Con la llamada posmodernidad, se plantea el individualismo a ultranza, y el "sálvese quien pueda."

ESPERANZA O DESPRECIO

Por Ana Jaramillo*

Los ricos, apenas conocieron el placer de dominar, rápidamente desdeñaron los demás, y, sirviéndose de sus antiguos esclavos para someter a otros hombres a la servidumbre, no pensaron más que en subyugar y esclavizar a sus vecinos, semejantes a esos lobos hambrientos..

 

Por Ana Jaramillo

NAC&POP

08/09/2021

DESPRECIO Y MENOSPRECIO O COMUNIDAD Y ESPERANZA

 

La pedagogía de la esperanza: un reencuentro con la pedagogía del oprimido

es un libro así, escrito con rabia, con amor, sin lo cual no hay esperanza…

Paulo Freire1

 

Quienes queremos transformar la sociedad y nos dedicamos a investigar y educar para hacer un país con más libertad, igualdad y fraternidad en el siglo XXI. No queremos hacer la revolución francesa de 1789, pero tenemos ESPERANZA.

Quienes admiran la revolución francesa parece que es más elegante decir sin pantalones o calzones (sans coulottes) en referencia al culote, la prenda de vestir de los sectores sociales más acomodados que ser descamisados o sin camisa.

Siempre me recuerdo al maestro Miguel Ángel Estrella, cuando todos los días en prisión en Uruguay, le rompían los carceleros su pianito de papel que se hacía, diciendo que para que no tocara más a Mozart o a Chopin para para esos “negros de mierda”.

Menos mal que algunos músicos franceses se juntaron y pagaron para rescatar al maestro ya que había que pagar cada día la prisión.

Encabeza todavía Música Esperanza.

Se parece ahora en nuestro país a una sociedad de castas como en la antigua India, que a nuestra sociedad del siglo XXI (como sostiene Axel Honneth) en su libro “Sociedad del desprecio”2, aunque no es solo una agravio moral sino que la casta superior castiga con su desprecio explícito, sosteniendo “que se la creen”, pensando que no tienen derecho a comprarse un celular, un aire acondicionado o un auto.

Así sostuvieron que ningún pobre puede llegar a la universidad como la casta más baja en la antigua India, los shudrás, o sea los esclavos, siervos, obreros y campesinos.

El desprecio de “los de arriba” hacia “los de abajo” al decir de la novela del mexicano Mariano Azuela González, publicada en 1916 es un agravio moral e injusto, y para nosotros no es una patología.

Es contrario no sólo al decir de Hegel (amor, derecho y solidaridad), sino a la cultura comunitaria vivida en la Argentina con la justicia social que la precede y siente la solidaridad y se reconoce.

Con la llamada posmodernidad, se plantea el individualismo a ultranza, y el sálvese quien pueda, y la “comunicación” está al servicio de los de arriba, cuando la patria son sus intereses individuales y su casta, para que la sociedad deje de estar y vivir en comunidad donde se reconoce y pertenece.

No creo que sea una patología, sino que son intereses de los poderes económicos particulares y geopolíticos de casta. Honneth sostiene que “Ya el joven Lukács tenía la convicción de que la patología de la era moderna capitalista consiste precisamente en la destrucción de las posibilidades sociales de formar comunidades” 3

EL DESARROLLO DE LA DESIGUALDAD ENTRE LOS SERES HUMANOS DE ROUSSEAU HASTA LA SOCIEDAD CONTEMPORÁNEA.

“El salvaje vive en sí mismo, el hombre en sociedad siempre está fuera de sí

y no puede vivir si no en la opinión de los demás”

Jean Jacques Rousseau

Para Habermas, es a través de las tecnologías, la ciencia y los sistemas de control cuyo poder amenaza la vida y se produce la colonización del mundo de la vida a partir de sistemas organizados por la racionalidad instrumental. Axel Honneth, rescata a Rousseau como el primero que habla de la búsqueda del reconocimiento individual que surge de la desigualdad de las fortunas así como de la alienación.

La opinión de los demás de la cual hablaba Rousseau, en la actualidad se da a través de las encuestas de opinión, del poder mediático y económico financiero, que a su vez promueven el reconocimiento social de los seres que acumulan fortunas, fama producida a partir del éxito en el deporte, en la televisión, en los medios de comunicación masivos que colaboran conscientemente a despreciar y menospreciar a los que, con su trabajo producen la riqueza y a su vez, construir famosos y famosas a instalar su prestigio en la sociedad y ensalzar a quienes producen entretenimientos y fortunas incontables e incontrolables.

Parecería que también Rousseau tendría razón sobre la cultura en tiempos de pandemia cuando sostenía que “mientras el gobierno y las leyes subvienen a la seguridad y al bienestar de los hombres sociales, las letras y las artes, menos déspotas y quizás más poderosas, extienden guirnaldas de flores sobre las cadenas de hierro que los agobian, ahogan en ellos el sentimiento de la libertad original para la cual parecían haber nacido, los hacen amar su esclavitud y los transforman en lo que se ha dado en llamar pueblos civilizados.

La necesidad alzó tronos que las ciencias y las artes han consolidado”.

Parecería que la cultura mediática también consolida los tronos de algunos, al apuntalar las desigualdades de las fortunas y también despreciar o menospreciar a los más débiles.

¿Qué decía Rousseau4 en su discurso de 1755 treinta y cuatro años antes de la revolución francesa y tres siglos atrás?

Nosotros no creemos en el buen salvaje, pero, cuando avanza en su discurso sobre esa “muchedumbre de dificultades que se presentan sobre el origen de la desigualdad moral, sobre los verdaderos fundamentos del cuerpo político, sobre los derechos recíprocos de sus miembros y sobre otras mil cuestiones parecidas”, entramos a repensar en un nuevo contrato social que rescate la comunidad, como sujeto político para lograr el bienestar y la justicia social.

“Considero en la especie humana dos clases de desigualdades: una, que yo llamo natural o física porque ha sido instituida por la naturaleza, y que consiste en las diferencias de edad, de salud, de las fuerzas del cuerpo y de las cualidades del espíritu o del alma; otra, que puede llamarse desigualdad moral o política porque depende de una especie de convención y porque ha sido establecida, o al menos autorizada, con el consentimiento de los hombres.

Esta consiste en los diferentes privilegios de que algunos disfrutan en perjuicio de otros, como el ser más ricos, más respetados, más poderosos, y hasta el hacerse obedecer…”

“Menos aún puede buscarse si no habría algún enlace esencial entre una y otra desigualdad, pues esto equivaldría a preguntar en otros términos si los que mandan son necesariamente mejores que los que obedecen, y si la fuerza del cuerpo o del espíritu, la sabiduría o la virtud, se hallan siempre en los mismos individuos en proporción con su poder o su riqueza; cuestión a propósito quizá para ser disentida entre esclavos en presencia de sus amos, pero que no conviene a hombres razonables y libres que buscan la verdad…”

Posteriormente, comenzó otra época que según el filósofo “Cada cual empezó a mirar a los demás y a querer ser mirado él mismo, y la estimación pública tuvo un precio.»

«Aquel que mejor cantaba o bailaba, o el más hermoso, el más fuerte, el más diestro o el más elocuente, fue el más considerado; y éste fue el primer paso hacia la desigualdad y hacia el vicio al mismo tiempo.»

De estas primeras preferencias nacieron, por una parte, la vanidad y el desprecio; por otro, la vergüenza y la envidia, y la fermentación causada por esta nueva levadura produjo al fin compuestos fatales para la felicidad y la inocencia.

Tan pronto como los hombres empezaron a apreciarse mutuamente y se formó en su espíritu la idea de la consideración, todos pretendieron tener el mismo derecho, y no fue posible que faltase para nadie.

De aquí nacieron los primeros deberes de la cortesía, aun entre los salvajes; y de aquí que toda injusticia voluntaria fuera considerada como un ultraje, porque con el daño que ocasionaba la injuria, el ofendido veía el desprecio de su persona, con frecuencia más insoportable que el daño mismo.

De este modo, como cada cual castigaba el desprecio que se lo había inferido de modo proporcionado a la estima que tenía de sí mismo, las venganzas fueron terribles, y los hombres, sanguinarios y crueles…

Antes de haberse inventado los signos representativos de las riquezas, éstas no podían consistir sino en tierras y en ganados, únicos bienes efectivos que los hombres podían poseer.

Ahora bien; cuando las heredades crecieron en número y en extensión, hasta el punto de cubrir el suelo entero y de tocarse unas con otras, ya no pudieron extenderse más sitio a expensas de las otras, y los que no poseían ninguna porque la debilidad o la indolencia los había impedido adquirirlas a tiempo, se vieron obligados a recibir o arrebatar de manos de los ricos su subsistencia; de aquí empezaron a nacer, según el carácter de cada uno, la dominación y la servidumbre, o la violencia y las rapiñas.

Los ricos, por su parte, apenas conocieron el placer de dominar, rápidamente desdeñaron los demás, y, sirviéndose de sus antiguos esclavos para someter a otros hombres a la servidumbre, no pensaron más que en subyugar y esclavizar a sus vecinos, semejantes a esos lobos hambrientos que, habiendo gustado una vez la carne humana, rechazan todo otro alimento y sólo quieren devorar hombres.

De este modo, haciendo los más poderosos de sus fuerzas o los más miserables de sus necesidades una especie de derecho al bien ajeno, equivalente, según ellos, al de propiedad, la igualdad deshecha fue seguida del más espantoso desorden; de este modo, las usurpaciones de los ricos, las depredaciones de los pobres, las pasiones desenfrenadas de todos, ahogando la piedad natural y la voz todavía débil de la justicia, hicieron a los hombres avaros, ambiciosos y malvados.

Entre el derecho del más fuerte y el del primer ocupante alzábase un perpetuo conflicto, que no se terminaba sino por combates y crímenes.

La naciente sociedad cedió la plaza al más horrible estado de guerra; el género humano, envilecido y desolado, no pudiendo volver sobre sus pasos ni renunciar a las desgraciadas adquisiciones que había hecho, y no trabajando sino en su vilipendio, por el abuso de las facultades que le honran, se puso a sí mismo en vísperas de su ruina. (…)

No es posible que los hombres no se hayan detenido a reflexionar al cabo sobre una situación tan miserable y sobre las calamidades que los agobiaban.

Sobre todo los ricos debieron comprender cuán desventajoso era para ellos una guerra perpetua con cuyas consecuencias sólo ellos cargaban y en la cual el riesgo de la vida era común y el de los bienes particulares.

Por otra parte, cualquiera que fuera el pretexto que pudiesen dar a sus usurpaciones, demasiado sabían que sólo descansaban sobre un derecho, precario y abusivo, y que, adquiridas por la fuerza, la fuerza podía arrebatárselas sin que tuvieran derecho a quejarse.

Aquellos mismos que sólo se habían enriquecido por la industria no podían tampoco ostentar sobre su propiedad mejores títulos.

Podrían decir: «Yo he construido este muro; he ganado este terreno con mi trabajo.»

Pero se les podía contestar:

¿Quién os ha dado las piedras?

¿Y en virtud de qué pretendéis cobrar a nuestras expensas un trabajo que nosotros no os hemos impuesto?

¿Ignoráis que multitud de hermanos vuestros perece o sufre por carecer de lo que a vosotros os sobra, y que necesitabais el consentimiento expreso y unánime del género humano para apropiaros de la común subsistencia lo que excediese de la vuestra?»

Desprovisto de razones verdaderas para justificarse y de fuerza suficiente para defenderse; venciendo fácilmente a un particular, pero vencido él mismo por cuadrillas de bandidos; solo contra todos, y no pudiendo, a causa de sus mutuas rivalidades, unirse a sus iguales contra los enemigos unidos por el ansia común del pillaje, el rico, apremiado por la necesidad, concibió al fin el proyecto más premeditado que haya nacido jamás en el espíritu humano: emplear en su provecho las mismas fuerzas de quienes le atacaban, hacer de sus enemigos sus defensores, inspirarles otras máximas y darles otras instituciones que fueran para él tan favorables como adverso érale el derecho natural.

Con este fin, después de exponer a sus vecinos el horror de una situación que los armaba a todos contra todos, que hacía tan onerosas sus propiedades como sus necesidades, y en la cual nadie podía hallar seguridad ni en la pobreza ni en la riqueza, inventó fácilmente especiosas razones para conducirlos al fin que se proponía.

«Unámonos -les dijo- para proteger a los débiles contra la opresión, contener a los ambiciosos y asegurar a cada uno la posesión de lo que le pertenece; hagamos reglamentos de justicia y de paz que todos estén obligados a observar, que no hagan excepción de nadie y que reparen en cierto modo los caprichos de la fortuna sometiendo igualmente al poderoso y al débil a deberes recíprocos.

En una palabra: en lugar de volver nuestras fuerzas contra nosotros mismos, concentrémoslas en un poder supremo que nos gobierna con sabias leyes, que proteja y defienda a todos los miembros de la asociación, rechace a los enemigos comunes y nos mantenga en eterna concordia.»

Mucho menos que la equivalencia de este discurso fue preciso para decidir a hombres toscos, fáciles de seducir, que, por otra parte, tenían demasiadas cuestiones entre ellos para poder prescindir de árbitros, y demasiada avaricia y ambición para poderse pasar sin amos.

Todos corrieron al encuentro de sus cadenas creyendo asegurar su libertad, pues, con bastante inteligencia para comprender las ventajas de una institución política, carecían de la experiencia necesaria para prevenir sus peligros; los más capaces de prever los abusos eran precisamente los que esperaban aprovecharse de ellos, y los mismos sabios vieron que era preciso resolverse a sacrificar una parte de su libertad para conservar la otra, del mismo modo que un herido se deja cortar un brazo para salvar el resto del cuerpo.

Tal fue o debió de ser el origen de la sociedad y de las leyes, que dieron nuevas trabas al débil y nuevas fuerzas al rico, aniquilaron para siempre la libertad natural, fijaron para todo tiempo la ley de la propiedad y de la desigualdad, hicieron de una astuta usurpación un derecho irrevocable, y, para provecho de unos cuantos ambiciosos, sujetaron a todo el género humano al trabajo, a la servidumbre y a la miseria.

Fácilmente se ve cómo el establecimiento de una sola sociedad hizo indispensable el de todas las demás, y de qué manera, para hacer frente a fuerzas unidas, fue necesario unirse a la vez.

Las sociedades, multiplicándose o extendiéndose rápidamente, cubrieron bien pronto toda la superficie de la tierra, y ya no fue posible hallar un solo rincón en el universo donde se pudiera evadir el yugo y sustraer la cabeza al filo de la espada, con frecuencia mal manejada, que cada hombre vio perpetuamente suspendida encima de su cabeza.

De aquí salieron las guerras nacionales, las batallas, los asesinatos, las represalias, que hacen estremecerse a la naturaleza y ofenden a la razón, y todos esos prejuicios horribles que colocan en la categoría de las virtudes el honor de derramar sangre humana.

Las gentes más honorables aprendieron a contar entre sus deberes el de degollar a sus semejantes; viose en fin a los hombres exterminarse a millares sin saber por qué, y en un solo día se cometían más crímenes, y más horrores en el asalto de una sola ciudad, que no se hubieran cometido en el estado de naturaleza durante siglos enteros y en toda la extensión de la tierra.

Tales son los primeros efectos que se observan de la división del género humano en diferentes sociedades.

Desde Rousseau entonces en 1755, parecería que no cambió nada, sino que la ambición y la avaricia y el desprecio es aún mayor.

Por esa razón debemos hacer un nuevo contrato social o una nueva constitución en nuestro país, si queremos una sociedad que no haya humillados y ofendidos mientras pocas personas acumulan fortunas con la fuerza mediática propia que es aún mayor más en el siglo XXI que en el siglo XVIII.

¿Por qué se quejan algunos sobre el impuesto a las grandes fortunas por única vez, si lo decidieron los representantes del pueblo en plena pandemia cuando todos y todas queremos que nos vacunemos así protegemos nuestra comunidad organizada?

AJ/

 

NOTAS

1 Freire, Paulo: Pedagogía de la esperanza: un reencuentro con la pedagogía del oprimido, Siglo XXI, Argentina 2002
2 Honneth, Axel: La sociedad del desprecio, Trotta, Madrid, 2011
3 Honneth, Axel: Crítica del agravio moral, FCE, Bs. As. 2009
Jean-Jacques Rousseau: Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres, Madrid, Calpe, 1923

 

NAC&POP: Ana Jaramillo, argentina, socióloga, rectora fundadora de la Universidad Nacional de Lanús, ha escrito y publicado “Razones y Pasiones” Unla/Edunla; “Pensar con Estrategia”, Unla Edunla; “Contra Editoriales”, Unla Edunla; “Justicia y Dignidad Humana”, Unla Edunla; » Descolonización Cultural”, Unla Edunla; “En El Jardín”, Bilingüe Recrealibros y “Atlas Historico de America Latina y el Caribe”. Unla. MG/N&P/