"Se alucinó al desembarcar en Saigón ocupada por Estados Unidos, enviado de la revista Gente, de la que fue uno de los creadores."

LA DIGNIDAD DE SER PERIODISTA

Por Ricardo Grassi*

Para El Descamisado fue decisiva la llegada de quien sería nuestro héroe. Sin él, el buen equipo que íbamos siendo nunca habría llegado a ser extraordinario. Tampoco habríamos podido, ahora, reivindicar la dignidad, responsabilidad y el servicio de una profesión que hoy demasiados bastardizan.

Por Ricardo Grassi

NAC&POP

02/04/2022

Alto, rubio, pecoso, barba heminwayana con la que jugaba como todos los que nos la dejamos crecer, cuerpo del jugador de rugby que había sido–estuvo en la primera división de Pueyrredón–, ojos celestes como el cielo cuando está celeste.

Su canción preferida no podía ser otra que Lucía en el Cielo con Diamantes, que en inglés los Beatles crearon como Lucy in the Sky with Diamonds y cuyo acrónimo evidente era LSD, el alucinógeno de moda en los años 60.

El Inglés, Enrique Jarito Walker, nunca lo probó ni se le ocurrirá hacerlo.

En cambio, se alucinó al desembarcar en Saigón ocupada por Estados Unidos, enviado de la revista Gente, de la que fue uno de los creadores.

Cuando regresó, era otro.

Uno de sus artículos fue la entrevista al soldado Edwin Jax, emborrachado con cerveza.

El copete de la nota lo cerró con “una historia sin amor”.

Cuando le preguntó qué es lo que más había aprendido en Vietnam, Jax le respondió: “a ser egoísta”.

Sé que esto lo conmovió.

Vietnam lo transformó porque para el Inglés el pecado era deshumanizarse.

Había encontrado lo opuesto cuando, camino a Saigón, quedó varado en París y se topó con el estallido del mayo francés.

Al regresar, fue el momento de la explosión nacional que radicalizó lo que venía ocurriendo bajo Onganía: el Cordobazo.

Tampoco la farandulera y reaccionaria Gente podía eludir cubrirlo y fue él.

Vio gente común guiada por sus dirigentes obreros, vio obreros y estudiantes luchando codo a codo, vio una ciudad en revuelta que hacía retroceder con piedras y barreras de fuego a otra gente común pero enfundada en uniformes y armada hasta los dientes.

Escribió la crónica, la firmó y eligió las fotos, como correspondía a su cargo de Secretario de Redacción.

Le rechazaron el tono y las fotografías demasiado elocuentes.

Él rechazó el rechazo.

Se había completado la transformación a la que lo llevó su honestidad intelectual y su bonhomía.

Fue así que poco después le cerró la puerta a Gente, cuyo éxito era en gran medida debido a él.

No aceptó la indemnización “porque habría sido una corrupción.

Yo vivía en la mierda y no quiero volver a la mierda”, dijo.

Así, ganamos todos nosotros también.

Quien lo conoció bien y fue admirándolo, Salvador Palomo Linares, me dijo un día en una pausa del Desca: “Le sobra talento y pasión y tiene una mente tan elástica que empieza a comprender las cosas y ya va elaborándolas”.

Pasó a querer cambiar la vida de cuajo porque entendió que los valores en los que había crecido no coincidían con el mundo que frecuentaba.

Tampoco su apoliticidad le resultó ya coherente.

Se alejó de la farándula y fauna propia de Gente, giró a la izquierda y antes de desembocar en el peronismo fundó y dirigió el semanario Nuevo Hombre, que apareció el 21 de julio de 1971.

Allí no faltó nadie que tuviera que ver con el pensamiento y el quehacer de la izquierda en Argentina.

Una revista semanal era su ambiente natural y con el formato grande del Desca se sintió como el pez en el agua. Jarito fue el maestro al que todos aceptamos porque se había radicalizado ganando humanidad y exaltado la dignidad de la que abrazó como su profesión: ser periodista.

Jarito también había asumido con serenidad que él sabía más–no solo por ser más grande que todos nosotros sino porque era un iluminado–, y que por ello debía liderar. Así se convirtió en un tutor para muchos aceptado e inolvidable.

Le gustaba trabajar con quienes se iniciaban en el oficio o con los noteros afirmados y remadores sin veleidades más que la de ser buenos cronistas y redactores, “Va al grano, sabe qué preguntar, es incisivo y firme sin dejar se der cálido y encantador”, comentó Diego Olivé poco después de haberse sumado al Desca.

Jarito ejercía con conciencia su papel didáctico.

No directamente con los más veteranos, pero a todos nos resultaba ejemplar cuando intervenía en el trabajo de los más novatos.

“¿Cómo diagramás esta nota?” le preguntó un día a Daniel Iglesias, nuevo en el oficio.

Daniel se sorprendió, pero le respondió.

“Está bien ¿eh? está muy bien”, dijo Jarito, pero interrumpió el agradecimiento de Daniel pidiéndole que le explicase por qué había elegido hacerla así.

Cuando, con esfuerzo, Daniel concluyó su explicación, Jarito le dijo, con una sonrisa: “Ahora hacela de otro modo”.

Si no había una explicación, Jarito se molestaba, caminaba de un lado a otro, movía los brazos.

Buscaba que las cosas tengan un sentido.

Que la guía sea un concepto.

Todos aprendimos.

No solo “olfato” e intuición –ambas cualidades extraordinarias en él– sino conceptualizar lo que cada uno hace.

Porque así se aprende, así se puede archivar conocimiento y entonces es posible enseñar.

Cuando se ponía nervioso, cerraba el puño izquierdo y hacía tamborilear el índice, medio y anular de la derecha sobre el hueco que forman los dedos de la izquierda.

Si se enojaba, no levantaba el tono de la voz, sino que se ponía rojo y agitaba hacia arriba y abajo el índice de su mano derecha.

Si alguno daba vueltas para cumplir una orden, entrecerraba los ojos, fruncía el ceño y mientras escuchaba la excusa mantenía una tierna sonrisa socarrona, todo lo cual equivalía a un “pero dale, qué me estás diciendo”, hasta que su interlocutor estaba dispuesto a hacer lo que le pedía.

El mensaje final, era: no existen notas imposibles.

Era El Inglés, pero porteñazo, socarrón e irónico que, sin una pizca de mala leche, te conquistaba con su corazón capaz de entender todas las debilidades y dificultades humanas y del oficio.

Hasta su voz era cálida, a veces un susurro.

Cuando la situación fue poniéndose pesada, del mismo modo que había sido permeable a Saigón, París y Córdoba, cambió su vida y se incorporó a Montoneros.

Podría no haber ido a la última cita.

Sabía que podía estar envenenada, pero en Jarito no cabía esquivar el bulto y, quizás, poner en riesgo a quien estaba esperándolo.

Pidió un arma para, si era el caso, poder defenderse.

No se la dieron.

Sé que eso lo molestó, debe haberse puesto rojo, pero no se detuvo.

Allí lo esperaban para darle un golpe y desaparecerlo, se defendió, saltó filas de butacas en ese cine de barrio, se subió al escenario y, cuando entendió que no zafaba, grito: “Soy Enrique Walker, periodista y montonero, avisen que están secuestrándome”.

Avisen a los compañeros que soy y sigo siendo: Periodista. Montonero.

Montoneros es pasado.

Periodistas y compañeros somos quienes lo homenajeamos y destacamos hoy su ejemplo de coherencia, rigor y humanidad.

No olvidar para decirle a los de este presente mercantilista, mediocre, tantas veces mentiroso a sabiendas, que el periodismo es un servicio y que los periodistas debemos y podemos ser honestos, rigurosamente respetuosos de quienes cada día siguen nuestro trabajo y que aquello que observamos e incluso nos golpea, debe humanizarnos sin cesar.

RG/