(Y un tal Slacum (FOTO), adelantando el discurso de Braden, Kissinger y Stanley)

INVASIÓN Y SAQUEO YANQUI DE MALVINAS

«Volveremos» es una palabra simbólica (en realidad dijo «volveré»), claro símbolo de amenaza y decisión de revancha, gritada por el famoso general Douglas Mac Arthur a comienzos de 1942, en el desfavorable arranque de la guerra, con el océano Pacífico como escenario, entre Estados Unidos y Japón.

Por Ignacio Lizaso

NAC&POP

02/011/2022

Caliente por la derrota en la batalla de Bataan, todo indica que Mac Arthur ignoraba que 110 años antes había lanzado el mismo juramento un falso diplomático yanqui en puerto Soledad, de las islas Malvinas, al producirse la que cabe calificar de primera (¿y única?) invasión oficial de fuerzas militares de EE.UU. a territorio argentino.

El carácter de oficial, o sea que la medida fue ordenada por los altos mandos del país de Muhammad Ali, es un dato clave.

Cuántas invasiones maquilladas y sin membrete, con fines colonialistas y de negocios de las grandes corporaciones, no han cesado de armar, de 1831 a hoy, los ínclitos descendientes de Mac Arthur…

El 31 de diciembre de 1831 amaneció con un cielo límpido en las Malvinas.

Desde 1829 el comandante político y militar era Luis Vernet, que sólo contaba con una dotación de 25 colaboradores, entre efectivos de la marina y empleados de administración.

Resulta ridículo suponer que con tan escaso poder logístico podía cumplir la misión que le habían encomendado: acabar con la piratería y regular la pesca y la caza de animales.

Los barcos pesqueros de origen europeo, en particular británicos, se movían sin obstáculos llenando sus bodegas y para completar la cosecha bajaban cuadrillas a tierra dedicadas a la matanza y faenamiento de lobos marinos.

Era constante el reclamo de refuerzos militares por parte de Vernet, sin que su inquietud hallara eco.

En esa época tener una imagen cabal de la vida en las Malvinas era un ejercicio de ficción, reservado a los lectores de Julio Verne (el autor confiesa que no fue buscada la asociación Vernet-Verne).

En ese 1829, en arrojada acción, los que acaso debamos considerar como primeros héroes de Malvinas lograron la detención de la goleta Harriet y los pesqueros Superior y Breakwater.

Mientras esta última nave huía del precario control de los defensores y denunciaba lo ocurrido, Vernet viajaba a Buenos Aires en la Harriet.

Se entabló juicio a las empresas que costeaban tales actos de piratería por violación del territorio argentino, empresas que realizaron prontas gestiones ante el Departamento de Estado.

La respuesta fue contundente: aquel 31 de diciembre la fragata Lexington, al mando del capitán de la armada yanqui Silas Duncan, atacó puerto Soledad y prácticamente sin resistencia, sus marines procedieron al saqueo y la destrucción de las dependencias de gobierno y las viviendas de los 124 habitantes.

Duncan obedecía instrucciones directas de un supuesto encargado de negocios yanqui, un tal George Slacum, quien negaba que las Malvinas integraran el territorio argentino y se atrevía a decir que las naves de su país podían pescar «donde se les diera la gana».

Personaje que no ha merecido demasiadas menciones históricas, Slacum se convertía en temprano precursor de los principios de piratería imperialista que desde 114 años después intentarían imponer Spruille Braden, Henry Kissinger y hoy reverdece (o amarillea) el fantasmal Marc Stanley.

Tomás Manuel de Anchorena, una especie de canciller de su primo, Juan Manuel de Rosas, entonces gobernador de Buenos Aires, enfrentó la absurda pretensión desconociendo la investidura de Slacum. Desafiado a exhibir documentación que acreditara que representaba a EE.UU.

Slacum nunca cumplió ese requisito.

Pero no lo dejaron solo.

El presidente Andrew Jackson intentó ablandar esa posición sosteniendo que en salvaguarda de los derechos consagrados por la constitución bla, bla, bla…, se vería obligado a disponer la gentil visita de alguna de las unidades de la flota de guerra.

El ultimátum no surtió efecto. Arriando la bandera yanqui y sin entregar cueros, herramientas y otros elementos que habían hurtado en puerto Soledad, la Lexington encontró refugio en Montevideo luciendo la bandera francesa. Se repetía el fenómeno Slacum: la desembozada práctica pirata y las acciones bélicas no comprometían a Washington.

El responsable era Luis Felipe I, apodado rey de los banqueros.

Como miente la justicia servil al Pro con respecto a la red de espionaje creada por Mauricio Macri, Slacum y Duncan actuaban como cuentapropistas.

La grosera insistencia de Slacum provocó la intervención personal de Rosas, que lo declaró persona no grata.

Desautorizado Slacum fue su sustituto Francis Baylles, que empezó enarbolando el criterio del no reconocimiento de la potestad argentina sobre las islas y terminó negociando con el embajador inglés Henry Fox una futura incursión británica.

A todo esto Vernet había regresado a Malvinas dispuesto a reconstruir el casco urbano de puerto Soledad y dotarlo de una sólida estructura de defensa.

Una simple expresión de voluntad. Sin recursos ciertos abandonó el proyecto.

Rosas designó al sargento mayor Juan Francisco Mestivier con el cargo de comandante civil y militar de las islas, y envió a la goleta Sarandí capitaneada por José María Pinedo.

Pasaron años sin relaciones diplomáticas – en el medio los ingleses ocuparon las islas – y en 1838 el embajador argentino en Washington, Carlos María de Alvear, volvió a tratar la cuestión con el secretario de estado John Forsyth.

La declaración de Forsyth es de un grosero tono burlón.

El gobierno yanqui había aprobado la ocupación llevada a cabo por Duncan, «sin la menor intención de que se interpretara como un ultraje a la nación argentina».

Destrucción y saqueo, okay, pero no me vengas con que hubo ultraje, man…

Se está dando otro hecho excepcional en materia diplomática.

Hace 5 meses Stanley fue nombrado embajador en Buenos Aires y todavía no pisó baldosas porteñas, ni se sacó una foto bajo el Obelisco o en la Bombonera boquense.

Al rato se abalanzó a formular declaraciones que no ocultaban su misión de adoptar profunda injerencia en los asuntos internos de nuestro país.

Sentado en el bidet de su casa aconsejó rápido arreglo con el FMI, tomar distancia de China, adherir al boicot regional a Cuba, Venezuela y Nicaragua y un par de etcéteras.

Después – ¿a raíz del resultado de las elecciones legislativas? – Stanley entró en silencio.

A mediados de diciembre el senado aprobó su designación.

¿Lo habrá atacado la cepa Slacum del covid? A no extrañarse si piloteando un dron aterriza la noche del 5 de enero sobre la alpargata deshilachada de un hombre que apoliya en un portal de Lacarra al 700.

Regalo de Reyes, fina atención.

IL/