En 11 países, los Bullrich y Milei del negacionismo sistemático terminarian en la cárcel

NUNCA MENOS (EL GENOCIDIO DE LOS 30.000)

Por Ignacio Lizaso*

De darse la posibilidad de que a través de un plebiscito – milagroso, tan ansiado – se pudiera resolver en qué país deberían haber nacido y vivir la Bullrich, la Vidal, Javier Milei, Fernando Iglesias, Waldo Wolff, Ricardo López Murphy o el avezado jugador de bridge Mauricio Macri, ¿por cuál votaría usted, ciudadano, entre los 10 destinos que propongo?

*(En portada Diana, Marina, Beatriz y Estela Oesterheld.)

Por Ignacio Lizaso

NAC&POP

02/04/2022

Les propongo: Alemania, Francia, Suiza, Austria, Bélgica, España, República Checa, Liechtenstein, Israel, Letonia o Bosnia?

Si se les permitiera elegir, de los candidatos a expatriar no pocos se inclinarían por la Alemania nazi (1933-1943) o la España franquista (1938-1975).

Lo cierto es que en cualquiera de los destinos mencionados estos personajes, hoy, estarían presos, vulgo en galera.

Y nada de prisión domiciliaria.

Todos ellos – y siguen las firmas – niegan, banalizan o justifican el genocidio de 30.000 hermanos asesinados o desaparecidos.

En dichos países rigen leyes que establecen penas de entre 6 meses y 10 años (en el caso de Austria, hasta 20) para quienes incurran en el habitual negacionismo o la minimización: «no fueron tantos» o la tramposa teoría de los dos demonios. (En Alemania la pena refiere exclusivamente a expresiones vertidas sobre el Holocausto).

A partir del reciente juramento como legisladora de la enfermizamente extremista Victoria Villarruel, dedicado a las víctimas de la subversión, se han reiterado los testimonios del negacionismo vernáculo.

Ninguno resiste el más ligero análisis, carecen de seriedad, son falaces, tramposos.

A poco de andar esas pomposas proclamas se topan con videos, grabaciones o textos gráficos en que los propios declarantes aparecen durante la gestión Macri, a menudo también antes, sosteniendo lo contrario.

La voz de orden es negar en forma sistemática.

No es cierto lo de los 30.000.

Tampoco lo es que según admitió el FMI, parte de los 45.000 millones de dólares entregados por esa catedral de la usura del neoliberalismo sirvieron para financiar la fuga de capitales.

La variante de la negación es el grito exasperado: vamos a terminar ya no como Venezuela, a la que Joe Biden amaga levantar la excomunión, sí como esta nueva versión comunista de Chile.

Si los dejan retroceder son capaces de afirmar que la gesta del 17 de octubre del 45 fue obra del marxismo por la acción de sus adalides Victorio Codovilla y (si supieran quién fue) Rubens Íscaro. (Hasta que creció la figura de Perón la leyenda más repetida en las pintadas de los muros de Buenos Aires y el conurbano era: «libertad a Íscaro».

Se trataba de un destacado dirigente del PC y del sindicato de la construcción, que en 1973 visitó a Perón para expresar el apoyo de su partido a su candidatura presidencial.

Dato para Milei, y para Kovksy. Hijo de un tano y una vasca jugados por el anarquismo, el segundo nombre de Íscaro era Libertario.

Fiel a esa identidad se habría cagado en la dolarización que proponen los libertarios cosecha tardía).

Sorprende descubrir que un país que recientemente ha legalizado la condena al negacionismo ante el genocidio sufrido por un sector de su pueblo es Bosnia.

En la feroz guerra interna que se desató por antagonismos políticos y religiosos en 1995, tras la caída del Muro de Berlín y la disolución de Yugoslavia – el 90 % de los bosnios eran musulmanes, el 93 % de los serbios, cristianos, y el 88 % de los croatas, católicos -, se produjo en Srebrenica la matanza de más de 8.000 bosnios musulmanes por parte de los serbobosnios.

Esta masacre fue considerada el mayor asesinato masivo, comprendió a ancianos y niños, después de la guerra concluida en 1945, excluyendo, claro, la masacre de Hiroshima y Nagasaki, prolijamente eliminada de todo relevamiento de genocidios.

En un clima aún no cicatrizado de odios y sed de revanchas, hace sólo 8 meses se dictó una ley que sanciona con hasta 5 años de prisión a quienes nieguen la matanza de los musulmanes y glorifiquen ese crímen de guerra.

Un ejemplo para nuestra clase política.

Hay más muestras frescas de la prevalencia de los supremos principios de memoria, verdad y justicia sobre el negacionismo a ultranza.

Asumida su responsabilidad en el Holocausto, Alemania se ha hecho cargo del genocidio de aborígenes hereros y namaquas, registrado entre 1904 y 1907 en lo que hoy es Namibia, en el sudoeste de África.

Del informe Whitaker (1984) – cuesta creer que haya sido elaborado por la ONU -, surgió el reconocimiento de la intención de fuerzas armadas y colonos alemanes de proceder al exterminio de esas etnias nativas.

Fueron 45.000 los muertos hereros (60 % de la población) y 10.000 los namaquas (50 %).

En 2004 el presidente Horst Köhler pidió disculpas y 15 años más tarde Angela Merkel anunció que se iba a destinar un fondo de 1.300 millones de euros para contribuir, a lo largo de 10 años, al desarrollo de la región.

Todo se compra, todo se vende, nos enseñó el excelente director de cine polaco Andrzej Wajda.

Ridícula cifra con pretensión de resarcimiento.

Equivale a un pago simbólico de 197 euros mensuales por cada nativo muerto de hambre o al ser arreados hacia el desierto, lejos de sus viviendas, por envenenamiento del agua y deshidratación.

Los hereros eran una tribu de pastores cuando en 1884 se declaró arbitrariamente que su territorio pasaba a ser un protectorado germano.

Hubo resistencia de su parte y de los khoikhoi (también llamados hotentotes), pero Berlín envió efectivos de su ejército colonizador, la schutztruppe, y cientos de colonos.

En una década fueron confiscadas las tierras de los aborígenes, sometidos a trabajo esclavizado.

En 1870 el 10 % del suelo africano se hallaba bajo control europeo; en 1914 el dominio de la «civilización» se extendía al 90 %. Cabe preguntarse qué proceso de colonización, atraído por la riqueza y abundancia de recursos naturales no explotados y la mano de obra barata, no fue salvajemente impiadoso en perjuicio de la barbarie sólo marcada por el color de la piel.

El rey Leopoldo II de Bélgica fue pionero en esta materia al apropiarse a sangre y fuego del Congo (1885-1908) como presidente de una organización «de caridad privada».

Caridad, sí. Con un saldo de 10 millones de muertos, cifra de la que dio cuenta el famoso escritor Mark Twain, el territorio tuvo lugar en la cartografía como el Congo Belga.

La guardia de corps al servicio de este monarca que más allá de la corona, hacía negocios a favor de su bolsillo, tenía orden de exhibir cada bala disparada acompañando la mano de un congoleño mutilada por rebelarse o no laburar mansamente en la recolección del preciado caucho.

Argentina ha sido escenario de una larga serie de genocidios, casi siempre perpetrados contra los pueblos originarios, salvo el de los 30.000.

El de mayor volumen fue producto de la llamada conquista del desierto.

Decenas de miles de aborígenes cayeron muertos y fueron aislados en campos de concentración como los de Chichinales, Rincón del Medio y Malargüe.

El diario El Nacional publicaba tentadoras ofertas: «miércoles y viernes la Sociedad de Beneficencia entregará indios y chinas a distinguidas familias de la ciudad «.

Se sabe, además, de matanzas que afectaron a las etnias atacama, guaraní, aymará, comechingón, charrúa, diaguita, huarpe, kolla, mapuche, pampa, ranquel, quechua, querandí, ona y otras 12 etnias de menor significación sociocultural.

A propósito de la Sociedad de Damas de Beneficencia, su fundación se debe a Rivadavia.

En 1838 Rosas anuló la subvención oficial que recibía la entidad y dispuso que se dejara de proveerle gallinas, corderos y vacas para alimentar a las 51 mujeres alojadas en 3 hospitales.

De enterrar a la que en tono burlón Sarmiento estiló llamar Sociedad de Solteras Beatas se encargaría Eva Perón.

Un grupo de estas señoronas la fue a ver para comunicarle que era muy joven para presidir la entidad, función que se estilaba que desempeñara la primera dama.

Evita las hizo esperar 3 horas, rechazó el ofrecimiento y propuso que designaran a Juana Ibarguren.

No sonaba mal. ¿Quién es?, preguntaron, Mi madre.

En su discurso deslizó un par de explicaciones, una de ellas de rigurosa actualidad: «no me gusta el té con masitas y no sé jugar al bridge».

«No fueron 30.000, sólo 7.800, son cifras de la CONADEP», tornó a salir a escena la Bullrich.

Resulta un error descalificarla en materia cultural. ya que da la impresión de haber leído los trabajos de dos José: Ingenieros y Ramos Mejía, sobre «la simulación en la lucha por la vida».

Es inconcebible que simule ignorar una información publicada por Clarín, su diario de cabecera, y no desmentida por la embajada a la que concurre sonriente cada 4 de julio a sacudirse unos drinks.

El 25 de marzo de 2006 el título de una nota de ese matutino anunciaba que según «un informe de Estados Unidos» en 1978 los asesinados y desaparecidos eran 22.000.

El texto señalaba que entre los documentos difundidos por el Archivo de Seguridad Nacional yanqui había una recomendación de Henry Kissinger dirigida a la embajada en el sentido de «alentar» a la dictadura recién instalada en el poder (la recomendación fue hecha el 26 de marzo de 1976). Correspondiente al período 1976-1978, el número 22.000 habría sido proporcionado por miembros del Batallón 601 de Inteligencia, unidad del ejército que en aquellos años manejaba la sección política del diario La Razón, asociado inicialmente al negocio de la apropiación de Papel Prensa.

Tiempo suficiente para que no cesaran los actos de terrorismo, la dictadura conservó poder real hasta el conflicto por las Malvinas.

Para cerrar esta columna sobre el encendido negacionismo de la vocación criminal de los gobiernos neoliberales va el resultado de 52 días de 2017 con la Bullrich al frente del Ministerio de Seguridad.

El 17 de octubre es hallado el cadáver de Santiago Maldonado luego de 77 días sin noticias de su paradero.

Entre el 23 y el 25 de noviembre efectivos del grupo Albatros de la Prefectura Naval matan a Rafael Nahuel disparándole por la espalda.

Coronando su performance el 8 de diciembre el policía Luis Chocobar balea, también desde atrás, a Juan Pablo Kukoc, que huía después de haber asaltado a un turista yanqui.

Maldonado tenía 28 años, Nahuel, 22, y Kukoc, 18.

Nadie olvida que Bullrich y el mismo Macri canonizaron a Chocobar, erigido en una especie de héroe policial.

En ninguno de los tres casos se trató de una sola víctima.

En apenas 7 semanas Bullrich había dado vía libre a la práctica del gatillo fácil con plena impunidad.

Un matador uniformado, sólo uno, fue preso: Adrián Otero.

Carlos Pisano, referente de H.I.J.O.S., amplía los alcances de la impunidad retroactiva: el 80 % de los genocidas de la dictadura «viven y duermen en su casa», denuncia.

Un informe coincidente de María del Carmen Verdú, el CELS y El Destape subraya que en los casi 4 años que transcurrieron desde la fecha en que se celebró San Chocobar a noviembre de 2021, la Policía de la Ciudad había ejecutado 121 muertes por gatillo fácil.

La edad de las víctimas iba de 15 y 25 años.

Del clásico hagan juego lúdico al hagan fuego de los guardianes de la seguridad.

IL/