¿Qué de cierto hay en que nuestro pasado fue de esplendor? ¿Fue realidad que tuvimos un ingreso en el Primer Mundo? ¿Por qué concluyó el modelo agroexportador?

MITOS Y VERDADES SOBRE LA “ARGENTINA: GRANERO DEL MUNDO”

Por Facundo Piai

La reproducción del sistema agroexportador necesitaba el aumento de la superficie explotada. Por tanto, al trabajar sobre todas las tierras disponibles y no poder expandir la frontera agrícola, más la caída de la demanda externa y de los precios internacionales de los alimentos por la gran depresión del ´30, la crisis del sistema se tornó inevitable. Esto junto a la interrupción del flujo internacional de capital a raíz del crac del 29 “mostraron que el período de oro había terminado”

 

 

 

Por Facundo Piai

Especial para La Nueva Mañana

14/01/2022

 

Primer exportación de trigo. (Revista Bolsa de Comercio. Rosario)

 

“Estábamos condenados al éxito, pero pasó lo que pasó y hoy estamos en la decadencia”, sostienen algunos. “Éramos una potencia mundial y terminamos en la B”, asienten otros cuantos. “A principios del siglo XX éramos una economía de Primer Mundo y el populismo nos destruyó”, aclaran muchos. La idea de que la Argentina tuvo un pasado dorado que se echó a perder por el abandono del modelo agroexportador librecambista es muy recurrente en parte de nuestro imaginario popular. Sobrevuela en diversos debates y es la fuente de múltiples discusiones. De hecho, me atrevo a afirmar que se trata de una de las principales causas que alteran la paz de las sobremesas familiares durante las fiestas.

Recurrentemente, las expresiones políticas antiperonistas señalan a los objetivos centrales del peronismo histórico como la causa de la decadencia argentina. Por caso, el ex presidente Mauricio Macri dio a entender en repetidas oportunidades que la debacle comenzó durante la presidencia de Juan Domingo Perón. Naturalmente, los libertarios también difunden esta lectura. Argentina estuvo en el podio del ranking de “ingreso per cápita”, señaló el economista Javier Milei en un programa de TV. Llegamos a tener el 97% del PBI per cápita de EE.UU., mientras que hoy más de cincuenta economías nos superaron en el ranking y tenemos el 17% del PBI de Estados Unidos. “La locura populista de la justicia social” agranda el tamaño del Estado y genera pobreza, “¡ahí está el problema!”, sentenció el actual diputado.

En efecto, esas afirmaciones tienen un respaldo. Se trata de un ranking de países elaborado por economistas de la OCDE, denominado Proyecto Maddison. Según estos estudios, Argentina detentó a fines del siglo XIX el mayor PBI per cápita del mundo, inclusive. Asimismo, durante la primera década del siglo XX el resultado de la riqueza dividida por la cantidad de habitantes ubicaba al país dentro del top ten de economías a nivel mundial. Posición que pierde a partir de la década del 50. Sin embargo, es necesario hacer una aclaración en este punto: tanto economistas como historiadores económicos de diferente perfil alertan sobre la endeblez de los datos del 1900 y antes también. Ocurre que recién a partir de 1935 Argentina dispone de series oficiales de PBI. 

De lo anterior se desprende que las estimaciones de la OCDE que respaldarían la afirmación de que el pasado dorado de la “Argentina: granero del mundo” fue deteriorado por los intentos industrializadores deben tomarse con mucha reserva. Además, hay otra flaqueza clave en la elaboración de las estadísticas del Proyecto Maddison que no podemos dejar de soslayar. Ocurre que la muestra con la que trabaja Maddison que ordena a los países en forma de ranking cambia a lo largo del período estudiado. Es decir que el PBI per cápita de las economías en cada año se compara con una base que no siempre es la misma.

Por caso, según estas estadísticas, a comienzos del siglo XX la Argentina se posicionaba dentro del pelotón de las diez economías con PBI per cápita más alto del mundo dentro de un análisis de treinta países. Luego, la base de este ranking crece en cantidad y calidad de países conforme pasan los años. De este modo, la base aumenta considerablemente a mediados del siglo XX, saltando de cincuenta y uno a ciento treinta y ocho entre 1949 y 1950. En efecto, esta incorporación de 87 nuevas economías a la base de comparación tiene un sesgo estadístico de magnitud. Así, se suman los países del Golfo Pérsico y otros tantos petroleros de Oriente Medio que en el contexto del boom de los Estados de Bienestar y de demanda energética, hicieron que Argentina retroceda unas cuantas posiciones en el ranking.

Población urbana, un conventillo de La Boca, circa 1890. AGN

 Ahora bien, más allá de que la sentencia: “éramos la gloria, ahora somos la m…” se basa en estadísticas inconsistentes, como acabamos de ver, aún quedan interrogantes sin responder. ¿Cuán apropiada es la imagen de una Argentina paradisíaca de principios del siglo XX? Y, por otro lado, ¿Cuáles son las condiciones que llevaron a un cambio del modelo? ¿Se trató de un capricho industrialista o de “justicia social”?

A lo largo del modelo agroexportador, el país asistió a un crecimiento como nunca antes se había dado en sus anteriores conflictivos cien años de historia. De acuerdo a información publicada por el economista Carlos Alejandro Díaz en Ensayos Sobre la Historia Económica Argentina, la economía se habría expandido alrededor de un 4% anual entre 1900-1929. Un crecimiento explicado por la buena performance exportadora. De este modo, a los despachos de lana y cueros, claves en el último cuarto del siglo XIX, se le sumaron las exportaciones de: carne vacuna congelada y la producción cerealera (trigo, maíz y lino. En menor medida, avena, cebada y centeno). Consecuentemente, la superficie total sembrada de grano y forrajes pasó de 340 mil hectáreas a 25 millones en 1929, de acuerdo a estudios del economista Aldo Ferrer.

Hay una serie de factores que posibilitaron el esplendor de esta Belle Époque que logró expandir el producto en más de nueve veces en poco más de 30 años. Este sistema se nutría del flujo de inversiones extranjeras asentado en los frigoríficos, la extensión de la red férrea, el abaratamiento del flete marino por la evolución técnica de los navíos, los altos precios internacionales de la producción agropecuaria, la incorporación de tierras fértiles a la vida productiva, buenas condiciones climáticas para las cosechas y la alta demanda de Gran Bretaña, especialmente. Es decir, se trata principalmente de factores exógenos. A esto hay que sumarle otra condición clave: el aumento poblacional. Los diferentes registros coinciden en que la población aumentó de 1.737.000 habitantes en 1869 a 11.600.000 en 1929.

Otro aspecto que vale la pena destacar de este ciclo económico tiene que ver con la incorporación de maquinaria que mejoró la productividad agropecuaria. En el lustro 1920-1925 se importa la mayor cantidad de maquinarias para la cosecha. Así se llegó a utilizar una cosechadora cada 250 hectáreas, “cifra similar a la registrada en Estados Unidos”, señala el investigador Alfredo Pucciarelli. En efecto, la mayor productividad significó un “incremento proporcional del excedente”, que se encontraba muy concentrado en pocas manos. Según estima Aldo Ferrer en La Economía Argentina cerca del 70% del “ingreso bruto” de la producción agraria se concentraba en el 5% de la población del sector rural. 

Alfredo Pucciarelli también precisa en El Capitalismo Agrario Argentino cifras sobre la composición social del sector que motorizó el esplendor de la “época de oro”. Así, para 1914, las diferentes actividades vinculadas al campo ocupaban 1.241.500 personas entre propietarios y asalariados. En efecto, dejando de lado a los grandes terratenientes, otros sectores rentistas y los chacareros que explotaban extensiones medianas de tierra; la composición social del sector rural de la región pampeana estaba constituido en mayoría por “campesinado pobre”, asalariados y el trabajo golondrina. Estos últimos englobaban a más del 80% del sector rural. 

En el mismo sentido, el economista investigador del Conicet, Nicolás Arceo indagó sobre el crecimiento económico del período y las remuneraciones de los trabajadores. En el texto El Mercado de Trabajo en el Modelo Agroexportador en Argentina: la Función de la Inmigración concluye que la remuneración real de los asalariados se expandió a menor ritmo que el crecimiento de la economía y el PBI per cápita. “De esta forma, el crecimiento de la economía fue profundizando una estructura social claramente inequitativa”, sentencia.

Ocaso y crisis del modelo agroexportador

De cualquier manera, la reproducción del sistema agroexportador necesitaba el aumento de la superficie explotada. Por tanto, al trabajar sobre todas las tierras disponibles y no poder expandir la frontera agrícola, más la caída de la demanda externa y de los precios internacionales de los alimentos por la gran depresión del ´30, la crisis del sistema se tornó inevitable. De hecho, no pocos autores señalan que el modelo ya mostraba signos de agotamiento mucho antes de su fecha de defunción formal. El historiador Roberto Cortés Conde señala que la baja de los precios agrícolas a partir de 1925 comenzó a resentir al modelo. Esto junto a la interrupción del flujo internacional de capital a raíz del crac del 29 “mostraron que el período de oro había terminado” (La expansión de la Economia Argentina entre 1870 y 1914 y el papel de la inmigración).

Por tanto, estas estimaciones nos permiten inferir que si bien el crecimiento económico fue fecundo al comenzar el siglo XX, las condiciones socioeconómicas del conjunto del país no se corresponderían con las de una sociedad del primer mundo. Por un lado, los niveles de tecnología incorporados por la economía y sofisticación productiva eran muy bajos; mientras que, por otro, la generación de riquezas por parte del resto de las provincias (y territorios nacionales) por fuera de Buenos Aires y la Región Pampeana era escasa. A la par, en los principales centros urbanos había indicadores de desarrollo y una calidad de vida que los emparentaba con las ciudades cosmopolitas occidentales.

Sin desconocer que los datos disponibles al 1900 son precarios, con lo expuesto podemos inferir que el país experimentó un crecimiento de importancia partiendo de una base de comparación muy baja (la economía del siglo XIX). En los centros urbanos, particularmente en torno al puerto de Buenos Aires se volcó la riqueza concentrada por los ganadores del modelo. Así las cosas, aún hay un interrogante no resuelto: la evidencia empírica dicta que la economía efectivamente se deterioró ¿bajo qué políticas se dio el proceso de decadencia? Sobre este punto echaremos luz en la próxima columna.