Abrió un documento nuevo. Haría lo que nunca. Lo que siempre criticaba. Bajaría línea.

LA CUESTION DEL PUERTO / CAPITULO 18 / «CLASE DE REPASO»

Por Gastón Garriga, Dibujos: Rodolfo Parisi

La Escuela de Cuadros también le había enseñado a programarse para dormir cantidades preestablecidas de tiempo. Encendió la pava eléctrica. Se sentía pleno, radiante. Se tomó media docena de amargos y salió. No quería perderse ni un detalle de lo que estaba por ocurrir.

Capítulo 18, “Clase de repaso”

Guión: Gastón Garriga

Dibujos: Rodolfo Parisi

Curaduría: Daniel Roncoroni

NAC&POP

12/09/2021

“El capitalismo tardío ya no se legitima como el capitalismo fordista o industrial a través de distintos procedimientos ideológicos clásicos.

Ahora, directamente, a falta de legitimidad, ha destruido la verdad, ha destruido los puntos de amarre que permitían a esa verdad, ha destruido los legados simbólicos, ha destruido las herencias”. Jorge Alemán.

Jorge Alemán

El Negro se sacó las zapatillas sin desatarse los cordones y se desplomó en la cama vestido.

No solía hacerlo, estaba contraindicado por protocolo, pero el cansancio pudo más.

Pasaron varios minutos sin que pudiera dejar de repasar la jornada recién terminada.

Giró en la cama varias veces, en vano, tratando de conciliar el sueño.

Y como siempre que le sucedía, repasó el poema “Insomnio”, del Bardo Ciego: “…En vano quiero distraerme del cuerpo y del desvelo de un espejo incesante que lo prodiga y que lo acecha…”

No quería deshonrar su compromiso con los pibes de la UEC.

La clase de repaso de historia, la última antes del examen, era la más importante y la que más disfrutaba.

A la vez, mañana sería un día histórico para la Columna Norte. Habían conseguido dos trofeos importantes. Eran tiempos de mucha agitación. Le costaba pensar con claridad, no lograba decidir qué hacer. Estaba desperdiciando valioso tiempo de descanso.

Prendió el velador.

Fue a buscar su computadora, se sentó en la cama y se la apoyó sobre las piernas.

Abrió un documento nuevo.

Haría lo que nunca.

Lo que siempre criticaba.

Bajaría línea.

Si pierden su capacidad de análisis, se consoló, no será por este apunte. Será porque hice todo mal desde el primer día.

En ese caso, lo que haga ahora no cambia nada.

La suerte está echada.

Repasó el poema “Insomnio”, del Bardo Ciego.

¿Cómo definiría, en términos generales, el proyecto unitario o del puerto?

Se trataba de un proyecto únicamente posible en el marco del sistema colonial, en el que mercaderías y riquezas fluían desde las periferias hacia el centro o metrópoli. Podía tratarse de metales preciosos hasta el siglo dieciocho, de carne vacuna y cueros, como en los siglos diecinueve y primera mitad del veinte o directamente de granos, de los granos gerenciados por empresas privadas y no por el Estado, como en la última etapa. Podía cambiar la metrópoli, pero el sentido del flujo era inalterable. Se jactaban de las empresas unicornios que sólo eran negocio para los dueños, pero imponían modelos laborales de semi esclavitud. Uno de sus personeros, el turco Esperto, resumía el ideario: “las paritarias son un instrumento fascista”.

Era también un proyecto extractivo y rentístico, basado estrictamente en ventajas derivadas de factores naturales: el latifundio como sistema (im)productivo, y la ubicación junto al Río de la Plata, como salida obligada al océano Atlántico para la cuenca que abarca casi toda la región.

¿Qué consecuencias tenía para el resto del país?

Bajo este proyecto, no había desarrollo nacional posible, ni siquiera mercado interno.

Mucho menos, tres banderas.

En primer lugar, porque no generaba empleo.

Esa élite no estaba interesada en industrializar ni invertir.

Le bastaba con colocar sus producciones en mercados internacionales en divisa dura.

En segundo lugar, porque ese proyecto no contemplaba ninguna regulación del mercado de alimentos.

Si no generaban empleo y los alimentos tenían precio internacional, era imposible comer.

Por último, tenían la costumbre de cobrar sus exportaciones fuera del país, subfacturarlas o directamente contrabanderlas, de manera de generarle al Estado un nuevo quebranto.

¿Cuáles fueron los hitos del conflicto desde finales del siglo pasado?

En 1994 se sanciona una constitución, la última antes de que los Patriotas restablecieran la de 1949.

Esa constitución reconoe cierto grado de autonomía a la ciudad pantano y le otorga el derecho a elegir un jefe de gobierno, a pesar de no tener siquiera territorio propio.

Las fuerzas unitarias y conservadoras comienzan a reunirse alrededor de la denominada “política porteña”.

En 2007 el primer candidato abiertamente unitario gana las elecciones porteñas.

En 2011 evalúa presentarse a las presidenciales, pero desiste.

Todos los informes coinciden en que la presidenta será reelecta por un margen contundente.

Mejor correrse de la vía del tren.

En 2015 se postula. Su campaña es organizada y financiada por acreedores de bonos, que litigan contra Argentina en el exterior, medios de comunicación que generaban negocios con la mentira, y latifundistas disconformes con los mecanismos de desacople de los precios locales de los internacionales.

Tienen un conocimiento y manejo de la tecnopolítica muy superior al de los Patriotas de entonces.

Gana en balotaje. La ciudad, que ya contaba con su propia policía, ahora controla nuevamente el puerto.

Los fondos federales financian casi exclusivamente obras en la ciudad pantano, en detrimento del resto del país.

La Nación le malvende a la ciudad inmuebles y tierras a precio vil.

La ciudad responde de manera abierta y desembozada a intereses antinacionales.

En 2019 una coalición de Patriotas recupera el gobierno, gracias a la iluminación de la única dirigente que nunca debe estar en el banco de suplentes, acompañada de una histórica campaña realizada por el pueblo.

Enseguida se desata la pandemia de Covid, que complica la reconstrucción de la Patria. Después de fracasar políticamente, los unitarios y sus mandantes recurren a una estrategia de poder duro para desgastar al nuevo gobierno, aprovechando la imposibilidad del pueblo de expresarse en la calle.

El manejo de la pandemia expuso diferencias de agenda entre las administraciones porteña y nacional, que eran en el fondo ideológicas.

La ciudad fue asumiendo grados crecientes de rebeldía, sobre todo, pero no excluyentemente, en materia de cuidado sanitario.

Su dispositivo de poder incluía medios masivos y posiciones clave en la justicia.

En 2023, la ciudad desconoció el resultado electoral. Su legislatura, apenas un concejo deliberante, declaró la independencia de Argentina y envió a su policía militarizada a defender la General Paz y el Riachuelo.

En ese entonces y para expresar cabalmente el sentimiento del pueblo peronista ante la secesión porteña, los Patriotas desempolvaron una frase icónica del siglo XX: “Se agrandó Chacarita”.

Al gobierno entrante le hubiera resultado sencillo decretar la intervención federal y aplastar la sedición por la fuerza.

Sin embargo, el presidente eligió otro camino: dejar que las élites porteñas “se cocinaran en su jugo”.

Esto le permitió concentrar su energía en la consolidación de la revolución justicialista en todo el país, primero, y más tarde en el resto de la región, sin dejar de enviar ayuda humanitaria a los sectores populares que por distintos motivos no se habían acogido a su política de asilo humanitario.

¿Qué cambios detonó la pandemia mundial de covid a partir de 2020?

La pandemia expuso, en todo el mundo, los aspectos más profundos e ideológicos de las sociedades y las personas.

El sentido de la vida, el valor y lugar del otro, las prioridades.

Nadie estaría a salvo hasta que el virus no se erradicara y la erradicación del virus exigía medidas de confinamiento severo.

Algunos comprendieron más rápidamente que su destino estaba unido al de sus semejantes, que nadie puede realizarse en una comunidad que no se realiza.

El hilo de la interdependencia, antes invisible, se había vuelto fosforescente.

Son los que pensaban en términos de comunidad, de especie.

Otros creyeron que por ser jóvenes o fuertes o por acceder pronto a la vacuna ya estaban a salvo. Ignoraron o eligieron ignorar la palabra de los expertos. Estaban dispuestos a hacer sacrificios de corto plazo, pero no a aceptar una nueva forma de vida, que era lo que exigían las nuevas circunstancias. Son los que pensaban en términos individuales o personales. Mientras el virus circulara, había posibilidades de mutación. Para resistir a las vacunas, cada mutación solía volverse más agresiva, contagiosa y mortal que la anterior.

En 2020 se creía que la pandemia no duraría más de dos o tres años.

Esta predicción terminó por generar el efecto inverso. En todo el mundo hubo quienes decidieron que ya se habían confinado lo suficiente y dieron al virus una nueva oportunidad. Y otra y otra y así sucesivamente.

A la vez, la pandemia desnaturalizó el neoliberalismo.

En el sistema entonces dominante mucha gente no podía quedarse en su casa, porque no tenía casa o porque no tenía para comer a menos que saliera cada día a conseguir el sustento.

Esto generó que muchos empezaran a dudar y desconfiar primero y protestar después.

Si al principio el escenario económico del virus profundizó la inequidad, disparándose el número de pobres al infinito (las imágenes de los “socios” de las plataformas repartiendo los pedidos por salarios de miseria eran tan icónicas como la de los refugiados ahogados o asesinados en las fronteras) luego la población mundial diría basta.

En todo el planeta, para contener los estallidos, los gobiernos debieron redistribuir la riqueza, aplicar mayores impuestos al cero coma cinco por ciento más rico e intervenir y regular mercados clave como alimentos, oxígeno y medicamentos.

Esos años, que los historiadores llaman “la caída del muro de Berlín” del neoliberalismo, dieron paso a una revalorización del pensamiento justicialista.

¿Por qué los porteños insistieron en el mismo proyecto, a pesar de los cambios a nivel local, regional y global?

Cuando se producen la pandemia y la secesión, su élite llevaba al menos tres o cuatro décadas de involución intelectual.

Se compraban títulos universitarios en cuotas -cuanto más caro mejor-, nadie leía, excepto un puñado de fotocopias resumidas y nadie escribía, como no fuera algún que otro power point.

Como consecuencia de esto, empezaron a perder dimensión de la complejidad del mundo, la geopolítica, los procesos históricos.

Algunos de sus análisis de entonces, hoy avergonzarían a nuestros estudiantes primarios.

Se repetían desde los medios de comunicación falacias como “un país es como una empresa” o “no debemos gastar más de lo que entra” o “el problema del gasto político”.

En semejante escenario aparecieron los “loquitos“ ultras, incluso a la derecha del gobierno porteño, que formaron escuadrones tanto para matar a indigentes y opositores como para destruir edificios públicos.

Finalmente, la persistencia en un proyecto colonial cuando sus condiciones de posibilidad se habían esfumado (por la reorganización de la producción agroalimentaria del gobierno argentino posterior a la secesión y por el profundo parate que la pandemia impuso al comercio internacional), no fue una opción deliberada y consciente, sino el fruto de la inercia, de un mismo y único esquema mental.

Un dato que confirma e ilustra este concepto es lo ocurrido con las fortunas personales que muchos de ellos poseían, nominadas en dólares, en distintas plazas.

A mediados de la década del veinte, incluso antes, había claros signos de que la divisa estadounidense se agotaba como moneda internacional y a causa del creciente déficit de su economía, su condición de reserva de valor también tambaleaba.

Los expertos no dudaban de la devaluación del dólar, sino cuándo ocurriría y en qué porcentaje.

Sin embargo, los movimientos financieros de los unitarios en busca de reaseguro fueron casi nulos.

Cuando el dólar colapsó, la sensación generalizada entre ellos fue la de haber perdido casi todo.

En su concepción, ese hecho era absolutamente impensable, y su ocurrencia tuvo un efecto devastador, tanto en el plano económico como psicológico. Ese fue el golpe del que nunca pudieron reponerse.

¿En qué se basaba la supuesta superioridad moral o intelectual de los unitarios?

El Negro venía escribiendo a toda velocidad, pero al llegar a este punto se frenó de golpe. Esta pregunta era el gran dilema nunca saldado.

Discutía con sus compañeros este asunto con mucha frecuencia, se sabía de memoria las obras de Jauretche -podía recitar pasajes completos sin dudar-, había leído pila de cosas sobre colonialismo e ideología, hasta sobre psicología y psicología social.

Pero todas las respuestas se le antojaban incompletas y provisorias.

Ese lugar, el de la ética burguesa, que posiciona al individuo por sobre el colectivo y que, como se dice, provoca que un propietario de un departemento de 36 m2 se escandalice por las retenciones al campo, seguía siendo territorio de los unitarios, el único verdaderamente fuerte donde se asentaba el programa neoliberal.

Tan profundo había calado el lavado de cabeza.

Ahora, que el sueño o la fantasía del progreso individual, de la gesta emprendedora, se habían estrellado contra la realidad y que las esquirlas estaban ahí, expuestas a la vista del país, el continente y el mundo, era mejor omitir la pregunta.

La borró del apunte. Somos mejores que ellos, pensó.

No disfrutamos la humillación.

Guardó el pdf como “Clase de repaso” y lo envió a sus alumnos, junto con tres líneas que suspendían la clase presencial que debía comenzar a las siete en punto, dentro de apenas cuatro horas.

Apagó la notebook y, ahora sí, se desvistió.

Hizo un par de ejercicios de respiración que había aprendido en la Escuela de Cuadros, para conciliar más rápido el sueño.

Se durmió enseguida y profundamente.

Se despertó solo a las seis y media.

La Escuela de Cuadros también le había enseñado a programarse para dormir cantidades preestablecidas de tiempo.

Encendió la pava eléctrica.

Se sentía pleno, radiante.

Se tomó media docena de amargos -yerba ahumada, orgánica- y salió para lo de Osvaldo.

No quería perderse ni un detalle de lo que estaba por ocurrir.

FIN DEL CAPITULO