Cada día, Miguel pasaba por el lugar con mayor lentitud hasta que, varias veces, llegó a detenerse sin importarle la molestia que ocasionaría a aquel vecino sentirse espiado por un desconocido.

LIMONERO

Por Luis Crespo

Solo veía su costado derecho y, a veces, parte de su espalda. Tampoco podía saber cuáles eran sus expresiones porque además de esa posición, tenía una gorra vieja y grande medio ladeada, así como una camiseta blanca tapada por una camisa de frisa que llevaba siempre abierta. ¿Qué extraño rito llevaría a cabo de esa forma?

 

 

 

Por Luis Crespo

 

Miguel hacía todos los días el mismo camino, de ida y de vuelta.

A poco de salir de su casa, yendo hacia la avenida, caminaba por la vereda de pasto hasta cruzar la angosta callecita de tierra.

En ese sitio, precisamente y, desde hacía varios días, le llamaba la atención ver, a través de un cerco de alambrado poco poblado por una raída ligustrina, un hombre sentado en un pequeño banco de lona con varios cartones entre sus manos.

Al principio, no le dio importancia, pero su intriga fue creciendo al darse cuenta que la escena se repetía, día a día. El hombre estaba con aquellos cartones frente a una planta apenas un poco más alta que él.

Cada día, Miguel pasaba por el lugar con mayor lentitud hasta que, varias veces, llegó a detenerse sin importarle la molestia que ocasionaría a aquel vecino sentirse espiado por un desconocido.

Solo veía su costado derecho y, a veces, parte de su espalda. Tampoco podía saber cuáles eran sus expresiones porque además de esa posición, tenía una gorra vieja y grande medio ladeada, así como una camiseta blanca tapada por una camisa de frisa que llevaba siempre abierta.

Lentamente, movía los cartones. Deslizaba el de atrás para ponerlo delante de los otros y así, sucesivamente, después de algunos segundos.

¿Qué extraño rito llevaría a cabo de esa forma?

El día en que aquel Señor de los cartones giró la cabeza (tal vez para descifrar la hora según la altura del sol) descubrió la presencia de Miguel. Se saludaron, casi en voz baja, tímidamente y empezó el diálogo.-

Primero, por supuesto, hablaron de la humedad y la temperatura, como es debido. Luego fue ponderada la misteriosa planta hasta que su propietario aclaró que se trataba de un muy joven limonero plantado por él mismo, hacía muy poco.

Al día siguiente, el saludo se pronunció en voz alta intercambiando sonrisas. Más aún, el dueño del limonero se levantó de su asiento para acercarse a charlar. Allí quedaron al descubierto las figuras impresas en los cartones. Eran láminas de árboles cargados de hermosos, brillosos, rozagantes y, sobre todo, muy amarillos… limones.

Miguel, que bien sabía llevar una conversación hacia su centro de interés, amablemente, pudo indagar sobre el sentido de mostrar aquellas cítricas figuras al limonero.

Usted ¿no escuchó decir que a las plantas hay que hablarles? Y… bueno. Yo no solo le hablo sino que le muestro. Le muestro cómo quiero que sea cuando crezca. Le inculco y le trasmito lo que espero de él. Le hago saber cuál debe ser su ideal y su objetivo. Así va a salir bueno. Y los limones ¡ni le cuento!

La respuesta no se hizo esperar:

Disculpe (le dijo, respetuosamente e hizo una pausa) pero… a mí me parece ¿no? en fin, que … lo que usted tiene que hacer es, simplemente, regarlo y cuidarlo de algunos insectos que puedan dañarlo, pero, nada más. ¿Sabe por qué? Porque el limonero es él. Y sabrá lo que tiene que hacer y lo que puede. Ya verá qué lindos frutos dará si nadie lo molesta.

¿Usted cree? (preguntó apoyando los cartones en el suelo) Lo voy a tener en cuenta. No sabía que usted era jardinero.

No. No soy jardinero (le aclaró Miguel) pero soy Maestro de la Escuela.