Don Osvaldo – subrayando la “ese” - era el primero y el último. El primero en entregar su nota y en subir al primer piso para pedir una entrada de jamón y vino tinto.

EL PRIMERO Y EL ULTIMO / EL OSVALDO ARDIZZONE DE RICARDO PLAZAOLA

Por Ricardo Plazaola*

Hay dos o tres cosas que lamento haber perdido, además del resuello. Una de esas cosas es la foto del Diego festejando su cumple número 20 en la pizzería Citadella, avenida Juan B. Justo, junto a mi hija mayor, en ese entonces 5 años. ¿Dónde está esa foto?

Por Ricardo Plazaola

NAC&POP

11/01/2022

¿Dónde está el poema que dedicó el viejo Osvaldo a un servidor y su mujer.

Recién casados, recién empezado este cronista en el periodismo, el viejo aceptó una cena en el dosambientes que alquilábamos.

En la mesa de uno de esos ambientes plantó el viejo, al llegar, una botella de vino y un papel.

El poema hablaba del romance de un tal y de una cual.

¿Cómo fue que no lo viste?, como diría Atahualpa.

¿Cómo fue que no lo encuadraste, boludo, en qué mudanza lo olvidamos?

¿Por qué no se había inventado la “nube”?

Después de segundas y terceras botellas, el viejo – como le decíamos aprendices, admiradores y seguidores – se fue – lo supe porque tuve que bajar a abrirle la puerta de la calle Lafuerte- para llegar a Banfield con el primer tren, según sus “usos” horarios.

Nunca más lo invitamos porque no podíamos seguirle ese “tren”.

Así, y sobre todo con los semanales cierres de la revista Goles – y los pucherazos en El Globo, ya entradísimo el lunes, así, como quien mira entre la niebla, aprendí lo que había sido una bohemia porteña insospechable, que ya parecía de otro siglo, como diría Alejandro del Prado (o de otro milenio, porque la noche de la dictadura no era la de los años de oro).

Después del Goles de Julio Korn, del Goles de Editorial Abril, llegó el Goles Match donde Ardizzone le sacara más filo que nunca a su pluma.

Era esa una redacción de plumas igualmente lujosas pero que a gatas podía gambetear la sorda censura del almirante Lacoste y de sus tentáculos empresarios.

Estos tentáculos terminaron comprando la editorial y la revista y pulverizando aquella travesura dizque de izquierda que, queriendo imitar a la revista Humor, también preanunciaba la retirada más o menos inminente de los milicos.

Escapados y reencontrados en 1982 en el diario Tiempo Argentino, el viejo era el primer comensal del restaurante que sostenían los gallegos en el primer piso de aquel edificio que había sido de La Opinión de Jacobo Timmerman.

Don Osvaldo – subrayando la “ese” – era el primero y el último.

El primero en entregar su nota y en subir al primer piso para pedir una entrada de jamón y vino tinto.

Era el primero en hocicar sobre la mesa, contra la pared, para, tras un apoliyito de unos quince minutos – doblado, incómodo – despertar y así seguirla dos horas más hasta volver, como siempre, en el primero a Banfield.

En aquella planta gráfica el viejo vivió algunas emociones fuertes.

Una, el Mundial de México.

El, que había arrancado menotista por las serratianas, progresistas promesas del “flaco”, se rindió a la prepotencia ¿“populista”? de la aventura pincharrata que a mediados del 86 llevó a Bilardo al paraíso, de la mano de “Dios”.

Otra emoción fue el cierre del diario.

El mal negocio de los empresarios petroleros dueños de Tiempo Argentino, que habían apostado al triunfo de Italo Luder, llevó a a la empresa primero a las manos de la Coordinadora radical del presidente Raúl Alfonsín y luego al final anunciado, que incluyó una toma del edificio por parte de periodistas y gráficos.

La manzana de la calle Lafayette fue rodeada por bastones largos y pistolas lanzagases durante tres días y tres noches, hasta que los ocupantes vieron que nada podían hacer.

El viejo murió pocos meses después.

¿Tuvo que ver el desastre, la desilusión o como lo quieran llamar?

Seguramente que no, porque al viejo ya se lo veía mal en los último días.

¿Seguro que no?

El había sido, en modo disculpatorio, un moralista.

Había soñado.

Había excecrado al burgues, al pequeñoburgues, al patrón, al chorro, al maquiavelo, al burro y al gran profesor.

El jardincito de la casa que ocupo con la misma morocha de aquel poema que nos llevara de regalo es un rincón muy silencioso.

Cada vez que lo riego y mojo la pelota de mi nieto recuerdo aquello de Ardizzone y Del Prado: “Que yo nunca oí cantar / en la casa del vecino”.

RP/