Atravesando diferentes figuras populares como el Diego y Evita, reflexionamos respecto al duelo personal y colectivo.

EL CUENTITO

Por Martina Evangelista

El 26 de julio, se cumplirán los setenta años de la muerte de Evita El funeral duró dieciséis días. La procesión de su cuerpo fue escoltada por más de dos millones de personas. Las colas alcanzaron treinta y cinco cuadras bajo la lluvia para poder despedirla. Hasta hubo gente con crisis nerviosas y desmayos. Las florerías de toda  Buenos Aires se quedaron sin nada.

Por Martina Evangelista

Revista Zoom

25/02/ 2022

Dentro de unos meses, el 26 de julio, se cumplirán los setenta años de la muerte de Evita. Murió a los 33 años, la supuesta edad de Cristo.

Me doy cuenta de que me faltan solamente seis años para llegar a ese número.

Pero como siempre prefiero conmemorar las fechas festivas y no las solemnes, me inclino a recordar: el 27 de febrero de 1946, seis años antes de su muerte, Evita dio su primer discurso tras el triunfo de Juan Domingo Perón.

Hacía tan sólo tres días atrás, el general había ganado las elecciones para ser, por primera vez, el Presidente de la Nación.

Esto me hizo reflexionar sobre mi edad y mis logros/derrotas/futuro/pasado: tengo 26 años.

Tengo la misma edad que tenía Evita cuando, en aquel primer discurso político, exigió la igualdad de género y marcó como condición fundamental el sufragio femenino.

Tengo la misma edad que tenía Evita cuando, días antes de aquellas elecciones, el público del Luna Park no la dejó hablar ya que reclamaba únicamente por la aparición de Perón (“sin corpiño y sin calzón, somos todas de Perón”). 

Tengo la misma edad que tenía Evita cuando habló por todas y cada una de las mujeres de nuestra Patria: “La mujer argentina ha superado el período de las tutorías civiles. La mujer debe afirmar su acción, la mujer debe votar”.

Ya sé que las épocas son otras, que los 26 de antes no son los 26 de ahora, que por aquellos años otras agujas marcaban los relojes del tiempo, que compararme con Evita es un acto absurdo y vanidoso, pero (déjenme fantasear) no puedo evitar pensar: qué mínima me siento, Eva, y qué grande fuiste.

Si hoy, con la misma edad que tenías vos cuando diste ese discurso, me tengo que subir a un escenario frente a miles de personas, balbuceo.

Si tengo que hablar en una asamblea frente a unxs pocxs, divago.

Y si una multitud me callara en el Luna Park, alegaría estrés post traumático ad infinitum.

En estas vacaciones, con el mar atlántico de fondo, los churreros gritando y demasiados cuerpos casi al desnudo, leí El año del pensamiento mágico (2005), de Joan Didion, libro que mencioné en una de mis últimas notas.

En él, la autora narra su experiencia personal luego de la muerte de su esposo, el escritor John Gregory Dunn.

Y lo hace reflexionando sobre la muerte, el duelo, la figura del “doliente”.

Didion fórmula y se auto-formula diferentes preguntas: ¿qué significa ser viuda? ¿qué espera la gente de alguien que está atravesando un duelo? ¿cuánto tiempo es el “correcto” para permitirse estar triste? ¿qué hacer con todas las preguntas, noticias y reflexiones que antes compartíamos con quien ya murió?

¿A quién corno se las decimos ahora?

Descubrí, con el correr de las páginas, qué quería decir Didion cuando nombraba al pensamiento mágico.

Y se refería al hecho de que, durante un año, sentía que su esposo volvería en cualquier momento.

No podía donar sus zapatos, por miedo a que John volviera y no tendría cómo calzarse. No podía tirar sus tarjetas de crédito, sus licencias de conducir, porque si no… ¿él cómo manejaría su auto?

Sabía que esos pensamientos no tenían ningún tipo de sentido racional, pero a la vez no podía evitarlos.

Tampoco podía pasar por las mismas cuadras que había atravesado con su esposo a lo largo de todos esos años: un torbellino de recuerdos encadenados la atrapaban, y podía pasarse horas y horas divagando en el pasado, abstraída del presente.

Entonces comprendí: el duelo está lleno de pensamientos mágicos.

Fui, soy y seré víctima y autora de ellos. Si una mariposa se apoya en mi pierna, pienso con seguridad que es mi abuela.

Si estoy en el supermercado y veo de espaldas a una mujer rubia con cartera amarilla, veo a mi tía eligiendo un yogurt descremado.

Una vez me pareció ver en La zorra y el cuervoun club subterráneo de La Habana, donde se entra por una cabina telefónica roja, a un amigo que ya había muerto hacía tiempo.

No pude dejar de mirarlo en toda la noche, mientras él, sin enterarse de mi pensamiento mágico, escuchaba absorto a la banda de jazz.

Ahora bien, ¿qué pasa cuando quien muere es una figura pública y el duelo lo atraviesan cientos, miles o millones de personas?

Lo curioso de este caso es que los pensamientos mágicos no sólo empiezan a surgir en nuestras individualidades, sino que también pasan a formar parte del pensamiento colectivo, de toda una sociedad.

Un duelo multitudinario.

Me acuerdo que cuando murió el Diego, la gente lo veía en todas partes.

Una joven entrerriana lo capturó en el cielo con el diez en las espaldas. Otro chico lo vio en la quemadura de unas velas que habían sido prendidas en su honor.

Miles de personas lo vieron formarse entre las nubes, besando la copa del mundial ´86.

En un partido de Boca, la pelota evadió extrañamente el arco para evitar el gol contrario (¡fua, el Diego!).

Hasta juraron ver sus iniciales en la sombra del arquero Dibu Martínez: D.A.M.

Lo que más me conmovió fue leer, hace poco, que su hija Dalma se construye para sí misma el “cuentito” de que Diego está de viaje, y que le escribe cartas para dárselas cuando vuelva.

Este mecanismo que encontró Dalma para atravesar el duelo es un fiel ejemplo de lo que Didion denomina pensamiento mágico: sabemos que esa persona no volverá, sabemos que esas cartas son artificios, pero sin embargo este tipo de mecanismos nos ayuda para seguir viviendo, sobre todo cuando notamos que, alrededor nuestro, el mundo sigue girando, aunque no entendamos cómo se da el lujo para hacerlo.

“(…) Que paren los relojes, corten el teléfono,

eviten que el perro ladre con un jugoso hueso.

Silencien los pianos y, mientras retumba un sordo tambor,

saquen el ataúd, dejen pasar el duelo. 

Que los aviones den vueltas alrededor nuestro 

garabateando en el cielo “Él ha muerto”.

Vistan con negros crespones a las palomas blancas,

que los policías usen guantes de algodón negro sin falta (…)”

(W.H Austen, “El Blues del funeral”

Se dice que una noche antes de su muerte, Evita le pidió a Perón hablar a solas, diciéndole “Quiero verte un poco” (clack, mi corazón).

Le hizo prometer que cuidaría a sus descamisados, que no abandonaría a sus grasitas, y que publicaría su libro Mi mensaje, el cual escribió desde la cama, ya estando enferma.

El 26 de julio de 1952 el gobierno decretó duelo nacional.

El funeral duró dieciséis días.

La procesión de su cuerpo fue escoltada por más de dos millones de personas.

Las colas alcanzaron treinta y cinco cuadras bajo la lluvia para poder despedirla.

Hasta hubo gente con crisis nerviosas y desmayos.

Las florerías de toda la Ciudad de Buenos Aires se quedaron sin nada que vender: claveles, orquídeas, alhelíes, crisantemos y rosas inundaron las veredas, los balcones, la Avenida de Mayo. Ese fue el duelo colectivo.

Pero hay algo que no dejo de preguntarme: ¿qué habrá sido lo que más extrañó Perón de su compañera? “Quiero verte un poco…”

Ayer vi la última película de Mike Mills, protagonizada por Joaquin Phoenix: un documentalista un poco melancólico tiene que cuidar por un par de días a su sobrino Jesse, un nene de nueve años bastante “adultizado”.

El nene le hace constantemente preguntas increíblemente hermosas, profundas y raras.

Hablan sobre el pasado, sobre el futuro, sobre la vida y la muerte, los sentimientos, las relaciones amorosas.

Cuando están por terminar sus días juntos, Jesse le deja a su tío una grabación en el equipo de sonido, contestándole qué es el futuro para él.

Con sólo nueve años, ya lo tiene claro:

“Lo que planeas que ocurra, nunca ocurre.

Cosas que nunca se te ocurrirían, ocurren.

Así que sólo tienes que… c´mon c´mon c´mon…

Siempre para adelante”.

Y creo que eso es lo que hacemos.

O intentamos hacer.

Seguir para adelante.

Con los duelos más personales, con los duelos más colectivos.

Algunas personas lo logran, otras no.

Por eso es necesario ver al Diego entre las nubes, por eso Didion no donó los zapatos de su esposo, por eso Cristina dejó intacta la mesa de luz de Néstor.

Por eso Perón pidió al Vaticano que Evita fuese canonizada y así convertirla en inmortal.

C´mon c´mon c´mon.

“Siempre para adelante”.

ME/