Sigo allí y mi cuerpo necesita equilibrar la presencia espiritual con la material.

DIEGO ARMANDO MARADONA (TODOS MIS TEXTOS)

Por Gabriel Fernández*

Por Gabriel Fernández *

LA SEÑAL Medios

30/10/2021

El universo (que otros llaman la Cancha) se compone de cuatro tribunas de un número indefinido de escalones. Fueron de madera; son de cemento.

Pero siguen siendo escalones, con el objetivo de mantener el diseño original, aunque también de facilitar la circulación del aire.

En el centro, rodeado del borde olímpico, se encuentra un rectángulo verde, cubierto por un césped brillante que también funciona como espejo para quienes se ubican en derredor.

Todo el universo está rodeado (protegido) por una infinita cantidad de grandes árboles.

Las personas, por lo común de origen modesto, se arraciman en esas cuatro graderías con sentidos variados: observar una contienda que sus representantes, vestidos de azul y blanco, disputan frente a equivalentes que portan otros colores, cantar en coro sin más dirección que la estrofa que atraiga el viento, gritar y protestar y celebrar según el desarrollo de los acontecimientos, abrazar a quien se posicione ocasionalmente a la vera o –si resulta preciso- pelear con él.

Aunque no lo admitan, o no lo sepan, también ver su imagen en la superficie de gramilla que transmuta en bruñida y promete el infinito.

La arboleda parece jugar un rol esencial en la psicología de los asistentes.

Es probable que debido a su cobijo insistan en retornar una y otra vez, al punto de dejar de lado actividades que el resto de la humanidad evalúa más atractivas y escenarios que a través de las pantallas se perciben más modernos y confortables.

La idea de quien esto escribe es que esos “hinchas” como se los denomina han descubierto secretos que sólo se encuentran en el universo indicado.

Esos misterios les proveen un gozo violento y una pasión desmesurada que no pueden resumirse en la alegría de una fiesta o la tristeza de una despedida.

Contienen eso, y muchísimo más.

La Cancha es ilimitada.

Si un eterno viajero la atravesara en cualquier dirección, comprobaría al cabo de las décadas que las mismas personas se repiten en el mismo desorden (que, repetido, sería un orden: el Orden) mientras se suman otras; asombradas por la vibración de un sentimiento único, se afincan y se quedan.

Digámoslo entonces para que se entienda, aunque revelemos un dato prohibido: nadie se va del Bosque, aunque los signos externos y los médicos pretendan refutar esa afirmación.

Nadie se va sin que medie prisión alguna; nadie se va porque allí no existe la soledad.

Es inevitable ser feliz con esa elegante esperanza.

Como todos los hombres de la Cancha, la he recorrido desde la infancia, la he viajado en mi juventud; he peregrinado en busca de un gol, acaso del gol de los goles, que redima; ahora que mis ojos necesitan auxilio para descifrar lo que escribo, me nutro de paciencia y espero.

Espero el sencillo instante en el que se abran esas viejas puertas para canalizar como un río la asistencia  masiva.

Porque sigo allí y mi cuerpo necesita equilibrar la presencia espiritual con la material.

Además, porque es el lugar donde está mi padre.

¿Qué sentido tiene ir a un frío cementerio si puedo encontrarlo, vivaz y fervoroso, en su lugar?

A continuación vierto los textos realizados sobre uno de los que siguen ahí.

Era hora de reunirlos e invitar a su lectura.

Quizás, este período del año puede servir para reflexionar y quizás –mate de por medio- el pensamiento surja acompañado de la emoción.

El primero es antiguo.

Cuando lo escribí ni siquiera soñaba tener la base argumental para zambullirme en los que vienen después, todos plasmados de poco más de un año a esta parte.

Si tengo que sugerir claves, empiezo por ese  (Maradona y otras cosas), sigo con Un bosque de pasiones y requiero no evitar Maradona, modelo para armar.

El resto, me representa y ofrece perfiles inexplorados sobre situaciones conmovedoras.

Hay algunos audios y un par de videos que enlazan el sentir de las notas.