Comencemos aclarando que referirse a los cínicos es difícil porque algunos los llaman filósofos pero, sin duda, se comportan de manera muy distinta a los filósofos

EL CINISMO ACTUAL AL SERVICIO DEL PODER

Por Dante Augusto Palma

El cinismo actual, esto es, la mentira a sabiendas y la defensa de lo indefendible con pleno descaro, dista mucho de la actitud cínica originaria que tuvo en Diógenes a su máximo exponente. Hoy, en cambio, es esa cultura imperante y ese poder el que se burla, ironiza y se muestra insolente frente al que está en una posición de debilidad.

 

 

Por Dante Augusto Palma

Revista Mugica/ Mensajes y masajes /

16 de enero de 2022

El cinismo actual, esto es, la mentira a sabiendas y la defensa de lo indefendible con pleno descaro, dista mucho de la actitud cínica originaria que tuvo en Diógenes a su máximo exponente, allá por la época de apogeo del imperio de Alejandro Magno. Diógenes, apodado “el perro”, utilizaba la burla, la ironía y la insolencia como un desafío a la cultura imperante y al poderoso. Hoy, en cambio, es esa cultura imperante y ese poder el que se burla, ironiza y se muestra insolente frente al que está en una posición de debilidad. Desarrollar este camino de transformación es el motivo de estas líneas.

Comencemos aclarando que referirse a los cínicos es difícil porque algunos los llaman filósofos pero, sin duda, se comportan de manera muy distinta a los filósofos que conocemos a través de los manuales, más allá de que hay quienes emparentan a los cínicos con Sócrates y establecen allí una continuidad, especialmente en lo que refiere a la afirmación de la necesidad de vincular teoría y práctica, lo que se piensa y lo que se hace. A su vez, el cinismo tampoco es una Escuela, pues (también como Sócrates) no tenía una doctrina que enseñar. Por último, no es del todo feliz llamarlos “secta” por las connotaciones negativas que ese término tiene hoy día.

Lo cierto es que en el contexto de crisis de valores en el que Atenas acabó sumiéndose, Diógenes propone, frente a la circulación de la palabra como herramienta democrática y transmisora de valores civilizacionales, ladrar, orinar y masturbarse. Efectivamente, y tal como leyó, Diógenes denunció la decadente sociedad de su tiempo mediante acciones disruptivas y no a partir de discursos o doctrinas morales. Si la palabra era el vehículo a través del cual se desarrolló una civilización que acabó desnaturalizando al Hombre, entonces habrá que ladrar y habrá que mostrar que el verdadero Hombre podrá saciar sus necesidades vitales y fisiológicas dónde y cómo le dé la gana.

Si tuviéramos que resumir algunos principios de la actitud cínica, más allá de este desprecio por la palabra en tanto emblema de la cultura de la época, habrá que señalar, en primer lugar, la concepción individualista de la libertad que pregonaba Diógenes y que estaba presente anteriormente en Antístenes. En segundo lugar, una fuerte carga antipolítica expresada en el rechazo de Diógenes a la participación política, la democracia y los derechos ciudadanos. Por último, como tercer aspecto, cabe señalar la reivindicación de la parresía, esto es, el hablar franco, el decir las verdades asumiendo los riesgos que eso implica. Ser un parresiasta para los cínicos no era una simple actitud temeraria, sino que formaba parte de una estética de la existencia, de la conformación de un modo de vivir y, por tanto, resultaba central para lo que en lenguaje moderno denominamos “constitución de la subjetividad”.

Expuestas las características del cinismo original resulta difícil comprender cómo una actitud contestataria y rebelde en el pasado se transforma, hoy en día, en el perfil común de cualquier defensor del statu quo. ¿Qué pasó, entonces, entre el cínico Diógenes y el cínico actual? ¿Dónde se perdió esa potencia del cinismo clásico? ¿Cómo esa autosuficiencia rebelde y ácrata, esa burla despiadada y desafiante acabó diluida en manos del adversario?

La respuesta la da un filósofo alemán llamado Peter Sloterdijk, quien siendo muy joven logró reconocimiento por escribir un extenso libro llamado, justamente, Crítica de la razón cínica. Y es allí donde expone cómo el cinismo pasó de ser una insolencia plebeya a una prepotencia señorial, algo que se expresa en múltiples aspectos pero que resulta ostensible cuando observamos cómo la ironía dejó de ser un desafío al poder para ser el síntoma de la prepotencia de quien ya no le alcanza con tenerlo todo sino que ha decidido mostrarlo y humillar al que nada tiene. El camino de esta transformación ya posee, según Sloterdijk, antecedentes en la Antigüedad (por ejemplo, en Luciano de Samosata) pero lo cierto es que desde la Modernidad hasta la actualidad notamos que una de las características de las sociedades en las que vivimos es estar atravesadas por el cinismo de los poderosos, aquellos que saben el lugar que ocupan, que reconocen para sí defender mentiras o acciones inmorales y, sin embargo, lo siguen haciendo con absoluto desparpajo. Cínicos son los grandes empresarios dueños de corporaciones, el establishment periodístico, los economistas mediáticos al servicio de las profecías autocumplidas, buena parte de la clase política, un Poder Judicial que parece, cada vez más, un sistema de castas heredero de Dios y una opinión pública hipócrita cooptada por la corrección política que dice apoyarse en principios liberales y progresistas pero devino moralista y autoritaria.

La ruptura entre el cinismo de Diógenes y el de la actualidad es tan grande que Sloterdijk utiliza el vocablo “quinismo” para referirse al cinismo de la Antigüedad y distinguirlo del actual. Así lo expresa el propio autor en las páginas 189-190 del libro mencionado:

El quinismo antiguo, el primario, el agresivo, fue una antítesis plebeya contra el idealismo. El cinismo moderno, por el contrario, es la antítesis contra el idealismo propio como ideología y como mascarada. El señor cínico alza ligeramente la máscara, sonríe a su débil contrincante y le oprime. C´est la vie. Nobleza obliga. Tiene que haber orden. […] El cinismo señorial es una insolencia que ha cambiado de lado. Ahí no es David quien provoca a Goliat, sino que los Goliats de todos los tiempos […] enseñan a los Davides, valientes pero sin perspectiva, dónde es arriba y dónde es abajo.

¿Qué hacer frente a este nuevo cinismo? Sloterdijk no nos permite ser demasiado optimistas. ¿Por qué? Porque advierte que una vez que el cinismo se desenmascara o se deja ver y pierde la potencia de la insolencia original para transformarse en una antipotencia o una prepotencia al servicio del poderoso, se va expandiendo cada vez más, intoxicando las relaciones y los intersticios en los que éstas se dan. Es probable, entonces, que una de las claves del cinismo actual sea que la lucha contra él supone, sobre todo, también, la lucha contra uno mismo.