Los libertarios son la expresión del capitalismo desenfrenado y dionisiaco, del “espíritu animal del empresario ansioso de beneficio”.[

LIBERTARIOS (1) Y (2): LA HORA DEL SUPER CAPITALISMO

Por Miguel Mazzeo

Quieren liberar al proceso de acumulación de capital de toda instancia de regulación estatal.Vinieron a proponer una idea de la libertad en su máximo grado de abstracción: la libertad rebosante de ideología capitalista, triturada por la alineación universal.

Por Miguel Mazzeo

Vagos y Vagas Peronistas

28/08/2021

LIBERTARIOS (1): ¿QUÉ HAY DE NUEVO VIEJO?

«Queda prohibido usar la palabra libertad,/ la cual será suprimida de los diccionarios/ y de la ciénaga engañosa de las bocas./ A partir de este instante/ la libertad será algo vivo y transparente,/ como un fuego o un río,/ y su hogar siempre será/ el corazón del hombre».

Thiago de Mello

Los Estatutos del hombre, 1964

Como corriente de pensamiento económico y político los libertarios [1] no son demasiado originales. Sus ideas son bastante viejas.

Tanto o más viejas que las ideas dizque “socializantes” o “comunizantes” que combaten.

Aclaremos que, para los libertarios, cualquier praxis o intervención ajena al mercado, merece ser catalogada como socialista o comunista.

Dicha exageración semántica se funda en el principio delirante que establece que el trabajo (y el Estado) “explotan” al capital.

Aunque comparten algunos lineamientos y fundamentos generales, no son una corriente homogénea.

Simplificando al extremo, podríamos identificar tres grandes afluentes: los “clásicos”, cultores de las versiones más ortodoxas del canon liberal, referenciados principalmente con Milton Friedman y la Escuela de Chicago; los “minarquistas”, partidarios del “Estado cero”, identificados con Ludwing Von Mises, Friedrich Von Hayek y otros autores de la Escuela Austriaca y, finalmente, los “anarco-capitalistas”, cultores del individualismo extremo.

De todos modos, es posible plantear la existencia de una “síntesis libertaria” bien reflejada, por ejemplo, en la obra del economista norteamericano Murray Northbard, autor de libros como Poder y Mercado, La ética de la libertad o Por una nueva libertad.

Él fue quien propuso y divulgó formulas tales como “anarco-capitalismo” o “anarquismo de propiedad privada” y articuló las propuestas “minarquistas” de Ludwig Von Mises con los planteos de los “anarco-individualistas” norteamericanos del siglo XIX, especialmente: Lysander Spooner, Benjamín Tucker y los “anarquistas bostonianos”.

La diferencia entre anarco-capitalistas (y algunos cultores de la síntesis libertaria) y los clásicos “puros”, radica en que estos últimos no abjuraban del recurso al Estado cuando se trata de defender o salvar a los intereses privados.

Por ejemplo, no son demasiado reacios a la ayuda estatal orientada a “los negocios”.

Esa, y otras eventualidades por el estilo, están contempladas por su “ontología empresarial”.

Los clásicos están muy lejos de los anarco-capitalistas que asumen posicionamientos radicalmente anti-estatales y una activa militancia en contra de los monopolios o las fuerzas armadas (del Estado), o que reconocen el valor de las actividades no mediadas por las lógicas del beneficio y la importancia de algunas empresas comunitarias.

En la Argentina, los clásicos son herederos de una tradición vinculada con figuras como Alberto Benegas Lynch (padre) y Alberto Benegas Lynch (hijo).

El primero, fundador del Centro para la Difusión de la Economía Libre hacia 1950; el segundo presidente de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fundador, en 1978, de la Escuela Superior de Economía y Administración de Empresas (ESEADE).

Son varios los referentes actuales de esta tradición que, más que libertaria, se asume como “liberal” y/u “ortodoxa” y que, en la línea de Friedman, jamás renegaría del Estado coercitivo al que, por el contrario, exaltan.

Hobbesianos puros, los clásicos nunca podrían plantear, al modo de los anarco-individualistas norteamericanos y sus seguidores, que “la defensa” debe ser una mercancía sujeta a la ley de la oferta y la demanda.

Por su parte, los referentes de las posiciones más cercanas al anarco-capitalismo, los que cultivan una retórica de ribetes más anti-estatistas, “minarquistas” o de “Estado cero”, los que pueden considerarse como exponentes locales de la síntesis libertaria, vienen incrementando su presencia en los medios de comunicación y están decididos a ganar espacios en el derrumbado ámbito público interpelando al neoliberalismo de masas y a sus subjetividades e insatisfacciones inherentes.

Vale decir que los libertarios clásicos están más enraizados en el poder real y son más pragmáticos.

Han sabido hacer su aporte programático a las dictaduras militares y a los gobiernos conservadores o neoliberales.

Los clásicos ven en el Estado una institución que, si bien puede afectar los intereses privados, en última instancia resulta clave para defenderos.

En todo caso aspiran al poder estatal para ponerlo al servicio de sus intereses.

Saben bien cuanto depende el capital del Estado y, a diferencia de sus colegas anarco-capitalistas, no exageran a la hora de los cuestionamientos.

Los anarco-capitalistas, sin esos arraigos, tienden a poner el énfasis en la función “agresiva” del Estado sobre el interés privado de la “gente común” y el “hombre sencillo” (en especial sobre sectores de las clases medias), pueden darse el lujo de la demagogia anti-estatal.

Al margen de estas distinciones, en el arsenal ideológico del abanico libertario podemos encontrar una buena porción de relaciones concebidas como sinécdoques, razón instrumental, evolucionismo, social-darwinismo, euro-centrismo, colonialismo, machismo y fundamentalismo de mercado.

Por supuesto, todos los pliegues del abanico libertario consideran que la noción de “justicia” (respecto de los precios y los salarios, por ejemplo) debe ser erradica de la economía y que debe ser reemplazada por nociones tales como la “funcionalidad”.

Sin dudas, Adam Smith, quien hace dos siglos y medio abolió la distinción entre subsistencia y economía e impuso el imperio de la escasez en la economía, es el padre de todos.

También podemos encontrarnos con las típicas falacias neoclásicas, entre otras: la escisión entre producción y distribución, la presuposición del equilibrio, la idea de que el beneficio privado (ordinario o extraordinario) invariablemente se canalizará en una inversión productiva y generará empleo; las ideas que establecen que la baja de los costos de producción eleva la demanda de trabajo, que el gasto público destruye gasto privado, que los impuestos destruyen salarios y riqueza, que los “obstáculos arancelarios” (impuestos a las importaciones por ejemplo) reducen la productividad media del trabajo y el capital nacional, que la imposición de salarios mínimos genera desempleo, que toda intervención en los precios desorganiza la producción, que los contribuyentes constituyen una ínfima minoría en un inmenso océano de “subsidiados” y “funcionarios”.

También la idea que plantea que el crecimiento económico es “ilimitado”, que el libre comercio siempre resulta beneficioso para las naciones, que la prosperidad de los y las de abajo no es otra cosa que una “ilusión óptica”; o el presupuesto que considera que las máquinas “economizan” trabajo y aumentan el bienestar económico en lugar de extraer “valor” del trabajo.

En fin, una auténtica “dogmática” bien sazonada con la exaltación (romantización) de la libre empresa y la valorización positiva del individualismo, el egoísmo, la voracidad, la competencia, la meritocracia, el emprendedurismo y el éxito “a largo plazo”.

Nada nuevo bajo el sol: unas territorialidades antiguas, una expresión del clásico y grosero materialismo que considera a las relaciones sociales como “propiedades naturales” de las cosas; una visión de la economía donde el único problema es el déficit fiscal y no existen monopolios, concentración de la renta, apropiación de la riqueza, fuga de capitales, condicionamientos estructurales históricos (incluyendo estructuras de propiedad), relaciones asimétricas, catástrofe ecológica, plusvalía, etcétera.

En sus formulaciones más abstractas, estas ideas pueden parecer ingenuas y cándidas, fundadas en el desconocimiento del totalitarismo inherente al mercado capitalista (el “totalitarismo estalinista”, muy a pesar de Mario Vargas Llosa, no le llega ni a los talones), pero su sello más verdadero es el cinismo.

Entre los libertarios no faltan figuras con inserción académica.

En cierta franja del estudiantado, especialmente en carreras de ciencias económicas y administración, en universidades privadas y públicas, hacen notar cada vez más su presencia.[2]

Pero este tampoco es un fenómeno tan nuevo.

Por cierto, cuando Luwig Von Mises visitó la Argentina en 1959, sus conferencias en la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos Aires fueron multitudinarias.

Ahora bien, algunos datos del contexto histórico, ciertas predisposiciones apostólicas recientemente adquiridas, la conformación de un espacio político libertario, un celo sacerdotal en la prédica, la tendencia a revestir sus argumentos con la fuerza de la provocación y una táctica renovada orientada a la disputa ideológica y, sobre todo, la debilidad política de los potenciales contendientes sistémicos, instalaron a las nuevas versiones de los libertarios como un fenómeno actual y apremiante.

Al margen de lo vetusto de sus ideas y propuestas, hay algo en los libertarios que no es del orden de lo arcaico.

Y que es sumamente perturbador.

No se puede pasar por alto la apertura de locales políticos de grupos libertarios en el conurbano bonaerense.

¿Por qué el ultra-capitalismo libertario y las filosofías del egoísmo pueden florecer en medio del disloque social que el mismo capitalismo provoca?

¿Cuál es la línea de fuga que los libertarios le ofrecen a los seres solos, frustrados, descreídos y agobiados por un sistema deshumanizador?

Ya no se limitan a expresar los prejuicios y odios clasistas de una franja de la clase media acomodada, de esa franja que –usualmente– se caracteriza por su escasa propensión a elevarse a las alturas de la comprensión y la hermandad.

Los libertarios, dispuestos a militar los excesos del capitalismo, justo en el centro mismo de esa geografía (y esa geocultura) híbrida, mestiza o “africanizada”, donde la realidad se exhibe sin tapujos y no hay ningún blindaje eficaz contra ella, son la mejor muestra del éxito del “realismo capitalista” del que hablaba Mark Fisher.[3]

Como ha arraigado socialmente la premisa que establece que las situaciones inhumanas son inmodificables, ya no importa determinar los hechos a los que obedece.

Si la jungla es la única verdad, si la jungla es irremediable, pues bien, toda convocatoria a ponerse la piel del opresor, a matarse por las migajas del sistema, a explotarse no solo de manera vertical sino horizontalmente, entre víctimas, a excluirse entre pobres y a discriminarse entre subalternos y oprimidos; todo llamado a erradicar las acciones tendientes a hacerse prójimo; todo relato que exalte la lucha individualista por la sobre-vivencia, adquieren legitimidad.

Una parte de la sociedad argentina ha dejado de ser pasivamente reaccionaria y ha pasado a ser activamente reaccionaria.

En el marco de una crisis civilizatoria galopante, ante la universalización del “sujeto burgués”, ante el agenciamiento colectivo del deseo capitalista, ante el auge de “paradigmas de individuación”, ante la idealización de figuras intolerantes e impiadosas que niegan al otro/otra/otre cuyas necesidades “desestabilizan” lo que consideran “su” espacio privado, ante la ausencia de subjetividades y proyectos de sociedad alternativos al capitalismo y ante la derechización de amplios sectores de la sociedad, con proliferación de cristalizaciones micro-fascistas, nos enfrentamos al problema de la constitución de mayorías sociales “mórbidas” y a la política como cosecha del producto de la fragmentación y la diferenciación al interior del proletariado extenso y la destrucción neoliberal (apenas ralentizada por los “progresismos”) del tejido de solidaridades sociales.

MM/

NOTAS
[1] No utilizamos lenguaje inclusivo porque no abundan “las libertarias”. El universo anarco-capitalista (libertario) es profundamente machista y patriarcal. Algo que se puede percibir en “las formas” de sus principales referentes (hombres en su inmensa mayoría) y, sobre todo, en sus fundamentos ideológicos y epistemológicos.
[2] Se trata sobre todo de jóvenes de clase media baja, en su mayoría primera generación de universitarios, hijos de empleados de comercio, policías, maestras, taxistas, remiseros, etcétera.
[3] Véase: Fischer, Mark, Realismo capitalista, ¿No hay alternativa?, Buenos Aires, Caja Negra Editora, 2019.
Fuente: https://contrahegemoniaweb.com.ar/2021/05/29/libertarios-1-que-hay-de-nuevo-viejo/

 

LIBERTARIOS (2): LA HORA DEL SUPER CAPITALISMO

Por Miguel Mazzeo

Vagos y Vagas Peronistas

5/09/2021

«No la libertad como algo asociado al privilegio y viciada de raíz, sino la libertad en tanto que derecho prescripto que se extiende más allá de los estrechos límites de la esfera política, a la organización íntima de la sociedad misma”.

Karl Polanyi, La gran transformación

Los libertarios son la furia desatada del interés privado y de los derechos de propiedad individualizados.

Proclaman la hora del super capitalismo.

Quieren  liberar al proceso de acumulación de capital de toda instancia de regulación estatal, sacudirlo de cualquier modalidad ajena a la maximización del beneficio.

Vinieron a proponer una idea de la libertad en su máximo grado de abstracción: la libertad rebosante de ideología capitalista, triturada por la alineación universal.

De paso, arruinaron una de las palabras más bellas de la lengua castellana.

Vale recordar lo que Karl Marx decía de la libertad en el marco del sistema capitalista: “…no se trata, precisamente, más que del desarrollo libre sobre una base limitada, la base de la dominación por el capital.

Por ende este tipo de libertad individual es a la vez la abolición más plena de toda libertad individual y el avasallamiento cabal de la individualidad bajo condiciones sociales que adoptan la forma de poderes objetivos, incluso de cosas poderosísimas; de cosas independientes de los mismos individuos que se relacionan entre sí…”.[1]

Claro está, las condiciones y poderes objetivos impuestos por el capital (el peor liberticida del que se tenga memoria, el más truculento de todos) no cuentan para los libertarios, por el contrario, para ellos el límite a la libertad individual está en todo aquello que no permite el despliegue ilimitado y desenfrenado de esas condiciones y esos poderes objetivos.

Y es que, para los libertarios, el capital no es un poder separado de la comunidad (y vuelto contra ella).

Los libertarios quieren acabar con el principio de subsidiariedad, así lo exige otro principio que defienden a capa y espada: el del lucro indiscriminado.

Ansían el poder sin responsabilidad. Abogan por la irresponsabilidad empresaria, social.

Quieren una economía sin política.

A diferencia de otros sectores de la derecha liberal (y del universo teórico neoclásico) no se escudan en la ética abstracta del capital: directamente se burlan de la ética.

Consideran que el capitalismo funcionaría mucho mejor sin los “pesados lastres éticos”.

Aunque no dejen de invocar viejas fórmulas como un mantra, están absolutamente convencidos de que el horizonte del “interés general” es una farsa a erradicar.

En el fondo, ninguno de ellos cree que el interés individual pueda contribuir al bien común.

Para ellos “lo común” es un espacio abierto a los procesos de apropiación privada, mercantilización y monetización.

Para ellos no existen fines sociales y/o geopolíticos.

En ciertos sentidos, los libertarios son absolutamente transparentes.

Son soldados de la desigualdad, la depredación, la impiedad.

Repudian el asociativismo, la cooperación y la solidaridad (sobre todo la de los y las de abajo).

Justifican abiertamente el dominio despótico del capital y el maltrato al trabajo y a la naturaleza, militan la mercantilización más grosera. Se oponen a los que consideran “sentimentalismos” y a las políticas públicas “caritativas”.

Saben cabalgar todas las tendencias descolectivizantes.

A través de ellos, la derecha comienza a abandonar las retóricas de la neutralidad y la no confrontación.

Los libertarios buscan exceder el horizonte del monetarismo neoliberal y de las políticas “del lado de la oferta”.

Pretenden ir más lejos todavía.

El trasfondo de esta especie de porno-capitalismo, de esta convocatoria a una orgía burguesa, es un brutal autoritarismo (apenas disimulado) que puede llegar al punto de negar el derecho a la existencia de todo aquello que no cabe en sus patrones dogmáticos: una versión moderna y “mercantil” del fascismo, un fascismo de “amplio espectro” que, en la Argentina y en otros países, viene generando un campo de empatía que está más allá de los acuerdos entre los grupos más ideologizados.

Ahora bien, desde sus emplazamientos ultra-reaccionarios, los libertarios operan en una fisura real de nuestra sociedad y rozan una verdad política.

Maniobran sobre los núcleos de mal sentido del sentido común.

La distopía que proponen no adolece de irrealidad, es decir, posee algún grado de concreción, habita muchas subjetividades, mora en diversos microcosmos oscuros de la sociedad.

La presencia actual de los libertarios, el eco que sus propuestas encuentran en una parte de la sociedad, pueden verse como un emergente de la crisis del sistema capitalista, pueden considerarse como una de las tantas manifestaciones de la crisis civilizatoria global, exacerbadas en tiempos de pandemia.

Los libertarios son una de las expresiones ideológicas del hipercapitalismo que más ha crecido en los últimos años.

Pero este crecimiento guarda relación con las situaciones que la misma desregulación del capital ha generado en las últimas décadas: con todo lo que los pueblos retrocedieron en materia de bienes comunes, con el avance de los modelos extractivistas y las formas de acumulación por desposesión, con la consolidación de mecanismos verticales de gestión.

Cabe señalar que estas situaciones no fueron revertidas sustancialmente por los “gobiernos progresistas”, más allá las innegables reparaciones que alentaron en diversos campos.

Entonces, los libertarios no irrumpen precisamente en un contexto de fuertes regulaciones al capital, en el marco de una correlación de fuerzas favorables a la clase trabajadora.

O sea, son la expresión de un poder que hace tiempo se ha desatado.

Asimismo, su crecimiento se puede vincular con el éxito del sistema en la “fabricación” de individuos estandarizados (“ultra-racionalizados”, formateados geo-culturalmente), pero también con el agotamiento de otras políticas (“de centro”, “reformistas”, “populistas”, “de izquierda”) que navegan en el marco del orden establecido y que resultan complementarias del mismo; políticas que en los términos de Félix Guattari,[2] no producen “territorialidades de reemplazo”, o que, en términos gramscianos, no se proponen construir subjetividades, sistemas y bloques contra-hegemónicos (o que no logran dar pasos firmes en pos de esa construcción).

De este modo, la presencia de los libertarios, no deja de ser, también, el signo de un enorme vacío político e ideológico y de un achicamiento (o un “adormecimiento”) de los espacios de retaguardia popular (materiales, sociales, culturales, simbólicos); un signo de la pobreza política (más que teórica) del “progresismo” y de la izquierda anticapitalista.

Porque los libertarios crecen a medida que aumenta la inviabilidad de todo “capitalismo social” y de toda política “humanizadora” de las relaciones sociales asimétricas, a medida que el desarrollo histórico achica el margen para el “capitalismo reformista”, a medida que las supuestos proyectos nacionales y populares se reducen cada vez más a la gestión del estado de cosas existente y se limitan a una “mediación” entre los poderosos y los perdedores: una mediación que reproduce esa relación, poniéndole, en el mejor de los casos, algún freno a la voracidad de los poderosos, pero conservando a los perdedores en esa condición.

Los libertarios crecen a medida que la izquierda anticapitalista (cultivando estilos apolíneos) gasta sus días en prácticas fragmentadas, testimoniales o conmemorativas, a medida que las dirigencias de las organizaciones populares y los movimientos sociales piensan burocráticamente en administrar la gobernabilidad más que en organizar el conflicto.

¿Qué pasará cuando entre en erupción la bronca acumulada?

Por obra y gracia de los libertarios, la derecha comienza ocupar el espacio de “lo diabólico”, de lo contestatario, de lo culturalmente subversivo, de lo que rompe con la moderación del discurso político promedio (ya sea en su formato neoliberal o neo-desarrollista).

Además, los libertarios no invocan su idea individualista de la libertad como si se tratara de un proyecto a futuro, convocan a ejercerla aquí y ahora (o celebran ese tipo de ejercicios). Intentan traducir el egoísmo en política. Esta postura les permite desarrollar capacidades de agitación del malestar social.

Frente a inviabilidad de las alianzas neo-ricardianas entre capital industrial y sindicatos, frente la quimera del un “capitalismo con rostro humano”, los libertarios responden con la apología a la renta terrateniente, inmobiliaria, principalmente financiera. Actúan como la vanguardia ideológica de la nueva derecha.

Los libertarios quieren resolver la crisis sistémica profundizando cada una de sus causas estructurales, ya no administrándola o prorrogándola.

Su estrategia se basa en el desarrollo de las anomalías del capital sin más dilaciones.

Su propuesta, cruda, rabiosa, carece de artificios.

A diferencia de los viejos liberales, no apelan a unos supuestos “valores espirituales”.

Pregonan un capitalismo sin atenuantes.

Los libertarios son la expresión del capitalismo desenfrenado y dionisiaco, del “espíritu animal del empresario ansioso de beneficio”.[3]

Son la ebriedad y el éxtasis de mercado.

Son la irracionalidad más poderosa.

Son la versión más exagerada de la tendencia “normal” de nuestras sociedades neoliberales, una tendencia orientada a reconocer a los valores de cambio como los únicos organizadores posibles de la producción de valores de uso.

Una tendencia autodestructiva de la civilización del capital pero que nos arrastrará a todos y todas sino somos capaces de desarrollar un sistema alternativo.

Aunque los grupos y las figuras actuales del abanico libertario se desgasten y se extingan en poco tiempo (después de un fugaz momento de gloria), no conviene considerarlos una secta efímera; aunque parezcan estancados en el estereotipo o en la parodia, lo que en verdad importa es el sentido de la tendencia histórica, y el papel que juegan en esa tendencia: arietes del proyecto de una derecha cada vez más “republicana” y menos democrática o, directamente, antidemocrática; minoría activa en torno de la cual puede llegar a gestarse una “cultura militante” de la derecha en un sentido más amplio.

Todavía no han surgido las fuerzas políticas que, desde las posiciones del trabajo, desde los muchos y variados espacios comunales y resistentes, den cuenta de esa misma crisis sistémica y propongan vías para superarla, desde cristalizaciones desalienantes, desde cosmovisiones alternativas, con métodos radicales y con igual crudeza, a través de la eliminación definitiva de sus causas.

Porque ese parece ser el gran dilema de nuestro tiempo: profundización o eliminación de las causas estructurales de la crisis sistémica.

MM/

NOTAS
[1] Marx, Karl, Elementos fundamentales para la crítica de la economía política (Grundrisse), 1857-1858, Tomo 2, México, 2002, p.169.
[2] Véase: Guattari, Félix, Líneas de fuga. Por otro mundo de posibles, Buenos Aires, Editorial Cactus, 2018.
[3] Harvey, David, Diecisiete contradicciones y el fin del capitalismo, Quito, Traficantes de Sueños, 2014, p. 39.
Fuente: https://contrahegemoniaweb.com.ar/2021/06/04/libertarios-2-la-hora-del-super-capitalismo/