“El boliche” era la contraseña de “Condorito”, un bar del conurbano donde nos empezábamos a reunir.

EL BOLICHE

Por Rodolfo Fernández

Entre vinos y parroquianos, el “Condorito” era punto de encuentro de los militantes que iban emergiendo de la oscuridad. Algunos volvían del exilio del interior del país, otros salían de la cárcel y empezaban a tomar contacto y otros, que mantenían su presencia en las fábricas se acercaban a expresar la necesidad de organizarse. Asi, hablando bajito, nos juntábamos en el fondo de la cocina.

 

 

Por Rodolfo Fernández

 

En esos años los llamados se hacían desde la casilla del teléfono público.

“El boliche” era la contraseña de “Condorito”, un bar del conurbano donde nos empezábamos a reunir.

Ubicado sobre el Camino Monteverde, frente al barrio Don Orione, Burzaco, partido de Alte. Brown.

Ahi había ido a parar, con su necesidad de ganarse el mango el “negro” Espindola, un resistente que había sido, entre otras cosas, uno de los líderes de la famosa huelga de FAE, en 1970, conflicto que duró dos meses, con toma fábrica incluida y que había sido un dolor de cabeza para el gobierno militar de Juan Carlos Ongania.

Entre vinos y parroquianos, el “Condorito” era punto de encuentro de los militantes que iban emergiendo de la oscuridad.

Algunos volvían del exilio del interior del país, otros salían de la cárcel y empezaban a tomar contacto y otros, que mantenían su presencia en las fábricas se acercaban a expresar la necesidad de organizarse.

Asi, hablando bajito, nos juntábamos en el fondo de la cocina.

Mientras alguno atendía el mostrador y el “negro” hacía las milanesas, nosotros cocinábamos algunas mínimas acciones de propaganda y de recomposición del sindicalismo combativo.

En el conurbano sur había comenzado a funcionar la coordinadora sindical, ligada a la “Comisión de los 25″.

Mi base era Sanidad de Quilmes, conducida por el “viejo” Kelly, un resistente de enorme dignidad.

Todo era muy secreto y muy cuidadoso, pero había llegado el momento de la acción.

Del sindicato de Farmacia había retirado los volantes que esa noche del 25 (porque sabíamos que el 26 la represión iba a copar las calles) desparramamos en las puertas de las fábricas de la zona sur.

El 27 de abril, el paro tuvo alto acatamiento en el Gran Buenos Aires y algunas provincias.

La respuesta del pueblo fue positiva y eso nos dio más valor.

Todo era precario pero la organización sindical estaba en marcha.

Ahora había que presionar para liberar a los dirigentes presos.

Ese grupo de valientes dirigentes gremiales que habían hecho punta y obligaba a la militancia a despertar.

Vencimos el temor y con osadía comenzamos a ponernos de pie.

“La verguenza superó al miedo”, decía Horacio Mujica, y tenía razón.

Con el recuerdo y el compromiso hacia nuestros compañeros caídos, no podíamos seguir permitiendo que saquearan el país sin hacer nada.

La debilidad política era grande y los recursos escasos, pero la decisión estaba y asi pusimos en marcha lo que en ese momento denominamos: la “Segunda Resistencia Peronista”.