La noche que Osvaldo, por una mina y un enano, se abrió de Ardizzone

ESCANCIAR / EL OSVALDO ARDIZZONE DE LUIS SOTO

Por Luis Soto*

A Osvaldo Ardizzone lo encontré tarde, pero sin dudar de que hubiera sido penoso si me lo perdía. Año 1983, acababa de salir «Tiempo Argentino» y él había llegado con ese carácter de leyenda más que del periodismo, de un estilo de escritura que con enorme naturalidad saltaba del lenguaje erudito al atorrante y de la crónica inspirada en el decir tribunero a un par de pases poéticos.

Por Luis Soto

NAC&POP

18/01/2022

En Osvaldo la escritura y el chamuyo constituían una pareja que se llevaba espléndicamente.

Yo leía sus crónicas que hablaban de la vida y el fútbol, y él comentaba mis textos burreros y mis cuentos. Hasta que descubrimos que se daba un diálogo con sabor a que había nacido 20 años antes.

Eran una fiesta las cenas en el atípico comedor de Tiempo.

Tal vez por su condición de maestro sin almidón y con una modestia sobrehumana, en el diario solía andar rodeado de jóvenes periodistas, que acoplando afecto y admiración lo llamaban «el viejo».

Ya transitando los 60 el mote no le molestaba La charla con Osvaldo tenía rasgos singulares.

De comer liviano, en su mesa era infaltable la botella de Rincón Famoso.

Osvaldo no decía beber o tomar.

Su verbo era escanciar.

Por ahí se le veía mandarse un par de cabezazos y dormitaba unos minutos.

Recompuesto, volvía a prenderse a la charla y la copa.

El reloj no ponía límites.

Bastaba el albor de las primeras luces para que Osvaldo sentenciara: «hay que rajar, se viene el fulero».

El fulero, un hallazgo, era el sol.

Una noche de otoño me avisó que no iba a estar para la cena.

El excelente pianista José Colángelo lo había invitado a comer en un taller mecánico de Parque Patricios.

Hacen unos asados espectaculares, vení con algún amigo, fue la propuesta y Osvaldo nos anotó a Cacho Novoa y a mí.

La comida se redujo a una picada sin variantes: daditos de salame, daditos de mortadela, daditos de queso, mezclados en una palangana de loza descascarada, y una caja de tinto de medio pelo.

«Con tanto dado podemos jugar a la generala», bromeó Novoa.

Acompañado por una barra de habitués el dueño lucía a sus invitados y agasajaba a Osvaldo y a Colángelo.

«Esto es demasiado», repetía.

El sereno y su mujer servían la picada; él era un enano, ella era grandota, de brazos rollizos, jeans muy holgados, cara lavada y arrastraba sus chancletas sobre las manchas de grasa.

«Lástima que no trajo el instrumento», lamentó uno de la barra dirigiéndose a Colángelo.

Habrá creído que tocaba el fueye, o la viola.

El enano acercó un tocadiscos y se fueron sucediendo las grabaciones de Troilo, Di Sarli y Gobbi.

Era inevitable la ofensiva sobre Osvaldo.

«Dígase unos versos, jefe», llegó el pedido.

En ese momento se largó un aguacero.

Osvaldo no resistió la segunda embestida, tuvo que mandarse una letra de tango y después su consagrado «Qué carajo».

Los daditos languidecían acostados en la palangana.

A las dos horas la lluvia arreciaba, la reunión no daba para más.

«Esta gente mañana se levanta a las 8», insinuó la retirada Colángelo.

La mujer del sereno dijo permiso y salió.

«¿Usted dónde vive, Osvaldo?

Lo puedo arrimar», preguntó el dueño.

«En Banfield».

Profundo silencio.

«Esperemos que afloje un poco la lluvia.

Y si no, va el Cholo a buscar un taxi», se fue al mazo el dueño.

El Cholo era el sereno.

En eso entró la mujer.

Era otra mujer con pretensiones de ser una mina: labios pintarrajeados, pelo recogido, vestidito cortón, zapatos rojos con tacos de 15 centímetros y un faso en la mano.

Desde el disco Troilo y Fiorentino hacían «Grisel».

La mujer se plantó frente a Osvaldo. «Sáqueme a bailar», pidió.

«Sinceramente, señora, sabe qué…», arrancó Osvaldo sin completar la frase.

Pausa y la mujer insistió: «déle…».

Fiorentino cantaba: «sin importarme que eras buena…».

Parado en la vereda, se oyó la voz ancha del enano: «la puta madre que la parió».

«¿Qué pasa, Cholito?», intervino el dueño.

«Esta lluvia que no para», corrigió el enano.

Ante la reservada actitud de Osvaldo la mujer se puso a bailar sola y fue desenredando una rústica, primaria sensualidad.

«¡Taxi!, ¡taxi! La guacha de siempre…», gritaba el enano empapándose en la vereda.

Mientras Osvaldo anudaba un echarpe sobre el cuello la mujer apostó a una última carta: «¿me va a dejar así?».

En situaciones de emergencia se aconseja evacuar la zona.

Chau a todos, gracias, fue la despedida de necesidad y urgencia.

Lo tomamos de los hombros a Osvaldo, Novoa le cubrió la espalda con su piloto y entramos a caminar a toda gamba por la calle Rondeau.

En esas circunstancias asomó el manejo de la metáfora popular de Osvaldo.

«Me estoy escapando como un referí bombero», dijo.

Doblamos para ir hacia Caseros y Colángelo remató la noche con una reflexión inquietante: «oime, Osvaldo, ¿a veces no te gustaría ser un hombre común?».

LS/