Ambos zafaron del ataúd, Houdini también hizo espionaje, pero Macri es superior, se desató de cuatro indagatorias

MACRI Y HOUDINI, LOS GRANDES ESCAPISTAS

Por Ignacio Lizaso*

A pocos días de cumplirse 95 años de la accidentada muerte, fuga sin retorno, de Harry Houdini, legendario exponente de esa combinación de magia, destreza física y fraude que es el escapismo, le ha surgido un serio competidor.

Por Ignacio Lizaso

NAC&POP

10/11/2021

Aspirante a pujar por el número uno de tan sofisticado ranking, surge Mauricio Macri.

Uno de los escasos modelos en los que Macri se fijó borrosa, confusamente – un universo que domina vastas regiones de su mentalidad – con miras a su futuro tuvo por protagonista a Alberto J. Armando.

Un Armando apreciado en campos bien definidos: la industria automotriz, el club Boca Juniors y el salto de la camiseta azul y oro a la banda presidencial celeste y blanca.

Un segundo modelo, en absoluto inconsciente y con plena vigencia estos días, es el que encarna Houdini.

Armando ingresó a la Ford en la década infame como cadete, sueldito de 35 pesos, en Humberto Primo, pueblo de Santa Fe, entonces de menos de 3.000 habitantes.

Se dedicó a la venta de automotores y avanzó hasta erigirse en el principal concesionario de la corporación.

Habiendo multiplicado groseramente el volumen de sus empresas y su fortuna durante la dictadura encabezada por Videla y Massera, los Macri se dedicaron, entre otros rubros, al contrabando de autopartes al Uruguay y la venta de vehículos terminados a nuestro país.

Procesados en 1997, fueron absueltos por la mayoría automática de la corte menemista.

Armando llegó a la presidencia de Boca y con altas aspiraciones políticas como meta se lanzó a desarrollar el faraónico proyecto de la Ciudad Deportiva.

Infinidad de hinchas incautos y de modestos inversionistas que compraron bonos, acciones y abonos de plateas en cuotas fueron estafados en muchos miles de aquellos pesos del final de la década de 1960.

Antes del desastre, que atribuyó al Rodrigazo, Armando conducía el club a partir de conceptos que 50 años más tarde Macri haría suyos: manejo unipersonal y una verdad de su cosecha: «cualquier problema se resuelve en de 3 a 5 minutos».

El proyecto político de Armando – osó ser candidato a presidente por la Alianza Republicana Federal, de tendencia ultraconservadora – se mancó en 1973 al obtener apenas el 2,91 % de los votos en las elecciones que consagraron el triunfo del Tío Cámpora.

El derrumbe de su figura se registró el 25 de mayo de 1975, fecha en que según su compromiso se iba a inaugurar el nuevo estadio, piedra fundamental del soñado imperio armandiano.

En un estilo que ya exhibía el sello de Hector Magnetto, en lugar de subrayar este fracaso Clarín le echó en cara haber facilitado dos éxitos «comunistas».

A saber: Armando había organizado los torneos de fútbol de verano en Mar del Plata y la primera edición fue ganada por el Vasas, de Hungría, y después le había entregado el club al «marxista Heller».

El presidente electo fue Antonio Alegre, pero Clarín denunciaba que quien tenía el mando real era el dirigente cooperativo.

En la faz deportiva la gestión de Macri en Boca tuvo como involuntario aliado a Carlos Bianchi.

En el campo político la aprovechó para maquillar y vender su capacidad de conductor y de paso, armar la base: Carlos Stornelli, Raúl Plee, Daniel Angelici, de la siniestra mesa judicial. Saltó a jefe de gobierno de CABA y en 2015 cruzó la plaza de Mayo y se instaló, con su banda de Ceos, para ruina del país, en la casa Rosada.

Cabe recordar las performances de Houdini, en cierto modo arquetipo de Macri, aunque éste lo ignore.

Entre otras prácticas del escapismo se lo encerraba encadenado en cajas fuertes y baúles que eran arrojados al mar, o era colgado boca abajo en el alero de un rascacielos con las manos esposadas.

Pero él siempre se las ingeniaba para liberarse de toda atadura, o resistir que un rodado pasara sobre su pecho.

Hay tres tipos de actos protagonizados por Houdini que pueden asociarse naturalmente a escenas y conductas que vienen marcando la personalidad de Macri: haber permanecido guardados en un ataúd sin estar muertos, la burla a los estrados de la justicia y la policía, y el violador ejercicio del espionaje.

Hace un par de meses se silenció el 30° aniversario del meneado secuestro de Macri, que ejecutara la banda de los comisarios.

Periodistas que pretendían recordar la fecha chocaron ahora con una misma respuesta de allegados al ex presidente: de eso no se habla.

Liderada por el Turco Ahmed, la banda realizó 5 secuestros a miembros de familias de ruidoso poder económico.

Causa gracia revisar los tapes con las declaraciones de un Macri joven que en tono que procuraba ser dramático, pero no le salía, relataba detalles.

«Inmovilizado con alambres, me metieron en un ataúd; son momentos terribles que producen daño en tu cerebro y siguen ahí», decía entre caídas de ojos.

El interrogante surge inmediato: ¿ese daño cerebral es, entonces, la raíz del desequilibrio que desemboca en sus brotes de cinismo, de burda mitomanía?

En cada mención posterior al episodio se deslizó la posibilidad de que pudo tratarse de un autosecuestro.

Versión acreditada por Juan Carlos Bayarri, suboficial retirado de la policía, que debió soportar 13 años de cárcel por confesar, bajo apremios ilegales, que había sido miembro de la banda.

Sometido a picana y submarino seco por orden del comisario Carlos Sablich, a cargo de la investigación del caso, finalmente fue declarada su inocencia.

Al recuperar la libertad Bayardi definió como extraña la relación que se daba entre Macri y Sablich, luego primer candidato a erigirse en jefe de seguridad de Boca.

Reveló además Bayarri que el teléfono de Franco Macri, que negoció el rescate con los secuestradores, estaba pinchado por la SIDE, de la que era titular Hugo Anzorregui.

El propio Mauricio reconoció que se había registrado una especie de síndrome de Estocolmo con Mario, uno de los custodios de su cautiverio.

Redondeando la veta culebrón del relato, en un reportaje Ahmed contó que conmovido por la entereza de Macri en cautiverio lo había votado en las elecciones de CABA. Lágrima otomana, telón.

Houdini efectuó muchas veces la prueba del encierro en un ataúd sumergido en un acuario, sus manos atadas con esposas de acero.

La estrechez del ataúd dificultaba los movimientos para librarse de las esposas.

Reaccionó con indignación cuando le adjudicaron estar dotado de poderes paranormales.

Era un atleta él, fruto de un riguroso entrenamiento.

Más lo indignaba que sus detractores deslizaran que antes del encierro ocultaba «llaves, ganzúas y herramientas en orificios de su cuerpo».

La diferencia con el fugaz, simulado velorio de Macri reside en que al comienzo de su carrera, liberarse de las esposas era para Houdini un vulgar laburo, que le permitía alzarse con un par de cientos de dólares, aportados de a uno per cápita por espectadores tan conmovidos como Ahmed.

Ya consagrado, el cachet del hombre alcanzó cifras mucho más elevadas. Sacar a su hijo del ataúd le costó a Franco Macri 6 millones de dólares y un mar de dudas.

El miércoles último Macri volvió a burlarse de la justicia, convocado por cuarta vez a indagatoria por el espionaje a los familiares de los 44 víctimas del ARA San Juan.

En una escena tal vez dictada y aún ensayada arrancó el micrófono de C5N de manos del movilero y lo tiró al suelo.

Luego, con gesto ofuscado, chicaneó al juez Martín Bava.

Después fue a jugar al golf.

Un desafiante ejercicio de impunidad en la línea de rebeldía y fuga transitada por Stornelli y Pepín Rodríguez Simón.

La agresión al canal que denodadamente intentó acallar mereció unánime repudio, que para sorpresa del propio Macri, no excluyó a ADEPA, FOPEA y los medios de prensa, aliados incondicionales.

De barra brava a psicópata fueron los calificativos que mereció su gesto.

Condenado a una madura niñez – para contribuir a la humilde economía familiar había caminado la calle como canillita y lustrabotas -, Erik Weisz, nombre real de Houdini, mantuvo una muy intensa relación afectiva con su madre, Cecilia Steiner. «Es mi ángel en la tierra», decía .

Fueron permanentes las disputas con su padre, el rabino Mayer Samuel Weisz, que relegaba a su esposa a un rol de oscura ama de casa y limaba rigurosamente todo rasgo de femineidad.

Como ella se obstinaba en asistir a los espectáculos de su hijo, el rabino exigía que llevara cubiertos la cabeza, brazos, manos y piernas.

Usted no está en sus cabales, quiere invisibilizar a mi madre, cuestionaba Houdini, Clara afinidad con el reclamo de Macri para que se diagnosticara la insanía de su padre, al margen de la distancia que separa a una y otra actitud filial.

La voluntad de poner límites al autoritarismo del rabino guiaba a Houdini.

Su insaciable codicia y la impiedad por falsear el estado de salud de su padre octogenario movían a Macri. Houdini tenía 39 años cuando murió Cecilia y entró en una crisis depresiva.

Uno de sus admiradores, el novelista inglés Arthur Conan Doyle – su esposa oficiaba de médium -, le propuso participar en una sesión espiritista y establecer contacto con la madre.

Sin convicción, Houdini aceptó.

Durante el encuentro la médium anunció que recibía señales de Cecilia y gradualmente las fue identificando.

Decía tener a la vista un texto escrito por ella en inglés, ilustrado con una cruz. Houdini interrumpió bruscamente a madame Conan Doyle gritando que todo era una superchería, una trampa más del espiritismo.

Dio razones: su madre no sabía escribir en inglés y como mujer judía, casada con un rabino, era inconcebible que para expresarse recurriera a un símbolo como la cruz.

Quebrada la amistad que lo unía al creador de Sherlock Holmes, HH se lanzó a una violenta ofensiva contra el espiritismo en su carácter de cazador de fantasmas artificiales.

Llegó a capitanear un grupo de infiltrados que concurría a sesiones con el único objetivo de reunir datos sobre el testimonio de los médiums y la credulidad de tantos ilusos.

No se puede comparar esta inclinación al espionaje de Houdini, circunscripto a los adictos al espiritismo, con la enfermiza vocación de Macri, que ordenó espiar a familiares, amigos y alcahuetes, adversarios y opositores, apóstoles y mandingas, medida que culminó ofendiendo la memoria de los mártires del submarino.

Houdini jamás se repuso de la muerte de su madre.

Con frecuencia iba al cementerio donde se hallaba su tumba, se echaba sobre el césped y le hablaba.

No menos consternado, a poco de la muerte de Franco, en medio de una campaña electoral Mauricio lo llamó extorsionador, insulto que no se sabe si le hizo ganar 17 votos o perder 21.

La honda inquietud de Houdini ante la muerte volvió a asomar en los últimos días, vinculada con su esposa Bess Rahner.

«Si existe alguna forma de estar en contacto desde el más allá me vas a tener cerca», confió mientras inventaba un código de un puñado de palabras, que sólo ellos dos utilizarían y que nadie podía interferir.

Bess decidió esperar, cada noche encendía una vela.

A los diez años apagó la última.

La noche de Halloween de 1926, en Montreal, Canadá, una barra de estudiantes esperó que terminara el espectáculo y le planteó un reto: a que no resistía que lo golpearan en el abdomen.

Houdini accedió.

Tenía 52 años.

Uno de los muchachos, se dijo que con antecedentes de boxeador, le asestó unas cuantas trompadas.

El castigo provocó una peritonitis que resultaría fatal.

Houdini no necesitaba protección, ni complicidad de la justicia.

Pero sí solía torear a las fuerzas de seguridad.

Cuando llegaba por primera vez a una ciudad se presentaba ante el jefe de policía para formular un desafío: él se prestaba a internarse en una celda y los agentes no lograrían impedir que huyera.

Se haría colgar envuelto en una camisa de fuerza y encadenado, y en esa posición de bicho canasto se dispondría a esperar las circunstancias propicias para la fuga.

Los biógrafos coinciden en que era una simple sistema de hacer publicidad para su espectáculo.

Ningún comisario yanqui, ni francés – Paris fue uno de sus escenarios predilectos -, se arriesgó a permitirle realizar la prueba.

El derrotero del escapismo de Macri ante la justicia muestra demasiadas estaciones: el Correo, el aparato de espionaje, operaciones de contrabando de autopartes hace 25 años y de material represivo en el golpe contra Evo Morales, persecución al grupo Indalo, visitas clandestinas de los jueces Gustavo Hornos y Mariano Borinski, peajes, parques eólicos, la venta de Macri Air a Avianca.

Blindado no ilustra con suficiencia la condición de Macri.

Acorazado por el bloque de los Rosenkrantz, Ercolini, Casal, Stornelli, el monstruo que de Clarín ha hecho Héctor Magnetto, La Nación ahora de su propiedad y las grandes corporaciones, Macri no puede detener su enfermiza, alocada carrera de escape.

Ahora amenaza viajar a Arabia Saudita, invitado por Mohmmed Bin Salman.

A este príncipe se lo acusa de haber sido instigador del asesinato de un periodista, Jamal Khashoggi, perpetrado en 2018 en el consulado saudí en Estambul.

Su cuerpo fue descuartizado y diluido en ácidos.

Dato fundamental: no rigen acuerdos de extradición con Arabia Saudita.

Es constante la reiteración de Macri en el sentido de que es hombre de resolver cualquier conflicto en 5 minutos.

El breve plazo rige tanto para la inflación como para «su» deuda con el FMI.

«Si vuelvo, voy a hacer lo mismo, más rápido», se jactó.

Cabe admitir que quizás estemos en presencia de una simbiosis de consumado cultor y víctima de la eyaculación precoz – en cierto modo una vertiente más del escapismo -, aplicada a todo orden de la vida, también la función de gobierno.

IL/