La primera baja de la guerra es la verdad. Va a hacer falta mucho distanciamiento crítico para seguir las próximas peripecias.

LA PROPAGANDA DEL ODIO

Por Enrique Lacolla

La campaña para lograr la satanización y el aislamiento no sólo del gobierno ruso sino de Rusia como nación, está tocando niveles de una intensidad y desvergüenza inéditos. Este tipo de ofensiva, entre las grandes potencias, es una novedad. Nunca, salvo en los casos de la guerra total como la verificada en el primero y segundo conflicto mundiales, se ha llegado a tales extremos.

 

Por Enrique Lacolla

Perspectiva

14/04/2022

 

La primera baja de la guerra es la verdad, suele decirse con mucho tino. Va a hacer falta mucho distanciamiento crítico para seguir las próximas peripecias que se perfilan en los desarrollos que comenzaron con el conflicto en Ucrania.

La campaña para lograr la satanización y el aislamiento no sólo del gobierno ruso sino de Rusia como nación, está tocando niveles de una intensidad y desvergüenza inéditos.

Este tipo de ofensiva, entre las grandes potencias, es una novedad. Nunca, salvo en los casos de la guerra total como la verificada en el primero y segundo conflicto mundiales, se ha llegado a tales extremos.

Los países pequeños y las potencias menores por supuesto siempre están expuestos a la posibilidad de convertirse en sujetos de oprobio o escarnio para el capitalismo globalizador; pero, entre los grandes, salvo en el caso de los conflictos mencionados, hasta cierto punto se solían guardar las formas.

La catarata de ataques y desaires que ahora se prodigan sobre Rusia ha roto con esta costumbre.

El presidente estadounidense Joe Biden está desencadenado: no sólo insulta a su par ruso Vladimir Putin llamándolo loco y criminal, sino que, durante una visita a Polonia vinculada al conflicto que se libra en el vecino país, profirió contra él una especie de profecía o maldición bíblica: “es imposible que un individuo así siga en el poder…”, o palabras al mismo efecto.

Lo que equivale, en boca de un mandatario norteamericano, a pedir la sustitución del afectado por esa diatriba.

Algunos atribuyen esas salidas de tono a una presunta senilidad del presidente estadounidense, pero eso no explica que se lo deje despotricar a tontas y a locas, sin restringirlo de alguna manera.

Por otra parte, esas declaraciones condicen perfectamente con la avalancha de sanciones que buscan ahogar la economía rusa, con el envío de armamento de avanzada tecnología a Ucrania y con la presencia de especialistas militares extranjeros.

La persecución a los medios de prensa rusos, su silenciamiento y la expulsión de sus corresponsales en Europa, constituyen una mancha imposible de borrar en la ejecutoria de los presuntos adalides de la democracia y la libertad de prensa. Se perfila así una política de amordazamiento a cualquier instancia informativa que desentone del registro del bloque anglo-norteamericano, cuya primera manifestación ostensible fue la persecución del periodista australiano Julian Assange, el fundador de Wiki-leaks. [I]

La escalada contra Rusia prosigue en estos días con la decisión de la Asamblea General de las Naciones Unidas de suspenderla del Consejo de Derechos Humanos de la ONU, en el marco de las violaciones a los Derechos Humanos que los soldados rusos habrían cometido en la ciudad de Bucha, próxima a Kiev, durante su retirada.

Violaciones que el gobierno ruso niega enfáticamente haber cometido.

A pesar de que un acto criminal de estas características no favorece a Rusia, a nadie en occidente se le ocurrió aplicar al caso el principio investigativo del “Cui prodest” o “Cui bono”; es decir, preguntarse a quién beneficia la comisión del hecho.

En este caso, el favorecido es inequívocamente al gobierno de Volodomir Zelenski, que saca una vez más patente de víctima de una agresión que dice sin sentido.

La condena pública a Rusia y la resolución de la ONU en la misma dirección, se produjeron inmediatamente después de denunciado el hecho, sin ninguna investigación previa, lo que vulnera palpablemente el derecho internacional.

Los medios oligopólicos que constituyen el arma acústica y visual del neoliberalismo, prodigan, sin interferencia, en el ámbito de la comunicación global, las imágenes que se presume pertenecen a las atrocidades cometidas en ese lugar.

Lo cual, en el marco de una campaña de alcance global, implica la expansión de un terrorismo psicológico que induce a escándalo o al menos a una suerte de suspensión de la percepción crítica en millones de personas.

Hasta el Papa parece haberse prestado a la maniobra, besando una bandera procedente de esa ciudad martirizada.

En su caso seguramente los intereses del Vaticano en torno al catolicismo de rito oriental y a las complicadas relaciones con la iglesia ortodoxa rusa juegan un papel significativo.

Ahora bien, ¿qué determina esta corriente de furiosa hostilidad contra Rusia?

El comunismo no lo es, desde luego; todos sabemos que su versión rusa feneció hace treinta años.

En realidad se trata de un viejo imperativo de la geopolítica anglosajona, que ha comprendido siempre a Rusia como una entidad demasiado grande, demasiado rica y potencialmente demasiado fuerte, apta para conformarse como el núcleo de ese “Heartland” o corazón del mundo que podría llegar a regirlo contradiciendo los intereses y la voluntad de las potencias del “creciente exterior e insular”; es decir de las potencias marítimas representadas por Gran Bretaña y Estados Unidos.

Este antagonismo se hizo sentir durante imperio zarista y de su reformulación en la Unión Soviética, con el aditamento, en este último caso, del comunismo como amenaza a la democracia de matriz occidental.

Es decir, al régimen burgués capitalista.

La caída de la URSS supuso la extinción de este pretexto para el antagonismo, pero no canceló el motivo profundo que lo fundaba.

En las condiciones de debilidad en que la derrota en la guerra fría había dejado a Rusia, ese principio hostil no sólo rebrotó con más fuerza sino que intentó –e intenta- llevar a la práctica la desintegración de esa potencia, fragmentándola en pedazos.

El viejo proyecto de Hitler de empujar a los eslavos más allá de los Urales aún no ha perdido vigencia.

La inquina occidental contra Rusia viene de lejos, pero en estos momentos está dosificada por el Pentágono y discurre por una comprensión militar de los factores en juego.

¿Cómo explicar si no los cuantiosos pertrechos bélicos que siguen fluyendo a Ucrania y las peligrosas experiencias con “contratistas privados” (mercenarios) sobre el terreno? [II]

Más aún, ¿qué clase de negociaciones de paz pueden sostenerse con un gobierno como el de Zelenski, simple marioneta que dice que renuncia al proyecto de ingresar a la OTAN y al mismo tiempo pide a la organización atlántica que convierta a los cielos de Ucrania en una zona de exclusión?

La persistencia rusa en mantener las conversaciones diplomáticas en estas condiciones es un indicio del equilibrio de su política exterior, aunque cabe preguntarse hasta dónde podrá o le interesará mantenerlo.

La baza que puede permitirle hacerlo es la alianza con China.

Y esa conjunción es asimismo lo que potencia la agresividad occidental contra Moscú, el eslabón más débil de ese binomio.

Rusia todavía no se ha liberado del todo de la lacra de la oligarquía financiera dejada por Yeltsin, parte de la cual se alineó con Putin.

Esta sí siente, en carne propia, los embargos y las trabas impuestas por occidente y puede sentirse inducida a socavar en el plano interno a las directrices del poder ejecutivo.

A ella iba dirigida la amenazadora reconvención del presidente ruso de la que dimos cuenta en una nota anterior.

Necesidad de  un nuevo orden económico mundial

«China tiene un modelo económico y social de capitalismo dirigido que preanuncia un nuevo orden económico mundial, basado en modelos de gestión flexibles y en una organización de la producción en red, donde el estado funciona como un integrador, uniendo los intereses de varios grupos sociales en torno a lograr un objetivo: mejorar el bienestar público”.

Así lo define Sergei Glazyev, un político y economista ruso de corte nacional-populista, quien refiere el modelo chino a un esquema en expansión en el mundo y que ya se manifiesta en una potencia como la India; en Japón, parcialmente, y en varios de los “tigres asiáticos”.

Y a esto hay que agregar cambios de carácter diríamos tectónico en el planeta, consecuencia del cambio climático.

En parte catastróficos, dichos cambios permitirán, por otro lado, agilizar las comunicaciones, como en el caso de la ruta del Ártico.

El calentamiento global, en efecto, está en vías de romper o fragilizar los hielos supuestamente eternos del casquete polar, librando el mítico paso del nordeste.

El comercio por barco entre Asia y Europa se multiplicaría al abrirse ese paso y reducirse drásticamente las distancias y consiguientemente los tiempos de navegación entre el Atlántico y el Pacífico.

Rusia escaparía a su encierro respecto a los grandes espacios marítimos y China potenciaría aún más su Ruta de la Seda.

Los cuellos de botella del Canal de Suez, Panamá, el Bósforo y Gibraltar perderían parte de su significación estratégica y, desde luego, los Brics y el grupo de Shangai aumentarían presencia y reducirían, si no nulificarían, una preeminencia norteamericana.

Esta, en este mismo momento, se ve amenazada en su instrumento básico: el mantenimiento del dólar como único referente del intercambio.

El ataque a Rusia (porque de esto se trata, no de una invasión rusa a Ucrania), está actuando como un boomerang: los rusos exigen ahora que sus exportaciones de energía a los países “hostiles” de occidente se paguen en rublos; Irán y China intercambian en yuanes, Rusia y China lo hacen en sus propias monedas nacionales y hasta Arabia Saudita está dando señales de querer liberarse de patrón dólar en sus negociaciones con el gobierno de los ayatolas.

Esto es un torpedo bajo la línea de flotación para Estados Unidos.

El “Deep State” o Estado Profundo prosigue sin embargo obcecadamente con su ofensiva contra el “eslabón débil” de la alianza que lo amenaza.

Quizá justamente porque percibe a dicha alianza como un riesgo mortal a su supremacía y prefiere jugar hasta el extremo límite la apuesta que se había formulado tras la caída de la URSS.

Hasta ahora los países de la UE lo acompañan. La “guerra cognitiva” de la que occidente es maestro, de momento tiene pleno éxito y la opinión pública europea acompaña la presión contra Rusia. Habrá que ver cuáles son los próximos desarrollos bélicos para ventear de qué lado se inclinará la balanza.

Rusia tiene que vencer o al menos anotarse unos puntos claros, tanto por los motivos concretos que la llevaron a invadir Ucrania (impedir que un estado de la OTAN se aposente en un espacio que formó parte de su territorio histórico) como para hacer evidente a la Unión Europea los riesgos a que se expone con su seguidismo mecánico a Washington y las oportunidades que pierde al rehusar su mano tendida durante mucho tiempo.

De momento esto último no ha sucedido; más bien al contrario, parece haber excitado el los temores del público europeo y aumentado el servilismo de sus gobernantes.

Un voto desdichado

Argentina votó en la ONU a favor de suspender la participación de Rusia en el Consejo de Derechos Humanos.

En un momento en que el presidente norteamericano y muchos voceros periodísticos la acusan de cometer un genocidio [III] en Ucrania, la resolución es un primer paso para buscar la expulsión de Rusia del Consejo de Seguridad de la ONU.

No hay mucha posibilidad de que esto último suceda, a menos que nos encontremos en los umbrales de la tercera guerra mundial. O sea de la segunda guerra fría a punto de transformarse en caliente.

La votación de la Asamblea General de la ONU no fue unánime: 93 países respaldaron la propuesta de Washington, 24 votaron en contra y hubo 58 abstenciones.

Argentina votó a favor de la resolución.

¿Por qué?

No hay pruebas fehacientes que las ejecuciones producidas en Bucha hayan sido cometidas por tropas rusas, no hay investigaciones realizadas por autoridades independientes capaces de dar un testimonio objetivo y todo se reduce a filmaciones y fotos, sin poderse saber si son veraces o trucadas.

El pasado reciente está lleno de fake news y de montajes engañosos.

Baste recordar la “masacre” de Timisoara en Rumania, durante el golpe que volteó a Ceausescu y lo mandó a él y a su esposa al paredón, o las monumentales mentiras que precedieron al asesinato de Gadafi en Libia, durante la operación desestabilizadora llevada adelante por la OTAN [IV], o el invento de las armas de destrucción masiva para justificar la invasión a Irak, o los ataques químicos contra la población siria que se afirmaba habían sido llevado a cabo por el gobierno de Bashar Al Assad, etcétera, etcétera.

Pese a estos antecedentes y pese a que no había ni hay pruebas fehacientes de la responsabilidad rusa en las atrocidades que se le imputan, el representante argentino en la ONU votó a favor de la exclusión de Rusia del CDH.

¿Dónde quedaron las enfáticas declaraciones de amistad del presidente Alberto Fernández durante su visita a Rusia poco tiempo atrás, y qué suerte puede correr el Acuerdo de Asociación Estratégica firmado con ese país hace un par de años y que prometía ser muy conveniente para nosotros?

Seguramente el tema de la deuda con el FMI influyó en la decisión, pero, realmente, ¿hacía falta este acatamiento que probablemente nadie le había pedido?

¿Acaso piensan nuestras autoridades que el Fondo va a ser menos inflexible después de esta genuflexión?

El voto de la CELAC –que Argentina momentáneamente preside- se dividió en torno a este tema: 18 votaron a favor, entre ellos Argentina, Colombia y Chile, tres en contra, Bolivia, Cuba y Nicaragua, y once se abstuvieron, entre ellos México y Brasil.

Es obvio que nuestro país debería haber compartido esta última posición. México y Brasil tienen gobiernos que ideológicamente están en las antípodas, pero que poseen el suficiente sentido de las proporciones como para que eso no obste y sinceren su posición como entidades nacionales autónomas, provistas de intereses propios.

Andrés Manuel López Obrador y Jair Bolsonaro no adolecen precisamente de un carácter timorato.

EL/

NOTAS:

[I] Assange fue primero corrido de Suecia por la acusación de un delito sexual no comprobado. Luego debió asilarse en la embajada de Ecuador en Londres durante años, hasta que el reemplazante del presidente Rafael Correa, el traidor Lenin Moreno, lo arrojó virtualmente a la calle, entregándolo a Scotland Yard. La policía procedió entonces a ponerlo en manos de la justicia, la cual delibera aún sobre si accede o no al pedido de Estados Unidos de extraditarlo a la Unión. Desequilibrado por el estrés, lo que resta del Julián Assange original tras una década de persecuciones, huidas y encierros forzados, todavía espera su destino en una cárcel británica.

[II] Contratistas que se sabe no son otra cosa que una proyección encubierta de las fuerzas armadas norteamericanas, un poco a la manera en que lo eran los corsarios que servían al interés de Inglaterra o Francia al tiempo que llenaban su propia bolsa durante el siglo XVII en el Mar Caribe y el Atlántico.

[III] Otra muestra de la desenvoltura abusiva con que se usan las palabras en el ámbito de la comunicación moderna. Genocidio implica la exterminación sistemática y deliberada de un grupo social por motivos raciales, políticos o religiosos. Nada de esto se verifica en Ucrania.

[IV] Se llegó a decir que las tropas del “tirano Gadafi” eran surtidas con Viagra para estimular las violaciones…