"Que me tomen una foto es como meterme un tiro en la frente", se atrevió a confesar Alfredo Yabrán; se creyó que exageraba.

MAFIAS EN EL PARAISO

Por Ignacio Lizaso*

Lanzado a pisotear lazos de sangre y todo grado de lealtades partidarias, a igualar a enemigos y compañeros, a apóstoles y mandingas, indiferente al dolor y la muerte, prendas que acopladas revelan rasgos de insanía, en posesión del material de espionaje que ordenó reunir y le sirve para amenazar con desapariciones, Mauricio Macri proclama su condición de supremo extorsionador.

Por Ignacio Lizaso

NAC&POP

07/01/2021

«Que me tomen una foto es como meterme un tiro en la frente», se atrevió a confesar Alfredo Yabrán; se creyó que exageraba.

Hasta que la revista «Noticias» exhibió en tapa su figura de cuerpo entero y el 20 de mayo de 1998 el hombre acomodó en su boca el caño de una escopeta calibre 12.70 y disparó.

«Él me hizo espiar y en la AFI armaron una carpeta. Si esa merca se publica, en política soy un desaparecido», se le atribuye haber dicho a una de las siete, ocho figuras prominentes del ex gobierno de Cambiemos.

«Él» no es otro que Mauricio Macri.

El cronista vinculó estos episodios por razones puramente intuitivas.

Resulta impresionante apreciar las semejanzas que se dan en las formas en que Yabrán y los Macri acrecentaron su poder, primero en materia económica, al abrigo de una provechosa complicidad con la dictadura cívico militar, y luego en el campo político.

Sin desdeñar, claro, la abismal distancia que separa el desenlace de la vida de Yabrán y la culminación de la saga macrídea con su tránsito presidencial.

De todas maneras pinta como incuestionable, en virtud de que se le adjudica haber sido testaferro y asesor de inversiones financieras de jerarcas del Proceso, que la independencia de poder y la fortuna de Yabrán superaban holgadamente la posición de Franco Macri, artífice del encumbramiento de la familia.

Esta prevalencia se acentuó al investigarse en 1997 el contrabando de autopartes a Uruguay realizado por Sevel, delito por el que serían procesados Franco y su hijo Mauricio.

Es históricamente aleccionador revisar los entretelones y antecedentes tanto de la foto de José Luis Cabezas, como de los carpetazos – made in SIDE, AFI y la embajada yanqui -, desde los que armaron en 1995 Domingo Cavallo y Terence Todman, desnudando a un Yabrán entonces poco conocido, a los que guarda Macri, latente amenaza para los 45,3 millones de habitantes de nuestro país.

Que levante la mano el que no fue sometido a espionaje. Gracias. Si se tratara de un expediente, como carátula se podría usar el título de un cuento de Juan Carlos Onetti: «El infierno más temido».
Novelesca reedición del suicidio de Ernst Hemingway, el final de Yabrán se originó presuntamente en dos motivos.

En atención a su labor profesional, en diciembre de 1996 el reportero gráfico Cabezas, yirando en pos de Yabrán – como lo había hecho con Maradona o Susana Giménez -, se lo cruzó en las playas de Pinamar, junto a su esposa, y no desperdició la ocasión.

La foto fue estentórea tapa de «Noticias».

Tras breve demora hubo respuesta, y explosiva.

El 25 de enero de 1997 se halló en las afueras de ese balneario el cuerpo calcinado de Cabezas. Encuestas de la editorial Perfil, para la que trabajaba José Luis, establecían que más de un 60 % de consultados no dudaban: sicarios contratados por Yabrán se habían encargado del asesinato.

El segundo motivo, anterior a la foto letal, pero ligado a ella, presenta elementos que encajan asombrosamente con las últimas revelaciones sobre la extorsión que ha puesto en marcha Macri, portador de «la merca», fruto del espionaje, acopiada por los cuentapropistas de la AFI conducidos por Gustavo Arribas y la Majdalani.

Al margen de que se suelen destacar las aceitadas relaciones de Yabrán y sus negocios con el gobierno de Carlos Menem, se han rescatado testimonios creíbles en el sentido de que el poder real de empresario estaba muy por encima del que tenía el enfant terrible de Anillaco.

Un ejemplo: por expresa indicación de Yabrán, Elías Hassan fue designado ministro de justicia, área esencial para operaciones que requieren garantizada impunidad.

Irrupción que causó extrañeza, a mediados de 1995, en una turbulenta sesión en Diputados, el ministro de economía Domingo Cavallo, acusó a Don Alfredo – así gustaba que lo llamaran, ya a los 50 años – de «liderar una mafia enquistada en el poder».

Aún con la aureola de haber vencido a la inflación, el ministro pidió entonces un peritaje contable en empresas de Yabrán y declaró que estas empresas, muchas más de cuatro, como aseguraba poseer Don Alfredo, tenían intensa actividad e influyente peso en diversos rubros: servicios de vigilancia y seguridad, depósitos fiscales y de carga aérea, correo privado, transporte de caudales, free shops en aeropuertos, taxis aéreos, hoteles y etcéteras surtidos.

Espontáneo colaborador de Cavallo, Joaquín Morales Solá deslizaba en La Nación: «vastos sectores policiales responden las órdenes de Yabrán con increíble disciplina».

Yabrán retrucó iniciando una querella y jugando una carta brava: él era genuino representante del capital argentino, capital «insolente» para la embajada yanqui, definía.

Cavallo lo atacaba instigado por esa embajada, en defensa de los capitales extranjeros.

El moreno Todman desestimó la acusación, la embajada era ajena al conflicto. Sin embargo, precisamente a esa altura se echó a rodar la versión de que Don Alfredo aspiraba a adueñarse de las comunicaciones satelitales a lo largo del continente sudamericano.

Sonaba a ingenuo que la embajada fuera a permanecer ajena a tal propósito, desafiante de su nesiánico rango de imperio.

Sobre llovido, meado.

A los asambleístas se sumó Rogelio (Pajarito) García Lupo poniendo sobre el tapete las maniobras de una «mafia siria», dedicada al tráfico de armas y drogas, y el lavado de dinero.

Pionero del periodismo de investigación, cofundador de Prensa Latina, el hallazgo de Pajarito – justo en ese momento… – se consideró insospechable.

Las usinas no cesaban de parir trascendidos.

De inmediato Cavallo aportó el nombre del jefe mundial de la «societá»: Monzer al Kassar. Alguien recordó la estrecha relación entre Kassar, los Menem y los Yoma.

Y en particular, un episodio: detenido Monzer por viajar con un pasaporte falso (sellado en Yemen), había conseguido un pasaporte argentino con la firma del secretario de Población y Migraciones.

¿Quién era este funcionario?

German Moldes.

Sí, ciudadano, el vituperado fiscal, estrella de la justicia macrista y apasionado estudioso de la civilización del imperio romano.

Metamorfosis que bordea lo kafkiano, en la década de los 90 Moldes contribuía a blindar al socio (o jefe) de Yabrán y 20 años después era pieza clave de la corrupta justicia al servicio de la mafia cuyo líder visible era Macri.

Fue el turno de una filosa estocada de Yabrán (y siguen las coincidencias con la realidad actual): dijo que la SIDE había preparado carpetas con datos falsos que comprometían su buen nombre, su dignidad.

Uppercut final de Mingo: Yabrán controla al presidente Menem y a su principal espada, Carlos Corach.

En la maratónica sesión de Diputados, su discurso se prolongó 11 horas, Terence Cavallo logró frenar la sanción de la ley de correos, que hubiera consagrado el omnímodo poder de Yabrán.

Como en el ajedrez, Bunge dejó en un sobre sellado una movida secreta: además de la injerencia de Todman el acoso había cobrado extrema virulencia por el rotundo rechazo de Don Alfredo a la propuesta de Cavallo de compartir las utilidades de sus negocios en aduana, aeropuertos y correos.

La controversia parecía estancada, hasta que Cabezas, sin datos sobre la talla real del personaje, con rigor laburante baleó a Don Alfredo con su Nikkon.

La investigación apuntó al jefe de seguridad de Yabrán, Gregorio Ríos, y como ejecutores del asesinato a la banda Los Horneros.

Si bien sus miembros fueron condenados a prisión perpetua, ninguno de ellos cumplió esa pena.

Un par de horneros murieron en el camino, pero los otros seis implicados fueron saliendo en libertad y como cantaba Leopoldo Lugones, volvieron a tener sala, a tener alcoba.

¿Acción retroactiva de alguna mesa judicial, ratona en comparación a la que continúa sirviendo a Macri y la hasta ayer enmudecida Vidal?

Habrá que esperar un año y medio – período que pasó entre la foto más temida y el suicidio – para verificar si el paralelo con el caso Yabrán se extiende a que una o varias de las eventuales víctimas de un carpetazo, nada de recurrir a los nobles oficios de una escopeta, le pidan a Pepín Rodríguez Simón que alquile unos bungalows en un minúsculo balneario de la costa uruguaya, por qué no Kiyú.

Abundaron las versiones con que se tendía a explicar los motivos del suicidio de Yabrán.

Uno de los más atendibles partía del acatamiento a ultranza de un código mafioso.

El que pierde – léase falla, se equivoca, aunque prima el carácter de perdedor -, y el fenómeno gana estado público, para no comprometer a la «societá» y a los demás miembros, ese individuo renuncia a la posición que ocupaba, no importa a qué nivel.

Inapelablemente se le hace llegar un arma, en este caso la escopeta. Queda descontado que si el perdedor no se liquida, dedos amigos apretarán el gatillo.

Si fuera ésta la razón, surgiría con claridad la traición al código por parte de al Kassar, que desde 2008, cumple en un penal de Estados Unidos una condena a 30 años por venta de armas a la FARC, organización guerrillera colombiana que dice adherir al marxismo-leninismo.

Más allá de esta adhesión, desde 1980 la FARC se banca económicamente con operativos de narcotráfico, minería, robo de petróleo y práctica de la extorsión (llegado el caso, buen refugio para Macri…).

¿Habrá recibido Monzer una escopeta del mismo calibre, o algún instrumento para acceder a un honroso retiro de esta corta, interminable vidita?

Un capítulo más del grotesco.

En 2001 Cavallo fue demandado porque su acusación pública, al enlodar la imagen de Yabrán, había provocado cuantiosas pérdidas en la actividad de sus empresas.

La indemnización reclamada por los herederos ascendía a 7 millones de dólares.

Y aquí asoma la inmoralidad de este cipayo al que a 20 años de la crisis del corralito y el megacanje le han dado pantalla y reportajes complacientes con la única misión de descalificar la política económica del gobierno de Alberto Fernández.

«Los hechos no han podido ser comprobados, por eso no he vuelto a insistir», se retractó Cavallo en cínica pretensión de desligarse de su responsabilidad no sólo en el derrumbe empresarial y social de Yabrán, también en la decisión del suicidio.

La foto pasó a ser «un tiro en la frente» recién a partir de la acusación proferida por el ministro en un ámbito de máxima resonancia como la Cámara de Diputados.

Antes Don Alfredo era un acaudalado empresario – genuino self made man con un oscuro comienzo vendiendo helados en las calles de Villa Larroque, pueblo de Entre Ríos -, pero que cuidaba celosamente la privacidad de su vida, las incursiones públicas, su anonimato.

De lo contrario cuesta entender que se permitiera pasear con su esposa por playas tan concurridas como una vulgar pareja de clase media.

«Cavallo llegó a un arreglo con los familiares de Yabrán», informaba el todavía aristocratizante La Nación.

El eufemístico «arreglo» eludía puntualizar que como había lanzado la dura y múltiple acusación en desempeño de su ministerio, del resarcimiento debía hacerse cargo el Estado.

Entonces el monto de indemnización trepó a 200 millones de pesos.

Nunca se supo si el pago ha sido efectivizado.

Fresco el triunfo de 2015 Cavallo alentó: «Macri está rodeado de muy buena gente».

A fines de 2020 reculó: «estos 4 años le propuse diversas medidas, si me hubiera hecho caso…».

Interrogado sobre el suicidio de Don Alfredo se puso serio: «respeto su decisión, no tuve nada que ver».

Mafias enquistadas en el poder, arranque en 1976 con vía libre para coronar el negocio que se les ocurriera, las hermanas AFI y SIDE subordinadas a infames tareas de espionaje y la posterior tarea de depurar y enmerdecer el material para el carpetazo, acatamiento de instrucciones de la embajada yanqui, manejo discrecional de la justicia, Cavallo disfrazado de una fusión de la Bullrich, Carrió, Lanata y D Álessio, corrupción, tráfico de armas y drogas, lavado de dinero…

Hondas afinidades exhiben los mundos de Yabrán y Macri, y las etapas de la realidad argentina que padecieron sus desmedidas ambiciones y su carencia de escrúpulos.

Un carpetazo está hecho de innumerables fotos robadas en toda circunstancia, los protagonistas son sorprendidos en la más absoluta desnudez, violación de derechos que permite descubrir debilidades, vicios, adicciones, mañas, prótesis, cuentas offshore y otras trampas.

No es casual que la prominente figura de Cambiemos, citada al presentar la columna, vislumbre qué destino le espera si «la merca» de su prontuario se transforma en carpetazo.

 

«Cualquiera que hoy saque los pies del plato, desaparece«, sentenció Macri.

Palabra de un consumado experto.

El plato básico, fundamental de su vida era el creado por su padre.

Sin Franco como sostén el recorrido Boca Juniors-Gobierno de CABA-Balcarce 50 habría quedado en sueño inasible.

No sólo sacó los pies de aquel plato ¿bendecido por ´Ndrangheta?

Lo pateó sin asco.

A principios de 2010 tramitó que se acreditara la insanía de su padre.

 

Con su proverbial facilidad de palabra se limitaba a reiterar: «está gagá…».

Franco no podía concebir que su hijo tratara de apartarlo tan groseramente del manejo de su obra, el grupo económico de la familia.

Murió sin olvidar en marzo de 2019.

Con expresión compungida Mauricio dijo: «estoy orgulloso de mi padre».

 

Apenas 336 horas más tarde, ya con miras a su frustrada reelección contó que Franco había cometido delitos: extorsión, pago de coimas, y que debía actuar la justicia.

Lanzado a pisotear lazos de sangre y todo grado de lealtades partidarias, a igualar a enemigos y compañeros, a apóstoles y mandingas, indiferente al dolor y la muerte, prendas que acopladas revelan rasgos de insanía, en posesión del material de espionaje que ordenó reunir y le sirve para amenazar con desapariciones, Mauricio Macri proclama su condición de supremo extorsionador.

Uno siempre tiene cosas del padre.

 

IL/