Un día de ése enero de 1976, invité a Ardizzone a comer en la casa de mis viejos para que se conocieran con Héctor Germán Oesterheld.

«DOS POTENCIAS SE SALUDAN» / EL OSVALDO ARDIZZONE DE MARTIN GARCIA

Por Martín García*

o lo quería tener de columnista a Diego Lucero, que nos enamoraba con el “Pata e´Catre” y “Primero de Mayo” (el que nunca laburó) en  las páginas deportivas del Clarín de entonces.  llegamos a un acuerdo, pero me invitó, casi como con una condición, a que también incorporara a un amigo suyo, gran periodista y poeta, director de la revista “Goles” y del mítico “El Grafico” Osvaldo Ardizzone, porque los Vigil, no los dejaban hacer poesía.

Por Martín García
NAC&POP
10/01/2022

Con mis amigos, recién recibidos de locutores nacionales, habíamos negociado con Roberto Fraga, de la dirigencia de las radios estatales en manos del peronismo de ése momento, iniciar la trasnoche de radio Belgrano a partir de las cero horas del 1* de enero de 1976.

Yo lo quería tener de columnista a Diego Lucero, que nos enamoraba con el “Pata e´Catre” y “Primero de Mayo” (el que nunca laburó) en la ficción futbolera de las páginas deportivas del Clarín de entonces.

Nos juntamos con Lucero y llegamos a un acuerdo, pero me invitó, casi como con una condición, a que también incorporara a un amigo suyo, gran periodista y poeta, director de la revista “Goles” y también del mítico “El Grafico” Osvaldo Ardizzone, porque los Vigil, no los dejaban hacer poesía en sus publicaciones.

¿Ah no? Nosotros sí, claro.

Lo citamos en una mesa del Café Tortoni, donde nos habíamos reunido con Diego Lucero.

Yo no lo conocía a Ardizzone.

Pedí que viniera con una revista El Gráfico en la mano. (Ahora que lo pienso, fue una gilada)

Pero el igual vino con el ejemplar de “El Grafico” enrollado y lo ubiqué enseguida.

Nos sentamos a ver como podíamos incorporarlo al programa.

“Cinco por Buenos Aires” se llamaba, los cinco locutores que nos habíamos recibido juntos en COSAL la escuela de donde salieron Eduardo Aliverti y muchos otros de su perfil.

Diego Lucero era brillante y gracioso, tenía autoridad, hasta entonces había cubierto para Clarín, todos los campeonatos mundiales de fútbol, había entrevistado a presidentes, literatos, grandes deportistas, etc.

Con sus 60 años, jugaba al fútbol con sus amigos en cancha de 11, de mediocampista.

Osvaldo era una personalidad tomada de la literatura, él mismo, de una novela romántica, de una trama del tango, era un filósofo, estaba contra el sistema de la hipocresía burguesa, de la explotación disfrazada de modernismo.

No se comía ninguna.

Era románticamente escéptico, renegaba de las luces y de la filosofía de los “looser” y aún más de los “Winners.”

Miraba con otros ojos a la realidad del barrio, de las mentiras piadosas, de los jefes de oficina tratando de seducir a las empleadas, de los aumentos a futuro, de las agachadas, de las falsedades, de las “apariencias”

Escribía permanentemente a un “hombre común” al que comprendía en su trajinar, en su ilusión, en su humillación cotidiana, en su esperanza, en su dolor, fuera de las falacias, de los versos, de las engañifas de una sociedad que no lograba realizar a sus miembros y entonces debía engañarlos, por obligación.

Su poesía era una misa, y él la decía con esa voz aguardentosa, con esa dicción que exageraba las eses, en una cita donde el tiraba las cartas a los oyentes y les iba diciendo como era el juego, un decir.

Una noche, ya de madrugada, estábamos casi solos, el operador, los que limpiaban la radio para que a la mañana siguiente estuviera reluciente, la voz de Osvaldo Ardizzone leyendo su poesía, desde una cinta que habíamos grabado en la tarde, y nosotros, Julio Cesar Laclau, Angel Floreano, Carlos Souchop, Cecilia Seeber y yo.

De pronto, observé como la compañera que limpiaba la radio y el hombre, con la escoba en la mano, apoyándose en ella, escuchaban en silencio la voz de Ardizzone.

Absortos, comprendiéndolo todo del poeta, de su voz, de su desangrar las situaciones donde todos nos dábamos cuenta de aquello a lo que se refería.

Era una misa y ellos se daban cuenta de su importancia y de su rito y asistían en silencio y comunión con él.

Y Osvaldo era el profeta, el pastor…y su voz, el mensaje.

Un día de ése verano, enero de 1976, lo invité a comer en la casa de mis viejos que estaban de vacaciones para que se conocieran con Héctor Germán Oesterheld.

No podía creer que dos figuras de esa talla, de esa generación, de esa humanidad, no se conocieran personalmente.

Con Cecilia preparamos unos fideos, a pesar de la temperatura, porque sabía que a Osvaldo le encantaban las pastas, y se conocieron, claro, charlaron de mil cosas, con cierta timidez el uno con el otro, respeto.

“Dos potencias se saludan” pensé, como lo decía Gatica, con el General.

Después nunca más lo ví a Oesterheld, menos mal que atine a hacerle, una vez que Ardizzone volvió a sus tareas, un reportaje que, hoy conserva su voz para la historia de todos nosotros.

Osvaldo Ardizzone, era un gran admirador de Joan Manuel Serrat, aquel de esos días.

Le importaban esas “cosas de la vida” simples, rasgos, finalmente humanos, como aquel “se terminó la fiesta” del catalán, o el recuerdo de una “muchacha”, a la que aludían ambos, de vez en cuando la vida…

Recuerdo aquel decir suyo sin rima que refería a la mujer cuyo marido había fallecido y entonces, mientras ella seguía regando las plantas del cantero del patiecito, su esposo, ya no estaba más sentado en las sillas de hierro, al lado de la ventana, leyendo el diario…

La ausencia del otro en los ritos cotidianos compartidos.

Lo peor, decía, era la rutina rota, lo que uno más extraña del otro es la rutina que teníamos, que nos ha dejado solos, cada vez que volvemos a iniciarla.

El segundo mate, recién cebado, sin destinatario, la vida…

MG/

FIN