¿Por qué no podemos tener un estado de bienestar en nuestra América?

PRODUCTIVIDAD SOCIAL Y ESTADO DE BIENESTAR

Por Ana Jaramillo*

Es inútil pensar en mejoramientos de ningún orden si no hacemos primero la diligencia necesaria para crear a la fortuna, si no nos ponemos de acuerdo para crear abundantemente los medios de ese mejoramiento.

Por Ana Jaramillo

MEGAFON-UNLa

NAC&POP

24/10/2021

 Esa es la experiencia que el mundo viene demostrando a través de miles de años.

Es una solidaridad inteligente, donde el Gobierno, la empresa y el trabajo deben ponerse a crear la única comunidad que puede triunfar en el aumento de los bienes, de su felicidad y de su grandeza.

Congreso Nacional de Productividad y Bienestar social
Argentina, 21 de marzo 1955

Entendemos la productividad como la capacidad de obtener más y mejores resultados que beneficien a todos y se traduzcan en nuevas fuentes de empleo, en el abatimiento del subempleo, en bienestar para el trabajador y su familias, en mejores ingresos, como un esfuerzo que permitirá generar más riqueza, que repartirá generar más riquezas, que aumentará la competitividad del país internacionalmente para beneficiar a los trabajadores, a los empresarios y a los consumidores.
Reunión Nacional de Productividad
México, marzo 11 de 1980

La primera pregunta que nos hicimos en el Segundo Congreso de Filosofía en la Universidad Nacional de Lanús fue: ¿por qué y cómo pasamos de un Estado de Bienestar a un Estado de Malestar como el que la mayoría de los pueblos estamos viviendo no sólo en la Argentina sino en América Latina y quizás en el mundo entero?

Si nosotros creemos en el Estado de Bienestar, parecería que es el capital financiero que no tiene ni Patria ni comunidad propia y que no quisiera ser feliz a la comunidad.

En la Universidad Nacional de Lanús haremos el Segundo Congreso de Productividad Social a los sesenta y siete (67) años del Primer Congreso que hizo el peronismo antes del golpe de Estado contra Perón, porque seguimos creyendo en el bienestar o el “Estado de bienestar” como se llaman en otros países.

El filósofo Martin Heidegger sostenía que la técnica se había convertido en la metafísica de la edad moderna y una concepción de la verdad, según una determinada interpretación de lo existente, diciendo: “La metafísica funda una época al darle su configuración esencial mediante una determinada interpretación de lo existente y mediante una determinada concepción de la verdad.

La técnica maquinista en ella misma es una transformación sui generis de la práctica, de suerte que ésta la que reclama la aplicación de la ciencia matemática.

La técnica maquinista sigue siendo hasta ahora, el puesto avanzado más visible de la esencia de la técnica moderna, esencia que es idéntica a la de la metafísica moderna”1

Veamos ahora en qué se sostiene esta verdad tecnológica de nuestra época, y si ésta es escindible de la realidad social que la generó, cuando vemos la tergiversación de la verdad en mentira (fake news) y el armamento para la justicia ( lawfare) aunque sean palabras en inglés que la mayoría de nuestra comunidad no entiende o habla en inglés.

El 21 de Marzo en nuestro país el Presidente Perón inauguró el “Congreso de Productividad y bienestar social”, junto a la CGT y la CGE

Para nadie es ajeno ya, que cada modo de producción genera una superestructura política e ideológica tendiente a su subsistencia y reproducción.

Es así como desde el surgimiento del modo de producción capitalista, con la universalización generalizada de las mercancías, se ha intentado definir el concepto de productividad.

Dicho concepto sería a su vez la sustentación de diversos instrumentos de medición y cuantificación que permitieran verificar o constatar el grado de eficiencia y avance, no del conjunto de la sociedad, ni de los hombres y mujeres que se relacionan en el proceso de producción, sino del modelo de acumulación capitalista, escindiendo una variable “económica” del bienestar de la comunidad.

Los famosos índices de Laspeyres o de Paasche miden el valor creado con una determinada cantidad de insumos, ya sea en términos físicos o monetarios por una determinada unidad de producción o un conjunto de las mismas, ya sea por sector, o a nivel nacional.

Eso es realmente lo que miden.

Ya sea la cantidad de productos elaborados por una determinada cantidad de insumos o el beneficio que un determinado capital obtiene a través del proceso de producción.

Dichos índices, por lo tanto, no miden el beneficio que las personas trabajando, obtienen por haber creado más o menos valor, sino la cantidad de valor creado que será apropiado posteriormente por los dueños de los medios de producción.

No se toma en cuenta en qué medida las personas, únicos creadores de valor, se benefician de su propia creación, que será en última instancia la productividad real y social.

En dichas mediciones, basadas en claras concepciones del funcionamiento de las relaciones económicas, no como relaciones entre personas, sino como relaciones entre cosas, se cuantifican los insumos como factores de producción, tanto el capital como el trabajo.

Ahora bien, la producción desde el momento en que se comienzan a intercambiar los productos para la satisfacción de las necesidades sociales ha dejado de ser un hecho individual, como pudo haber sido en épocas muy remotas de la humanidad.

Más aun, cuando ya no sólo la distribución y el consumo se socializan a través del intercambio sino que la producción se realiza colectivamente y deja de ser un trabajo individual o artesanal para transformarse necesariamente en producción colectiva.

Dicha producción colectiva, sumada a la distribución y consumo colectivo, no se realiza ni se reparte de acuerdo a las necesidades sociales.

La producción en un sistema capitalista se ejerce con el fin de obtener mayores beneficios para el capital, y tampoco se da la distribución de acuerdo a las posibilidades que tiene el conjunto de la población de acceder a los productos.

Es lógico por lo tanto que la medición del nivel de productividad de una empresa se haga de acuerdo a la cantidad de “insumos” requeridos para producir determinado producto o determinada cantidad de valor.

Ya Ludwig Wittgenstein en su famoso “Tractatus”2, expresó que las proposiciones matemáticas servían para demostrar postulados no matemáticos, partiendo a su vez de proposiciones no matemáticas.

Con ello queremos decir, que la medición del producto en los términos tradicionales intenta quizás demostrar que el crecimiento de un país o de una empresa o sector a partir del supuesto en última instancia de que el crecimiento de los mismos trae aparejado automáticamente el progreso de la sociedad, los hombres que habitan dicho país o de los trabajadores que componen dicha empresa.

Esa concepción fue contradicha históricamente y ya hace muchos años que nuestra realidad nos demostró que si bien puedo crecer el Producto Interno Bruto, y las empresas pudieron elevar su productividad económica, cada vez son más agudas las contradicciones frente a la dramática situación en que viven las grandes mayorías y fugan a otros países su rentabilidad financiera.

Si la producción es creación colectiva, si las mercancías producidas no serían tales si no tuvieran valor de uso, y fueran distribuidas colectivamente, podemos decir que la productividad social no es una cuantificación física o monetaria del valor creado sino “el nivel de uso colectivo que tiene el producto creado colectivamente”.

Sería por lo tanto la apropiación del valor creado por los creadores. Producto social será el bienestar social que ha sido creado por los hombres y mujeres a partir de su trabajo, que no sólo se produjo colectivamente sino que su distribución ha sido socializada.

La productividad social será entonces la mayor o menor eficiencia con la que se producen y distribuyen los valores socialmente necesarios.

Veremos entonces que dicho nivel de eficiencia social está íntimamente vinculado con el tipo de propiedad de los medios de producción.

Y asimismo podremos comparar la eficiencia de las empresas de economía social que por su misma definición distribuyen el producto entre sus propietarios que son los trabajadores de las mismas.

Por otra parte, los valores socialmente necesarios, no sólo son los productos elaborados en la empresa sino el acceso a la educación, la vivienda, la salud, la nutrición, el empleo productivo, la participación y satisfacción en el trabajo, etc.

Todo ello coadyuva al bienestar social de los hombres, todo ello es verdaderamente lo que compone el producto social.

Con la aparición y utilización masiva de las máquinas se separaron las potencias intelectuales de las manuales, transformándose las últimas en factores de sometimiento del trabajo.

Este proceso se desarrolla a través de la incorporación de la ciencia al proceso de producción capitalista.

El conocimiento científico, transformado en técnica y objetivado en medios de producción apropiados individualmente se convierte en un factor de sometimiento de la fuerza de trabajo, se separa del trabajo, se divide el trabajo intelectual del manual y el conocimiento se convierte así en un instrumento de poder imprescindible para la reproducción de las relaciones sociales de producción.

Será verdadera la tecnología, si cumple con el fin de la producción capitalista.

Una técnica será mejor o más verdadera que otra, si su utilización genera más beneficios para el capital.

El criterio de verdad que subyace por detrás de la producción es el de la eficiencia económica y la maximización del beneficio del capital, pero ¿Por qué se opone la eficiencia económica a la productividad social y por qué se sostiene que en la realidad social en su conjunto, una empresa transnacional es más eficiente que una empresa cooperativa?

¿No es justamente porque el criterio de verdad ha dejado de ser el beneficio social para pasar a ser el beneficio privado?

Cada modo de producción que integra y hegemoniza la realidad social en su conjunto, genera o integra la superestructura ideológica que reproduce dicho modo de producción y o lo fortalece.

Cuando Adam Smith sostiene que la aparición de la división capitalista del trabajo se debe a su superioridad tecnológica ¿qué es lo que significa?

Si el modo de producción no fuera capitalista y no se sustentara en la maximización del beneficio privado, ¿no será superior una división del trabajo que no sólo entendiera a la producción de cada vez mayor mercancías a costa de un mayor esfuerzo de los trabajadores de la pérdida de control del proceso de trabajo y de la realidad social en beneficio de la centralización cada vez mayor de la producción y las decisiones?

Si el sistema de producción no tuviera como esencia la producción de las ganancias sino la satisfacción de las necesidades sociales, ¿no sería superior y más eficiente la empresa cooperativa que la empresa monopólica?

Sostenemos que cada modo de producción genera su propio criterio de verdad, su propia concepción de la esencia de la verdad.

En ese sentido, es a partir de que la técnica se incorpora a la producción capitalista, se universaliza imponiendo ritmos de trabajo, jerarquías, ajenidad del trabajador de su propio producto y de sus propias decisiones que se construye el criterio de verdad y por lo tanto de superioridad de la producción en esos términos, de eficiencia y rentabilidad económica- financiera.

Con el surgimiento de las máquinas se pueden incorporar mujeres y niños al proceso productivo.

La mecanización del proceso de trabajo y la automatización nacidas de la voluntad del hombre por dominar la naturaleza, se revierten sobre él mismo para someterlo.

La jerarquización de las funciones, poco tendrán que ver con las cualidades personales, físicas o intelectuales naturales para transformarse en un proceso de reproducción permanente de las relaciones sociales de producción.

La educación y el conocimiento es un mecanismo de reproducción social y en tanto tal, se encuentra inmerso en las relaciones sociales de producción.

Analizar la educación o el conocimiento separadamente del conjunto de las relaciones de poder, es erróneo.

Pensar que la educación es una variable independiente capaz de determinar el ascenso social de los individuos, significa desconocer el conflicto permanente entre capital y trabajo sobre el que se asienta la sociedad capitalista, así como los mecanismos que ésta genera para la reproducción social.

La educación, alimentación, vestuario o vivienda, influyen sobre la ubicación de los individuos en las relaciones sociales de producción, pero son éstas las que determinan la posibilidad de acceso social a dichos satisfactores para que se conviertan en medios o instrumentos de ascenso social.

Una vez observado que el criterio de superioridad tecnológica surge de las necesidades de un modo de producción que escindió el conocimiento convirtiéndolo en mecanismo de reproducción social, al incorporar masivamente la ciencia al proceso de producción, podemos entender por qué se dice que las dos medidas decisivas tomadas por el capital que despojaron al trabajador del control sobre el producto y el proceso de producción, no se debieron a razones de superioridad tecnológica, sino a las necesidades de reproducción del modo de producción capitalista.

A partir de la apropiación privada del excedente.

¿EL DETERMINISMO TECNOLÓGICO?

Hemos sostenido que cada modo de producción crea su criterio de verdad.

A su vez, dado que la ideología de las clases dominantes necesita una determinada división del trabajo y de la producción, el mito de la hipereficiencia capitalista se impone como ideología del conjunto de la sociedad.

Para imponer dicha ideología no sólo se vale de los instrumentos super-estructurales sino de los mecanismos de poder social generados a partir del conocimiento tecnológico.

Al respecto René Rodríguez Heredia3, explica cómo en el mundo de la ciencia y la tecnología, la ideología dominante es una teorización de lo existente considerado como necesario.

La organización de la sociedad y de las relaciones sociales de producción no parece ser otra cosa que el resultado inevitable de los procesos tecnológicos.

El hombre queda sometido de esta forma a la máquina.

No es de extrañar por lo tanto que los procesos educativos estén dirigidos fundamentalmente a satisfacer las necesidades industriales.

Sin embargo, la reproducción anárquica del capital no satisface las necesidades humanas y por lo tanto la planificación de la sociedad hecha en función de las necesidades tecnológicas, se encuentra posteriormente con los problemas graves que aquejan a las sociedades, como son niveles de desempleo imposibles de abatir, insatisfacción de las necesidades básicas como alimentación, salud, vivienda y educación y por supuesto imposibilidad de participación en las decisiones por parte de las mayorías.

La concentración del capital financiero, a su vez objetivada en concentración de la tecnología y concentración industrial, se refleja en la identificación de la tecnología con el poder social.

Al respecto, Ugo Spirito sostiene que la ciencia y la técnica exigen el fin de la democracia, puesto que al tener como fundamento la especialización y competencia, los hombres deben transferir a la esfera pública sus cualificaciones y no pueden allí ser iguales.

La ciencia, concluye Cerroni citando a Spirito4, exige la competencia y la competencia está reñida con la igualdad política y con la democracia.

¿Es inevitable planificar el desarrollo económico a partir del presupuesto del determinismo tecnológico?

En América Latina cualquier país que busque el bienestar de su pueblo recibe muchos epítetos cuando no atacan la democracia a través de golpes de Estado.

Si la planificación está monopolizada por los que sustentan el poder social a partir de la concentración del capital existente y de la concentración tecnológica, podríamos decir que no existen alternativas.

Sin embargo, las relaciones de poder no son inalterables.

Las clases populares pugnan permanentemente por una mejor redistribución del ingreso y por una mayor participación en el bienestar social y en las decisiones nacionales.

Los Estados reflejan a su vez la relación de fuerzas y las contradicciones existentes en la sociedad.

En América Latina se han hecho distintas experiencias de organizaciones participativas, e incluso de promover un Sector Social de la Economía que fuera eficiente, dentro de la economía capitalista.

La participación de los trabajadores en las decisiones sobre el proceso de trabajo, en las decisiones tecnológicas y progresivamente en la política empresarial, sectorial y nacional, implicaría necesariamente una política dirigida a satisfacer las necesidades sociales puesto que serían las de ellos mismos.

La productividad social sería mucho más factible

En la productividad social por lo tanto debemos incorporar hasta qué punto la producción de la empresa:

1. Produce bienes socialmente necesarios;
2. Permite la participación de los trabajadores;
3. Mejora la educación de los trabajadores y sus familias;
4. Mejora la salud de los trabajadores y sus familias;
5. Genera más empleos para la comunidad;
6. Brinda satisfacción en el trabajo;
7. Da acceso a los trabajadores a viviendas dignas;
8. Crea programas de cultura y recreación para la comunidad;
9. Eleva los niveles de ingreso y por lo tanto el acceso al consumo en los trabajadores;
10. Abarata los precios para la comunidad;
11. Produce con buena calidad.

Al sostener que la productividad social tiene que ser concebida como la eficiencia para producir y distribuir los bienes socialmente necesarios estamos sosteniendo por lo tanto, que no se deben confundir las necesidades esenciales con la demanda efectiva.

Agnes Heller5 nos advierte al respecto que es a partir de la división del trabajo que se dividen también las necesidades; la posición de las necesidades en la división del trabajo determina la estructura de las necesidades o por lo menos sus límites.

Entender los bienes socialmente necesarios, no como demanda efectiva, es entenderlos como valores de uso y no directamente relacionados con valores de cambio.

Sólo en la sociedad de productores asociados podrían entenderse las necesidades no sólo como bienes materiales sino como bienes repartidos de acuerdo a objetivos sociales.

Es imprescindible distinguir las necesidades naturales de las socialmente producidas – continúa Heller- puesto que el modo de satisfacción cambia la necesidad misma y por lo tanto, socializa las necesidades naturales.

Sin embargo, las necesidades naturales no son un grupo de necesidades sino un concepto límite que difiere social e históricamente.

En las sociedades capitalistas altamente desarrolladas, quizás las necesidades naturales como concepto límite han sido satisfechas socialmente.

Sin embargo, en las sociedades periféricas, los patrones de acumulación de capital asumidos nacionalmente, unidos a la secular dependencia económica y tecnológica, determinaron la aparente paradoja entre la inserción de tecnologías altamente productivas y la marginalización cada vez mayor de las grandes mayorías, de los frutos del progreso técnico.

Es así como surgen como propuestas tendientes a contrarrestar dichas situaciones, las estrategias del desarrollo centradas en la satisfacción de las necesidades esenciales y el intento de promover un nuevo orden económico internacional.

Por otra parte, la rentabilidad como norma objetiva del mercado mundial y obligatoria para la subsistencia de la propia competencia capitalista, dificulta la aplicación concreta de otro criterio de productividad, limitando así las posibilidades de los países dependientes para contrarrestar los efectos negativos que el distinto nivel de desarrollo de las fuerzas productivas impone a nuestros países.

Sin embargo, es posible cambiar el criterio providencialista de las necesidades esenciales asumido hasta el momento por la concepción que entiende que estas necesidades constituyen un derecho humano fundamental.

Su satisfacción será sólo posible si se atacan las causas verdaderas de la creciente marginalización de las grandes mayorías y que se expresa al nivel estructural como la incapacidad de nuestros países de absorber cada vez con mayor productividad la creciente oferta de trabajo.

Es así como el subempleo y el desempleo, que implican la creciente marginalización de las grandes mayorías, es en los países dependientes fundamentalmente consecuencia directa de la arbitraria asignación de recursos por una parte, y de la apropiación de los frutos del progreso técnico por parte de los estratos superiores, por otra.

La voluntad de elevar la productividad no debe desligarse del contexto social en el cual se promueve.

Los criterios economistas de rentabilidad del capital, deben dejar paso a los criterios que buscan la satisfacción de las necesidades esenciales, cuya posibilidad concreta residirá en la asignación de recursos destinada a la generación permanente de empleos productivos.

La generación de empleos se vincula de manera fundamental a las opciones tecnológicas existentes, que en nuestros países, caracterizados ya por una heterogeneidad estructural, deberán combinar de acuerdo a las necesidades nacionales, tecnologías de punta, tecnologías de segunda mano, intermedias y tradicionales.

Dicha opción tecnológica deberá ir acompañada obviamente por la progresiva capacitación de la fuerza de trabajo que no accede espontáneamente a niveles de complejización tecnológica.

Por lo tanto las opciones tecnológicas deberán tener en cuenta no sólo a las necesidades concretas de generar empleo, sino las características particulares de la estructura productiva y de la calificación de la fuerza de trabajo.

Cuando hablamos de productividad social, estamos buscando un proceso de democratización que exigiría la elevación del ritmo de acumulación de capital modificando el régimen distributivo y posibilitando la absorción del permanente incremento de capacitación de la fuerza de trabajo cada vez más productiva.

Al respecto, Prebisch6explica cómo en nuestros países el aumento de la productividad no se da paralelamente al crecimiento del ritmo de acumulación de capital y a las posibilidades de absorción de la fuerza de trabajo.

La propiedad de los medios de producción determina para él la arbitrariedad distributiva y la captación del excedente por los estratos superiores.

Esa arbitraria distribución determina a su vez la arbitrariedad de la asignación de recursos, entre los cuales podemos citar el efecto del capitalismo imitativo que genera necesidades suntuarias así como la extracción de excedente por parte de los países centrales y la fuga de los capitales financieros.

A su vez, dichos fenómenos inciden en el ritmo insuficiente de acumulación de capital que permite la penetración tecnológica desplazando fuerza de trabajo e insertando capas técnicas de productividad cada vez mayor, que desplazan a las de menor productividad exigiendo calificaciones nuevas a la fuerza de trabajo que ya se encuentra fragmentada.

Si entendemos de esta forma la insuficiencia dinámica de nuestros países, producto de la insuficiente acumulación de capital, de la utilización de formas técnicas inadecuadas, de la imitación en términos de consumo o inversión y la incapacidad de absorción con productividad cada vez mayor del incremento permanente de fuerza de trabajo, podemos entender que el problema de la elevación de la productividad no puede desvincularse del contexto social y por lo tanto es necesario evitar que su aumento se desfase del creciente ritmo de acumulación de capital y las posibilidades de absorción de fuerza de trabajo.

De esta forma entendemos que la productividad social debe concebirse como la forma de revertir la insuficiencia dinámica de los países cuyas características hemos expuesto.

Si insertamos el problema de la productividad en el desarrollo social, podemos definir lo que es productividad social, utilizando ya no el criterio de rentabilidad, sino el de satisfacer las necesidades sociales produciendo y distribuyendo eficazmente los bienes sociales necesarios.

La productividad social por lo tanto, es requisito fundamental para la democratización social asentada sobre el derecho al trabajo.

El derecho al trabajo conquistado a través de la productividad social, será el medio para la satisfacción de las necesidades esenciales y por lo tanto condición necesaria para el libre desarrollo de las personas.

En la medida en que eso se logre, se corregiría la distribución regresiva del ingreso y se lograría una racionalidad distributiva.

A su vez, la distribución racional posibilitaría la asignación de recursos racionalmente, que genera permanentemente empleos productivos, que limitara el capital transnacional y monopólico y que atendiera a las necesidades sociales.

Dichas medidas favorecerían el crecimiento del ritmo de acumulación de capital y permitirían establecer cuáles son las verdaderas opciones tecnológicas nacionales que se incorporarán de acuerdo al desarrollo social y a la estructura de la fuerza de trabajo, paralelamente a la capacitación de la misma y combinando las opciones para poder absorber con productividad cada vez mayor la fuerza de trabajo.

La planificación realizada bajo el criterio de productividad social debería por lo tanto lograr que la elevación de la productividad fuera paralela al ritmo de acumulación y a las posibilidades de absorción de fuerza de trabajo.

Sin absorción de fuerza de trabajo a partir de la creciente productividad social y la capacitación, no hay posibilidades de concretar el derecho al trabajo y por lo tanto, tampoco existirán posibilidades de satisfacer las necesidades esenciales.

La opción de la planificación en América Latina será o creciente marginalización de las grandes mayorías e insuficiencia dinámica de la economía nacional, lograr una mayor justicia social y satisfacer las necesidades básicas del conjunto de la población, es la precondición de la libertad humana.

Las organizaciones sociales para el trabajo, adquieren en esta perspectiva una especial relevancia, puesto que al mismo tiempo que ejercen la democracia económica en su interior, producen bienes socialmente necesarios y su criterio no es el de maximización del beneficio privado.

Las organizaciones sociales para el trabajo (cooperativas, empresas autogestionarias etc.) que no persiguen fines de lucro, generan dentro de ellas y en su entorno, un cúmulo de beneficios materiales y sociales que no generan las empresas privadas y a su vez demuestran la posibilidad de los trabajadores de participar en las decisiones y en el producto buscando el desarrollo económico conjuntamente con la justicia social.

Por eso, Perón sostenía que “la cooperativa en la solidaridad humana representa la más trascendente y fundamental de todas las instituciones”, es “la única que nos puede ayudar para barrer definitivamente los monopolios” y que son las “unidades básicas justicialistas para la organización nacional de la producción, la industria y el comercio, “son unidades de acción económica que realizan el acceso de los hombres que trabajan a la posesión total del instrumento y del fruto de su esfuerzo”7

¿POR QUÉ NO PODEMOS TENER UN ESTADO DE BIENESTAR EN NUESTRA AMÉRICA?

Mujeres son las nuestras
AJ/
NOTAS:
1 Martin Heidegger: Sendas perdidas, Losada, Buenos Aires, 1972
2 Wittgenstein, Ludwig: Tractatus Logico-Philosophicus, Altaya, 1994, Barcelona
3 Rodríguez, Heredia, René: “La gestión democrática y el incremento de la productividad: contra el mito de la hipereficiencia capitalista”, en La autogestión en América Latina. ESAN, Lima, 1978. 4 Cerroni, Umberto: Técnica y Libertad. Edit, Fontanella, Barcelona, 1973.
4 Cerroni, Umberto: Técnica y Libertad. Edit, Fontanella, Barcelona, 1973.
5 Heller, Agnes: The concept of need in Marx. Edit. Motive.
6 Prebisch, Raúl: Crítica al capitalismo periférico, Revista de la CEPAL, 1er. Semestre, 1976.
7Jaramillo, Ana ( comp): Cooperativismo y Justicialismo, EDUNLA, 2012, Lanús, Pcia. de Bs.As, Argentina