Intelectuales y académicos, un compromiso con la Nación

HOY MAS QUE NUNCA

Por Ana Jaramillo*

Estamos convencidos de que el momento histórico de América Latina exige de sus profesionales una seria reflexión sobre su realidad, que se transforma rápidamente, de la cual resulte su inserción en ella. Inserción que, siendo crítica, es un compromiso verdadero.

Por Ana Jaramillo

MEGAFÓN / UNLa

NAC&POP

12/11/2021

«Estamos convencidos de que el momento histórico de América Latina exige de sus profesionales una seria reflexión

sobre su realidad, que se transforma rápidamente, de la cual resulte su inserción en ella.

Inserción que, siendo crítica, es un compromiso verdadero. Compromiso con los destinos del país.

Compromiso con su pueblo. Con el hombre concreto.

Compromiso con el ser más de este hombre

Paulo Freire

Desde los orígenes de la filosofía, cuando aparece la primera división del trabajo, se planteó no sólo la división entre el trabajo intelectual y el trabajo manual, sino también la división de las funciones que los individuos cumplían en la sociedad, así como la relación que existía entre laspasiones terrenales y el mundo de las ideas.

La humanidad vivió muchas vicisitudes y muchas instituciones surgieron para organizar el mundo del trabajo, así como la tarea de quienes se dedicaban a la labor intelectual en las diversas sociedades.

Sin embargo, en nuestras vidas, largas o cortas, no hemos vivido una pandemia que asole a toda la humanidad y también a las instituciones públicas y privadas.

Paralelamente a la construcción práctica política de dichas organizaciones sociales y de la distribución de los poderes económicos, culturales y sociales, surgieron múltiples conceptualizaciones políticas e ideológicas controvertidas, tanto acerca de su efectiva realización como del deber ser o del carácter ético de la distribución del poder en las sociedades concretas.

Una de estas instituciones milenarias en el mundo y en occidente es la universidad, con sus actores principales, los profesores, los académicos, los intelectuales que debían a su vez hacerse responsables de los destinatarios de su profesión: los estudiantes.

Poner en cuestión una vez más cuál es la función de la universidad en este siglo y en nuestro país, y en este momento de pandemia, no es una tarea inútil ni banal, si pretendemos que, los jóvenes que transitan cotidianamente por nuestras aulas -aunque sean virtuales-, sean los protagonistas y hacedores de un país mejor, fortalezcan su conciencia crítica acerca de su propia vocación, su propio compromiso con esa construcción, así como su derecho a poner en cuestión nuestras propias y quizás precarias e históricas certezas, aunadas a nuestras convicciones.

No pretendemos realizar una historia del comportamiento de los intelectuales o académicos, ni de las instituciones universitarias en nuestro país o de su vinculación con el poder político, sino más bien seguir cuestionándonos cuál es la misión que le cabe a los intelectuales y académicos en las universidades argentinas, mostrando a su vez que esta problemática y sus paradojas, no son nacionales, sino que atraviesan la historia y la polémica universal.

No buscamos certezas, aquellas que surgen del pensamiento binario.

Intentamos dentro de nuestras posibilidades, colaborar en dar cuenta, proponer e instituir articulaciones que acerquen y fortalezcan las actividades de la política, con la academia, la ciencia y la intelectualidad en la Argentina, ya que no creemos que el pensamiento binario sirva para esclarecer la función del llamado pensamiento crítico.

LOS INTELECTUALES Y ACADÉMICOS FRENTE AL PROBLEMA NACIONAL: UNA CONTROVERSIA HISTÓRICA

Una de las primeras y clásicas polémicas contemporáneas sobre la función de los intelectuales y académicos con respecto a la necesidad o no, de participar en los asuntos y problemas nacionales es la que se libra entre Julien Benda y Paul Nizan. Benda escribe en 1927 La traición de los clérigos), y Nizan escribe en 1932 Los perros guardianes.

Para Benda, el pensador, educador o intelectual que se deje llevar por las pasiones políticas, nacionales, de raza, partido o clase traiciona su función, ya que debería abocarse a una vida especulativa y desinteresada valorando la verdad y la justicia universal.

Para Nizan, aquel que no se compromete con sus ideales en la tierra es por lo menos un desertor, si no directamente un traidor, ya que debe estar al servicio de los hombres reales en el mundo que le toca vivir.

Paul Nizan murió combatiendo en Dunquerque.

Para Benda, la voluntad de agrupamiento es una de las características más profundas de la edad moderna.

Apareció con ella una divinización de la pasión política, una idea fija de pasar a la acción.

Las pasiones políticas se han vuelto universales, homogéneas, permanentes y preponderantes, ellas son principalmente la pasión nacional y la de clase.

Para él, los pueblos entienden su nacionalismo y patriotismo no sólo en su ser material, en sus fuerzas militares y posesiones territoriales, o en sus riquezas económicas, sino en su ser moral.

Su patriotismo es una forma del alma contra otras formas del alma, que se da en su arte, en su literatura, en su filosofía, en su civilización.

Las patrias serán personas que probarán el odio, causarán guerras más terribles que todas las que se hayan conocido.1

Para Benda, el siglo veinte sería el siglo de la organización intelectual de los odios políticos.

Esto consiste en que cada pasión (nacional o de clase) ha instituido que es el agente del bien en el mundo, que su enemigo es el genio del mal y no sólo pretenden manifestarse en lo político, sino en la moralidad, en la intelectualidad, en la sensibilidad en la literatura y la filosofía y en la concepción artística.

Para el autor, el clérigo o intelectual en cambio, es aquel cuya actividad por esencia no persigue fines prácticos, sino que encuentra su dicha en el ejercicio del arte, la ciencia o la especulación metafísica, cuyo reino no es de este mundo.

Los clérigos se oponen de dos formas a las pasiones políticas, o bien se desentienden totalmente de esas pasiones creyendo en el valor supremo de esta forma de existencia o bien son moralistas inclinados hacia un principio abstracto superior y opuestos a las pasiones, donde su acción es absolutamente teórica.

Gracias a ellos dice, “podemos decir que durante dos mil años, la humanidad hacía el mal pero honraba el bien”2.

El clérigo nacionalista, para Benda, es un invento alemán, es un triunfo de los valores germánicos frente a los helénicos.

La traición del clérigo reside precisamente en profesar la religión de lo particular, como los laicos y despreciar lo universal, aquel cuyos valores son la posesión de ventajas concretas y el menosprecio de la vida desinteresada, en admirar una doctrina no porque sea buena, sino porque encarna el espíritu de la época, en enseñar que los Estados deben ser fuertes y no justos, y que los fuertes son los autoritarios y autocráticos, son los moralistas del realismo que afirman los derechos de la costumbre, del pasado y de la historia y
no de la razón.

El desprecio por el fanatismo y la pasión nacional en Benda se resigna al triunfo del pensamiento germánico sobre el greco-romano.

Para Nizan, por el contrario, existe un inmenso vacío entre lo que los intelectuales prometen y lo que hacen, siguen aferrados a la actitud clerical, poniendo la dignidad del espíritu y la lealtad a las cosas eternas por encima de las sórdidas exigencias y parcialidades humanas.

Esta actitud implica también tomar partido y para él, es el partido de la traición, que impide el entendimiento, que es infiel a los hombres y que no tendrá perdón.

“Hay que ser útil. No hacer el apóstol”3.

Para ello, la labor del intelectual será “un paciente, un modesto trabajo de denuncia y de esclarecimiento de las condiciones inhumanas, los resultados prácticos de una acción.

El filósofo ya no es más que el especialista de las exigencias, de las indignaciones que conocen los hombres explotados, que elaborará pacientemente las técnicas de la liberación”4
.

EL POLÍTICO Y EL CIENTÍFICO: DE WEBER A BOBBIO

Una de las primeras y clásicas distinciones entre el político y el científico, es la que realiza Max Weber en el libro El político y el científico.5.

Entiende por política “la dirección o la influencia sobre la trayectoria de una entidad política, esto es, en nuestros tiempos: el Estado”, y aquel que se dedica a ella anhela el poder, por egoísmo, por un ideal o por el poder en sí mismo, para disfrutar de una sensación de valimiento.

Entre aquellos que se dedican a la política, Weber establece una diferencia entre el caudillo y el funcionario.

El primero se define por la parcialidad, la lucha y la pasión.

Esto parte de un principio de responsabilidad opuesto al del funcionario, que se ennoblece al cumplimentar con precisión las prescripciones de la autoridad.

Las cualidades del caudillo o el político son la pasión, el sentido de responsabilidad y la mesura.

Es allí donde distingue dos formas de ética a través de las cuales se orienta la acción, la ética de la responsabilidad y la ética de la convicción.

La primera ordena tener presente las consecuencias de la acción, la segunda, la coherencia interna con sus ideales o convicciones.

Ambas deberían estar presentes en quien tiene vocación política.

En cambio, al abordar el tema del científico, si bien para el hombre en cuanto hombre, “nada tiene valor si no puede lograrlo con pasión”6, ésta es sólo una condición preliminar de la inspiración.

Tampoco el trabajo científico es simplemente un problema de cálculo frío.

Es necesario el trabajo y la pasión para provocar la idea.

En el científico como en el artista, está presente la inspiración y su personalidad deviene de entregarse pura y simplemente al servicio
de una causa, con la diferencia que el sentido del progreso está presente en el trabajo científico y no en el artístico.

Los profesores no deben hacer política en las aulas ya que para él sería una herejía.

El verdadero maestro no debe aprovechar su autoridad para con los estudiantes para trasmitir sus juicios de valor ya que no debe ser ni un profeta ni un demagogo.

Debe por lo tanto enseñar que acepten hechos incómodos para su propia corriente de opinión, suministrar normas para razonar,
instrumentos y disciplina para efectuar lo ideado así como obligar al individuo a que “de suyo perciba el sentido último de sus propias acciones”7 y así prestará su servicio ético de esclarecer y despertar el sentido de la responsabilidad.

Norberto Bobbio en su libro La duda y la elección 8 nos advierte sobre las investigaciones que realizan falsas generalizaciones sobre “los intelectuales” como si fueran una categoría homogénea y constituyesen una masa indistinta y cuya definición se da como presupuesto.

También nos advierte acerca de la habitual confusión entre el análisis descriptivo y el normativo, que confunde el plano del ser con el del deber ser.

Para Bobbio, lo que hoy se llaman intelectuales son los que en otros tiempos se llamaban “sabios, eruditos, philosophes, literatos o gens de lettre”

Ellos han existido siempre, dado que en toda sociedad existió con distintos nombres el poder ideológico junto al político y el económico, cuya función cambia con la sociedad y la época a que se refiere y que con diversos nombres se ejerce a través de la “producción y trasmisión de ideas, símbolos, de visiones del mundo y de enseñanzas prácticas mediante el uso de la palabra”10.

También nos plantea que, en el proceso de democratización de las sociedades pluralistas modernas, el poder ideológico está fragmentado, por lo cual, la generalización sobre su función es objetivamente falsa al existir direcciones e ideas que se contraponen en distintos grupos e individuos.

El principal instrumento de poder ideológico es la palabra a través de la cual se expresan las ideas y en el mundo contemporáneo, el creciente uso de la imagen.

Para Bobbio hay que distinguir entre el intelectual ideológico y el experto como técnicos del saber humano.

Se da siempre según el autor un conflicto de valores entre el valor de la libertad de los individuos y los grupos y el del orden público, o el de la legalidad y el del bien común ya que los valores últimos del individuo y los valores últimos del Estado son valores antinómicos.

O quizás, al decir de Max Weber, entre la ética de la convicción y la ética de la responsabilidad.

La primera es la que generalmente sigue el intelectual, y la segunda la del político realista.

Si bien Bobbio define el quehacer del intelectual como aquel que “no hace cosas, sino que reflexiona acerca de las cosas, que no maneja objetos, sino símbolos y cuyos instrumentos de trabajo no son máquinas, sino ideas”11, insiste en que lo primero que hay que hacer al iniciar una investigación sobre los intelectuales es delimitar el campo de la discusión, “de quién y sobre qué queremos discutir y de qué modo”12.

Aclara explícitamente que su problema no es “saber si los intelectuales son rebeldes o conformistas, libres o serviles, independientes o dependientes, sino intercambiar algunas ideas sobre lo que los intelectuales, que se reconocen en un determinado sector político, querrían o deberían ser”, sobre la política de los intelectuales o el de los intelectuales en la política o sobre la relación entre teoría y praxis o sobre el mundo de las ideas y el mundo de las acciones.

Restringe el campo de su investigación a la tarea de los intelectuales en la vida civil y política para la cual los tipos relevantes que analiza son los del ideólogo y el del experto.

Para Bobbio, el intelectual como ideólogo se define como aquel que proporciona principios-guía que podrían llamarse valores, ideales o concepciones del mundo, a partir de los cuales una acción queda legitimada por haberse aceptado los valores.

Asimismo, plantea como consigna la independencia, pero no la indiferencia del intelectual.

Reconociendo la función política como indispensable, la primera tarea del intelectual debe ser “la de impedir que el monopolio de la fuerza se convierta también en monopolio de la verdad”13.

Como creador o manipulador de ideas, el intelectual en la política debe persuadir o disuadir, animar o desanimar, expresar juicios, dar consejos, hacer propuestas, inducir a personas a formarse una opinión propia frente al político que debe tomar decisiones.

Siguiendo su razonamiento, y la diferencia entre ideólogos y expertos, la responsabilidad que le cabe a cada uno se determina a partir de las dos éticas.

A los primeros les cabe la ética de la convicción, y a los segundos la ética de la responsabilidad, prefiriendo hablar de responsabilidad
más que de compromiso, ya que éste significaría tomar partido.

Debe defender la política de la cultura, lo cual quiere significar que la cultura no debe ser apolítica pero que no se identifica conla política de los políticos.

La controversia permanente sobre la tarea del intelectual, con sus diversas definiciones, entre la fidelidad a los valores últimos y la exigencia de cambiar el mundo es lo que para Bobbio muestra la ambigüedad del problema y la dificultad de la solución, ya que corresponden a la presencia simultánea de dos ciudades, la de Dios y la de los hombres, la de los seres racionales y el Estado que no puede prescindir de la coacción para conseguir la obediencia que deben conseguir para convivir.

LOS INTELECTUALES Y LAS PASIONES DEMOCRÁTICAS

Otros pensadores investigaron la influencia de las pasiones políticas en los intelectuales.

Alexis de Tocqueville en El antiguo régimen y la revolución14, sostiene que los hombres de letras se convirtieron en los principales políticos en Francia a mediados del siglo dieciocho.

Sostiene: “Cada pasión pública se disfrazó de filosofía; la vida política refluyó violentamente hacia la literatura; y los escritores, arrogándose la dirección de la opinión pública, se vieron por un momento ocupando el lugar que de ordinario ocupan los jefes de partido en los países libres”15
.
Bourricaud, en su libro Los intelectuales y las pasiones democráticas 16, se propone investigar a los intelectuales como productores y consumidores de ideologías y sobre todo de ideologías políticas y no al intelectual como profesional, ya que el intelectual cumple y asegura una de las funciones más importantes en la sociedad que es la circulación de conceptos comunes que conciernen al orden social.

Sin embargo, los intelectuales (maestros, profesionales, funcionarios, expertos y artistas) en la medida en que se ganan la vida en organizaciones públicas o privadas y que integran grupos de pertenencia, están sometidos a presiones cruzadas entre su orientación, su ideal y su obligación profesional.

Los que se expresan como heraldos de “las pasiones generales y dominantes” entran en conflicto con la lógica organizativa, así como con el espíritu científico.

El intelectual para él, cumple fundamentalmente con las funciones de mediación, o de movilización en la sociedad y para ello necesita competencias cognoscitivas, aptitud lingüística, dominio de la palabra, la imagen y el símbolo así como la capacidad de generalizar y ubicarse en los límites.

Bourricaud busca las variantes e invariantes de las pasiones políticas en los intelectuales y sostiene que las señaladas por Tocqueville (el igualitarismo y el libertarismo) como “pasiones generales y dominantes” son las invariantes.

Concluye el autor que uno se convierte en un intelectual en el orden político “sólo mediante una reflexión sobre la naturaleza de la pasión, del deseo y su actualización por una parte, y por otra, sobre los efectos previstos, previsibles e inesperados que su realización, o el esfuerzo por realizarlos, significa para nosotros mismos y para los otros”17.

Esta polémica sobre la función de los intelectuales y la relación entre la razón y las pasiones, nació en Europa como el propio Benda reconoce, con la aparición de los estados nacionales.

Cada pueblo y cada nación defiende sus intereses, su cultura y sus derechos, que en nombre de una supuesta realidad globalizada y de una racionalidad pura y universal, muchas veces son avasallados al mismo tiempo que se cometen los peores crímenes contra las naciones más débiles.

Para ellas, y para sus intelectuales, académicos y científicos, el imperativo categórico, los valores de la razón crítica, de la verdad, de la justicia y la libertad, que enseñarán, profesarán y difundirán, deben ir de la mano de su compromiso e intento de que prevalezcan en la tierra y particularmente en su tierra, defendiendo el derecho de los pueblos a la autodeterminación, a su cultura y a una más justa distribución de la riqueza, que será la única posibilidad de educar para la paz y la justicia.

Los intelectuales y académicos no pueden ser ni desertores ni traidores respecto de los problemas y necesidades de su pueblo.

LA CRÍTICA A LA FUNCIÓN HISTÓRICA DE LA ACADEMIA EN NUESTRO PAÍS

Desde distintas perspectivas ideológicas y políticas se ha criticado el aislamiento permanente que tienen las instituciones científicas y académicas de las realidades y problemáticas nacionales, no sólo en nuestro país sino a nivel internacional.

Se ha catalogado y descrito muchas veces a las instituciones universitarias como “torres de marfil”, “islas”, “baronías feudales amuralladas”, “república de profesores” que se “precian y vanaglorian de afanarse en la búsqueda de la verdad y la belleza cuando en torno a ella prevalecen la flagrante injusticia, la ignorancia y la suciedad de masas de seres humanos que son nuestros prójimos”18.

Se sostiene que los científicos y académicos buscan siempre el “por qué” y los políticos buscan el “cómo” y entre ambas actividades existe una brecha difícil de superar que obstaculiza la producción de una actividad conjunta en beneficio del interés nacional y de la sociedad a la cual deberían responder.

Arturo Jauretche, pensador y dirigente peronista, sostenía que “estamos en presencia de una nueva escolástica de anti-escolásticos, que en lugar de ir del hecho a la ley van de la ley al hecho, partiendo de ciertas verdades supuestamente demostradas -en otros lugares y en otros momentos- para deducir que nuestros hechos son los mismos e inducir a nuestros paisanos a no analizarlos por sus propios modelos y experiencias.

Pretendo oponerles el método inductivo, que es el de la ciencia y esclareciendo hechos parciales nuestros, tratar de inducir las leyes
generales de nuestra sociedad”

Continuaba Jauretche que “Es imperioso advertir que el problema universitario no constituye para nosotros una parcialidad que pueda enfocarse puramente como cuestión pedagógica, sino como elemento histórico, sin duda sustancial, en la elaboración del destino argentino.

Demasiado sabemos en qué medida es esta Universidad madre de las corrupciones, adoctrinamientos y complicidades que han llevado el país a la situación presente de colonialismo económico y cultural (…)

En la deliberada desviación de la inteligencia argentina y en la frustración de sus mejores intentos, la Universidad ha tenido parte principal.

Se ha desenvuelto de espaldas al país, ajena a su drama y a la gestación de su destino.

Costeada y mantenida por el esfuerzo de todos los argentinos, movió a las sucesivas promociones a buscar en el título profesional la satisfacción –cada día más problemática- de la propia comodidad (…)

Se encargó de preparar los expertos de la entrega, elaborando una mentalidad dócil a las desviaciones jurídicas en que se sustenta la modalidad depredatoria de las leyes y contratos que enajenaron la soberanía económica de la nación, poniendo a disposición de los monopolios y trusts los alumnos que se destacaban en aptitudes técnicas para que fueran utilizados en contra del pueblo argentino y haciendo de sus cátedras el puntal doctrinario de todas las tesis del entreguismo (…)

Universidades, Empresas y Política, se complementan en una misma obra antinacional, a la que la primera dotaba de los maestros y de las doctrinas de engaño, la segunda de los medios de soborno y la tercera de los medios de ejecución. 20.

En el mismo documento de FORJA, Jauretche sintetiza que “En este rumbo debe replantearse el contenido de la universidad argentina, puesta al servicio del pueblo argentino y de su liberación efectiva.

Pero el pueblo necesita de instrumentos técnicos para liberarse y la universidad está en la obligación de proporcionárselos si no quiere prolongar un hiatus entre ella y el pueblo que es nocivo para el porvenir de la democracia argentina.” 21

Héctor Agosti, intelectual y dirigente marxista, escribe también muy claramente su posición al respecto de cuál debe ser el quehacer de la institución universitaria en nuestro país, ya que cuarenta años después de la Reforma universitaria, lo que se anunciaba trémulamente en 1918 era ya una certidumbre indiscutible.

Para él, la Universidad estaba produciendo doctores retóricos mientras que el país reclamaba técnicos para su industria incipiente.

Sostiene en cambio que “la universidad producirá profesionales” aptos para el caso argentino en la medida misma en que se atenga al hecho argentino, lo estudie, lo solucione y lo planifique, entendiendo al país como un cuerpo único y armónico formado por individualidades regionales.

“Qué” estudiar significaría, entonces, entrar en la sustancia de los problemas argentinos, que son vivos e inéditos en todas las ramas del saber concreto.

Y “para qué” estudiar representa la búsqueda de soluciones destinadas a transformar la realidad argentina.

Porque el nudo de la cuestión reside en esto, precisamente: en saber que la universidad no es una isla inmaterial sino una célula viva de la sociedad… la universidad tiene que dar instrumentos a la mano que trabaja y razones a la cabeza que piensa.

La universidad tiene que investigar los temas concretos de la reconstrucción argentina y trabajar para esa reconstrucción.

“Porque de eso se trata en el “qué” y el “para qué” de la universidad: del interés nacional”22
.
Para Agosti, de no ser así, los recursos que el país consume para la enseñanza superior en realidad servirían para otorgar privilegios al estudiante universitario que puede estudiar “mientras otros muchachos de su misma edad (la mayoría) deben molerse en las duras jornadas de fábrica o la chacra”.

No menos crítico, Hernández Arreghi, sostiene en su libro ¿Qué es el ser nacional? que “la Universidad, en lugar de servir al desarrollo nacional, se acoraza en el ideal ecuménico de la cultura, que es el modo abstracto e impersonal de mirar al país con el prisma agrisado de las ideas extranjeras.

Tal idea cosmopolita de la cultura universitaria es la forma institucionalizada de la alienación cultural del coloniaje, y en su almendra, la Universidad misma del imperialismo, empeñoso en romper todo proyecto de nacionalización cultural en los países dependientes.

Así se aparta a las generaciones estudiantiles -que también son oriundas en alta proporción de las clases medias- de la realidad nacional que se transforma, no por la acción de la Universidad, sino por las fuerzas sociales que las luchas nacionales de los pueblos engendran en su seno”23

Concluye que la atomización política de la América Hispana trae la del pensamiento latinoamericano, pero pronostica en los sesentas que a las Universidades les está destinada, en un porvenir próximo, la labor de corregir esta visión histórica, que será paralela al avance de las revoluciones nacionales en América Latina, poniéndose al servicio de la Nación.24

José Ingenieros, considerado por muchos como el “Conductor de las juventudes de América”,

En su libro dedicado a la juventud, Las fuerzas morales 25, sostiene que serán dichosos los pueblos de América Latina “si los jóvenes de la Nueva Generación descubren en sí mismos las fuerzasmorales necesarias para la magna Obra: desenvolver la justicia social en la nacionalidad continental”26.

Plantea que educar al hombre significa “ponerlo en condiciones de ser útil a la sociedad, adquiriendo hábitos de trabajo inteligente aplicables a la producción económica, científica, estética o moral”27.

Para el bienestar de todos, es necesaria la cooperación de cada uno, ya que el que no sabe prestarla será un parásito.

La educación desde la escuela debe preparar para la acción cívica.

La educación debe preparar al hombre para su primer deber social que es el trabajo.

Para él, la escuela no “cabe en los límites estrechos del aula” y la Universidad “en vez de ser una suma de escuelas profesionales, debe convertirse en una entidad que ponga al servicio de todos, los resultados más altos de la ciencia, a la vez que coordine los esfuerzos de la investigación e imprima unidad a los ideales que renuevan la conciencia social”28

LA FUNCIÓN DE LA UNIVERSIDAD EN LA HISTORIA ARGENTINA

“Yo no vengo a trabajar por la universidad, sino a pedir que la Universidad trabaje para el pueblo.”
José Vasconcelos 29

Domingo Faustino Sarmiento cuando en 1845, en el Facundo 30, hablando de Córdoba y su resistencia al cambio y al espíritu revolucionario de la época dice: “El espíritu de Córdoba hasta 1829 es monacal y escolástico: la conversación de los estrados rueda siempre sobre las procesiones, las fiestas de los santos, sobre exámenes universitarios, profesión de monjas, recepción de las borlas
de doctor” (…)

“La ciudad es un claustro encerrado entre barrancas, el paseo es un claustro con verjas de fierro; cada manzana tiene un claustro de monjas o frailes; los colegios son los claustros, la legislación que se enseña, la teología, toda la ciencia escolástica de la Edad Media es un claustro en que se encierra y parapeta la inteligencia contra todo lo que salga del texto y del comentario.”

La Reforma Universitaria de Córdoba de 1918, cuyo espíritu apoyaba Hipólito Yrigoyen, también propugnaba salir del claustro, abandonar el dominio clerical y del escolasticismo para servir al pueblo.

Aníbal Ponce señalaba “…la universidad será la mejor escuela de civismo y ser reformista o no serlo implicará decidirse por Mañana o por Ayer”31.

En un dossier editado por la Universidad de Buenos Aires a propósito de su aniversario se reflexionaba: “Las palabras heredadas producto de aquellos sucesos: autonomía, extensión, cogobierno, americanismo, ¿son hoy, sólo consignas, más o menos hábilmente utilizadas, con diferentes fines legitimadores y alejadas de su concepción original, sin entender esto como evolución, sino como vaciamiento?”32

En 1920, dos años después de la reforma universitaria, José Ingenieros en su texto La Universidad del Porvenir sostiene que, para la Universidad ningún problema vital debería serle indiferente, y debe ser una escuela de acción social, adaptada a su medio y a su tiempo 33.

Para él cada sociedad, en cada época engendra “sistemas de ideas generales” que influyen de manera homogénea sobre la conciencia colectiva y son aplicados a la solución de los problemas que más vitalmente la interesan”34.

Concluye que para que la Universidad sea útil “debe representar el saber, organizado y sintetizar las ideas generales de su época, ideas que son producto de la sociedad, derivadas de sus necesidades y aspiraciones”... “debe ser una “entidad viva, pensante, actuante, capaz de imprimir un ritmo homogéneo a la enseñanza en todas las escuelas”35
.
La misión de la Universidad para Ingenieros “consiste en fijar principios, direcciones, ideales, que permitan organizar la cultura superior en servicio de la sociedad” y la función de la Universidad consistirá “en mantener la unidad dentro de la variedad y coordinar la síntesis sobre la especialización”36 deberían formar hombres que es la razón que justifica su existencia.

Cuando la enseñanza superior es un monopolio reservado a las clases privilegiadas se podría entender que las universidades estuvieran enclaustradas y “ajenas al ritmo de los problemas vitales que mantenían en perpetua inquietud a la sociedad”... mientras que las ciencias deben concebirse como “instrumentos aplicables al perfeccionamiento de las técnicas necesarias a la vida de los pueblos”… y las nuevas posibilidades educacionales hacen que paulatinamente se comprenda que “el ideal consiste en utilizar todos los institutos de cultura superior para la elevación intelectual y técnica de todo el pueblo» 37.

También Alfredo Palacios, en el capítulo “Universidad y Pueblo”, de su libro Universidad y Democracia 38, sostiene que la reforma universitaria “no sólo implica la intensificación de estudios y renovación de métodos en el sentido de que éstos se basen en la observación y el experimento e impidan el cultivo de la vulgaridad, la glorificación del lugar común y del verbalismo.

Es también, la afirmación y el propósito firme de seguir el ritmo de los problemas sociales adaptando las universidades a las nuevas ideas y haciendo que las verdades puedan servir para aumentar el bienestar de los hombres,…si la ciencia elaborada por los centros de cultura superior, no se transforma en justicia para el pueblo, las universidades están lejos de cumplir su misión”39.

El 22 de noviembre de 1949 Perón suprime mediante el Decreto 29.33740, por primera vez en nuestro país, el arancelamiento universitario.

En sus considerandos sostiene que “el engrandecimiento y auténtico progreso de un pueblo estriba en gran parte en el grado de cultura
que alcanza cada uno de los miembros que lo componen”, y que “como medida del buen gobierno, el Estado debe prestar todo su apoyo a los jóvenes estudiantes que aspiren a contribuir al bienestar y prosperidad de la Nación, suprimiendo todo obstáculo que les impida o trabe el cumplimiento de tan notable como legítima vocación”.

Durante su mandato presidencial, en el año 1952, Juan D. Perón sostuvo que, “Cuando la ciencia se dedica a los progresos para exterminar a la Humanidad y no para servir a su felicidad y su grandeza, estamos viendo que la ciencia también está en manos de malvados.

Lo que nosotros queremos, en esta nueva Argentina, es que la ciencia y la cultura sean del pueblo y que el pueblo esté formado por hombres que amen a los hombres y que no preparen su destrucción y desgracia”41(…)

La universidad debe estar al servicio de las grandes causas nacionales”42.

Risieri Frondizi, quien fuera Rector de la Universidad Nacional de Buenos Aires en 1957, nos dice que la misión social de la universidad consiste en “ponerse al servicio del país”.

Sostiene que: “(…) El cambio es la característica de nuestro tiempo; afecta a todas las misiones de la universidad y particularmente a la misión social.

Ésta debe responder a las necesidades, requerimientos y aspiraciones de la comunidad, factores todos cambiantes. (…) el principio se
mantiene: contribuir al desarrollo de la comunidad.

Para ello la universidad debe auscultar las necesidades del medio y en algunas ocasiones anticiparse a ellas”.

Sin embargo, “en lugar de ser factor consciente de aceleración del cambio de las estructuras sociales, la universidad adoptó por lo general una actitud pasiva, de mero espectador”43.

Para el rector Frondizi, la universidad tiene que convertirse en el fundamento del cambio profundo que la situación actual requiere.

En esta dirección, la misión social de la universidad se orienta por una serie de funciones: la formación de profesionales: “Aquí no se trata de capacidad técnica, sino de conciencia social”; el estudio de los problemas que afligen al país: “Debe también esclarecer los problemas de índole político y cultural y convertirse en la conciencia moral de la Nación (…)

Su aporte es de esclarecimiento, estudio, planeamiento preciso de los problemas y análisis de las posibles soluciones”.

En este punto Risieri Frondizi es claro: “la universidad está para solucionar los problemas y no para eludir las críticas”44.

No sólo debe estudiar las problemáticas, analizarlas desde su complejidad, sino que tiene que formar a aquellos que las resolverán.

En 1963, Rolando García también sostenía “…No queremos una universidad que sea símbolo de privilegio, instrumento refinado de explotación… Queremos una universidad que sea el laboratorio donde los problemas que afectan al país se estudien a conciencia en búsqueda desinteresada de solucionar” 45.

Rodolfo Puiggrós en 1973 nos explicaba: “Nacionalizar y actualizar la enseñanza significa poner el acento en la problemática del país y buscar las soluciones en la realidad del mismo”.

Para Puiggrós, la universidad debe transformarse tanto en su contenido como en su forma para poder convertirse en un instrumento de la liberación nacional, de la Justicia Social y de la construcción de una sociedad “sin explotadores ni explotados”.

En este punto es preciso: “La universidad debe ser para el pueblo en varios sentidos, que tengan acceso todas las clases humildes del país, que sea un centro irradiante de cultura nacional, y también la universidad debe participar en la revolución científico técnica, no sólo cultural sino también económica y política”.

Para él, una universidad que reduce sus funciones a los aspectos estrictamente científicos, técnicos, no está cumpliendo su misión.

La universidad debe sumergirse en la sociedad argentina.

“Una universidad popular es la que mira hacia adentro del país y hacia Latinoamérica, no hacia modelos extranjeros, ya sean ingleses, franceses o rusos.

Es la universidad puesta al servicio de la realidad nacional.

Lo que nosotros pretendemos es que la ciencia, la técnica, la filosofía y el arte sean reinterpretados y puestos al servicio del ser nacional”.

La universidad debe cumplir su misión de manera situada: “La universidad no puede ser un islote, tiene que estar comprometida
con los objetivos nacionales”.

En este sentido, “hay que introducir la universidad de una manera viva en la problemática argentina, porque la universidad que a partir de la Reforma del 18, se auto enorgulleció de vincularse al pueblo no fue más que una aspiración.

Si la universidad se hubiera sumergido en el pueblo, y los estudiantes y docentes hubieran comprendido cuál era su deber no hubiera sucedido que en 1930 y en 1945 el estudiantado casi en masa, fuera partícipe en primera fila del derrocamiento de dos gobiernos nacionales y populares. (…)

Queremos que la conciencia del estudiante se vaya formando en lo auténticamente nacional y popular, que la unión de la Universidad con el Pueblo no sea una mera expresión de deseos, sino una realidad.

(…) No podemos decir que un país sea culto porque cuente con tres o cuatro sabios y hombres cultos, mientras el resto es mudo y torpe rebaño de ignorantes” 46.

Es así que desde vertientes ideológicas y políticas diversas se convoca a las instituciones académicas y científicas, a nuestras universidades a poner su conocimiento al servicio del pueblo y la Nación para colaborar en la resolución de sus problemas más acuciantes, a hacerse cargo de su responsabilidad social que le plantea su tiempo.

NUESTRA PROFESIÓN DE FE

No es posible abandonar la columna, ni arrojar los estandartes porque caigan en el camino los rendidos o desalentados o los escépticos; no habría conquista en la vida si admitiésemos tal posibilidad, y en los procedimientos de la ciencia se explicarían menos tan perniciosas intermitencias de hastío y cobardía.

Los estudiosos, los letrados, los profesionales del saber, tienen la misión de los oficiales en la marcha del ejército simbólico; ellos son estímulo perenne para el soldado de fila, son un ejemplo vivo e infatigable de voluntad y de acción.

En nuestra joven y aún informe nacionalidad sería una falta imperdonable la prédica del descreimiento y la vacilación; los que siguen sus estudios en las aulas, tras la enseñanza y conducción delos maestros, y los que van a ocupar su puesto en la labor pública del oficio
confiados en su propio esfuerzo, todos son responsables de su parte en la labor de salvar la integridad del patrimonio moral de la Nación”47. Joaquín V. González

Seguimos creyendo que hoy, más que nunca, y también para la post-pandemia “es necesario comprometerse en la búsqueda por descifrar los problemas que aquejan a nuestra Nación, encontrar su sentido, así como definir su telos o su proyecto a fin de encontrar los medios de su realización”.

Debemos buscar esos “Ojos mejores para ver la Patria” como sostenía Lugones, con otro enfoque y desde aquí, como le agrega Jauretche. 48

Nuestras pasiones “generales y dominantes” de igualdad y libertad no garantizan la realización nacional, así como nuestras pasiones nacionales no garantizan la vigencia de la libertad y la igualdad. Así como la República no garantiza la defensa de los intereses nacionales, un proyecto de Nación no garantiza la vigencia de la libertad y la igualdad ni un sistema de gobierno en particular.

La universidad argentina, sus intelectuales y profesionales académicos también deberán cumplir con su función de centinelas, deberán seguir haciendo contra-cultura al cuestionar la manera en que se distribuye el poder en la sociedad global, la forma de organizar la existencia individual y social en nuestro país así como las expresiones simbólicas o culturales hegemónicas “globalizadas” que intentan sostener y legitimar no sólo un pensamiento único y el fin de las ideologías, sino una realidad única y perpetuamente injusta con lógica binaria.

Paulo Freire, en los momentos más críticos de América Latina, en los años setenta, cuando predominaban en gran parte de la región gobiernos dictatoriales y genocidas, ya nos advertía que “cuanto más me capacito como profesional, más sistematizo mis experiencias, cuanto más me sirvo del patrimonio cultural, que es patrimonio de todos y al que todos deben servir, más aumenta mi responsabilidad con los hombres 49”.

Para él, la huida del compromiso o la neutralidad es imposible ya que en una sociedad preponderantemente alienada, el profesional,
por la naturaleza misma de la sociedad jerárquicamente estructurada es un privilegiado; en una sociedad que está abriéndose, el profesional es un comprometido o debe serlo.

Huir de la concretización de este compromiso es no sólo negarse a sí mismo, sino negar el proyecto nacional”50.

Los muros se derrumban, las certezas se diluyen y los ideales chocan con la realidad.

Quizás por eso, la esperanza no basta, a la esperanza en un mundo mejor hay que agregarle permanentemente la voluntad de construirlo.

Más aún cuando estamos plagados de fake news o noticias falsas elaboradas por quienes usan su saber tecnológico y político para confundir a la comunidad.

Sabemos que la universidad no es el único juez de su inserción en la Nación, ni el ingreso de los estudiantes, ni su salida son de su exclusiva incumbencia, ni siquiera lo es la determinación de sus finalidades fundamentales, ya que para Ricoeur, “la Universidad deberá representar el diálogo de la enseñanza y de la nación entera, estas instituciones deberán expresar, en el marco de su autonomía, esa relación esencial de fuerza”51 y en ella deberían estar representados el Estado, los enseñantes y los enseñados así como las fuerzas vivas del país.

La universidad debe abocarse a textualizar los problemas nacionales más que a problematizar los textos, debe invertir la herencia escolástica imperante en la universidad argentina.

Y para poder textualizar la realidad ágrafa en la cual nos insertamos, será necesario leer el mundo, así como la problemática particular que pretendemos textualizar.

En ese sentido es que podríamos denominar nuestro método de textualizar el mundo ágrafo como una hermenéutica social que
debe interpretar signos no escritos, huellas diversas que dejan impresas las acciones de los hombres, la semántica de la acción, entendiendo a su vez la acción social como sostiene Weber, orientada a otros con sentido.

Las universidades deben definir sus roles para confrontar los problemas más acuciantes de la sociedad, como sostiene Dyer 52, por lo cual las actividades de la universidad, “mas allá de sus responsabilidades cívicas que implican un compromiso conciente de las unidades académicas con algún rol en los esfuerzos de la sociedad en la resolución de problemas y que están focalizados en desarrollar recursos humanos, comunitarios y nacionales, implica una vinculación de las competencias y recursos especiales de las universidades con las organizaciones e individuos fuera de la universidad, para lo cual, las universidades deben fortalecer su habilidad para cruzar las fronteras disciplinarias y organizar el conocimiento en torno a problemas”53.

Los problemas de las universidades y sus académicos, “surgen de presiones y reacciones que se originan en la vida de la comunidad misma en que surge una filosofía determinada y que, por tal razón, los problemas específicos de la filosofía varían en consonancia con los cambios que se producen constantemente en la vida humana, los que, en determinados momentos, dan lugar a una crisis y forman un recodo en la historia de la humanidad”.54

Desde un principio sabemos que el debate sobre la relación entre la teoría y la práctica es milenario.

Desde los orígenes de la filosofía hasta el momento, académicos, científicos y políticos buscaron encontrar los modos de relacionarse entre el quehacer y el quedecir, entre la actividad práctica y la actividad teórica, denostándose entre unos y otros el excesivo empirismo o pragmatismo o el excesivo racionalismo o teoricismo.

Por eso hoy, más que nunca, las universidades públicas deben poner la investigación científica, su articulación de ciencia y técnica, sus hombres y mujeres de la salud, y todas sus innovaciones técnicas en función de la solidaridad con el pueblo argentino y el Estado Nacional, ya que a las universidades públicas las financia todo el pueblo argentino a través del Estado.

LA GRATUIDAD UNIVERSITARIA COMO RESPONSABILIDAD HISTÓRICA

No por casualidad se ocultó que la gratuidad de los estudios universitarios fue decretada por Perón el 22 de noviembre de 1949.

Más allá de todos los vejámenes históricos que se cometieron después del golpe de Estado al gobierno de Perón en 1955, y de la prohibición de textos, incluida la prohibición de nombrar al peronismo, sin embargo, a partir del decreto del presidente Perón nunca se pudo volver a arancelar la universidad.

En el año 2008, se votó la ley del Día de la Gratuidad de la Enseñanza Universitaria, después se hizo un acto en el Congreso de la Nación en el marco del 60° Aniversario del Decreto.

Sin embargo, fue recién en el año 2019, en el 70° aniversario del decreto de Perón cuando se conmemoró en todas las universidades nacionales públicas y la primera vez que se incorporó al primer discurso del actual Presidente de la Nación, Alberto Fernández.

Enseñar que la gratuidad de la enseñanza universitaria fue una decisión política histórica, y no es banal, ya que no es como el aire.

El neoliberalismo aranceló el agua, la energía y otros servicios esenciales, así como criticó la apertura de nuevas universidades donde hay poblaciones sin posibilidad de entrar a una universidad, pero no pudo arancelar los estudios universitarios.

Quizás, comprender esa realidad hace que, en plena pandemia, todas las universidades públicas, sus docentes investigadores, estudiantes y no docentes, estén colaborando con la población toda, con el Estado y fundamentalmente con los más desprotegidos, sea apoyando a los servidores de la salud (que generalmente se forman en la universidad pública), haciendo vacunatorios, o asistiendo a las poblaciones carenciadas como comedores llevando alimentos u otro tipo de necesidades.

Quizás, desde ahora en más, todas las universidades tendrán este compromiso con la Nación y con su pueblo ya que como siempre decimos, a las universidades, las paga, las sostiene y las hace crecer el pueblo argentino.

Y también tendrán la responsabilidad de articular y trabajar con los políticos para contribuir a resolver los problemas de la nación, así como diseñar políticas públicas que favorezcan su desarrollo con justicia social.

Porque creemos como Paul Nizan que aquel que no se compromete con sus ideales en la tierra es por lo menos un desertor, si no directamente un traidor, ya que se debe estar al servicio de los hombres reales en el mundo que le toca vivir.

En nuestro país fueron desaparecidos o asesinados muchos universitarios durante la última dictadura.

Por eso el compromiso de la comunidad universitaria es con el pueblo y la democracia, en todos los tiempos.

Esa es nuestra responsabilidad histórica.

Se ha decretado la emergencia sanitaria y afortunadamente no estamos en emergencia democrática.

Por eso, la universidad pública debe ser una democracia en miniatura.

Por eso, sigo creyendo que hay que textualizar los problemas y dejar de problematizar textos, que no dan cuenta de los problemas de la realidad.

AJ/

NOTAS:
1 Benda, Julien: La trahison des clercs, Gras, Paris, 1937
2 op.cit
3 ibídem
4 ibídem
5 Weber, Max: El político y el científico, Coyoacán, México, 2000
6 ibidem
7 ibidem
8 Bobbio, Norberto: La duda y la elección, Piados, Barcelona, 1998
9 ibidem
10 ibidem
11 ibidem
12 ibidem
13 op.cit
14 Tocqueville, Alexis: El antiguo régimen y la revolución, Alianza, Madrid, 1994
15 ibidem
16 Bourricaud, Francois, Los intelectuales y las pasiones democráticas, UNAM, méxico, 1990
17 ibídem
18 Clark, Kenneth: El patetismo del poder, CFE, México, 1974
19 Jauretche, Arturo: Mayoría, 1970
20 Jauretche, Arturo: Documento de la Organización Universitaria de FORJA, 1943
21 ibidem
22 Agosti, Héctor: Nación y cultura, Catálogos, Bs. As, 2002
23 Hernández Arregui: ¿Qué es el ser Nacional?, Hachea, Bs.As, 1963
24 ibidem
25 Ingenieros, José: Las fuerzas morales, , Fausto, Bs. As, 1993
26 op.cit
27 ibidem
28 ibidem
29 José Vasconcelos: Discurso de Asunción como Rector de la Universidad Nacional Autónoma de México
el 9 de junio de 1920.
30 Sarmiento, Domingo Faustino: Facundo, Centro Editor de América Latina, Bs. As, 1973.
31 En Genovesi, Alfredo: La reforma universitaria, Ediciones Mariátegui, Lanús, 2003.
32 “Reformar la reforma” en Revista Espacios de crítica y producción, Facultad de Filosofía y Letras, UBA,Bs.As., 1998.
33 Ingenieros, José: La universidad del porvenir, Inquietud, Bs. As, 1956
34 ibídem
35 ibídem
36 ibídem
37 ibídem
38 Palacios, Alfredo: Universidad y Democracia, Claridad, Bs.As., 1928
39 Op.cit.
40 Ver anexo
41 Puiggrós, Rodolfo: La Universidad del Pueblo, Editorial Crisis, Bs.As., 1974.
42 Ibídem.
43 Frondizi, Risieri: La universidad en un mundo de tensiones, Eudeba, Bs.As., 2005.
44 Ibídem.
45 Ibídem.
46 Op.cit.
47 González, Joaquín V: La paz por la Ciencia, Universidad Nacional de La Plata, talleres Gráficos Christmann y Crespo, La Plata, 1914
48 A. Jaramillo, “La Universidad frente a los Problemas Nacionales”, EDUNLa Bs As, 2003.
49 Freire, Paulo: Educación y cambio, Galerna, Bs.As.2002
50 ibidem
51 Ricoeur, Paul, Ética y Cultura, Docencia, Bs.As, 1986
52 Dyer, Thomas, “Retrospect and prospect, Understanding the american University”, en Journal of public
service an outreach, University of Georgia, 1999
53 ibidem
54 Dewey, John, La reconstrucción de la filosofía, Planeta, España, 1986