Martin Heidegger afirma que la poesía es el más inocente de los juegos: “es como un sueño, pero sin ninguna realidad"

EL CONJURO DE LA TRINIDAD

Por Jorge Dorio*

Estructurado bajo la figura clásica de la trinidad, La evolución de octubre reescribe la historia circular de nuestra comunidad política.

El conjuro de la Trinidad

 

“Nada hay más verbal que la carne”

Pierre Klossowski

Por Jorge Dorio

NAC&POP

20/10/2021

Martin Heidegger afirma que la poesía es el más inocente de los juegos: “es como un sueño, pero sin ninguna realidad, un juego de palabras sin lo serio de la acción”.

Ssin embargo, anida en ella un riesgo: “el lenguaje poético –nos recuerda– encierra el más peligrosos de los bienes”.

¿De qué riesgo se trata si hablamos de palabras y de juego sin más vínculo con lo real que la expresión diferida?

El pensamiento es quizá una práctica riesgosa si condesa lo no dicho, si se propone recorrer sentidos silenciados por los discursos oficiales, si recupera el mito fundacional plebeyo de nuestra patria, si crea sentidos más allá de lo establecido.

Jorge Dorio hace de su decir poético el lugar de búsqueda de un destino común, de erudición y, al mismo tiempo, de exceso: una experiencia soberana que elige vivir como se escribe y escribir como se vive.

Estructurado bajo la figura clásica de la trinidad.

La evolución de octubre reescribe la historia circular de nuestra comunidad política.

Una ontología de la negritud puede leerse en “Lo negro”: “Los nosotros aquellos/éramos parte de lo inmenso, el mundo/nuestro inmenso pero manso/como las fieras más voraces/con sus crías”.

Un nosotros sin rostro, vidas que no serán nombradas hasta la irrupción del 17 en nuestro calendario, injusticias que esperan redención (nunca definitiva, siempre provisoria) son algunas de las marcas que están presentes en “El campo nacional”, el primer capítulo, que oficia como haz de representaciones del mito.

El relato mítico narra un acontecimiento que tuvo lugar siempre en el tiempo primordial, en el momento fundacional de la historia.

Por eso mismo, pertenece, por definición, al ámbito de lo sagrado, el lugar en el que se inician los relatos que sostendrán la legalidad del cosmos y las prácticas humanas.

En términos de Dorio, se trata de “El tiempo de antes”: “Antes del tiempo, tempranera/fue la emulación precoz de lo que había en la vereda/opuesta de la mar.

Una manera del amar sentido como mímesis/ como cruzada de unos niños/empeñosos y serios, extraviados/en performances chuscas (niños envueltos en hábitos de grandes.

Trazos de tizne por bigotes, ropas colgantes, zapatones).”

El mito, dicen los diccionarios de las religiones, es la expresión de un secreto guardado en los orígenes de un pueblo.

Desde entonces, en torno suyo fulgura un peligro y se opone a la supuesta claridad de la razón que busca traducir ese riesgo en el lenguaje instrumental de las certezas.

La evolución de octubre expresa un decir sobre el origen y el fin de nuestra comunidad y para ello se vale de las herramientas que conforman el relato mítico: trae a la presencia un sentido perdido, intenta reconstruir los decires de un pueblo en su integridad esencial y se compone de tres momentos.

La primera fase es experiencia simbólica, despertar del espíritu y celebración de los cuerpos; la inocencia de los primeros nombres y la agitación humana en el centro de un universo aun incomprendido.

El segundo momento –el que le da título al libro– es la expresión mítica: la palabra que reclama su encarnadura en el líder; el líder que reconoce a la masa innominada; hasta Dios mismo tiene que admitir que “Hay poco nombre para tanta cosa nueva”.

Finalmente, llega la celebración ritual, el “Camposanto”: eros y tánatos juegan su última partida.

No hay unidad gozosa que tranquilice nuestra existencia.

El rito asume la forma de un sacrificio y hace estallar el mundo profano de las actividades humanas.

En “Boceto” se lee: “Todo hombre que aún vive está incompleto” y “No hay ventaja mayor en el que ha muerto/que la de uncir al silencio la huella de su voz”.

Las potencias que el mito anunciaba parecen realizarse, el destino parece cumplirse y, sin embargo, el rito repliega las alas y es necesario recomenzar.

En términos de Georges Bataille, la poesía “es parecida a la llama de la lámpara: lo que la llama consume es la vida, pero la llama es vida en la medida en que es muerte, en la medida en que justamente se muere, como la llama agota la vida al arder”.

Dorio intenta correr el límite entre la vida y la muerta; en la temporalidad circular, no hay antes ni después, hay un ahora que se parece bastante a eternidad: un tiempo esperando se redención.

Entre Homero, Forgwill, Marechal, Borges, Martín Fierro y Eliot (por citar algunos actores de la puesta en acto del mito), Dorio recrea ese verbo que es doctrina, esa finalidad encarnada en el alma colectiva de la comunidad llamada Peronismo.

El pensar poético se convierte así en una actividad riesgosa, la donación de una existencia impensable sin aquello que está más allá de las palabras, es decir, el cuerpo común y las afecciones que forman el nosotros.

Y ese decir es el de Jorge Dorio, un yo que –como los grandes mitos– se pronuncia siempre en la primera persona del plural.