Por ahora, se rescataba: sólo espiaba a los porteños para los argentinos.

LA CUESTION DEL PUERTO / CAPITULO 19 / «EL CHINO WAN DOOR «

Por Gastón Garriga, Dibujos: Rodolfo Parisi

Su nombre criollo, “Juan Puerta”, era un juego de palabras. “Juan”, en castellano, sonaba parecido a Wan, y “puerta” era door en inglés, el idioma universal de los traidores y mercenarios. Todo junto, Wan Door, tan cerca de Vandor como podía.

Guión: Gastón Garriga

Dibujos: Rodolfo Parisi

Curaduría: Daniel Roncoroni

NAC&POP

12/09/2021

Capítulo 19, “El Chino Wan Door”.

¿De dónde provienen las ideas correctas?

¿Caen del cielo?

No.

¿Son innatas de los cerebros?

No.

Sólo pueden provenir de la práctica social, de las tres clases de prácticas: la lucha por la producción, la lucha de clases, y los experimentos científicos en la sociedad”, Mao Tsetung.

El regreso de Mao.

Wan miraba el fuego.

Era lo único que le gustaba hacer, lo único que lo humanizaba un poco, que le impedía terminar de convertirse en una máquina: de trabajar y facturar primero, cuando llegó al país a fines de los noventa, de matar después, cuando la descomposición de los estados ofrecía oportunidades a los sicarios calificados y, por último, de espiar.

Por ahora, se rescataba: sólo espiaba a los porteños para los argentinos.

Pero sabía que la traición era un bicho que anidaba en lo profundo de su corazón.

Cada día, frente al espejo, antes del primer mate, se decía “sólo por hoy no traicionaré”, como cualquier adicto en recuperación.

Las razones de los dobleces radicaban en la parte hongkonesa  de su sangre.

Como todo chino, no tenía edad.

La tenía, claro, pero era indescifrable.

Su nombre criollo, “Juan Puerta”, era un juego de palabras. “Juan”, en castellano, sonaba parecido a Wan, y “puerta” era door en inglés, el idioma universal de los traidores y mercenarios.

Todo junto, Wan Door, tan cerca de Vandor como podía.

Dos o tres años después de la secesión, los chinos con autoservicio en el conurbano se habían vuelto peronistas.

Eran comerciantes prósperos, pero además, sus hijos se formaban en las UEC y leían a Mao. Se habían afincado y eso le daba envidia.

Mientras, los argenchinos de la ciudad pantano rodaban cuesta abajo, como todo y todos en la vieja capital.

Entonces, Wan mataba. Mataba para aplacar la furia y el dolor que sentía, de haber quedado varado lejos de China, en un país en descomposición, con el que, creía, no tenía nada que ver.

Estaba ahí, comiéndose un garrón por capricho del destino. Los boleteaba más por eso que por la guita.

Entre ellos, los del conurba, en cambio, no había quien no supiera la marcha peronista en los dos idiomas, en criollo y mandarín.

Hasta que una experiencia lo hizo replantearse las cosas.

Años atrás, en el descanso de verano de la pandemia, había cruzado por Lope de Vega hacia Caseros.

Esperaba, cerca de la cancha de Almagro, para romperle la rótula a un connacional cuando cerrara para hacer la caja, cuando del autoservicio Argenchino salió un pibe morocho, flaquito, zapatillas llamativas, con dos Quilmes de litro en la mano y un tatuaje de Mao cubriéndole todo el antebrazo.

-¿Sabes quién era ese que llevas pintado?- le preguntó al pibe.

-Si, claro. Mao Se Tung, el San Martín de los chinos.

-¿Y cómo sabes eso? ¿Dónde lo aprendiste?

-En las clases de “Líderes del tercer mundo”, mi materia preferida.

Era amigo de Perón.

-¿Estas seguro?

-Si. Unos comunistas de acá fueron a verlo y Mao les dijo “¿Y ustedes por qué no son peronistas?

«Esa es la revolución allá”.

El corazón se le aceleró a tasas chinas.

Su pensamiento y su acción fueron solo uno: quería entender.

Le podría haber tocado un destino más sencillo como Brooklyn, pero no, él era el chino de Chivilcoy y Mosconi, cerca de plaza Devoto y lo aceptaba.

Súbitamente, se interesó por todo lo que había ignorado en sus ya largos años en el país.

-¿Cómo sigue eso que cantan ustedes: “Los muchachos pelonistas…”, le preguntó al pibe de las Quilmes.

El pendejo, buena onda y producto de una educación solidaria, destapó una y le ofreció.

Se sentaron en un umbral, hasta que Wan se la aprendió, la tradujo y le enseñó la traducción.

Fueron por más birra, una vez y otra más.

La cerveza caliente pega mal.

Y Wan, que cuidaba su cuerpo-máquina de matar con enorme celo profesional, no acostumbraba beber.

Esa noche se metió en el rio de la Plata y nadó para adentro, en línea recta, sin torpedo, chaleco ni elemento de seguridad.

Dos horas, tres, hasta quedar en medio de la nada.

Se acalambró, pensó que moría de dolor, que el agua marrón se lo tragaba.

Entonces descubrió la potencia del tridente Memoria, Verdad y Justicia.

Justo a tiempo para salvarlo, sintió que los cuerpos semi enterrados en el barro lo acunaban y se lo pasaban uno a otro.

“Sintió que los cuerpos semi enterrados en el barro lo acunaban…”

Se había desplomado contra las piedras, a la altura de lo que llamaban el “Vial Costero”, una zona de recreación donde algunos salían a correr o pedalear.

Cada tanto el Negro iba ahí al amanecer a tirar un anzuelo, encarnado con grasa de pollo o un pedacito de salamín.

Le gustaba comprobar que el río se iba repoblando de especies, que se hacía más rico y generoso, ahora a salvo del cáncer de los grandes cargueros del comercio exterior.

Wan, agotado por el esfuerzo, perdió la conciencia justo cuando el Negro se lo cargó sobre los hombros.

A la sombra de un árbol, le hizo los primeros auxilios, pero al chino le costaba responder.

Lo llamó a Osvaldo, que llegó en la moto a velocidad récord.

El viento ayudó al chino a despejarse, de tanta agua y tanta Quilmes que había tragado. Lo dejaron en Florida, en la casa del Negro, en la piecita del fondo.

Hasta no conocer su historia, era mejor no llevarlo al hospital ni avisar a nadie.

Cualquier cosa menos botones, solían repetir.

Wan echa al fuego unas ramas más de eucaliptus, sólo por el placer de olerlo quemarse.

Le gusta la madera perfumada.

Le gusta como las hojas arden en un segundo, dos, entregan un fulgor especial y luego son ceniza.

Mirar el fuego lo ayuda a descansar de sí mismo, de su historia.

Se hizo amigo de los dos, del Negro y de Osvaldo. Más del Negro.

Algunos occidentales, los que envejecen bien, pensó, cultivan una sabiduría, una paciencia muy similar a la oriental.

¿Cómo no iba a colaborar en su causa?

No sólo cumplió instrucciones.

También pensó con ellos y para ellos.

De los ocho mil supermercados de proximidad de los mejores tiempos de la ciudad, apenas quedaban ahora dos o tres centenares.

Y no les sobraba nada.

Laburar para Argentina les daba un ingreso valioso, pero más valiosa todavía era la esperanza, la sensación de ser parte de un proyecto, de darle un sentido al esfuerzo cotidiano de levantar la persiana metálica, encender la caja registradora y pasar un trapo con lavandina entre las góndolas.

En la escuela les enseñaban que a cada chino, en un momento de su vida, le llegaría el momento de sumarse a La Gran Marcha, en cualquier tiempo y lugar. Supó que su momento había llegado.

Armó una estructura de espionaje piramidal.

Él recibía los informes de los jefes territoriales de los barrios, reunía lo más relevante en un informe final, interpretaba la información y arriesgaba algún pronóstico.

Si se vendía mucho o poco, qué comían los porteños, cuánto bebían -ese era el dato clave para medir depresión y aislamiento-, si estaban agresivos o abatidos.

Todo eso lo averiguaba Wan.

La información hacía una breve escala en el conurbano norte y luego llegaba a sus destinatarios en Viedma.

Una vez se reunió con el Negro en una estación abandonada de subte.

Wan no veía motivos para encontrarse físicamente, le parecía un riesgo innecesario.

-Máximo te manda esto.

Quiere que sepas que valora y agradece lo que hacés.

Wan abrió la bolsa plástica.

Era una remera de fútbol, con rayas verticales celestes y blancos.

-Mirá atrás.

La dio vuelta. Tenía un 22 grande estampado en la espalda.

-Era de Milito.

Original.

Máximo no le regala eso a cualquiera. Yo no tengo una de esas-, confesó.

Ahora todo parecía precipitarse.

En unos meses, la ciudad caería.

La situación era insostenible.

¿Qué pasaría con él?

Suponiendo que todo saliera bien, porque si salía mal, los unitarios lo fusilarían sin piedad, ¿le ofrecerían un cargo público?

Wan quería la Secretaría de Comercio.

¿La pedía o esperaba a ver qué le ofrecían?

¿Y si lo mandaban a la AFI?

Susy lo sacó de sus cavilaciones.

Había caminado sigilosa como un gato, no la había visto llegar, y ahora estaba parada a su lado. Se había vuelto argenta en muchas cosas, pero no perdía el arte del acecho.

-¿Cuando comemo?

-Falta poco.

Trae pinza.

-¿Para qué?

-Vo trae pinza-, repitió, en un tono más duro.

-¿Para qué mierda quiere pinza?

-Pinza de cocina, boluda.

Para dar vuelta molleja.

Si pincha con tenedor pierde jugo y sale seca.

-A mi boluda no, eh.

Yo, empoderada.

Yo, niunameno.

-Perdona-, reculó masticando la bronca.

-Y vo, con esa boludece de pinza, parece oligarca.


Susy se había vuelto argenta en muchas cosas…