Siempre activo, el macartismo, sueña con la silla eléctrica para Julián Assange

ESTADOS UNIDOS ESTABLECE LA PROHIBICION DE DEMOCRATIZAR LA VERDAD, SO PENA DE MUERTE.

por Ignacio Lizaso*

«La primera víctima de la guerra es la verdad», sostuvo Julian Assange. La potencia mundial con vocación guerrera,  en su mesianismo no podía permitir la publicación de 700.000 archivos secretos de sus crímenes de guerra y violaciones a los DDHH.

Por Ignacio Lizaso

NAC&POP

12/12/2021

«La primera víctima de la guerra es la verdad», no ha dejado de sostener Julian Assange desde el comienzo de sus investigaciones.

La potencia mundial con mayor vocación guerrera, enraizada en su mesianismo y estimuladas por sus ambiciones imperiales, no podía permitir que el periodista australiano publicara alrededor de 700.000 archivos secretos clasificados que revelaban crímenes de guerra y violaciones a los derechos humanos cometidos por efectivos militares de Estados Unidos en Afganistán e Irak.

Cuando algunos incautos lo suponían cremado en el cementerio de Arlington o septuagenario habitante de un geriátrico en California, el macartismo yanqui, tras echar una siestita al amainar el huracán Trump, ha despertado con los bríos de siempre y reclama la cabeza de Assange para condenarlo a 175 años de prisión por infringir una ley de espionaje y otros 17 cargos penales.

Un tribunal británico hizo lugar al nuevo pedido de extradición del gobierno de EE.UU., que como novedad – en principio, para poderosas corporaciones y dirigentes republicanos merecía la pena de muerte – promete que no será recluido en una cárcel de alta seguridad. Se le dará «un tratamiento adecuado», garantiza el documento.

Ni el más desinformado vecino de los fiordos de Preikestolen dejaría de plantear: ¿adecuado a qué reglas?, ¿las del Pentágono, vigentes en sus casi 800 bases militares emplazadas en todo el mundo?, ¿las de la CIA y sus sucursales, disfrazadas de fundaciones, a menudo solventadas por el Paul Singer de turno?, ¿o las que imponga Joe Biden, quien tal vez recuerde que en 2010 definió a Assange como «terrorista de alta tecnología»?

Curiosamente (o no) entre las metas que Biden cita como prioritarias figura que el país de Muhammad Ali, rindiendo honor a la manoseada Primera Enmienda Constitucional, asuma «el rol de líder mundial en derechos humanos y libertad de expresión».

De manera que en el caso Assange se le presenta una excelente oportunidad para demostrar la veracidad de sus propuestas.

Con absoluta desconfianza sobre estos avales Amnistía Internacional, Reporteros sin Fronteras y la FIP (federación universal integrada por 600.000 periodistas) repudiaron la decisión del tribunal.

Como patético contraste a la nueva ofensiva contra Assange, el viernes 10 se celebró el día de los DD.HH.

Coincidiendo con la fecha se confirió el premio Nobel de la Paz a dos periodistas duramente censurados en sus respectivos medios: la filipina María Ressa y el ruso Dimitri Muratov.

«Quiero que los periodistas mueran de viejos», deseó Muratov, alusión a que en los últimos 20 años murieron 1.636 periodistas por actos de violencia (en lo que va de 2021 han caído 46) y a que 293 permanecen detenidos.

«Assange no mató, ni choreó información y se opone a toda forma de violencia; es hora de que recupere la libertad», subraya Santiago O´Donnell.

En defensa de la verdad Assange tuvo la osadía (y los cojones) de publicar en su grupo de Wiki Leaks los citados archivos secretos.

En 1950, el senador Joseph Mc Carthy habría impulsado su ejecución en la silla eléctrica.

Mc Carthy cobró notoriedad al denunciar a 205 miembros del Departamento de Estado como agentes o simpatizantes del partido comunista.

En ningún caso se pudo probar la actividad antiUSA de los denunciados.

Pero hubo víctimas de esa persecución, bendecida por el gobierno de Harry Truman: el genial Charles Chaplin, que debió exiliarse en Suiza, los dramaturgos Bertolt Brecht y Arthur Miller, el director de cine Frank Capra, el novelista Dashiell Hammett, el actor John Garfield y Robert Oppenheimer, uno de los padres del uso bélico de la energía nuclear, inaugurado en Hiroshima y Nagasaki.

De la vanguardia de la nómina de víctimas no han sido relegados los esposos Ethel y Julius Rosenberg, muertos en la silla eléctrica de la prisión de Sing Sing en junio de 1953.

Se los acusó de traición a la patria por transmisión a la URSS de secretos nucleares.

La investigación adoleció de serias irregularidades.

Comenzó con una denuncia sobre el físico Klaus Fuchs, el de más alto nivel científico de los implicados.

Ciudadano alemán, Fuchs zafó acusando como autor de la filtración a Harry Gold, que resultó ser un simple petroselinum crispum (vulgo perejil).

Desoyendo aquello de «el silencio es oro», frase del eminente estadista Benjamín Disraeli, Gold dijo que el hombre clave era David Greenglass, desgraciadamente (para ella) hermano de Ethel Rosenberg.

David se abrió de piernas para cubrir a su mujer, que había dactilografiado el informe.

La acusación recayó entonces sobre el afiliado comunista Julius Rosenberg, ingeniero electrónico de escasos conocimientos de física, déficit que hacía poco probable una intervención protagónica en el ejercicio de espionaje en materia nuclear.

A Fuchs lo condenaron a 14 años de cárcel y a Greenglass, a 15.

A los Rosenberg se les dictaminó silla eléctrica, canjeable por prisión si admitían su culpa y aportaban datos de sus contactos en la URSS.

No lo hicieron.

La noche anterior su última cena se redujo a spaghetti, huevos duros y té.

Se despidieron con un hondo, prolongado beso en la boca.

Al amanecer, en compañía de un rabino, una descarga de 2.000 voltios paralizó el corazón de Julius.

Fallas técnicas obligaron a recurrir a tres descargas para ejecutar a Ethel.

El crimen tuvo dolorosos y solidarios ecos.

En nuestro país Jorge Cafrune cantó un poema de José Pedroni dedicado a los Rosenberg.

Posteriormente se descubrió que Mc Carthy había mentido cuando declaró haber participado en 32 misiones de combate en la guerra 1939-1945, que había falsificado una carta del almirante Chester Nimitz elogiando su acción como marine y que una herida que solía exhibir como galardón de combate era simple consecuencia de una manteada.

De ahí en más fue perdiendo influencia y terminó marcado por su condición de alcohólico y jugador compulsivo.

Titular de sobrados méritos para que lo sentaran en la misma silla que remató a los Rosenberg, de liquidar a Mc Carthy se encargó una simple cirrosis.

Lo extraño es que su prédica todavía exhiba seguidores.

En esta etapa de inesperado apogeo, la ultraderecha retoma la caza de brujas que cuenta entre sus pioneros al Klu Klux Klan y al curda Mc Carthy.

Aunque la difusión mundial de sus investigaciones y hallazgos también afectó a Rusia, China, Australia, Kenia, Indonesia y Perú, Assange quedó erigido en enemigo público de EE.UU.

Los tentáculos del monstruoso aparato represor yanqui se movieron con celeridad en un escenario imprevisto: la península escandinava.

En 2010 una fiscal sueca acusó a Julian por violación y abusos sexuales de una tal Ana Ardin.

Pronto se supo que esta mujer estaba vinculada con «los servicios contrarrevolucionarios que actúan en Cuba».

La fiscal retiró la acusación.

Pero una colega ordenó el arresto de Julian por la violación de Ana y por si no fuera suficiente, agregó el nombre de otra mujer abusada por él: Sofía Wilen.

Hasta que Ana confesó que había cedido a severas presiones para dar falso testimonio.

Liberado de ese fantasma Julian halló refugio en la embajada de Ecuador en Londres, por gestión del presidente Rafael Correa.

Su sucesor, Lenin Moreno, incurrió 7 años más tarde en doble traición a sus padrinos de bautismo Vladimir Ilich y nuestro Mariano, entregando vilmente a Assange.

A cambio le fue otorgado a su gobierno un generoso crédito del FMI.

Detenido por Scotland Yard, Julian quedó alojado en la cárcel de máxima seguridad de Belmarsh, llamada la Guantánamo británica.

En sus celdas, caracterizadas por el agolpamiento de 6 o 7 presos en espacios originariamente destinados a 2 ocupantes, conviven reclusos a los que se ha negado un juicio legal.

En ese clima la salud de Assange, sobre todo en el plano mental, fue evidenciando un marcado deterioro.

Sin embargo, abrazados a una admirable voluntad de lucha, a partir de los encuentros diarios en la prisión, nada pudo impedir que floreciera un maravilloso fenómeno: su abogada Stella Moris y Julian se enamoraron.

Como estos archivos no son secretos Stella le dio dos hijos, que crecen sometidos a la absurda, pero real amenaza de no ver a su padre a lo largo de 175 años.

Los niños creen en esas cifras bíblicas.

La jueza Vanessa Baraitser sorprendió al considerar justos los argumentos en que se basa el pedido de extradición, pero se cubrió deslizando que de ser procesado en jurisdicción de EE.UU. es factible que Assange intente suicidarse.

«He trabajado con víctimas de guerra y de persecución política, y nunca encontré que estados que afirman ser democráticos se comploten para aislar y demonizar a un individuo tanto tiempo y sin respetar la dignidad humana», ha dicho Nils Meczer, relator de la comisión para DD.HH. de la ONU.

Al borde de la ciencia ficción, al cargo de violador, ya sin servicios contrarrevolucionarios a la vista, se sumaron los de hacker, agente ruso y narcisista.

Cómo no asociar tanta variedad de acusaciones con la riqueza mitomaníaca que suele signar a Bullrich y Carrió cuando disparan contra CFK.

Maltrecho después de 11 años de soportar siniestros ataques y haber sido privado del goce pleno de la libertad, Assange no cesa de expresar sus ideas.

«¿Cómo puede ser que los líderes de la prensa mundial, con su ilimitada capacidad de armar equipos humanos y tecnológicos, no hayan publicado un par de los centenares de miles de informes que supimos recoger las 5 personas, apenas 5, que trabajamos en Wiki Leaks?», plantea.

«Sólo vivimos una vez, yo disfruto ayudando a gente vulnerable y desenmascarando a hijos de puta», suele sentenciar.

Y esclarece: «se nos acusa de espionaje y resulta que la más gigantesca máquina de espionaje al servicio de las grandes potencias y corporaciones es internet».

El introductor en Argentina del material reunido por Wiki Leaks sobre los Panamá Papers fue Hugo Alconada Mon.

Cabe preguntarse cómo llegó este señor a establecer relación con Assange.

¿Presentándose como redactor de La Nación?

¿O mediante un salvoconducto diseñado a medida por algún poderoso organismo, cuyas filas integra, oficialmente o no ?

En todos los casos en que se explicitó su actuación Alconada acató prolijamente las instrucciones impartidas.

Miembro de los cuadros de difusión de las Wiki Leaks, le ordenaron que averiguara primero qué se sabía del affaire Panamá Papers y después, al aparecer gravemente comprometido Mauricio Macri, que guardara la información para no atentar contra sus posibilidades en las elecciones 2015.

Misión cumplida (en adelante MC).

Posteriormente intervino aportando presuntas pruebas que contribuyeron a la humillante detención de Amado Boudou en la causa Ciccone. MC.

A continuación le tocó colaborar para que se dispusiera la prisión de Cristóbal López y Fabián de Sousa (grupo Indalo) y se pretendiera la apropiación de sus empresas Oil Combusitbles y el canal C5N. MC.

Fue el turno de la causa Oil Combustibles. «Papelón del macrista Alconada Mon», tituló Ámbito al comentar sus yo-no-sé al ser testigo en esta causa. MC.

Reciente demanda: que denuncie el espionaje a su familia, practicado por orden de Macri, Sí, el mismo Macri que protegió con los Panamá Papers. MC.

Hasta ayer Alconada aún figuraba como redactor de La Nación y columnista en La Nación +, medios que pasaron a ser propiedad de Macri.

Quizás sin recibir órdenes declaró que López y de Sousa no debieron permanecer presos 22 meses.

¿A qué mandante obedece Alconada con tanta sumisión?

Es posible que la clave resida en su condición de becario de la Fundación Eisenhower, que se encarga de formar a jóvenes con «extraordinarias dotes de liderazgo».

En los últimos 15 años los compatriotas (corrección: los ciudadanos) escogidos fueron Esteban Bullrich, Laura Alonso y Alconada.

En adhesión a la lucha de Assange corresponde reiterar que la Eisenhower ha sido presidida por el general Colin Powell, George W, Bush y el autor del Plan Cóndor, Harry Kissinger.

No cuesta imaginar el peso de la influencia ideológica de Kissinger y el olor a CIA en la formación de Bullrich, Alonso y Alconada.

Todo indica que el reclamo no va a prosperar.

Pero no cesará el acoso.

Habrá que ver si Julian Assange resiste que esta situación se extienda meses, tal vez años, jaqueado por la sentencia a muerte del poder yanqui, siempre vigente, y la sucia complicidad de la justicia británica.

Jamás le perdonarán que haya puesto en práctica otro postulado: no alcanza con decir la verdad, hay que usarla.

IL/