El amor que redime a la limosna de la carga de injusticia que lleva implícita. Y

LA REDENCIÓN POR EL AMOR.

Por Jorge Torres Roggero

Yo la vi besar enternecida al leproso, al tuberculoso. La vi hermanar su corazón con el del pobre, compañera del pobre, por más que sus joyas,  trapos, y poder político, la llevaran lejos de la pobreza.

Por Jorge Torres Roggero

NAC&POP

12/10/2021

El Padre Hernán Benítez (cordobés, tulumbano) fue  consejero y confesor de Evita y la urna inviolable de todos sus secretos.

Fue expulsado de la Compañía de Jesús porque prefirió ser leal a Eva Perón, Juan Perón y al pueblo.

Militó fervientemente la Resistencia y padeció persecución y calumnias de las dictaduras oligárquicas.

Los convido con esta emocionante semblanza.

Así la recordaba en un discurso que pronunciara en la CGT, en noviembre de 1982:

“…Yo la vi derrochar amor a los necesitados.

El amor que redime a la limosna de la carga de injusticia que lleva implícita. Yo la vi abrazar estremecida de pasión al harapiento y llenarse de piojos y liendres.

Yo la vi besar enternecida al leproso, al tuberculoso, al canceroso. Yo la vi hermanar su corazón con el corazón del pobre, compañera del pobre, por más que sus joyas, sus trapos, su poder político, la llevaran tan lejos de la pobreza.

Su lucha social no era una engañifa para que los hambrientos se resignaran al hambre y prosiguiera institucionalizada en el mundo de la injusticia.

…La fundación de su nombre no la hizo con el dolor ajeno como el millonario hizo los millones.

La hizo con dolor propio, como la madre hace sus hijos.

Si sus aciertos fueron más o fueron menos que sus errores, ¡que la juzgue Dios!

Pero es evidente que no por sus errores, sino por sus aciertos la amó el pueblo apasionadamente, tan apasionadamente como, por esos mismos aciertos y no por sus errores, la odió el anti pueblo.

Ella no comprendía que pudiera apellidarse cristiana una civilización que año a año condena a morir de hambre a ochenta millones de personas, en las que dos tercios padece desnutrición y el 15% posee y goza de más bienes que el 85 restante.

Incomprensible estado de injusticia social luego de dos mil años de predicación del evangelio…

Los “Derechos Humanos” no eran para Eva Perón un rosario de bonitos apotegmas ni de quiméricos ensueños.

La defensa de esos derechos, cuando va de veras, importa un compromiso existencial.

Importa una toma de posición, importa una lucha cotidiana por un orden más justo.

Ella no comprendía pudieran defender de verdad los derechos humanos quienes usufructúan gozosos los privilegios de la sociedad individualista y liberal.

La defensa de los derechos humanos desde la vida fastuosa, la mesa regalada, la mansión suntuosa, le parecía insulto cruel al pobre, a Cristo, al Evangelio.

Su indisimulada enemistad a las castas privilegiadas: oligarcas, jerarcas militares, altos prelados eclesiásticos, le nacía de no poder conciliar en su cabeza y menos en su corazón que quienes con las palabras defienden la igualdad y la fraternidad entre los hombres la nieguen flagrantemente en sus vidas.

Este comportamiento dual, bifronte, de mascarada, la sacaba de quicio provocándole soflamas cargadas de virulencia. Sólo un santo supo entenderla -no puedo recordar el hecho de que fui testigo sin conmoverme- “Siga, señora, en su lucha por los pobres.

Pero no olvide que esa lucha, cuando se emprende de veras, termina en la cruz.”

Quien así la aconsejó era un anciano bonachón a quien la Nunciatura de París no ocultaba su humildad de labriego de Sotto il Monte.

El presagio se lo hizo a Eva Perón, en agosto de 1947, cuando era Nuncio Apostólico, quien después sería el Papa Juan XXIII, el bueno…”

 

*Jorge Torres Roggero en  «EVA Y JUAN. LA LEY DEL CORAZÓN»