[Hace hoy exactamente seis años, mientras el país empezaba a cubrirse de sombras, publicaba esto a partir de un incidente menor comparado con lo que vino después.

BORGES EL FRAUDULENTO Y LOS MATONES DE LA VIDAL

Por Nestor Miguel Gorojovsky

Un matón de la Vidal le había mostrado la culata de su arma a un pibito medio deslenguado que estaba ensayando una murga en Buenos Aires. En esa culata ya anidaban Maldonado, la «doctrina Chocobar» y Rafael Nahuel.
A partir de ese gesto de matón barato recordé algo que sigue a continuación.

 

 

 

Por Nestor Miguel Gorojovsky

 

[Hace hoy exactamente seis años, mientras el país empezaba a cubrirse de sombras, publicaba esto a partir de un incidente menor comparado con lo que vino después.

Un matón de la Vidal le había mostrado la culata de su arma a un pibito medio deslenguado que estaba ensayando una murga en Buenos Aires.

Era, como lo había sido ya el atropellamiento a la Constitución Nacional durante la jura de Macri o el francotirador que roció de balas de plomo un acto de apertura de un local político en Villa Crespo (y nunca fue atrapado), una señal de los tiempos que vendrían pero que no muchos pudieron percibir.

En esa culata ya anidaban Maldonado, la «doctrina Chocobar» y Rafael Nahuel.

A partir de ese gesto de matón barato recordé algo que sigue a continuación.

Agrego como imágenes los intercambios que despertó ese escrito, que fue bastante difundido por lo demás.

A continuación, con ustedes, mis recuerdos de Spilimbergo sobre Borges:]

Siempre me llamó la atención el particular desprecio que sentía Jorge Enea Spilimbergo, político, periodista, artista y poeta de enorme penetración, sensibilidad y amplitud de criterio estético, por la obra de Jorge Luis Borges. «La obra», dije.

No su contenido sino la obra artística en sí. Spilimbergo despreciaba a Borges como artista.

Alguna vez llegó a expresarme su proyecto (la vida no le alcanzó) de liquidar, con un análisis estético-político, la faena que en su momento había iniciado el mejor Jorge Abelardo Ramos, cuando en su «Muerte y transfiguración del Martín Fierro» reveló -del derecho y del revés- los motivos del odio de Borges por Hernández, autor, según Spilimbergo, de una de las dos más grandes obras de la literatura castellana, el Martín Fierro.

Borges en modo alguno consideraba su prosa ajena a la política (era quizás, se me ocurre ahora, uno de los pocos rasgos que lo unían con lo mejor de la tradición literaria de la que procedía, la de los grandes escritores embanderados).

Tiempo después de esa conversación con Spilimbergo, Juan Pablo Hernández me comentó que, off the record, Borges le había confesado una vez que lo que no toleraba de Hernández era su condición de federal.

«Si hubiera estado vivo ahora, sería peronista», le reveló.

De allí su desprecio mal encubierto por el «Martín Fierro» (y, agrego yo, la reducción del único gaucho con el que se cruzó en la literatura a la condición de cuchillero, mientras que elevaba a los cuchilleros reales a un Walhalla mítico de semidioses orilleros).

Spili igualaba el poema hernandiano nada menos que al Quijote.

Y no era condescendiente en materia artística, ni se dejaba llevar por pasiones partidarias en sus juicios.

Para él, Borges era esencialmente un mentiroso, pecado mortal para quien desee ser un artista y no un mero versificador del montón.

Algo de esto señaló en su momento Norberto Galasso, quien atribuye este rasgo al «segundo Borges», al que se convirtió en un ñoqui de la oligarquía argentina en la década de 1930.

Spilimbergo lo juzgaba desde el punto de vista estético, y era mucho más duro.

-Es un fraude -decía, y daba, entre otros ejemplos de grandes falsificaciones borgeanas, estos dos:

-¿Qué quiere decir con «El jardín de los senderos que se bifurcan», que todo vale, que en la historia no hay ninguna lógica, que cualquier cosa puede suceder en cualquier momento y no existe causalidad alguna?

Y fíjese en esa obra maestra de la infamia, ese escrito en el que un grupo de peronistas celebran el 17 de octubre violando a un pibe judío, «La fiesta del monstruo», y gritan «Viva Perón» al momento mismo de la penetración…

Es una pieza de asquerosa propaganda, que lo pinta a Borges y no a los obreros, convertidos en monstruos del «Matadero» echeverriano para solaz de los lectores de Borges.

Spili iba más allá.

-Mire esos supuestos relatos de malevos.

Son todos mentira.

Son todos cuchilleros conservadores, matones convertidos en héroes de un mito de los patrones.

Es evidente que Borges nunca estuvo cerca de ninguno de ellos, salvo como custodios en alguna reunión con sus amigos de la oligarquía (a la que no pertenecía, téngalo en cuenta).

Ese cuento de los dos malevos que se buscaban porque ninguno quería tener un muerto menos que el otro…

Es una verdadera estupidez, que solo se los creen los que quieren creer.

Y agregaba con sonrisa malévola:

-«Embelecos fraguados en Palermo».

A mí me asombraba entonces tanta inquina.

Nunca discutí si era justificada o no.

Seguramente, de haber podido escribir la obra que tenía en mente («A éste lo tengo bien junado», afirmaba), Spilimbergo hubiera acumulado tantos argumentos en una demolición estética seria de Borges que el trabajo, como el de todos los que destrozan las vacas sagradas de la cultura semicolonial, hubiera quedado oculta de las masas argentinas.

Pero igual me asombraba.

Le agradezco al macrismo, sin embargo, haberme explicado porqué tanto desagrado del viejo luchador contra la figura borgeana y, en particular, su (sic) falsificado y fraudulento mundo inexistente de malevos filosóficos.

Ese mundo era una hipóstasis literaria de otro mundo, mucho más real, con el que Spilimbergo había tenido una relación muy diferente a la de Borges: el de los matones a sueldo del caudillaje conservador, el de los asesinos en banda y sin altura de que suelen rodearse estos políticos antipopulares cuando están en el poder.

De hecho, todo este escrito se origina en un solo acontecimiento: la visión de un culata de la María Eugenia Vidal haciéndole ostentación de armas a un chiquilín impertinente en un barrio pobre de la Provincia de Buenos Aires, días después de que algún filosófico comisario borgeano hubiera lanzado su perrada policíaca sobre los pibes que ensayaban con una murga en un rincón humilde de la Capital Federal.

Era eso lo que Spili tenía en mente cada vez que leía a Borges.

Hagamos lo mismo.

No le creamos más a ese fraudulento glorificador del asesino a sueldo de los poderosos.