Stanley aterriza en Argentina con aire de Virrey. ¿Terminará rajando como Sobremonte?

¿BRADEN O STANLEY?

Por ignacio Lizaso*

Roberto Godofredo Arlt solía confesar que a los 7, 8 años hacía cosas de niño sanamente travieso era sometido a una amenaza: «usted hizo cagadas, mañana le voy a pegar» y el chico padecía el atormentado suspenso de no saber en qué momento la-iba-a-ligar.

Por Ignacio Lizaso

NAC&POP

23/11/2021

Roberto Godofredo Arlt solía confesar cierto rasgo sádico de su padre.

Cuando a los 7, 8 años hacía cosas de niño sanamente travieso era sometido a una amenaza: «usted hizo cagadas, mañana le voy a pegar». el chico padecía el atormentado suspenso de no saber en qué momento la-iba-a-ligar.

Dentro del rubro golpeadores pasemos de la relación padre-hijo a la de potencia mundial-país periférico.

Sería injusto que Argentina se quejara de la categoría de embajadores que ha venido designando Estados Unidos para conspirar y hacer lobby, con el paisaje de los parques de Palermo como panorama.

En general han sido elegidos tras profundos estudios y contactos relativos a negocios de poderosas corporaciones, gestación de golpes de estado, el marco geopolítico.

Boyando la posibilidad de intentar un golpe blando, corroborada por el siempre autorizado Eugenio Zaffaroni, a partir del 14 de noviembre, con resultado favorable o no en los comicios, hacía falta un personaje combativo.

El último desembarco trajo a estas pampas a Mark Stanley.

«Un millonario sin experiencia diplomática», lo definió Perfil.

«Arrogante, provocador, despectivo», fue más precisa la agencia Nodal.

Dando razón a este retrato, pero sin dejar de ser insólito, antes de partir hacia Buenos Aires el tipo se lanzó a proferir ofensas y amenazas de grueso calibre.

«Argentina es un lindo bus turístico al que no le andan las ruedas», fue su metáfora barata, y se dedicó a brindar precisas instrucciones.

Hay que establecer un plan macro – «que aún no tienen», mintió – para el pago de la deuda con el FMI y alinearse en el orden continental para aislar a Cuba, Venezuela y Nicaragua.

Otro objetivo de su misión: impedir que Argentina acceda a los últimos avances tecnológicos de China.

Y siguió bajando línea: «voy a dialogar con dirigentes en todos los niveles para que se honren nuestros ideales», demandó, dando por sentado que los del imperio son los de nuestro país.

Las máximas tangueras son fuentes de vetas paródicas.

«Los ideales recibidos creo habértelos pagado y si alguna deuda chica, sin querer se me ha olvidado, en la cuenta del FMI que tenés, se la cargás», sentencia el pensador criollo Celedonio Flores (se sabe, la letra dice «en la cuenta del otario»).

Advertencia final de Stanley: algunas empresas yanquis están abandonando Argentina por las barreras regulatorias, verseó.

Las ofensas y amenazas lo emparentan con Arlt padre.

Ustedes están haciendo cagadas; mañana los fajo, es el mensaje (mañana significa en cuanto llegue).

Hubo respuesta inmediata de Oscar Parrilli, que planteó una cuestión de privilegio en el Senado afirmando que ningún embajador tiene derecho a meterse en temas internos del país ante el que actúa.

Es como si nosotros mandásemos a Washington un embajador que anunciara: vamos a trabajar para que ustedes bajen el consumo de drogas y frenen la actividad golpista de la CIA en todo el mundo, ejemplificó.

Nombre que simbólicamente atenta contra nuestra soberanía es Stanley.

Puerto Argentino, capital de las Malvinas, para Gran Bretaña se llama Puerto Stanley.

No resultaría extraño que Marc no se prive de que sus borceguíes pisen aquella tierra que forma parte del bus turístico.

Más allá de esa coincidencia, el pujante embajador yanqui se encargó de proclamar, sin nombrarlo, su condición de continuador de la fracasada misión que llevó adelante Spruille Braden hace 76 años.

Síntesis de google: Stanley, «abogado litigante especializado en acciones colectivas nacionales y litigios complejos».

Como para que Mauricio Macri corra a pedir urgente consultas surtidas.

En la reciente campaña electoral Mark condujo el «movimiento abogados con Biden» y su aporte le valió esta designación.

Como señal de que está resuelto a toda clase de excesos, en vísperas de la concentración del Día de la Militancia la embajada dio una declaración considerando que era peligroso acercarse a plaza de Mayo «por la impredecible naturaleza del peronismo».

¿Qué es predecible en el país de Muhammad Alí?

¿El desembozado racismo de los policías que asfixiaron a George Floyd y dejaron a Walter Wallace como tajada de gruyere?

¿El atentado antidemocrático de la turba trumpiana que asaltó el Capitolio tras la derrota de su candidato?

¿Los asesinatos en menos de un siglo de 4 presidentes, de Abraham Lincoln (1865) a John Fitzgerald Kennedy (1963), y los fallidos atentados a otros 8 ocupantes de la Casa Blanca ?

¿O los 13.700.000 ciudadanos (cifras el diario Clarín) que padecen hambre?

Stanley reemplaza a Edward Prado, cuyo mayor logro ha sido motorizar «la megacausa de los cuadernos».

Pero el antecedente válido es Braden.

Es importante no ceñir su actuación al duelo que protagonizó atacando a Perón en el estilo que asoma en el precalentamiento de Stanley antes de entrar al ring.

Quienes guiándose por el concluyente triunfo del peronismo en las elecciones de 1946, supongan que Braden era un enemigo fácil de vencer, están rotundamente errados.

Hijo de un poderoso empresario asociado a la familia Rockefeller heredó acciones de una compañía minera que explotaba yacimientos de cobre en Chile.

Su aparición en el primer plano se produjo en 1932.

Sorprende que en esa época, los inicios de su carrera política, ya exhibiera un marcado desprecio por lo argentino.

Testaferro de los Rockefeller, Braden es considerado el instigador de la Guerra del Chaco, que enfrentó a Bolivia y Paraguay por una cuestión supranacional: un conflicto de intereses entre la Standard Oil, respaldada por Braden y la Shell, en puja por el petróleo que yacía en el subsuelo del Chaco Boreal.

Un área de 600.000 kilómetros cuadrados al norte del río Pilcomayo, colindante entre esos dos países y Argentina.

Fue la guerra más sangrienta del siglo XX en América.

Casi 250.000 soldados bolivianos y más de 140.000 paraguayos lucharon 3 años.

En cifras redondas murieron 60.000 bolivianos y 30.000 paraguayos (sumados a los caídos en la Guerra de la Triple Alianza, orquestada por la Baring Brothers, significaban la muerte del 80 % de la población adulta masculina).

Integraron la comisión de arbitraje Argentina, Chile, Perú y…, sí, Estados Unidos.

Nuestro canciller, Carlos Saavedra Lamas – a raíz de su intervención fue galardonado con el premio Nobel de la Paz -, se opuso tenazmente a las maniobras de Braden.

El irascible Spruille lo calificó de «antiyanqui, ególatra, vanidoso, inepto y estúpido».

«Argentina está manejada por una oligarquía probritánica», disparó (lúcidamente) entonces, en medio de la Década Infame.

De la región en disputa 3/4 partes fueron integradas al territorio paraguayo y a Bolivia se le dio acceso al río Paraguay, indirecta salida al Atlántico.

Cuando Braden llegó a Buenos Aires como embajador en 1945 y descubrió quién era Perón dijo: «es un coronel populista, que tiene sangre indígena».

La victoria del peronismo aceleró su alejamiento.

Un par de años más tarde, siendo «lobbista con salario de la United Fruit Co.», fue uno de los gestores del golpe de Estado contra Jacobo Arbenz.

Coherencia al mango.

El sustituto de Braden fue George Messersmith, diplomático que merece una mención a su pasado y un reconocimiento por animarse a ir al choque con el duro Spruille.

Messersmith venía de fortalecer el apoyo yanqui al dictador cubano Fulgencio Batista.

Con apellido de fácil asociación con los Messerschmitt, aviones de combate del nazismo, George actuó como cónsul 1930-34 en Berlín, en los albores del movimiento encabezado por Hitler.

Recién llegado tuvo clara visión de lo que se venía: «Hitler tiene amplio consenso popular, si le permiten seguir su marcha hará de Alemania un peligro para la paz mundial.

Algunos de sus ministros son psicópatas, normalmente deberían estar en tratamiento médico», informó a Washington.

Prueba de ese riesgo, se jugó para que Albert Einstein lograra una visa y se radicara en EE.UU.

Refugio clave para el desenlace de la guerra 1939-45.

A poco de llegar Einstein instó al presidente Franklin Delano Roosevelt a acelerar las investigaciones en procura de adelantarse a Alemania en alcanzar la fórmula de la bomba atómica.

Roosevelt no demoró en adoptar medidas en ese sentido.

En 1940, con el nazismo extendiendo su dominio en Europa, Messersmith fue nombrado jefe del servicio de espionaje exterior.

Puesto de enorme responsabilidad, George cumplió cabalmente su cometido.

Hizo espiar hasta al elegante y mundano duque de Windsor, el que renunció al trono por amor.

Absurdo, lo criticaron.

Pero resultó que el duque mantenía secretas tratativas con agentes de Joseph Goebbels.

Cuando se instaló en Buenos Aires pronto pudo apreciarse que la imagen del peronismo de Messersmith chocaba estrepitosamente con la de Braden, que se había despedido trazando un panorama tramposo, sombrío.

«Un bloque austral conducido por el Estado totalitario argentino dividiría la unidad interamericana y a partir del control de recursos estratégico en Bolivia, Perú, Chile y el sur de Brasil se erigiría en peligrosa amenaza a nuestra seguridad en caso de guerra», alarmaba.

Messersmith se apresuró a sostener que el gobierno era constitucional y a rechazar «la nefasta calificación de fascista y autoritario» de su predecesor.

Cabe insistir: EE.UU. siempre seleccionó con particular cuidado a sus representantes en Buenos Aires.

Se ignora la razón, pero el portuario Stanley asume como embajador 4 largos meses después de haber sido nombrado y debuta a tiempo del estrecho triunfo del PRO, el radicalismo cómplice y los libertarios en las elecciones legislativas, opacado por la ventaja, inferior a la prevista, y sobre todo por la manifestación de la militancia con sabor a las del segundo semestre de los años 40.

Lo mandan a desagraviar la cruzada de Braden, lejos de la objetiva, mesurada visión de Messermith.

Sus alaridos lanzados a 8.395 kilómetros de distancia, mucho antes de su arribo, eliminan la más leve duda.

Vino a pegar y va a pegar.

¿Mañana?

¿El lunes?

¿La noche del 24 de diciembre, disfrazado de Papá Noel?

Autoridad de Virrey ostenta Stanley.

En 1806, al comenzar el ciclo de invasiones inglesas, el marqués Rafael de Sobremonte, virrey del Río de la Plata, portador del tesoro de la corona, escapó a Córdoba.

«Al primer tiro de los valientes, huyó Sobremonte con sus parientes», decía una copla improvisada por los patriotas.

Extraña coincidencia entre virreyes.

Stanley es una figura destacada de los yanquis.

En una esas también a Stanley le toca irse.

Sería terrible.

Sobre todo si se lleva los ideales.

IL/