humanas Putin no quiso pagar.

Por lo tanto ahora debe afrontar una batalla que –de no mediar un movimiento interno que derroque al presidente ucraniano y al grupo que lo rodea- ofrece a Estados Unidos y su socio británico la oportunidad que estaban buscando en el sentido de complicar a Rusia en un conflicto vicioso, que podría desgastarla política, económica y militarmente.

No es fácil que esto suceda. Si no pueden hallar una solución política que dé pronta respuesta a sus demandas sobre la neutralización de Ucrania, es posible que los rusos decidan apelar a los expedientes que hasta ahora se habían vedado para terminar con el absceso. No tanto con un ataque directo contra Kiev, cuanto con el cerramiento de los accesos marítimos a Ucrania desde el Mar Negro y, tal vez, la incorporación de los territorios rusófonos de Moldavia, la región de Transnistria, vecinos a la frontera ucraniana. No les tomaría mucho tiempo. Los riesgos de una confrontación global, como es natural, aumentarían en igual medida. El ministro de Exteriores ruso, Sergei Lavrov, ha enfatizado la seriedad del momento que se está viviendo: “El riesgo (de una crisis similar a la de los misiles en Cuba, que en 1963 que puso al mundo al borde de una guerra nuclear) es grave, es real, no se lo puede subestimar”, dijo.

La elección francesa

En Francia el centrista Emanuel Macron acaba de alzarse con el triunfo en el balotaje de las presidenciales. Se impuso por un cómodo margen a la derechista Marine Le Pen, quien sin embargo reunió un alto aporte de votos. Macron consiguió el 58,50 por ciento de los sufragios contra el 41,45 de su rival, que a pesar de la derrota creció ocho puntos relación a la diferencia que la separó de su adversario en el 2017. El ascenso del Frente Nacional, al que se tilda de neofascista, se pone de manifiesto elección tras elección. La nota más destacada la dio sin embargo el nivel de abstención que pudo observarse  en los comicios: el 28 por ciento del electorado se abstuvo, votó en blanco o votó nulo, una proporción que para Francia es importante.

En Francia, como en gran parte del mundo, el descontento con la clase política es grande. Las componendas y compromisos contranatura son imposibles de tragar para mucha gente. ¿Cómo puede un votante de Jean-Luc Melenchon, el candidato de la izquierda que quedó fuera de la segunda vuelta, sufragar por un neoliberal ortodoxo como Macron? La titular del Frente Nacional, quien sostiene un mayor intervencionismo estatal en la economía, es euroescéptica y propicia una política exterior que se aleje del diktat norteamericano, ha obtenido gran parte de sus votos en las áreas industriales del norte, donde hay una importante población obrera. Esto implicaría no sólo que la clientela histórica de los partidos de izquierda ha desechado a esta como opción política, sino que parte del electorado de la Francia Insumisa (el partido de Melenchon) ha desoído la exhortación de su jefe, que proclamó la abstención en la segunda vuelta, pero que se ocupó de subrayar que ningún caso se podría votar a la candidata del FN. Ahora viene “la tercera vuelta” de las elecciones, las consagradas a elegir a los representantes en el parlamento. En la situación actual es probable que el gobierno de Macron no pueda reunir una mayoría propia y deba resignarse a “cohabitar” con uno de los dos mayores partidos de la oposición. Cómo podrá arreglar el intríngulis, es un misterio; lo único concreto es  que a partir del resultado de las elecciones del domingo en Estrasburgo y Bruselas (sedes del gobierno de la Unión Europea y de la OTAN) se deben estar sintiendo las vibraciones que preanuncian un terremoto.

Las izquierdas tradicionales han perdido el rumbo. No parecen capaces de reinventarse y solo atinan a reformularse defendiendo un credo progresista de corte individualista y que tiene no poco de anarquismo. Impotentes frente al poder real, propenden a descuidar los problemas concretos de la gente mientras se prodigan en causas minoritarias, escandalosas para muchos y políticamente superfluas. [III] Tampoco parecen entender mucho de la real naturaleza de los conflictos globales. Tanto la progresía como los núcleos que se alinean en una posición ultraizquierdista caen en un reduccionismo intolerable. Definir a Rusia y Estados Unidos como países igualmente imperialistas, como ocurre con la representación parlamentaria de la “ultra” argentina, que asimila las agresiones de Washington en medio oriente, el norte de África, América latina o el Asia central, con las operaciones limitadas de los rusos para proteger sus fronteras, es un despropósito indigno de marxistas. O de cualquier persona provista de sentido común.

Estamos pues en un impasse frente al cual, sin embargo, no hay que desesperar. Siempre es más oscuro antes de que aclare, dice el refrán. Solo que, entre nosotros, algunas manifestaciones retóricas, gratuitas y algo serviles nos podrían ser ahorradas. El presidente argentino, quien nos merece respeto, es empero una persona propensa a hablar demasiado cuando no hace falta. Ya lo hizo cuando visitó Rusia,  donde tuvo efusiones de simpatía y promesas de asociación luego burladas por el voto argentino en la ONU, suspendiendo a Moscú de la Comisión de Derechos Humanos. Ahora el mensaje de twitter con buenos augurios que envió –en francés- a Emanuel Macron antes de la elección, fue otra de esas salidas de tono del primer mandatario que Jorge Asís define con ingenio como “hablarse encima”. Aparte de que es impropio de un jefe de estado meterse en una elección europea y que no nos compete, el gesto supone una manifestación de simpatía hacia alguien que se identifica con una tesitura antipopular y antipódica de la que dice sostener el gobierno argentino. El hecho de que la nota esté escrita en francés denota por otra parte una afectación que parece salida de los recuerdos de Victoria Ocampo. Quien como persona y como difusora de la cultura también nos merece mucho respeto, pero que fue la representante del esnobismo de nuestra clase alta, flor sin perfume de la oligarquía rentística. El presidente Fernández pertenece a otra constelación política, suponemos.

 

[I] Deutsche Welle digital, versión en español, y Zona Militar.com.

[II] Denis Kireev, asesinado por los servicios secretos ucranianos bajo la imputación de ser espía. (La Vanguardia, Barcelona).

[III] Como las políticas de género y el lenguaje inclusivo.