Aquello que la política -hoy política de derecha- condena como “progresista”, apunta a liquidar en realidad a unos saberes profundos sobre el sometimiento de las mayorías.

MATAR AL PROGRESISMO

Por Diego Sztulwark

Diego Sztulwark sostiene en este artículo que la reacción más visible del campo de la política – hoy política de derecha, afirma Sztulwark – fue identificar al progresismo como la causa de la derrota electoral del gobierno en las PASO, como si la derrota fuera expresión de los límites del progresismo y no de la radicalidad de la crisis neoliberal agudizada por la pandemia.

 

 

 

Por Diego Sztulwark*

(para La Tecl@ Eñe)

29 de septiembre de 2021

 

 

  1. Consenso. Hay consenso creciente en liquidar al progresismo. En la medida en que se presenta como un discurso de poder separado de la fuerza y una infatuación, un hecho retórico de estado sin voluntad de transformación, el progresismo se reduce a cinismo: gestiona y justifica el orden injusto que dice repudiar. Como lógica discursiva, y centinela de lo políticamente correcto, el progresismo se torna despreciable en su modo fofo de (no) creer en lo que plantea, hace de la crisis una consigna vacía y de la organización popular un decorado.
  2. Expiación. El primer efecto visible de la derrota electoral del gobierno en las últimas PASO de septiembre consistió en identificar, en el progresismo, un chivo expiatorio. El progresismo es un culpable ideal. Su manera escandalosa de banalizar la crisis funciona como explicación cómoda para una derrota que revela problemas bastante mas profundos. Como si la derrota fuera expresión de los límites del progresismo y no de la radicalidad de la crisis. Culpar al progresismo de la derrota forma parte de una operación política de mayor magnitud, que consiste en sustituir, desplazar, la relación entre causa y efecto. La crisis ya no es la causa de la derrota, sino la derrota causa de una crisis. De este modo, la derrota se torna asimilable por medio de un discurso del orden. Es natural que el progresismo sea culpabilizado, puesto que en él se producía ya el desdén por la conexión entre hechos e ideas. Lo que resta de la campaña resulta previsible: una disputa de las derechas -la conservadora, la libertaria y la peronista- por saldar la crisis política sin rozar aquello que la profundidad de la crisis nos fuerza a pensar: la puesta en funcionamiento de prácticas de organización popular.
  3. Impensado. Al problema central de la agudización de la crisis (crisis neoliberal mas pandemia), se le adosa -con ademán populista acérrimo- un diagnóstico reaccionario extremo. Ahí donde la crisis es disolución de igualdades, se plantea la crisis como ausencia de autoridad. En lugar de redistribución, se ofrece contención. Las elecciones en curso se convierten así en un torneo en el que se trata de decidir quién corporiza mejor al Partido del Orden. Los nombres emergentes más obvios, Milei el libertario -que trastoca la idea de libertad como desafío con libertad con el libre flujo de la moneda-, y Manzur el gobernador de lo “territorial” -con su concepción patrimonialista del territorio, que registra la población como dato natural del territorio sobre el que se ejerce señorío. Los nombres pueden ser efímeros, la pulsiones que ponen en juego no.
  4. Reacción. Asumir la naturaleza (neoliberal) de la crisis despeja un campo de comprensión diferente, en el que se delimitan con precisión las diferencias entre discursos progresistas y prácticas de contrapoder. Esta distinción estratégica es la que queda bloqueada en el discurso de la política, para la que toda práctica igualitaria es “antipolítica”. Para la política, toda crisis es en última instancia resultado de una insuficiencia de gestión y/o de comunicación. ¿Cuál sería el problema con el progresismo? Gestionar para minorías y no para mayorías. Esta lectura expresa una peligrosa voluntad de borramiento de toda voluntad igualitarista, rozando lo fascista. Es una declaración de guerra a todo aquello que los feminismos, las organizaciones de derechos humanos y las luchas de trabajadores precarios vienen planteando como comprensión de lo popular en movimiento. Son tres los enunciados que se nos privan: la historicidad de las luchas; el carácter estructural e insoportable de la violencia neoliberal y la necesidad de crear un lenguaje sin complicidades reaccionarias, para elaborar una política popular -tendencial e inevitablemente- anticapitaslita.
  5. Saberes. Aquello que la política -hoy política de derecha- condena como “progresista”, apunta a liquidar en realidad a unos saberes profundos sobre el sometimiento de las mayorías. Lo que se pretende borrar es un conjunto de razonamientos persistentes en la organización popular, del tipo: no hay derechos humanos sin denuncia de la apropiación/desposesión genocida de las riquezas; no hay feminismos populares sin una denuncia de la relación entre patriarcado y acumulación neoliberal; no hay ambientalismo político sin una crítica de la privatización suicida de la naturaleza común; no hay perspectiva colectiva del trabajo precariado que no sea ya un retrato vivo y encarnizado de los modos postmodernos de explotación. Si el progresismo trivializa estos saberes al tratarlos como “minoritarios”, evidenciando su profunda miseria, las derechas encuentran ya la mitad del trabajo hecho. Sólo les resta invertir la valoración. Mostrar que esos valores son nefastos para el orden. Es imposible responder a este estado de cosas sin partir de premisas radicalmente otras.
  6. Contra-narración. Lo preocupante del momento no es el triunfo de una representación conservadora de la crisis, ni su crítica reaccionaria del progresismo, sino nuestra incapacidad (colectiva) para encarnar narraciones políticas sobre la naturaleza de la crisis (y por tanto, también, sobre la auténtica miseria del progresismo que las derechas heredan). Hacerlo implica enfrentar el abrazo de la reacción religiosa, el oportunismo de las burocracias y los intereses de conjunto del bloque en el poder, que se beneficien desacreditando toda contra-narración por medio del recurso de la pobreza y de lo popular. Un piramidal populismo encarnizado que escamotea desde las alturas la comprensión de la situación.
  7. Oportunismo. Bajo la apariencia de una reacción pragmática, la política trafica balances conservadores de luchas nunca dadas. Cada “movimiento táctico” viene acompañado de una evaluación implícita sobre las relaciones de fuerza y sobre las cuerdas que hay que tocar o silenciar para retomar la iniciativa. Sean los “libertarios”, fascinados con un “cavallismo” revivido, o los adoradores -no siempre confesos- del alma conservadora del peronismo -sin la cual no hay Cavallo posible-, la política Argentina se aproxima al desfiladero más peligroso en el que se devalúan los ingresos y los salarios, la capacidad crítica ante los privilegios y las jerarquías y, en el extremo -y de modo correlativo-, la entera materialidad subjetiva de resistencia y transformación que ya hace veinte años dijo “basta” con toda claridad, sin que su mensaje -considerado “antipolítico” por la política antipopular que es la más extrema antipolítica- haya sido procesado.
  8. Ajuste. Se discute si la derrota electoral del gobierno se debe a algún tipo de restricción económica o ajuste en un escenario de la crisis más la pandemia y de acuerdo con el FMI. Lo que la discusión muestra, ante todo, es que sólo la derrota electoral vuelve pública y tangible las discusiones estratégicas. Si el balance de la derrota indica una distancia entre el gobierno y parte de su base, es porque fue esa base misma la encargada de cuestionar la pobreza del formato político de estos últimos años. En otras palabras: ni la unidad por arriba -del peronismo-, ni el discurso del antimacrismo tal y como se lo practica, alcanza a satisfacer al votante del FdT de 2019, porque el gobierno no cumplió con su programa básico de la defensa y recuperación de ingresos y salarios. Las razones por las cuales esto no se discutió en público antes, ni hubo manifestaciones colectivas organizadas contra este estado de cosas, no se reducen a la pandemia. Incluyen un estado de cálculo permanente y obediencia comunicativa que ya había sido ostensible durante el desalojo de Guernica.
  9. Marx. La idea de que el pueblo debe ser educado supone la pregunta -formulada por Marx- sobre quién educa al educador. La pedagogía reaccionaria que se despliega abiertamente en estos días actúa como operación de pinzas, con la intención inútil de hacernos olvidar la pulsión democrática que nos arrojó a las calles una y otra vez todos estos años. No fue la política del gobierno la que fracasó, no fue la política de la oposición la que triunfó. La elección fue una expresión más de la crisis. Y la crisis necesita expresiones nuevas: crisis como educadora, eso es lo que está en cuestión.

 

Buenos Aires, 29 de septiembre de 2021.

*Investigador y escritor. Estudió Ciencia Política en la Universidad de Buenos Aires. Es docente y coordina grupos de estudio sobre filosofía y política.