¿Pelotitas de golf? preguntó ¡yo sé dónde hay pelotitas de golf!

PIBES CHORROS…

Por Luis Crespo*

Una tarde, mientras ayudábamos al casero de una de las quintas a ordenar un galponcito de herramientas, encontramos una antigua bolsa de palos de golf ¡en muy buen estado! con sus hierros y maderas completos.

por Luis Crespo

NAC&POP

18/10/2021

Teníamos una quinta.

En el lugar había tres o cuatro más, una de ellas ocupaba un par de hectáreas.

En los alrededores se encontraban muy pocas casas, el predio muy grande del club y, el resto … campo.

A casi un kilómetro, una capilla de madera y, cerca de allí, una montaña de leña junto a una construcción con techo de paja donde elaboraban el pan.

Una tarde, mientras ayudábamos al casero de una de las quintas a ordenar un galponcito de herramientas, encontramos una antigua bolsa de palos de golf ¡en muy buen estado! con sus hierros y maderas completos.

Al día siguiente, casi sin hablarlo, estábamos preparando, en una de las propiedades, un circuito de hoyos para practicar el distinguido deporte.

Todos los detalles, hasta los banderines, se confeccionaron con gran prolijidad.

Alguien se ocupó de preparar planillas y todos se anotaron, rápidamente, para competir en un torneo.

Había que empezar por practicar los distintos golpes antes del juego formalmente organizado.

Fue entonces cuando se presentó el “pequeño inconveniente”: ¿y las pelotitas?

¿Quién sabía dónde estaban las pelotitas?

Carlos recordó que las bolsas de los palos solían guardarlas en algún bolsillo lateral así como los “tees”.

Éstos son unos pequeños accesorios con una punta para clavarlos en la tierra y, en el otro extremo, una concavidad donde se apoya la pelotita a fin de que tenga una pequeña separación del césped antes de propinarle cada palazo.

El entusiasmo hizo que, en forma inmediata, varias manos se chocaran revolviendo cada rincón de la bolsa hallada.

Hubo un momento de alegría al aparecer, por una de las aberturas, un puñado de los descriptos “tees” (que, por las dudas, se pronuncian “tíis”, of course).

Segundos más tarde se pudo ver el pequeño cuerpo esférico tan ansiado.

He usado el singular, inevitablemente, por tratarse de UNA pelotita.

Una antigua y triste pelotita de golf cuyo “inconveniente” consistía, además de ser única (con lo cual se frustraba bastante el afán competitivo), en que, el carácter de antigua y triste lo demostraba su deteriorada condición anatómica: no solo carecía de la esperada blancura sino, también, de una porción de su pellejo, dejando ver las vísceras compuestas por una maraña de banditas de goma prestas para una autosuficiente destrucción.

Debo decir que la imaginable desesperación fue muy contenida sin dar muestras emocionales ni expresiones inaceptables, como no fuera el compartido silencio y las miradas hacia el suelo.

Ideas surgieron, no digo que no.

Pero viajar a la Capital solo para comprar pelotitas de golf fue unánimemente desoído.

Eso, sumado a opiniones negativas sobre la escasez de esos materiales en ese momento y al conocimiento de diversas dificultades, solo lograban aumentar el desánimo.

Hasta que apareció Peter, hijo del viejo alemán quiropráctico y dueño de una de las quintas y de dos yeguas que nunca faltaban en nuestras cabalgatas.

¿Pelotitas de golf? preguntó ¡yo sé dónde hay pelotitas de golf! y todas las miradas convergieron en sus celestes ojos.

Se sentó en el centro del grupo y explicó.

El club vecino contaba con hermosos links de golf donde, sobre todo en los fines de semana, muchos socios disfrutaban del juego.

Como consecuencia, era común que, con frecuencia, errados tiros hicieran que los jugadores perdieran pelotitas que pasaban por sobre el cerco de alambrado y plantas y cayeran en los alrededores.

De tal modo, como el club estaba rodeado por un angosto camino mejorado más allá del cual el terreno tenía una suave depresión para permitir el drenaje los días de lluvia, con un césped algo largo pero siempre prolijamente cuidado, no era raro que las deseadas esferitas fueran a quedar escondidas en esa franja.

Fué escuchar la explicación y organizar la búsqueda para el día siguiente.

Por la mañana comenzamos la recorrida.

Era una verdadera “peinada” de aquellos declives arrastrando, lentamente, los pies por el mullido pastito mientras el sol empezaba a picar.

De pronto, mientras todos iban callados y concentrados, pisé algo duro.

Pensé en una piedra y traté de reconocer el objeto a través de la fina suela de goma de mi calzado.

Quedé erguido y pensativo.

Me emocionaba la posibilidad de ser el que encontraba un principio de solución al problema o, al menos, el primero en hallarla.

¿Qué debía hacer?

¿Dar gritos de alegría?

¿Mantener el suspenso hasta confirmar el hallazgo?

¿Recoger el objeto y guardarlo hasta decidir el comportamiento más heroico o divertido?

Esa era mi situación y posición mientras el resto seguía avanzando.

Y seguí así, con más razón al oír esas voces fuertes, incomprensibles “¡Ahí! ¡ahí!” decían “¡fue por ahí!”

Alcé la vista y vi, en el campo del club, un señor con una gorra y un guante, una señora de anteojos negros y un hombre joven con una bolsa de palos de golf colgando de un hombro.

Yo … rígido.

“Cayó por ahí” insistió el hombre “¡Andá!” ordenó.

El muchacho descargó la bolsa apoyándola cuidadosamente en el suelo mientras no me sacaba la mirada de encima y mi rigidez se transformó en temblor.

“¡Andá!” le repitió “Yo los conozco.

Andan por ahí robando” agregó.

Me di cuenta que el joven era más grande y fornido de lo que me había parecido.

Lo noté cuando, agilmente, saltó el cerco, bajó a toda velocidad el terraplén, cruzó el caminito, me tomó por el cuello y me arrojó a un par de metros de distancia haciéndome golpear espalda y cabeza contra el piso.

Metió la mano en el pasto donde había estado mi pie y … la alzó como un trofeo ¡blanca! ¡muy blanca! ¡muy brillante!

“Ha visto” vociferaba el hombre de la gorra “¡LADRÓN!” “¡es un LADRÓN!”

La mujer, adelantando amenazante el hombro y con los lentes oscuros entre la punta de sus dedos, repetía “¡LADRÓN!”

No podía levantarme del suelo … solo tenía siete años.

LM/